Visitar estos dos link.

miércoles, 5 de octubre de 2011

El Maleficio como una causa por la que una persona puede sin tener culpa verse acometida por el demonio



Ya nos hemos referido al maleficio como una causa por la que una
persona puede sin tener culpa verse acometida por el demonio. Por ser éste
el caso más frecuente, se hace necesario hablar de él por separado. Trataré
también de concretar el uso de los términos: no existe una terminología
universalmente aceptada, por lo que cada autor debe especificar en qué
sentido usa las palabras.

Considero que maleficio es un vocablo genérico. Normalmente se le
define como «hacer daño a otros a través de la intervención del demonio».
Es una definición exacta pero que no aclara de qué manera se causa el mal.
De ahí las confusiones, así, algunos autores consideran, por ejemplo, el
maleficio como sinónimo de hechizo o brujería. En cambio, el hechizo y la
brujería son, a mi parecer, dos modos distintos de realizar un maleficio. Sin
pretensiones de exhaustividad y basándome sólo en los casos que he
experimentado, tomo en consideración estas formas de maleficio: 1) la
magia negra; 2) las maldiciones; 3) el mal de ojo; 4) los hechizos. Son
formas distintas, pero no compartimentos estancos; las interferencias son
frecuentes.



1. La magia negra, o brujería, o ritos satánicos Que tienen su
culminación en las misas negras. Considero conjuntamente estas prácticas,
por las analogías que presentan; en realidad, las he enumerado por orden de
gravedad. Su característica es hacer recaer el malefìcio sobre una
determinada persona mediante fórmulas mágicas o ritos, a veces incluso
muy complejos, con invocaciones dirigidas al demonio, pero sin usar
objetos específicos. Quien se dedica a estas prácticas se convierte en siervo
de Satanás, pero por culpa suya; nosotros aquí las consideramos sólo como
medios para realizar maleficios en perjuicio de otras personas.
Ya las Sagradas Escrituras son muy tajantes en la prohibición de
estas prácticas, que toman como un renegar de Dios para consagrarse al
demonio. «Cuando hayáis entrado en la tierra que el Señor vuestro Dios os
va a dar, no imitéis las horribles costumbres de esas naciones [o sea de los
paganos]. Que nadie de entre vosotros ofrezca en sacrificio a su hijo

haciéndole pasar por el fuego [sacrificios humanos], ni practique la
adivinación, ni el sortilegio, ni pretenda predecir el futuro, ni se dedique a
la hechicería ni a los encantamientos, ni consulte a los adivinos y a los que
invocan a los espíritus, ni consulte a los muertos [sesiones espiritistas].
Porque al Señor le repugnan quienes hacen estas cosas» (Dt. 18, 9-12). «No
recurráis a nigromantes ni adivinos. No os hagáis impuros por consultarlos.
Yo soy el Señor vuestro Dios» (Lev. 19, 31). «El hombre o la mujer que
practiquen la nigromancia o la adivinación, serán muertos a pedradas, y
serán responsables de su propia muerte» (Lev. 20, 27; véase también Lev.
19, 26-31). No es más tierno el Éxodo: «No dejes con vida a ninguna
hechicera» (22, 17). También en otros pueblos la magia era castigada con
la muerte. Aunque los términos se traducen de distinta manera (y varían
según las traducciones), el contenido es clarísimo. Volveremos a hablar de
la magia.



2. Las maldiciones. Son deseos de que caiga el mal sobre alguien, y
el origen del mal está en el demonio; cuando tales maldiciones se
pronuncian con verdadera perfidia, especialmente si existen vínculos de
sangre entre el maldiciente y el maldecido, pueden provocar efectos
tremendos. Los casos más frecuentes y graves que he presenciado se
referían a padres o abuelos que maldijeron a sus hijos o nietos. La
maldición ha demostrado ser muy grave si se refería a su existencia o era
formulada en circunstancias particulares, por ejemplo en el día de la boda.
El vínculo que une a padres e hijos y la autoridad de los primeros no se
igualan a los de ninguna otra persona.

