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martes, 20 de septiembre de 2011

Jesús, Tú sabes bien que el mejor modo de amar a mi familia es amándote a Ti; y que las familias más felices son aquellas que «oyen la palabra de Dios y la cumplen».

«Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte». Él, respondiendo, les dijo: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen». (Lucas 8,19-21)

 I. Jesús, Tú eres el mismo Dios que mandas honrar a los padres; y el mismo hombre que «estaba sujeto» a José y a María (Lucas 2,51), que obedece a María en Caná de Galilea, y que se preocupa de que esté bien atendida -por el apóstol amado- a la hora de tu muerte en la cruz. Pero, a la vez, quieres recordarme hoy -al igual que cuando te quedaste en el templo durante tres días para hacer la voluntad de tu Padre (Lucas 2,49)- que los lazos sobrenaturales de la gracia, son aún más importantes que los lazos de la sangre.

Jesús, no quieres que nadie me gane en amor a mi familia. Padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, hijos, nietos, ... Pero aún quieres menos que ponga el amor a mi familia por encima del amor a Ti. Porque, en ese caso, estaría poniendo el primer mandamiento, que es el «mayor mandamiento» (Mateo 23, 38), por debajo del cuarto. Y eso es un desorden que, tarde o temprano, acabaría sufriendo también mi familia.

«Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia la madurez y autonomía humanas y espirituales la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padreo a su madre más que a mí, no es digno de mí» (CEC.-2232).

Jesús, Tú sabes bien que el mejor modo de amar a mi familia es amándote a Ti; y que las familias más felices son aquellas que «oyen la palabra de Dios y la cumplen». Por eso, aunque tu respuesta parece un reproche hacia tu madre y tus familiares, en realidad es una alabanza, especialmente a la Virgen, que ha sido la criatura más fiel a tu palabra y a la misión que recibió de Dios.


II. «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo... Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y alegría, de la paz de la alegría que Jesús nos ha traído» (Es Cristo que pasa.-30).

Jesús, hoy más que nunca llamas a las familias cristianas para extender tu mensaje de salvación entre los hombres. Quieres que sean -como lo fueron las de los primeros cristianos pequeñas comunidades cristianas, lugares en los que se viva y se aprenda a vivir el amor a Ti y a los demás; verdaderas escuelas del valor del trabajo y del servicio, del sentido del sufrimiento y del sacrificio; de la sinceridad, la piedad y el cumplimiento del deber.

Jesús, quieres que yo contribuya a que en mi casa, en mi bogar, reine ese espíritu nuevo, que siempre será nuevo y joven porque se tiene que encarnar en cada generación. Y, para ello, lo primero que debo cuidar es mi propia vida interior: oír con atención tu palabra y cumplir con fidelidad tus mandatos. De esta manera sabré ser sembrador de paz y alegría, porque enfocaré los problemas y sucesos cotidianos con visión sobrenatural, con caridad, con paciencia, con espíritu de servicio.

Jesús, te pido por mi familia: ayúdanos a ser siempre -a pesar de los contratiempos ordinarios o extraordinarios- una familia luminosa y alegre, que forme como un centro de irradiación del mensaje evangélico en la sociedad.





Aunque nos gustaría saber más de la vida en la tierra de Nuestra Madre del cielo por lo Evangelios, Dios nos da a conocer todo lo necesario, tanto durante su vida en la tierra, como ahora, veinte siglos, a través del Magisterio de la Iglesia cuando, con la asistencia del Espíritu Santo, desarrolla y explicita los datos revelados. La Virgen no comunica nada a su prima Isabel después de la Anunciación, sin embargo ésta penetra en el misterio de la Encarnación por revelación divina.

Nuestra Señora no manifestó el suceso a José, y un ángel le informó en sueños sobre la grandeza de la misión de la que ya era su esposa. En el Nacimiento de su Hijo guardó silencio, pero los pastores fueron informados por los ángeles. Nada dijeron María y José a Simeón y a Ana la profetisa, cuando como joven matrimonio más subieron al Templo para presentar al Niño. Nada comentó a sus parientes y amigos. Se limitó a guardar estas cosas ponderándolas en su corazón (Lucas 2, 51)

María, Maestra de oración, nos enseña a descubrir a Dios, ¡tan cercano a nuestra vida!, en el silencio y en la paz de nuestro corazón.


 El silencio es el clima que hace posible la profundidad del pensamiento; el mucho hablar disipa el corazón y éste pierde cuanto de valioso guarda en su interior. (F. SUÁREZ, La Virgen Nuestra Señora). El recogimiento de María es paralelo al de su discreción. La Virgen también guardó silencio durante los tres años de la vida pública de su Hijo. El entusiasmo de las multitudes, los milagros, no cambiaron su actitud.

Jesús se dirige a nosotros de muchas maneras, pero sólo entenderemos su lenguaje en un clima habitual de recogimiento, de guarda de los sentidos, de oración, de paciente espera.


El silencio interior, el recogimiento que debe tener el cristiano es plenamente compatible con el trabajo, la actividad social y las prisas que muchas veces trae la vida. La misma vida humana, si no está dominada por la frivolidad, por la vanidad o por la sensualidad, tiene siempre una dimensión profunda, íntima, un cierto recogimiento que tiene su pleno sentido en Dios. Es ahí donde conocemos la verdad acerca de los acontecimientos y el valor de las cosas. En un mundo de tantos reclamos externos necesitamos "esta estima por el silencio" (PABLO VI, Alocución en Nazareth).

De la Virgen Nuestra Señora aprendemos a estimar cada día más ese silencio del corazón que no es vacío sino riqueza interior, y que, lejos de separarnos de los demás, nos acerca más a ellos, a sus inquietudes y necesidades.


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