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lunes, 16 de abril de 2012

¿Cómo puede una persona racional creer en milagros?




Algunas de las dudas y cuestiones que frecuentemente les hacen o se hacen los creyentes. Esta vez se trata del interesante tema de los milagros:

Consideremos una objeción a la fe que es particularmente cortante para un científico, ¿cómo se pueden conciliar los milagros con una concepción científica del mundo? En el habla moderna, hemos abaratado la palabra “milagro”. Hablamos de “medicinas milagrosas”, “dietas milagrosas”, “milagro sobre hielo”, incluso “limpiadores milagrosos”. Pero claro que ése no era el sentido original de la palabra. Con más precisión, un milagro es un hecho que ocurre sin que las leyes de la naturaleza lo puedan explicar y por lo tanto se considera de origen sobrenatural.

Todas las religiones incluyen la creencia en ciertos milagros. La historia de cuando los israelitas cruzaron el mar Rojo conducidos por Moisés mientras que los hombres del faraón se ahogaron, es contada en el libro del Éxodo, una historia poderosa, una providencia de Dios en prevención de la inminente destrucción de su pueblo. De manera similar, cuando José le pidió a Dios que prolongara el día para que pudieran ganar una batalla, se dice que el sol se quedó quieto en un modo que sólo puede ser descrito como milagro.

En el Islam se dice que Mohamed empezó a escribir del Corán en una cueva cercana a La Meca, cuando recibió la orden sobrenatural por parte del ángel Jibril (Gabriel). El ascenso de Mohamed es también un hecho milagroso, ya que se la da oportunidad de ver todas las características del cielo y del infierno.

Los milagros tienen un papel particularmente poderoso en la cristiandad, en especial el más importante de todos: Cristo surgiendo de entre los muertos.

¿Cómo puede uno aceptar estas afirmaciones y a la vez afirmar que se es un ser humano moderno y racional? 

Bueno, si uno parte del supuesto de que los hechos sobrenaturales son imposibles entonces no puede haber milagros. De nuevo podemos dirigirnos a C. S. Lewis para encontrar un pensamiento realmente claro sobre este tema en su libro Milagros: 

“Cada hecho del que se pueda afirmar que es un milagro, en última instancia es algo que se presenta a nuestros sentidos, algo que vemos, escuchamos tocamos, olemos o probamos. Y nuestros sentidos no son infalibles. Si algo extraordinario ocurre alguna vez, siempre podemos decir que fuimos víctimas de una ilusión. Si sostenemos una filosofía que excluya lo sobrenatural, esto es lo que siempre podremos decir. 

Lo que aprendemos de la experiencia depende de la clase de filosofía que le demos a la experiencia. Por lo tanto es inútil apelar a la experiencia antes de establecer, tan bien como podamos, la cuestión filosófica”.

A riesgo de asustar a los que se sientan incómodos con los enfoques matemáticos de los problemas filosóficos, consideremos el siguiente análisis: el reverendo Thomas Bayes, era un teólogo escocés poco recordado por sus reflexiones filosóficas, pero muy respetado por haber expuesto un teorema de la probabilidad en particular. El teorema de Bayes ofrece una fórmula mediante la cual se puede calcular la probabilidad de observar un hecho en particular, dada cierta información previa (el “previo”) y cierta información adicional (el “condicional”). Su teorema es particularmente útil cuando se enfrentan dos o más posibles explicaciones para que un hecho ocurra.

Consideremos el siguiente ejemplo: usted ha sido raptado por un hombre trastornado. Él le da una oportunidad de dejarlo en libertad: le permitirá sacar una carta de entre un mazo, regresarla al mazo, barajar y volver a sacar una carta. Si saca el as de espadas las dos veces, lo dejará en libertad. Dudando de que esto incluso valga la pena intentarse, procede. Ante su sorpresa, saca el as de espadas las dos veces consecutivas. Sueltan sus cadenas y usted regresa a casa. 