Tres ejemplos típicos. Hice el seguimiento de un joven al que su
padre había maldecido desde el nacimiento (evidentemente no lo quería) y
había continuado sufriendo tales maldiciones en su infancia y durante todo
el período en que vivió en su casa. Este pobre joven sufrió peripecias de
todo género: problemas de salud, increíbles dificultades de trabajo, mala
suerte en el matrimonio, enfermedades de los hijos... Las bendiciones le
confortaron el espíritu, pero no me parece que sirvieran para nada más.
Un segundo ejemplo. Una joven quería casarse con un buen
muchacho, al que amaba, pero sus padres estaban en contra; dado que sus
esfuerzos resultaban inútiles, los padres se mostraron resignados y
participaron en las nupcias. El mismo día de la boda el padre llamó aparte a
su hija con una excusa; en realidad, la maldijo deseando los peores males
para ella, su marido y sus hijos. Y así fue, a pesar de las intensas oraciones
y bendiciones.

Otro hecho. Un día vino a verme un profesional; levantándose los
pantalones, me hizo observar sus piernas horriblemente martirizadas por
una evidente sucesión de operaciones. Después comenzó a narrarme los
hechos. Su padre era un hombre muy inteligente; la madre de éste quería a
toda costa que se hiciera sacerdote, pero él no tenía vocación.

El enfrentamiento llegó al punto de que el joven abandonó a su familia; se
licenció, se convirtió en un profesional considerado, se casó, tuvo hijos, y
todo esto después de haber roto toda relación con su madre, que por ningún
concepto quiso volver a verlo. Cuando uno de sus hijos, el que me hablaba,
cumplió ocho años, le hicieron una foto, que me fue mostrada; un niño
guapo, de sonrisa cautivadora, con los pantalones cortos, las rodillas
desnudas, los calcetines altos, como se acostumbraba entonces a vestir a los
niños.
 El padre tuvo una idea desdichada. Pensó que la madre se
conmovería ante la foto de su nietecito y que haría las paces con él, así que
le mandó la foto. La madre le envió un mensaje: «Que las piernas de ese
niño estén siempre enfermas y que si tú vuelves al pueblo mueras en la
cama en que naciste.» Todo eso se cumplió. Hay que señalar que el padre
volvió al pueblo sólo al cabo de varios años después de la muerte de su ma-
dre; pero de pronto se sintió indispuesto y fue llevado provisionalmente a
su casa natal, donde murió esa misma noche.


3. El mal de ojo. Consiste en un maleficio hecho por una persona por
medio de la mirada. No se trata, como algunos creen, del hecho de que
ciertas personas te traigan mala suerte si te miran con ojos bizcos; esto son
historias. El mal de ojo es un verdadero maleficio: supone la intención de
perjudicar a una determinada persona con la intervención del demonio. Lo
que tiene de particular es el medio usado para llevar a término la nefasta
obra: la mirada. He tenido pocos casos y no del todo claros; o sea que era
evidente el efecto maléfico, pero no lo era igualmente su artífice y tampoco
que, como medio, bastase una simple mirada. Aprovecho la ocasión para
decir que muchas veces no se llega a conocer al artífice del maleficio y ni
siquiera cómo ha empezado el mal. Lo importante es que la persona
afectada no esté sospechando de éste o aquél, sino que perdone de corazón
y ruegue por quien le ha hecho el mal, sea quien fuere.

Sobre el mal de ojo debo concluir diciendo que es posible, pero
nunca he tenido casos confirmados.

