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jueves, 21 de junio de 2012

“Morir a Si Mismo”Es dar nuestra Vida por el Prójimo

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EL CAMINO HACIA DIOS

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Esto es santidad donde sea que nos encontremos, 
En el estado que estemos. 

“No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos”
 (Jn 15, 13) 
Son pocos los llamados a dar la vida por su prójimo, 
pero todos podemos dejar nuestras reacciones, dominar nuestras debilidades, 
dejar nuestro egoísmo y aceptar a nuestro prójimo como es 
y en ese momento – 

Esto es muerte espiritual. esto es Santidad.

  "Jesús no siempre le agradó la manera de comportarse de sus Apóstoles, pero adaptándose a sus temperamentos, orando a Su Padre por ellos, dándoles un santo ejemplo de conducta, así los amó y ese
 amor los cambió."

Es gracia lo que te sucede en cada momento – 
¿cómo la aprovecharás – a favor o en contra tuya?

En todo lo que sucede Bueno o Malo, Jesús nos llama a la Santidad. 
..Toda rama que dé fruto 
Él la poda para que dé aun más fruto”

En todo lo que sucede, 
Jesús nos llama a la santidad.  
Leemos en los Evangelios que Jesús se vació a sí mismo cuando bajó del cielo para habitar entre nosotros. Nos damos cuenta que la Palabra Eterna se hizo carne y se humilló tomando sobre sí nuestra existencia en pecado, sin tener Él pecado alguno.

Sabemos que parte de su humillación fue dejar algo y Alguien grande para rebajarse a vivir entre cosas y seres inferiores. Pero ¿fue esto todo? Si así fuera ninguno de nosotros podría vaciar su propio ser, porque uno no puede pasar de algo grande a algo inferior.

Sencillamente, nuestro problema consiste en cómo es que uno crece en el Espíritu de Jesús –se le asemeja–, piensa como Él, ve el momento presente como lo ve Él y vacía su ser de sí mismo. El asumió nuestra naturaleza humana para que pudiéramos convertirnos en hijos del Padre.

Desde que nosotros hemos de ser santos en cualquier estado de nuestra vida – donde sea que estemos – sean cuales sean nuestros talentos, - es necesario que entremos en profundidad en el mandamiento nuevo para ver la respuesta a nuestro dilema.

El nuevo mandamiento nos pide que nos amemos los unos a los otros de la misma forma como Jesús nos ama. Par dar con la solución en cuanto a “cómo” lograr la santidad, veamos solo un aspecto del amor que Dios nos tiene tal como somos ahora. Su amor es tan grande que no fuerza nuestra voluntad para amarlo en reciprocidad ni nos obliga.

El nos cuida, nos motiva, nos acoge, nos dirige, nos perdona, nos da una gracia tras otra, nos ofrece su misericordia cuando nos arrepentimos, y cuando no lo hacemos hace que nos remuerda nuestra conciencia. Así mismo saca para nosotros bien del mal en nuestras vidas y nos da luz para cambiar.

Dios permanentemente nos da y adapta su amor de acuerdo a nuestra voluntad y disposición. No nos exige más de lo que podamos dar, ni nos pide ir más allá de lo que queramos ir. 
El derrama Su amor y gracia sobre nosotros, ya sea que nademos, caminemos, corramos o volemos hacia Él.
¿Es éste el secreto de vaciarnos a nosotros mismos?
 ¿Es así como debemos amar a nuestro prójimo? 

¿Es así como cambiamos y dejamos que el cambio cambie a otros? ¿Oramos por nuestra santidad esperando que suceda un gran acontecimiento, o es una fuente de fuerza para seguir creciendo?

La gente vive, trabaja, camina, juega, compra, estudia y come con otros. Hay unos pocos que habitan en un desierto y viven aislados sin depender de otros. Es aquí cuando la inter-relación entre la gente se nos presenta tanto el mayor obstáculo como la mas grande ayuda para lograr la santidad.
Ahí tenemos a la gente a quien se le ha dado el mandamiento del amor, pero desafortunadamente el uso que le damos a dicho mandamiento es mínimo. 