Como tiene inclinaciones matemáticas, calcula la probabilidad de su buena suerte como 1/52 x 1/52 = 1/2704. Algo muy poco probable, pero sucedió.

Sin embargo, unas semanas más tarde, conoce a un benévolo empleado de la compañía que fabrica las cartas y que, sabiendo de las apuestas del hombre trastornado, ha arreglado que uno de cada cien mazos de cartas esté formado con cincuenta y dos ases de espadas. ¿Así que no se trató de un golpe de suerte?
Quizá una persona entendida y bondadosa (el empleado), desconocido para usted en el momento de su captura, intervino para mejorar las probabilidades de su liberación. La probabilidad de que el mazo del que usted sacara las cartas fuera un mazo regular con cincuenta y dos cartas diferentes era de 99/100, y la probabilidad de que se tratara del mazo especial con 52 ases de espadas, era de 1/100. Para esos dos puntos de partida, las probabilidades del “condicional” de sacar dos ases de espadas consecutivamente serían de 1/2704 y 1, respectivamente. Por el teorema de Bayes ahora es posible calcular las probabilidades “posteriores” y concluir que existe un 96 por ciento de ellas de que el mazo de cartas del que usted extrajo la suya fuera uno de los “milagrosos”.

Este mismo análisis se puede aplicar a los hechos aparentemente milagrosos de la vida diaria

Supongamos que usted observó la cura espontánea de un cáncer en estado avanzado, que se sabe que es fatal en casi todos los casos. ¿Es esto un milagro? Para evaluar la pregunta en el sentido bayesiano, se requiere primero que usted postule cuál es el “previo” de que ocurra una cura milagrosa del cáncer. ¿Es uno entre mil? ¿Uno en un millón? ¿O es cero?

Por supuesto, es aquí en donde la gente razonable estará en desacuerdo, a veces de manera ruidosa. El materialista comprometido, para comenzar, no se permite ninguna posibilidad de milagros (su “previo” será de cero) y, por lo tanto, incluso una cura de cáncer extremadamente inusual será descontada como evidencia de milagro, y en cambio será atribuida al hecho de que ocasionalmente ocurren hechos extraños en el mundo natural. 

Sin embargo, el que cree en la existencia de Dios, después de examinar la evidencia concluirá que semejante cura no pudo haber ocurrido por ningún proceso natural, y habiendo admitido que la probabilidad previa de un milagro, aunque pequeña no llega a ser cero, realizará sus propios cálculos bayesianos (muy informalmente) para llegar a la conclusión de que un milagro tiene más posibilidades de ocurrir que las que tiene de que no ocurra.

Todo esto es sólo para decir que una discusión sobre lo milagroso rápidamente se convierte en un argumento sobre si uno está dispuesto, o no, a considerar alguna posibilidad de lo sobrenatural. Yo creo que la posibilidad existe, pero al mismo tiempo, el “previo” en general debe ser muy bajo. Es decir, el supuesto en cualquier caso dado debe ser hacia una explicación natural. Un hecho mundano pero sorpresivo no es automáticamente milagroso. El deísta, que ve a Dios como creador del universo pero que luego se va a otra parte a desarrollar otras actividades, no tiene mayores razones para considerar los hechos naturales como milagrosos que el materialista convencido. 

El teísta, que cree en un Dios involucrado con las vidas de los seres humanos, puede aplicar una variedad de umbrales en el supuesto de los milagros, dependiendo de que la percepción del individuo sobre la probabilidad de que Dios intervenga en las circunstancias diarias.

Al margen de la opinión personal, es esencial que se aplique un escepticismo saludable al interpretar hechos potencialmente milagrosos, a menos que la integridad y la racionalidad de la perspectiva religiosa se pongan en duda. La única cosa que matará la posibilidad de los milagros más rápidamente que un materialista convencido es asignar el estado de milagro a hechos cotidianos para los que ya existe una explicación natural. Cualquiera que declare que el florecer de una rosa es un milagro, está pisoteando un creciente entendimiento de la biología de las plantas, el cual ha avanzado mucho en elucidar todos los pasos entre la germinación de la semilla y el florecimiento de una bella y perfumada rosa, todo dirigido por el manual de instrucciones de ADN de esa planta.