4. El hechizo. Es, con mucho, el medio más utilizado para realizar
maleficios. El nombre deriva de hacer o confeccionar un objeto, con los
materiales más extraños y heterogéneos, que adquiere un valor casi
simbólico: es un signo sensible de la voluntad de hacer daño y es un medio
ofrecido a Satanás para que imprima en él su fuerza maléfica. Se ha dicho
muchas veces que Satanás remeda a Dios; en este caso podemos tomar la
analogía de los sacramentos, que tienen una materia sensible (por ejemplo,
el agua durante el bautismo) como instrumento de gracia. En el hechizo el
material es usado con la finalidad de causar perjuicio.

Distinguimos dos modos diferentes de aplicar el hechizo a la persona
designada. Existe un modo directo, que consiste en hacer beber o comer a
la víctima una bebida o una comida en la que se ha mezclado el hechizo.
Éste se prepara con los ingredientes más variados: sangre de menstruación,

huesos de muertos, polvos diversos, en general negros (quemados), partes
de animales entre las que predomina el corazón, hierbas especiales... Pero
la eficacia maléfica no la da tanto el material usado como la voluntad de
hacer daño con intervención del demonio; y tal voluntad se manifiesta con
las fórmulas ocultas pronunciadas mientras se confeccionan aquellos
mejunjes. Casi siempre la persona que se ve afectada de este modo, además
de otros trastornos, sufre un característico dolor de estómago que los
exorcistas saben detectar perfectamente y que sólo se cura después de haber
liberado el estómago con muchos vómitos o muchas heces, en que se
expelen las cosas más extrañas.

Existe otro modo, que podemos llamar indirecto (uso el lenguaje del
que se sirve el padre La Grua en el libro citado en la introducción),
consistente en hechizar objetos pertenecientes a la persona a la que se
quiere perjudicar (fotografías, indumentaria o cosas pertenecientes a la
misma), o en hechizar figuras que la representen: muñecos, muñecas,
animales, a veces incluso personas vivas, del mismo sexo y edad. Se trata
de material de transferencia, al que afectan los mismos males que se quiere
causar a la persona designada. Un ejemplo muy corriente: durante este rito
satánico, a una muñeca se le clavan alfileres alrededor de la cabeza. Luego
la persona siente fortísimos dolores de cabeza y viene a decirnos: «Es como
si tuviese toda la cabeza atravesada por alfileres punzantes.» O bien se
clavan agujas, clavos, cuchillos en las partes del cuerpo que se pretende
afectar. Y puntualmente la pobre víctima siente dolores lacerantes que la
desgarran en aquellos puntos. Los médiums (de los cuales hablaremos
separadamente) suelen decir: «Usted tiene un alfilerazo que le atraviesa
desde aquí hasta aquí», e indican el sitio exacto. He tenido casos en que
algunas personas se han liberado de esos males con la expulsión de largos y
extraños agujones de un material similar al plástico o a la madera flexible,
salidos de las partes designadas. La mayoría de veces la liberación se
produce expeliendo los más diversos materiales: hilos de algodón
coloreados, cintas, clavos y alambres retorcidos.

Merecería atención aparte el hechizo confeccionado en forma de
atadura. En estos casos el material usado para la transferencia incluye
ligaduras con cabellos o tiras de tela de varios colores (sobre todo blanco,
negro, azul, rojo, según el objetivo deseado). Por ejemplo: para perjudicar
al hijo de una gestante, se ligó una muñeca con aguja y crines de caballo,
desde el cuello hasta el ombligo. El objetivo era que el niño que había de
nacer creciera deforme, es decir, no se desarrollara en aquella parte del
cuerpo comprendida por la atadura. De hecho la deformidad se produjo,
pero mucho menos grave de lo que se habría querido provocar. Las
ataduras conciernen sobre todo al desarrollo de las distintas partes del
cuerpo, pero aún más a menudo al desarrollo mental: algunos tienen
dificultades en el estudio, el trabajo, o para desarrollar un comportamiento
normal, porque han sufrido ataduras en el cerebro. Y en vano los médicos
tratan de identificar y curar el mal.