A veces creemos que el amor es sentir afecto, pero Dios no nos puede mandar “sentir”. Amar es una decisión. Pero ¿en qué consiste esa decisión?
¿Es por un acto de voluntad que decimos “Te quiero” y luego todo pasa al olvido? ¿Se trata de perdonar a veces, esperando que no haya que hacerlo de nuevo y, a renglón seguido se actúa falto de amor cuando de nuevo se requiere tener misericordia?

¿Cómo nos vaciamos de nosotros mismos de forma que Jesús pueda irradiar a través de nosotros? Pareciera que la palabra que mejor describe lo que Jesús hizo y lo que nosotros hemos de hacer es la palabra “acomodarse”. 
Los individuos somos diferentes. Los miembros de una misma familia difieren entre sí. Se difiere entre amigos, entre cónyuges, entre hermanos, entre naciones. Todas estas diferencias hacen difícil “sentir” amor, el que quedaría reservado a ciertas personas de acuerdo a nuestros gustos y sus personalidades.

Entre las muchas ayudas que Jesús nos presentó fue cuando nos dijo “lo que hagamos con los más pequeños, se lo hacemos a Él”. Pero aún esto es difícil de hacerlo siempre, porque encontramos difícil ver a Jesús en ciertas situaciones desagradables, en gente imperfecta o en circunstancias imposibles.

Siempre estamos a la espera de que los otros sean más como otros Cristos confiados en que en ese caso nuestra actitud será más pacífica. Sin embargo no podemos permitirnos que nuestra respuesta al llamado a la santidad esté supeditada a la conversión y cambio de actitud de los otros. ¿Que nos pasaría si aquellos nunca cambiaran, ni nunca actuaran como Cristo, y nunca nos lleguen a dar amor ni se conviertan?

¿Qué pasa con la llamada a nuestra santidad cuando suceden situaciones difíciles y las personas que están de por medio nos irritan, son irritables y vengativas? ¿Quiere Jesús que seamos como una caña agitada por el viento? ¿Acaso murió Él y derramó Su Preciosa Sangre para que nos dejemos ser zarandeados por todos lados por las pasiones, temperamentos y otros tratos desagradables de nuestro prójimo?

¿Tenemos disculpas legítimas para nuestra falta de virtud cuando alegamos que obviamente Dios no nos llamó a la santidad desde que no vivimos libres de problemas con la gente que nos rodea? ¿Creemos que si no fuera por esa gente seríamos santos? Pareciera que así lo creemos; Jesús lo sabía y por eso nos dio el nuevo mandamiento.

Jesús trató con todo estado de luz, virtud o generosidad alcanzado por las almas de aquellos con que se había topado. Sabía lo que el joven rico haría cuando Él se lo pidió todo y que efectivamente el joven nos fue capaz de hacerlo. Sin embargo fue el joven rico el que se fue triste, no Jesús.
Desde que la Fuente de paz de Jesús era el Padre, Él podía pedir todo y recibir un “no” por respuesta y aun asís aceptar a esa persona en el estado de alma en que se encontraba y seguir amándolo.

Jesús sabía lo que Judas haría, pero eso no impidió que lo llame. Él trató a Judas en el nivel que se encontraba. En ese momento Judas estaba celoso, y esperaba ardientemente el “Reino”. Jesús los aceptó en esas circunstancias. Siguió amándolo, dándole luz y advirtiéndole que no podemos servir a dos amos, pero mientras tanto toleró su mala disposición.

Nuestra reacción ante la gente es lo opuesto de Jesús. Juzgamos los motivos que no vemos, desaprovechamos oportunidades recordando situaciones pasadas y perdemos la esperanza de algún cambio futuro.
Podemos también apreciar cómo Jesús amó a Pedro.
 Él lo llamó, suavemente le corrigió sus fracasos, le anunció que lo negaría, le dio una mirada compasiva cuando ya había fallado y lo perdonó por completo cuando Pedro hizo tres actos de amor.

En ningún instante, Jesús pensó en quitarle el ministerio como cabeza de los Apóstoles. Jesús vio sus flaquezas, las dejó correr, y no las tomó en cuenta en sus planes; más bien las aprovecho para el crecimiento de Pedro y le confió poder y autoridad. Esto es amar.

