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viernes, 21 de octubre de 2011

Jesús advierte a los hombres que saben prever el clima, pero no saben discernir las señales abundantes y claras que Dios envía para que conozcan que ha llegado el Mesías. .........................................«Me dices que tienes en tu pecho fuego y agua, frío y calor; pasioncillas y Dios....: una vela encendida a San Miguel, y otra al diablo. Tranquilízate: mientras quieras luchar no hay dos velas encendidas en tu pecho, sino una, la del Arcángel»



«Decía a las multitudes: «Cuando veis que sale una nube por el poniente, en seguida decís: "Va a llover", y así sucede. Y cuando sopla el sur decís: "Viene bochorno", y sucede. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto del cielo y de la tierra: entonces, ¿cómo es que no sabéis interpretar este tiempo? ¿Por qué no sabéis discernir por vosotros mismos lo que es justo? Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura ponerte de acuerdo con él en el camino, no sea que te obligue a ir al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo». (Lucas 12, 54-59)


I. Jesús, te quejas de que la gente acepte signos más o menos indicativos sobre el tiempo atmosférico, y que, por el contrario, no quiera aceptar los evidentes signos del tiempo mesiánico que le proporcionas. «¿Cómo es que no sabéis interpretar este tiempo Se han cumplido todas las profecías, has hecho milagros portentosos, ¿qué más puedes hacer?


Jesús, no es un problema sólo de conocimiento, sino sobre todo de voluntad. No te entienden porque no quieren entender, porque están tan aferrados a sus ideas que ya no saben «discernir lo que es justo». No les llamas incultos, sino «hipócritas», porque viven una doble vida: muestran una fachada llena de honradez y obediencia a Dios, y en su interior están llenos de egoísmo y soberbia.


«Debemos considerar en todas las señales que fueron dadas tanto al nacer como al morir el Señor, cuánta debió ser la dureza de corazón de algunos judíos, que no llegaron a conocerle ni por el don de la profecía, ni por los milagros. Todos los elementos han dado testimonio de que ha venido su Autor. Porque, en cierto modo, los cielos le reconocieron como Dios, pues inmediatamente que nació lo manifestaron por medio de una estrella. El mar le reconoció sosteniéndole en sus olas; la tierra le conoció porque se estremeció al ocurrir su muerte; el sol le conoció ocultando a la hora de su muerte el resplandor de sus rayos; los peñascos y los muros le conocieron porque al tiempo de su muerte se rompieron; el infierno le reconoció restituyendo a los muertos que conservaba en su poder. Y al que habían reconocido como Dios todos los elementos insensibles, no le quisieron conocer los corazones de los judíos infieles y más duros que los mismos peñascos» (San Gregorio).


Jesús, ¿cómo es mi vida cristiana? ¿Me limito a cumplir exteriormente algunos mandatos y tradiciones religiosas, o realmente busco enamorarme de Ti y darme a los demás? Que no me ocurra lo de aquella gente; que sepa interpretar el sentido de los sacramentos y de la gracia; que sepa discernir lo que es justo y lo que es pecado, de modo que luche por evitar el mal y que, si alguna vez te ofendo, acuda prontamente a la confesión, sin excusarme, sin engañarme.


II. «Me dices que tienes en tu pecho fuego y agua, frío y calor; pasioncillas y Dios....: una vela encendida a San Miguel, y otra al diablo. Tranquilízate: mientras quieras luchar no hay dos velas encendidas en tu pecho, sino una, la del Arcángel» (Camino.-724).


Jesús, mi vida es como un camino que he de recorrer antes de llegar a mi destino eterno. Tú eres el juez que me juzgará en el último día y me darás el premio o el castigo que me merezca. Durante este caminar terreno, además de tu compañía, siento también cerca al demonio, el «adversario» de mi vida espiritual. Su voz agridulce me promete todo tipo de placeres si accedo a sus continuas insinuaciones.


Jesús, a veces me da la impresión de tener una vela encendida a San Miguel, y otra al diablo. No acabo de desprenderme de esas pasioncillas: vanidad, impureza, comodidad. Mientras voy de camino en esta tierra, quiero tener este «acuerdo» con mi adversario: luchar cada día por mejorar en mi vida interior, sin cansarme, sin darme por vencido.


Jesús, si de verdad lucho cada día, tratando de mejorar en algún punto concreto y dejándome ayudar en la dirección espiritual, al final del camino, cuando tengas que juzgarme, no tendré nada que temer. Y me premiarás con el premio de los escogidos, porque habré sabido amarte con obras y de verdad.


Desde siempre los hombres se han interesado por el tiempo y por el clima, especialmente los agricultores y los marinos, para tener un pronóstico en razón de sus tareas. En el Evangelio de la Misa (Lucas 12, 54-59), Jesús advierte a los hombres que saben prever el clima, pero no saben discernir las señales abundantes y claras que Dios envía para que conozcan que ha llegado el Mesías.


El Señor sigue pasando cerca de nuestra vida, con suficientes referencias, y cabe el peligro de que en alguna ocasión no lo reconozcamos. Se hace presente en la enfermedad o en la tribulación, en las personas con las que trabajamos o en las que forman nuestra familia, en las buenas noticias esperando que le demos las gracias. Nuestra vida sería bien distinta si fuéramos más conscientes de la presencia divina y desaparecería la rutina, el malhumor, las penas y las tristezas porque viviríamos más confiados de la Providencia divina.


III. La fe se hace más penetrante cuanto mejores son las disposiciones de la voluntad. Cuando no se está dispuesto a cortar con una mala situación, cuando no se busca con rectitud de intención sólo la gloria de Dios, la conciencia se puede oscurecer y quedarse sin luz para entender incluso lo que parece evidente. Si la voluntad no se orienta a Dios, la inteligencia encontrará muchas dificultades en el camino de la fe, de la obediencia o de la entrega al Señor (J. PIEPER, La fe, hoy).
La limpieza de corazón, la humildad y la rectitud de intención son importantes para ver a Jesús que nos visita con frecuencia. Rectifiquemos muchas veces la intención: ¡para Dios toda la gloria!.


IV. Todos vamos por el camino de la vida hacia el juicio. Aprovechemos ahora para olvidar agravios y rencores, por pequeños que sean, mientras queda algo de trayecto por recorrer. Descubramos los signos que nos señalan la presencia de Dios en nuestra vida. Luego, cuando llegue la hora del juicio, será ya demasiado tarde para poner remedio.


Este es el tiempo oportuno de rectificar, de merecer, de amar, de reparar, de pagar deudas de gratitud, de perdón, incluso de justicia. A la vez, hemos de ayudar a otros que nos acompañan en el camino de la vida a interpretar esas huellas que señalan el paso del Señor cerca de su familia, de su trabajo...


Hemos de saber descubrir a Jesús, Señor de la historia, presente en el mundo, en medio de los grandes acontecimientos de la humanidad, y en los pequeños sucesos de los días sin relieve. Entonces sabremos darlo a conocer a los demás.

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