Me referiré de forma concisa a otro hecho muy frecuente. A menudo
los hechizos se provocan con objetos extraños que después se encuentran
en las almohadas y los colchones. Aquí no acabaría nunca de contar hechos
de los que he sido testigo y en los que nunca habría creído de no haberlos
presenciado. Se encuentra de todo: cintas coloreadas y anudadas, mechones
de cabellos estrechamente trenzados, cuerdas llenas de nudos, lana
apretadamente entrelazada por una fuerza sobrehumana en forma de corona
o de animales (especialmente ratones) o de figuras geométricas; grumos de
sangre, trozos de madera o de hierro, alambres retorcidos, muñecas llenas
de señales o heridas, etc.

Otras veces se forman de improviso complicados
enredos en el cabello de las mujeres o los niños. Todo ello son cosas o
hechos que no se explican sin la intervención de una mano invisible.
En otras ocasiones, esos objetos extraños no aparecen a primera
vista, después de haber destripado colchones o almohadas; pero después, si
se rocía con agua exorcizada o se introduce alguna imagen bendita
(especialmente de un crucifijo o de la Virgen), aparecen los objetos más
extraños.

Completaré este tema en las páginas siguientes; pero antes deseo
repetir las recomendaciones del padre La Grua en la obra citada. Si bien lo
que he escrito es fruto de la experiencia directa, no hay que creer
fácilmente en los maleficios, en especial los realizados a través de un
hechizo. Siempre se trata de casos raros. Un examen atento de los hechos
revela muchas veces causas psíquicas, sugestiones, falsos temores, en la
base de las molestias de las que se lamenta la persona.

Añadiré que a menudo los maleficios no alcanzan su objetivo por
diversos motivos: porque Dios no lo permite; porque la persona afectada
está bien protegida por una vida de plegaria y de unión con Dios; porque
muchos hechiceros son poco hábiles, cuando no simples farsantes; porque
el demonio mismo, «mentiroso desde el principio», como lo tilda el
Evangelio, engaña a sus mismos seguidores. Sería un gravísimo error vivir
con el temor de recibir maleficios. La Biblia no nos dice nunca que te-
mamos al demonio. Nos dice que le resistamos, seguros de que huirá de
nosotros (Sant. 4, 7); nos dice que permanezcamos vigilantes contra sus
acometidas y nos mantengamos firmes en la fe (1 Pe. 5, 9).

Poseemos la gracia de Cristo, que derrotó a Satanás con su cruz;
contamos con la intercesión de María Santísima, enemiga de Satanás desde
el principio de la humanidad; contamos con la ayuda de los ángeles y los
santos y sobre todo contamos con el sello de la Trinidad, que nos fue
impreso en el bautismo. Si vivimos en comunión con Dios, será el demonio
con todo el infierno quien temblará ante nosotros. A menos que seamos
nosotros quienes le abramos la puerta...

Por ser el maleficio la forma más común de influencia diabólica,
añado algún otro concepto que la práctica me ha enseñado.
Según la finalidad que persiga, el maleficio puede adquirir distintas
denominaciones. Puede ser de división si va dirigido a conseguir que dos
esposos, una pareja de novios o dos amigos se separen. Varias veces me he
hallado ante el caso de novios que se han separado sin motivo, incluso
amándose, y que ya no conseguían estar juntos; uno de sus padres, que era
contrario al matrimonio, confesó haber recurrido a un mago para hacer que
se separaran. Puede ser de enamoramiento, si pretende que dos se casen.
Tengo presente a una muchacha que se había enamorado del novio de una
amiga; después de algunos vanos intentos, recurrió a un mago. Los novios
se separaron y aquel joven se casó con la muchacha que ordenó el
maleficio. Inútil decir que resultó un pésimo matrimonio; el marido no
conseguía abandonar a su mujer, pero nunca la quiso y tenía la vaga
impresión de haber sido obligado a casarse con ella.