De manera similar, un individuo que se gana la lotería y anuncia que es un milagro porque ha rezado por ese resultado, presiona nuestra credulidad. Después de todo, la amplia distribución de ciertos vestigios de fe en nuestra sociedad moderna, es probable que una fracción significativa de los individuos que compran boletos de la lotería también rece de alguna forma para ser ellos los ganadores. De ser así, la afirmación del verdadero ganador sobre una intervención milagrosa suena hueca.

Más difíciles de evaluar son las afirmaciones de curas milagrosas de problemas médicos. Como médico, en ocasiones he visto circunstancias en donde ciertos individuos se curaron de enfermedades que aparentemente eran irreversibles. Sin embargo, me resisto a adscribir esos hechos a la intervención milagrosa, dado nuestro incompleto entendimiento de la enfermedad y de cómo afecta a nuestro cuerpo. Con demasiada frecuencia, cuando se ha investigado cuidadosamente alguna supuesta cura milagrosa por parte de observadores objetivos, tales pretensiones se han quedado cortas. A pesar de esas reservas, y bajo la insistencia de que las afirmaciones sean respaldadas por extensas evidencias, no me sorprendería escuchar que ocurren curaciones genuinamente milagrosas en ocasiones extremadamente raras. Mi “previo” es bajo, pero no es cero.

Por lo tanto, los milagros no suponen un conflicto irreconciliable para el creyente que confía en la ciencia como un medio para investigar el mundo natural, y que observa que éste está regido por leyes. Si, como yo, usted admite que puede existir algo o alguien fuera de la naturaleza, entonces no existe razón lógica por la que esa fuerza no pueda en raras ocasiones perpetrar una invasión. Por otro lado, para evitar que el mundo caiga en el caos, los milagros deben ser muy poco comunes.

Como escribió Lewis: “Dios no esparce milagros en la naturaleza aleatoriamente como si estuviera salpimentando. Ocurren en grandes ocasiones: se encuentran en los grandes ganglios de la historia, no de la historia política o social, sino de la historia espiritual que no puede ser completamente conocida por el hombre. Si tu propia vida no resulta estar cerca de alguno de esos grandes ganglios, ¿cómo puedes esperar ver uno?”
Aquí no sólo vemos un argumento sobre la rareza de los milagros, sino también el argumento de que deben tener algún propósito, en vez de representar los actos sobrenaturales de un mago caprichoso, diseñados simplemente para asombrar. Si Dios es la encarnación última de la omnipotencia y la bondad, no jugaría el papel de un impostor así. John Polkinghorne aborda este punto de manera contundente:

“Los milagros no se deben interpretar como actos divinos contra las leyes de la naturaleza (ya que esas leyes son en sí mismas expresión de la voluntad de Dios), sino como revelaciones más profundas del carácter de la relación divina hacia la creación. Para ser creíbles, los milagros deben transmitir un entendimiento más profundo de lo que se hubiera obtenido sin ellos”.

A pesar de estos argumentos, los escépticos materialistas que no desean darle cabida al concepto de lo sobrenatural, aquellos que refutan la evidencia de la ley moral y la sensación universal del anhelo de Dios, sin duda argumentarán que no hay ninguna necesidad de considerar los milagros en absoluto. 

Desde su punto de vista, las leyes de la naturaleza pueden explicarlo todo, incluso lo excesivamente improbable. Pero, ¿se puede sostener este punto completamente? Existe al menos un hecho singular, excesivamente improbable y profundo en la historia, que los científicos de casi todas las disciplinas concuerdan en que no se entiende y que nunca será entendido, y para el que las leyes de la naturaleza se quedan completamente cortas al ofrecer una explicación. ¿Sería eso un milagro?

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