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miércoles, 7 de diciembre de 2011

El verdadero descanso para mi alma lo experimento, Jesús, cuando cumplo tu voluntad


«Venid todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera». (Mateo11, 28-30)

 I. Jesús, desde tu nacimiento en Belén me enseñas una nueva forma de vivir en la tierra. Es la forma del amor verdadero, del amor entregado, del amor sacrificado. Desde fuera para el que no la pone en práctica es como un yugo: sacrificio, cruz, entrega, trabajo, servicio, obediencia. Pero para el que te sigue, ese "yugo es suave y su carga es ligera". La verdadera carga la soporta el que intenta liberarse de tus mandatos, ir a la suya, no obedecer a nadie más que a si mismo: porque acaba obedeciendo a sus caprichos, a sus gustos y a sus vicios, en medio de una vida triste y vacía.

El gran enemigo del alma es la soberbia, porque es la que se opone continuamente a que obedezcamos, a que nos esforcemos por cumplir una voluntad distinta de la nuestra, como si de este modo perdiéramos la libertad.

"Si bien todos los vicios nos alejan de Dios, sólo la soberbia se opone a Él; a ello se debe la resistencia que Dios ofrece a los soberbios" (Santo Tomas) ¿Cómo estoy de humildad? "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.

"Jesús, que aprenda de Ti a ser humilde, a cumplir libremente la voluntad de Dios, como lo hiciste Tú durante toda tu vida: desde Belén basta el Calvario. Sólo así encontraré esa paz interior que, junto con la alegría, es uno de los frutos más característicos de la vida cristiana.


II. "El amor de Dios es celoso; no se satisface si se acude a su cita con condiciones: espera con impaciencia que nos demos del todo (...). Quizá pensaréis: responder que si a ese Amor exclusivo, ¿no es acaso perder la libertad? (...) Cada uno de nosotros ha experimentado alguna vez que servir a Cristo Señor nuestro comporta dolor y fatiga. Negar esta realidad supondría no haberse encontrado con Dios.

El alma enamorada conoce que, cuando viene ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y lo carga es suave, porque lo lleva Él sobre sus hombros. Pero hay hombres que no entienden, que se rebelan contra el Creador (...) Son almas que hacen barricadas con la libertad. ¡Mi libertad, libertad! (...) Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también humanamente.

El que escoge, ¡con plena libertad!, una norma recta de conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros. ¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos coaccionan esa ilusorio libertad, que no se arriesga a aceptar responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales. (...) Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad.

Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. (...) La libertad sólo puede entregarse por amor. Por amor a la libertad, nos atamos. Únicamente la soberbia atribuye o esas ataduras el peso de una cadena. La verdadera humildad, que nos enseño Aquel que es manso y humilde de corazón, nos muestra que su yugo es suave y su carga ligera: el yugo es la libertad, el yugo es el amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que Él nos ganó en la Cruz (Amigos de Dios. 28-32)

El verdadero descanso para mi alma lo experimento, Jesús, cuando cumplo tu voluntad, aunque me cueste, atándome a ese yugo tuyo por amor, entregándote libremente mis gustos, mis intereses, mis deseos, porque me da la gana quererte sobre todas las cosas. A pesar de tener esta idea muy clara, a veces me canso de luchar. Que sepa acudir a Ti en esos momentos de fatiga, para descargar ese peso en tus manos paternales, dejándome también guiar en la dirección espiritual, con humildad.



La liturgia del Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Sólo así podremos comprender los sucesos de Belén; sólo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.

A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud del apostolado. Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medida para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades.

Nuestro carácter no depende de la forma de ser de quienes nos rodean, sino de nosotros mismos.


II. La mansedumbre no es propia de los blandos y amorfos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.

Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones: su contemplación nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perder la paz. A la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía. La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios.


III. Las manifestaciones de violencia son en el fondo signos de debilidad. Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de su mal carácter; poseerán a Dios porque su alma se halla siempre dispuesta a la oración, y poseerán a los que los rodean porque han ganado su cariño.

Hemos de dejar a nuestro paso el buen aroma de Cristo (2 Corintios 2, 15): nuestra sonrisa, una calma serena, buen humor y alegría, caridad y comprensión. Contemplar al Niño Jesús nos ayudará a ser humildes.