Otros maleficios son para causar enfermedad, o sea a fin de que la
persona designada esté siempre enferma; otros buscan la destrucción (los
llamados maleficios de muerte). Basta con que la persona afectada se
ponga bajo la protección de la Iglesia, es decir, basta con que comience a
recibir los exorcismos o a rezar y a hacer rezar intensamente para que la
muerte no pueda producirse. He hecho el seguimiento de muchos de estos
casos; como ya hemos dicho, el Señor ha intervenido incluso milagrosa-
mente, o al menos de forma que no se puede explicar humanamente, para
salvar la vida de esas personas de peligros mortales o, de manera particular,
de intentos de suicidio. Casi siempre (preferiría decir siempre, al menos en
los numerosos casos en que he podido intervenir) a los maleficios de una
cierta gravedad está vinculada la vejación diabólica o incluso la posesión.
He aquí por qué es necesario el exorcismo. También son tremendos los
maleficios que pretenden la destrucción de toda una familia o, en cualquier
caso, los que caen sobre toda una familia.

Ante todo, el Ritual, la norma número ocho, nos pone en guardia a
fin de que, en caso de maleficio, no se envíe a la persona a magos, brujas u
otros, como no sean ministros de la Iglesia; y que el interesado no recurra a
ninguna forma de superstición u otros medios ilícitos. Que la admonición
es necesaria nos lo dice la experiencia. Son muchos los magos mientras que
los exorcistas somos poquísimos. E incluso un experto como monseñor
Corrado Balducci en sus tres libros aconseja, para poner remedio al
maleficio, recurrir a un mago, aunque se prevea que hará otro maleficio
(véase, por ejemplo, la obra Il diavolo, Piemme, p. 326). Es un error im-
perdonable en un autor tan meritorio en otros apartados de sus volúmenes.
Pero la admonición resulta particularmente importante porque la tendencia
a recurrir a magos, brujos, santones y similares es tan vieja como el mundo.
El progreso cultural, científico y social no ha influido en lo más mínimo

sobre estas costumbres que conviven tranquilamente con nuestro «mundo
del progreso», y en las que están implicadas en eso todas las clases sociales
por igual, incluso las más elevadas culturalmente (ingenieros, médicos,
maestros, políticos...).

Cuando luego el Ritual sugiere las preguntas que se le deben hacer al
demonio, la norma núm. 20 exhorta al exorcista a preguntar sobre el
motivo de la presencia misma del demonio en aquel cuerpo, en especial si
depende de un maleficio; en este caso, si la persona ha sido afectada
después de comer o beber sustancias maléficas, el exorcista debe ordenarle
que las vomite. Si, en cambio, se ha escondido algo maléfico fuera del
cuerpo, el exorcista debe hacerse indicar el lugar, buscar el objeto y
quemarlo.

Son indicaciones útiles. En la práctica, cuando un maleficio ha
sobrevenido comiendo o bebiendo algo hechizado casi siempre se produce
ese dolor de estómago concreto al que hemos aludido varias veces y que
denota la necesidad de una liberación por vía fisiológica o vomitando.
Entonces se debe aconsejar el uso oral de agua bendita, de aceite y sal
exorcizados para favorecer la liberación. También es posible que ciertos
objetos maléficos sean expulsados de modo misterioso, como ya hemos di-
cho: la persona, por ejemplo, puede notar, de pronto, un peso en el
estómago como si tuviera un guijarro, y luego encuentra un guijarro en el
suelo y el mal cesa. Así, pueden encontrarse hilos coloreados, cuerdecillas
entrelazadas y muchas otras cosas... Todos estos objetos deben ser rociados
con agua bendita (la misma persona puede ocuparse de ello) y quemados al
aire libre; las cenizas, así como los objetos de hierro o, en todo caso, no
combustibles, deben ser arrojados donde corra agua (río, alcantarilla). No
en el retrete de la propia vivienda, pues cuando se ha hecho esto, a menudo
se han provocado inconvenientes: obstrucción de todos los fregaderos,
inundación de la casa...

