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martes, 21 de febrero de 2012

Jesús, estoy metido en un mundo en el que mucha gente lucha por estar arriba, por dominar, por relucir, por poseer.


También nosotros podemos repetir con entera realidad. ¿Por qué se amotinan las gentes y las naciones trazan planes vanos?... ¿Porqué tanto odio y tanto mal? ¿Porqué también ?en ocasiones- esa rebeldía en nuestra vida? Los poderosos del mal se alían contra Dios y contra lo que es de Dios. Pero Dios es más fuerte. Él es la Roca (1 Corintios 10, 4). 


«Una vez que salieron de allí cruzaban Galilea, y no quería que nadie lo supiese; pues iba instruyendo a sus discípulos y les decía: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto, resucitará a los tres días. Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle. Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor.

Entonces se sentó y llamando a los doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mi me recibe; y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me envió.» (Marcos 9, 30-37) 


«Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos.» Jesús, Tú me enseñas continuamente esta doctrina: «No he venido a ser servido, sino a servir». (Mateo 20, 28). Pero nunca la acabo de asimilar: tanto me cuesta servir... Y, cuando hago un favor, me creo con el derecho a ser correspondido, al menos, con otro favor. 

Jesús, Tú, que eres Dios, has venido a servir. «Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es el «Siervo» enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en el «bautismo» de su pasión» (C. I: C.- 565)

Los ángeles, que son seres superiores a los hombres, son sus servidores. Me doy cuenta de que, en el orden del espíritu, servir es de más categoría que ser servido. Y es que servir perfecciona el espíritu, lo agranda y además, lo llena. En cambio, el buscar el propio beneficio atrofia y vacía el amor, que es una de las alas del espíritu.«Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos.»

Jesús, quiero servir, quiero ser útil. Pero existe en mí como otro yo, que se busca a sí mismo continuamente. Es una lucha incesante del yo espiritual contra el yo material: el primero prefiere servir, el segundo busca ser servido y dominar. Ayúdame a dominar mis pasiones y a decidirme a servir a los que me rodean, sin esperar nada a cambio. 


 «Grande y hermosa es la misión de servir que nos confió el Divino Maestro. -Por eso, este buen espíritu -¡gran señorío!- se compagina perfectamente con el amor a la libertad, que ha de impregnar el trabajo de los cristianos» (Forja.-144). 

Jesús, qué gran paradoja: el que sabe servir a los demás demuestra mayor señorío, y es más libre. Si soy «el último de todos y el servidor de todos», entonces me hago señor de mí mismo y utilizo mi libertad de manera plena. «Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor».

Jesús, estoy metido en un mundo en el que mucha gente lucha por estar arriba, por dominar, por relucir, por poseer. Y, sin darme cuenta, se me puede introducir esta forma de pensar, que no es cristiana porque ata, porque obliga a ceder lo que haga falta con tal de obtener el éxito humano. Y ése no es el amor a la libertad, que ha de impregnar el trabajo de los cristianos.

Jesús, ante esa tendencia a dominar y a querer ser el primero que a veces siento, me pones el ejemplo de un niño: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe». Quieres que en mi vida espiritual tenga la sencillez, la confianza, y los grandes ideales que son propios de los niños. Y que, como ellos, no tenga reparos a la hora de servir a los demás.



Los salmos fueron las oraciones de las familias hebreas, y la Virgen y San José verterían en ellos su inmensa piedad. De sus padres los aprendió Jesús, y al hacerlos propios les dio la plenitud de su significado. Desde siempre el Salmo II fue contado entre los salmos mesiánicos, y ha alimentado la piedad de muchos fieles.

 También nosotros podemos repetir con entera realidad. ¿Por qué se amotinan las gentes y las naciones trazan planes vanos?... ¿Porqué tanto odio y tanto mal? ¿Porqué también ?en ocasiones- esa rebeldía en nuestra vida? Los poderosos del mal se alían contra Dios y contra lo que es de Dios. Pero Dios es más fuerte. Él es la Roca (1 Corintios 10, 4). 

Nosotros podemos encontrar en la meditación de este salmo la fortaleza ante los obstáculos que se pueden presentar en un ambiente alejado de Dios, el sentido de nuestra filiación divina y la alegría de proclamar por todas partes la realeza de Cristo. 


II. Rompamos, dijeron, sus ataduras, y sacudamos lejos de nosotros su yugo (Salmo 2, 3), parece repetir un clamor general. El Papa Juan Pablo II ha señalado, como una característica de este tiempo nuestro, la cerrazón a la misericordia divina. Es una realidad tristísima que nos mueve constantemente a la conversión de nuestro corazón; a implorar y preguntar al Señor el porqué de tanta rebeldía. Quienes queremos seguir a Cristo de cerca tenemos el deber de desagraviar por ese rechazo violento que sufre Dios en tantos hombres, y hemos de pedir abundancia de gracia y de misericordia.


III. A mí me ha dicho el Señor: "Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy" Dios Padre se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser alter Christus, ipse Christus. Éste es nuestro refugio: la filiación divina. Aquí encontramos la fortaleza necesaria contra las adversidades. Cristo ha triunfado ya para siempre. Con su muerte en la Cruz nos ha ganado la vida. Es la señal del cristiano, con la que venceremos todas las batallas, la vara de hierro es la Santa Cruz. 

La Cruz en nuestra inteligencia, en nuestros labios, en nuestro corazón, en todas nuestras obras: ésta es el arma para vencer. A nuestro Ángel Custodio, fiel servidor de Dios, le pedimos que nos mantenga cada día con más fidelidad y amor en la propia vocación, sirviendo al reinado de su Hijo allí donde nos ha llamado. 

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