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miércoles, 13 de junio de 2012

«Yo creo en Dios, pero a mi manera», dicen muchos.



«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el Cielo y la Tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.» 
(Mateo 5, 17-19)

Jesús, los preceptos del Antiguo Testamento servían para preparar al Pueblo de Dios a esa plenitud de tu venida y de tu palabra.

No es sencillo lo que vienes a revelar: el amor verdadero, que es donación, entrega y, por tanto, renuncia que comporta sacrificio.

Es muy fácil coger partes sueltas de tu mensaje: lo que me gusta, lo que «me va bien», lo que siento.
Es muy fácil interpretar el Evangelio «racionalmente», y quitarse de encima todo lo que habla de pecado, infierno, sacrificio, vida sobrenatural, misterio, etc.
Es muy fácil... pero es absurdo.

Porque si Tú eres Dios, ¿quién soy yo para «trocear» la palabra de Dios?

Ya no hay un mensaje posterior, una doctrina que dignifique más al hombre, que le llene más.
Mientras no pasen el Cielo y la Tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra.

El nuevo Pueblo de Dios, que es tu Iglesia, tiene ahora la misión de que no se quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños.
La Iglesia, dirigida por los sucesores de los apóstoles, guarda íntegra la doctrina a través de los siglos, a la vez que orienta a los fieles para aplicarla en las situaciones actuales de cada época y de cada pueblo.
Jesús, en el ambiente hay como un terror a las normas, a los mandamientos, como si fueran en contra de la libertad.

«Yo creo en Dios, pero a mi manera», dicen muchos.
«Así es más espontáneo, más natural».
En cambio, bien que siguen las normas de tráfico y no se salen de los límites de la autopista, aunque las vallas «restrinjan» su libertad.

Que me dé cuenta, Jesús, de que los mandamientos son carreteras que me señalan la buena dirección, el mejor modo de llegar al destino correcto.

Que no quiera salirme de esos límites, pues con la apariencia de ganar libertad, estaría perdiendo el camino.

«Convéncete: tu apostolado consiste en difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad, espíritu de sacrificio, constancia en el trabajo, profundidad en el estudio, amplitud en la entrega, estar al día, obediencia absoluta y alegre a la Iglesia, caridad perfecta...
-Nadie da lo que no tiene»
(Surco.- 927).

Jesús, si quiero ser tu discípulo y hacer apostolado entre mis amigos, he de empezar siguiéndote de cerca.
«Y el seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida (Mateo 5, 17), sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta» El que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Jesús, primero he de cumplir yo esos mandamientos, hasta el más pequeño, obedeciendo con alegría y con resolución las indicaciones de la Iglesia.
No es suficiente con guardar los diez mandamientos, sino que debo conocer lo que dicen el Papa y los Obispos.
Y luego tengo el deber, por cristiano, de enseñar a los demás dónde está el camino, y la verdad y la vida.
Y no están en otro sitio más que en Ti y en tu Iglesia: en los mandamientos, en los sacramentos, en las exigencias cristianas de caridad y entrega, de honradez, de prestigio profesional, de espíritu de sacrificio.

Ayúdame, Jesús, a vivir conforme a tus mandamientos.
Sé que obedecerlos no va en contra de mi libertad sino que, precisamente porque me guían en mi camino, son la mejor elección que puedo hacer.

Y esta elección, obedecerte a Ti y a tu Iglesia, es el mejor uso posible de mi libertad.

Además, sólo siendo fiel a estos mandatos podré luego difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad..., porque nadie da lo que no tiene.

La naturaleza humana perdió, por el pecado original, el estado de santidad al que había sido elevada por Dios y, en consecuencia, también quedó privada de la integridad y del orden interior que poseía.

Desde entonces el hombre carece de la suficiente fortaleza en la voluntad para cumplir todos los preceptos morales que conoce. Aún después del Bautismo experimentamos una tendencia al mal y una dificultad para hacer el bien: es el llamado fomes peccati o concupiscencia, que –sin ser en sí mismo pecado- procede del pecado y al pecado se inclina (CONCILIO DE TRENTO, Sobre el pecado original.)

La ayuda de Dios nos es absolutamente necesaria para realizar actos encaminados a la vida sobrenatural. Nuestras buenas obras, los frutos de santidad y apostolado, son en primer lugar de Dios; en segundo término, resultado de haber correspondido como instrumentos, siempre flojos y desproporcionados, de la gracia.

 Todos recibimos por la bondad de Dios, mociones y ayudas para acercarnos a Él, para acabar con perfección un trabajo, para hacer una mortificación o un acto de fe, para vencernos por Su amor en algo que nos cuesta: son las gracias actuales, dones gratuitos y transitorios de Dios que en cada alma desarrollan sus efectos de una manera particular.

¡Cuántas hemos recibido hoy! ¡Cuántas más recibiremos si no cerramos la puerta a esa acción callada y eficaz del Espíritu Santo! Con la gracia, Dios nos otorga la facilidad y la posibilidad de realizar el bien: Sin Mí, nada podéis hacer (Juan 15, 5) dijo terminantemente el Señor, y nosotros lo tenemos bien experimentado. Nuestra jornada se resumirá frecuentemente en: pedir ayuda, corresponder y agradecer.

. El Hombre puede resistirse a la gracia. De hecho a lo largo del día, quizá en cosas pequeñas, decimos que no a Dios. Y hemos de procurar decir muchas veces sí a lo que el Señor nos pide, y no al egoísmo, a los impulsos de la soberbia, a la pereza. La respuesta libre a la gracia de Dios debe hacerse en el pensamiento, con las palabras y los hechos (CONCILIO VATICANO II, Const. Lumen gentium.) La mayor o menor abundancia de las gracias depende de cómo correspondemos.

Cuando estamos dispuestos a decir sí al Señor en todo, atraemos una verdadera lluvia de dones y Su amor nos inunda cuando somos fieles a las pequeñas insinuaciones de cada jornada. Acudamos a San José, esposo fidelísimo de María, para que nos ayude a oír con claridad la voz del Espíritu Santo, para que como él , realicemos tan bien y con tanta prontitud, la voluntad de Dios.

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