En muchos casos los extraños objetos encontrados en las almohadas
y los colchones se han llegado a descubrir no interrogando al demonio sino
a partir de la indicación de carismáticos o médiums (de los que hablaremos
a continuación). El hallazgo ha sido el motivo por el cual han comprendido
que existía un malefìcio y por el cual se ha recurrido al exorcista. También
en estos casos hay que quemar fuera de la casa almohadas y colchones,
después de haberlos rociado con agua bendita; y las cenizas deben ser
arrojadas como antes se ha dicho.

Es importante que la destrucción por el fuego de los objetos
hechizados se haga rezando. Especialmente cuando se trata de hechizos
descubiertos por casualidad o tras una indicación del demonio, no se puede
actuar a la ligera. Para aleccionarme, el padre Candido me contó un «error
de juventud» suyo, una imprudencia que cometió en sus primeros años
como exorcista.

Estaba exorcizando a una muchacha, acompañado por otro padre
pasionista autorizado como él por el obispo. Interrogando al demonio,
supieron que a aquella muchacha le habían realizado un hechizo. Se
hicieron indicar de qué se trataba: estaba dentro de una cajita de madera, de
cerca de un palmo de longitud. Pidieron que les dijeran dónde había sido
escondida: se encontraba sepultada a un metro de profundidad, junto a un
determinado árbol, cuya posición exacta se hicieron señalar. Llenos de
celo, armados de azada y pala, fueron a excavar en el lugar indicado.
Encontraron la cajita de madera, tal como se les había dicho; la hisoparon y
examinaron el contenido: una figura obscena en medio de otras baratijas.
Inmediatamente, valiéndose de alcohol, procedieron a quemarlo todo con
mucho cuidado de manera que sólo quedara un montoncito de ceniza. Pero
no realizaron la bendición antes de quemar aquellos objetos; omitieron
rezar ininterrumpidamente durante la quema invocando la protección de la
sangre de Jesús; habían tocado varias veces aquellos objetos sin lavarse
inmediatamente después las manos con agua bendita. La conclusión fue
que el padre Candido debió guardar cama durante tres meses a causa de
fortísimos dolores de estómago; tales dolores se prolongaron con cierta in-
tensidad durante unos diez años y de vez en cuando se dejaron sentir
también en los años siguientes. Una dura lección, útil para mí y para
cuantos se encontraran en situaciones análogas.

Le pregunté también al padre Candido si, después de todo aquel
esfuerzo y aquel sufrimiento, la joven había sido liberada. No, no consiguió
ninguna mejora. Esto nos enseña que a veces los hechizos producen todo su
efecto sobre las personas en el momento en que son realizados;
encontrarlos y destruirlos no sirve de nada. Me he encontrado varias veces
con estos casos en los que entre el maleficio y el hallazgo del hechizo
habían transcurrido muchos años; el hechizo ya había agotado su función
maléfica; cuando se encontró y fue destruido, ya era ineficaz y su
destrucción no aportó ninguna mejora a la persona afectada. Después han
ayudado los exorcismos, las oraciones, los sacramentos...
En otros casos, quemar el hechizo interrumpe el malefìcio. He tenido
ejemplos de ello en casos de «hechizos de muerte» por putrefacción, en los
que se había sepultado carne maleficiada, que fue descubierta y destruida
antes de que llegara a pudrirse. Otras veces son sepultados vivos, aunque
con un espacio libre a su alrededor, ciertos animales, especialmente sapos.
También en este caso dar con ellos antes de su muerte puede interrumpir el
maleficio. Pero los principales remedios siguen siendo los exorcismos, la
oración y los sacramentos.