Podemos estar seguros que los apóstoles no fueron siempre una tranquilidad para Jesús, pues no entendieron Su misión y Su plan de redención. No fueron capaces de entender sus parábolas y Su deseo de sufrir les fue un misterio. Sus revelaciones fueron difíciles de entender, Sus enseñanzas muy profundas para que sus mentes las penetraran.

A veces Él fue tan suave que los Apóstoles sintieron que podían decirle cualquier cosa para después sentir acogidas sus almas al pensar que se estaba reviviendo el Yahvé del Antiguo Testamento, manifiesto en la persona de Jesús, cuando fustigó a los mercaderes del Templo.

Él puso exigencias que parecen severas, que se hicieron aun más difíciles cuando estas se vieron cumplidas con el ejemplo de Su vida. Pero estos hombres mostraron su amor por Él, siguiéndolo y sacrificando su propia vida.
Así como vimos que Jesús creció en conocimiento y sabiduría, Sus Apóstoles igualmente progresaron en gracia y sabiduría debido a una aceptación mutua y amalgamándose unos a otros.

Jesús elevó lentamente el sentido de los valores de Sus Apóstoles a niveles más altos con el ejemplo de Su vida. Les habló en parábolas para penetrar su nivel de luz e inteligencia. Él los perdonó con frecuencia y les dijo que debían perdonar setenta veces siete.

Conociendo la repugnancia que tenían ante el sufrimiento, Él les anunciaba repetidas veces que llegaría Su Pasión, y luego suavizaba el golpe prometiéndoles Su Resurrección. Cuando le repetían preguntas ya contestadas, recurría a exponerles las verdades sublimes en la forma más simple sin dejar que se sintieran ignorantes. Puso a prueba la paciencia de ellos pidiéndoles que alimentaran a cinco mil hombres con unos cuantos panes y peces, para luego multiplicarlos dándoles la alegría de ver realizarse lo imposible.

Él tenía confianza de lo que tenían dentro y paciencia para esperar a que floreciera. Mientras tanto, los tomaba como eran, sabiendo que la gracia que venía a elevarlos, sacaría a la luz esas cualidades escondidas.

La santidad de Jesús hizo destacar la oscuridad de los Apóstoles, pero ésta desapareció con la Luz. Una vez que aprendieron a hacer para otros como Él hizo con ellos, ellos también se convirtieron en luz en la oscuridad. 

Ellos fueron capaces de sacar, de los más degradados, preciosas cualidades del alma. Ellos pasaron a ser parte de la Luz que “iluminó a todo hombre.” (Jn 1, 9).

Podríamos quizás llamar a esta habilidad: “adaptabilidad de entendimiento”. Ellos mismos recibieron Luz de Jesús y desde que el Origen de la Luz era inacabable, esta Luz resplandeció e iluminó a otros. San Pablo describe esta “adaptabilidad” cuando dice “todos deben disminuir....y ninguno busque únicamente su propio bien sino también el bien de los otros.

Tengan ustedes la misma manera de pensar que tuvo Cristo Jesús. Aunque era de naturaleza divina, no insistió en ser igual a Dios, sino que se rebajó a si mismo para tomar la naturaleza de siervo” (Fil 2, 3-7)

El secreto para vaciarse de sí mismo, de amar al prójimo como Dios nos ama, de vivir las bienaventuranzas es:

1.   Aceptar a Dios sin acomodos

2.   Aceptarnos a nosotros mismos como somos

3.   Aceptar a nuestro prójimo como es.

Cuando aceptamos a Dios en sus términos, hacemos su Voluntad – cuando nos aceptamos a nosotros mismos como somos, nos damos cuenta de nuestras debilidades y de nuestra total dependencia de Su gracia. Esta dependencia nos permite apreciar que la Voluntad de Dios es superior a la nuestra y esta realidad nos hace ver al prójimo bajo una nueva luz: lo aceptamos como es.

Cuando nuestro prójimo está molesto, en ese momento Dios nos llama a mostrarnos tranquilos porque nuestro prójimo necesita afabilidad – nos suprimimos a nosotros mismos.

Cuando las cualidades del prójimo son ásperas, nosotros mostramos amor al no provocarlos voluntariamente. La experiencia pasada nos enseña qué es lo que revuelve a una persona, de manera que en su presencia evitamos decir o hacer lo que le molesta.

Nosotros nos borramos. Tomamos sobre sí sus debilidades y las elevamos hacia Dios imitando a Jesús. Esto es lo que significa “vaciarse uno mismo para asumir la condición de esclavo” “Ayúdense entre sí a soportar las cargas, y de esta manera cumplirán la ley de Cristo” (Ga 6, 2).

Estaremos atentos a procurar lo que agrada al otro, (siempre y cuando no sea algo pecaminoso), evitando lo que le disgusta y adaptándonos a sus gustos, sus talentos o sus debilidades.

Esto nos pone en la situación de practicar amor ignorándonos a nosotros mismos. Nos convertimos en ejemplos vivos de las bienaventuranzas. “Ustedes antes vivían en la oscuridad, pero ahora, por estar unidos al Señor, viven en la luz” dice San Pablo a los Efesios, “.......pues la luz produce toda una cosecha de bondad, rectitud y verdad”. (Ef 5, 8-9)

Cuando adaptamos nuestra conversación, nuestro temperamento, nuestro conocimiento, nuestra virtud, nuestros gustos y disgustos al estado de alma actual del prójimo, le damos amor como Dios lo ama – somos una luz en la oscuridad – somos Hijos de Dios. Verdaderamente seguimos el consejo de San Pablo,

 “Como hijos amados de Dios, procuren imitarlo.... sigan el camino del amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda fragrante y sacrificio a Dios”. (Ef 5, 1-2)

Esto es “morir a si mismo” – es dar nuestra vida por el prójimo – esto es santidad donde sea que nos encontremos, en el estado que estemos. “No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) Son pocos los llamados a dar la vida por su prójimo, pero todos podemos dejar nuestras reacciones, dominar nuestras debilidades, dejar nuestro egoísmo y aceptar a nuestro prójimo como es y en ese momento – esto es muerte espiritual.

A Jesús no siempre le agradó la manera de comportarse de sus Apóstoles, pero adaptándose a sus temperamentos, orando a Su Padre por ellos, dándoles un santo ejemplo de conducta, así los amó y ese amor los cambió.
Encontramos a los Apóstoles y a los primeros cristianos haciendo precisamente esto después de Pentecostés, tal como leemos en los Hechos, “La multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma” (Hech 4, 32).

Esta unidad de corazón y alma no es posible, al menos que todos, o por lo menos la mayoría, se “nieguen a sí mismos”, pensando en complacer a los otros más que a uno mismo. Jesús lo expuso muy gráficamente cuando le dijo a los Apóstoles, “Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy.

Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros.” (Jn 13, 14-15) Aquí, él está hablando de cada uno de nosotros en posesión de un espíritu de amor y humildad, en la medida que nos sirvamos los unos a los otros. Esto no solo en cosas materiales, sino en soportar y abstenerse, con una anticipación cuidadosa ante el temperamento y debilidad del otro, negándose a sí mismo.
Para perseverar en esta tarea “dulce y amarga” de vivir santamente, debemos conservar una relación enraizada en Dios, cuyo cimiento es la humildad y el conocimiento de sí mismo.

El Poder del Espíritu no se puede encerrar – este debe salir hacia otros.
Es así que Dios nos manda amarlo con todas nuestras fuerzas, corazón, mente y alma, y al prójimo como Dios nos ama – es el mismo amor que fluye entre Dios y el alma – entre el alma y el prójimo.

Es difícil, pero el peso de la cruz es liviano comparado con la cruz de emociones descontroladas, cólera, el aferrarse en su propia opinión, la frustración de tratar de cambiar a otros en vez de cambiar uno mismo, resentimientos, remordimiento y culpabilidad.

El aceptar el momento presente con la actitud de Jesús sin duda es una carga menos pesada.

Es gracia lo que te sucede en cada momento – ¿cómo la aprovecharás – a favor o en contra tuya?

“Hermanos santos, ustedes que han recibido el mismo llamado sobrenatural, fíjense en Jesús...” (Heb 3, 1)

En todo lo que sucede, Jesús nos llama a la santidad. Que sus vidas suenen como una campanada clara y sonora que dice – “Jesús es el Señor – Jesús nos ama” “Yo los he amado con un amor eterno”



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