Nunca se insistirá bastante sobre la importancia de recurrir a los
medios de Dios y no a magos, aunque se tenga la impresión de que los
medios de Dios actúan con lentitud. El Señor nos ha dado la fuerza de su
nombre, la potencia de la oración (tanto personal como comunitaria) y la

intercesión de la Iglesia. El recurso a los magos, cuya actuación queda
enmascarada bajo el equívoco nombre de magia blanca (que consiste
siempre en recurrir al demonio), para que hagan otro maleficio que anule
un maleficio anterior, no puede más que agravar el mal. El Evangelio nos
habla de un demonio que sale de un alma para volver a continuación con
otros siete demonios, peores que él (Mt. 12, 43-45). Es lo que sucede
cuando se recurre a los magos. Damos tres ejemplos significativos de ello,
que he experimentado repetidas veces.

Primer ejemplo. Uno comienza a advertir dolores físicos. Prueba con
varios médicos y medicinas pero el dolor aumenta en vez de desaparecer;
no se descubre su causa. Acude entonces a un mago, o a un cartomántico
dedicado a la magia, y le dicen: «Usted tiene un hechizo. Si quiere se lo
quito. Me conformo con un millón de liras.» El otro se lo piensa primero y
luego se decide y paga. Acaso se le pide una foto, una prenda íntima o un
mechón de pelo. Después de algunos días, la persona se siente totalmente
curada y está muy contenta de cómo ha gastado ese millón. Es el demonio
que se ha ido. Al cabo de un año reaparecen aquellos trastornos. El
pobrecillo reanuda el recorrido de médicos, pero las medicinas resultan
impotentes, mientras que el mal va en aumento. Es el demonio que ha
vuelto con otros siete peores que él. En el colmo de la resignación, el
paciente piensa: «Aquel mago me cobró un millón, pero me quitó el mal»;
y así vuelve a verle sin darse cuenta de que ha sido precisamente él quien le
ha causado el agravamiento del mal.

Y le dicen: «Esta vez le han echado un hechizo mucho mayor. Si
quiere se lo quito y a usted sólo le pido cinco millones de liras; a otro le
pediría el doble.» Y vuelta a empezar. Si finalmente la víctima se confía a
un exorcista, además del pequeño mal inicial hay que liberarla del mal
mayor provocado por el mago.

Segundo ejemplo. Igual que antes: el enfermo paga, es curado por el
mago, y continúa curado. Pero, a cambio, el mal pasa a su mujer, a sus
hijos, a sus padres, a sus hermanos, por lo cual el daño permanece pero
multiplicado (también bajo la forma de obstinado ateísmo, de una vida de
pecado, de accidentes de coche, de infortunios, depresiones...).
Tercer ejemplo. También aquí, la misma situación que antes. La
persona es curada por el mago y la curación perdura.

Pero Dios había permitido aquel mal para que aquella persona
expiase sus pecados, para que volviese a una vida de oración y de
frecuentación de la Iglesia y los sacramentos. El objetivo de aquel mal era
lograr grandes frutos espirituales para la salvación del alma. Con la
curación realizada por la intervención del demonio, que conocía
perfectamente estos fines, el objetivo bueno ligado a aquel mal se esfumó.
Debemos tener bien presente que Dios permite el mal para conseguir
el bien; permite la cruz sólo porque a través de ella llegamos al cielo. Esta

verdad es evidente, por ejemplo, en las personas dotadas de particulares
carismas que a menudo están afectadas por sufrimientos por cuya curación
no se debe rezar. Todos recordamos al padre Pio, que durante cincuenta
años soportó el dolor lacerante de los cinco estigmas; pero nadie pensó en
rezar al Señor para que se los quitara: estaba demasiado claro que aquello
era obra de Dios, y que perseguía grandes fines espirituales.

 El demonio es fino; ¡con mucho gusto habría querido que
el padre Pio no llevara impresos en la carne los signos de la Pasión! Naturalmente, el caso es distinto si es el demonio quien Provoca los estigmas y suscita falsos místicos.

No hay comentarios: