Visitar estos dos link.

martes, 8 de enero de 2013

Jesús me Hizo Un Milagro...


...Pero me pidió que ponga los medios a mi alcance... 
...«cinco panes y dos peces»
 Rezar y Mortificarme por aquellas personas que sufren en el alma 
y en el cuerpo;  hablar a solas con ellos, con sencillez; 
ademas dejarles algún libro que les pueda ayudar; 

Presentarles a un sacerdote o a otra persona con la que puedan aclarar 
sus dudas; darles buen ejemplo con mi propia conducta; etc...



«Al desembarcar, vio Jesús una gran multitud, y se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas. Y cuando ya se hizo muy tarde, se acercaron sus discípulos y le dijeron:

 El lugar es desierto y la hora es ya avanzada; despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos de alrededor; y compren algo de comer. 

Y les respondió: Dadles vosotros de comer. Y le dicen: ¿Es que vamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer? 
El les dijo:
 ¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.
Y habiéndolo visto, dicen: 

Cinco, y dos peces. Entonces les mandó que acomodaran a todos por grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los daba a sus discípulos para que los distribuyesen; también repartió los dos peces para todos. 

Y comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestos llenos de los trozos de pan y de los peces. Los que comieron los panes eran cinco mil hombres».
(Marcos 6, 34-44)


Jesús, querías ir con tus discípulos a «un lugar apartado para descansar un poco» pues no os dejaban tiempo ni para comen.

Pero cuando llegas al «lugar apartado», una multitud te espera.
Y te quedas con ellos hasta que «se hizo muy tarde» para seguir explicándoles «muchas cosas».

¡Qué ejemplo de afán apostólico, de ese deber que tengo como
cristiano de dar doctrina!

Cuando veo tanta gente a mi alrededor que no te conoce, o que te conoce sólo a medias, me debería pasar como a Ti: llenarme de compasión porque están «como ovejas sin pastor».

En cambio, tal vez me he acostumbrado a que mis familiares, amigos y conocidos no vivan cristianamente.

O a lo mejor no me he acostumbrado pero, aunque me sepa mal, 
¿qué puedo hacer yo?

«No puedes decir que te es imposible atraer a los demás. Si eres verdadero cristiano, es imposible que esto suceda. (...) Si afirmas que un cristiano no puede ser útil, deshonras a Dios y le calificas de mendaz. Le resulta más fácil a la luz convertirse en tinieblas que al cristiano no irradiar. No declares una cosa imposible cuando es precisamente lo contrario lo que es imposible» (San Juan Crisóstomo).

Como a los apóstoles, me dices: 
«Dadles vosotros de comer»
Ya sabes que me faltan los medios, ya sabes que soy muy poca cosa para enseñarle a nadie cómo debe comportarse.

Pero me pides que ponga los medios a mi alcance, esos «cinco panes y dos peces»: rezar y mortificarme por aquella persona; hablar a solas con ella, con sencillez; dejarlo algún libro que le pueda ayudar; presentarle a un sacerdote o a otra persona con la que pueda aclarar sus dudas; darle buen ejemplo con mi propia conducta; etc...

Esos son los «cinco panes y dos peces» que tengo.
Tú pondrás el resto.

«Si le ayudas, aunque sea con una nadería, como hicieron los Apóstoles, El está dispuesto a obrar milagros, a multiplicar los panes, a cambiar las voluntades, a dar luz a las inteligencias más oscuras,
 a hacer -con una gracia extraordinaria- que sean capaces de rectitud los que nunca lo han sido.

Todo esto... y más, si le ayudas con lo que tengas» 
Jesús, lo primero que me pides es que tenga algo para ayudarte.

Si no rezo; si no hago lo que debo; si no tengo afán de servicio; si no cuido mi vida sobrenatural; si no tengo prestigio como persona honrada y trabajadora, ¿qué tengo?

Y con cero panes, Tú no harás nada, porque el cero no se puede multiplicar.

Además, me pides que lo que tenga lo ponga a tu servicio.
¿Qué hubiera pasado si el muchacho que tenía los panes y los peces, se los hubiera guardado para él?
No habría habido milagro.

Jesús:Que  yo sepa entregar esos talentos que, en el fondo, son tuyos.

Que yo no quiera tener, triunfar, estar contento, vivir en paz... sólo para mí.

Jesús, mi padre y Señor, que aunque esté cansado por las diversas ocupaciones del día, ayúdame a no dejar pasar ni una oportunidad de dar doctrina.

Que no me acostumbre al error de los que me rodean; 
y para ello, que viva siempre cerca de Ti.



Al copiar este articulo favor conservar o citar este link.

     www.iterindeo.blogspot.com

 Visitamos

viernes, 4 de enero de 2013

Jesús, quiero aprender a Conversar Contigo...


...Con la espontaneidad, con la emoción, con el amor de aquellos primeros dos discípulos.

La sencillez y naturalidad son virtudes extraordinariamente atrayentes, pero difíciles a causa de la soberbia, que nos lleva a tener una idea desmesurada de nosotros mismos, 
y a querer aparentar ante los demás por encima
 de los que somos y tenemos.

«Al día siguiente estaba allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y; fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y viendo que le seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Les respondió: Venid y veréis.

Fueron y vieron dónde vivía, y permanecieron aquel día con él. Era alrededor de la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús. 
Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: Hemos encontrado al Mesías (que significa el Cristo). Y lo llevó a Jesús. Mirándolo Jesús le dijo: 
Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Piedra)». 
(Juan 1, 35-42) 

 Jesús, hoy se acercan a Ti los primeros de aquellos doce: Andrés, hermano de Pedro, y Juan, hermano de Santiago. Son fruto del apostolado de Juan el Bautista, que les muestra claramente que eras el Mesías. Y ellos, «al oírle hablar así», te siguen. 


Luego, al conocerte personalmente, ya no necesitan de nadie para afirmar ante sus familiares y conocidos: «Hemos encontrado al Mesías.» Jesús, yo también te he conocido.

Desde mi infancia he ido aprendiendo a tratarte; o quizá más tarde, un amigo me ha descubierto que Tú eras el Hijo de Dios. Pero ahora quiero conocerte más. «¿Dónde vives?» ¿Dónde te puedo encontrar? 

Te has quedado en el sagrario y te puedo
 recibir en la comunión. «Ven y verás».

Jesús, me pides que venga a verte más al sagrario, que te reciba más a menudo en la comunión. Entonces veré: te veré.

«Era alrededor de la hora décima». San Juan se acuerda, sesenta años más tarde, incluso de la hora de su primer encuentro contigo. 




¿De qué hablaríais ese día en tu casa, Señor? Desde entonces, Juan y Andrés no buscaron otro ideal que el de hacer tu voluntad. Jesús, quiero aprender a conversar contigo en la oración con la espontaneidad, con la emoción, con el amor de aquellos primeros dos discípulos.

 «Ama, venera, reza, mortifícate -cada día con más cariño- por el Romano Pontífice, piedra basilar de la Iglesia, que prolonga entre todos los hombres, a lo largo de los siglos y hasta el fin de los tiempos, aquella labor de santificación y gobierno que Jesús confió a Pedro» 

Este es el principio y fundamento de la Verdadera Iglesia fundada Por Nuestro 

Señor 
 Jesucristo, el resto de iglesias son fundadas por Hombres tu eliges si quieres estar en la Legitima y única o en una 

Imitación?


Jesús, Tú escoges a Pedro desde el primer momento para que sea la roca firme donde se apoye tu Iglesia. 

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente a él, la piedra de su Iglesia. 

Le entregó las llaves de ella; lo instituyó pastor de todo el rebaño»

«Tú te llamarás Cefas (que significa Piedra)». ¡Cuánto peso recae sobre el Papa! Por eso necesita de mi ayuda espiritual: oración y mortificación. 

Jesús, te ofrezco mi trabajo por el Papa: por su persona e intenciones, para que sea santo y fiel. 


También tengo la responsabilidad, como cristiano, de conocer lo que dice el Papa: leer algunos de sus escritos, seguir en la prensa lo que dice en sus  viajes, en sus discursos, etc. 

No sería lógico que estuviera más pendiente de lo que dice un ministro o un jugador de fútbol, que de lo que el Papa nos está pidiendo a los cristianos en un momento determinado o sobre un asunto concreto.

Es en estos detalles donde se demuestra mi unión verdadera con el sucesor de Pedro; y sé que estar unido a él es estar unido a Ti, Jesús. 

Además he de ama, rezar y seguir las indicaciones del Obispo de la diócesis, que es la cabeza de la Iglesia en el lugar donde vivo. Y he de saber lo que dice y lo que pide a sus fieles, para secundarle en lo que pueda y defenderle ante las críticas de los enemigos de la Iglesia. 

Jesús, yo quiero ser también una roca firme en la que otros se puedan apoyan. Y sólo estaré firme, si estoy muy unido a mi Madre, la Santa Iglesia, y a los que, por misión recibida de Ti,
 la gobiernan y la sirven.


Toda la vida de María está penetrada de una profunda sencillez. Su vocación de Madre del Redentor se realizó siempre con naturalidad. En ningún momento de su vida buscó privilegios especiales:


"María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. 
Aprende de Ella a vivir con naturalidad"  


La sencillez y naturalidad hicieron de la Virgen, en lo humano, una mujer especialmente atrayente y acogedora. Su Hijo, Jesús, es el modelo de la sencillez perfecta, durante los treinta años de vida oculta, y en todo momento. 

El Salvador huye del espectáculo y de la vanagloria, de los gestos falsos y teatrales; se hace asequible a todos: a los enfermos y a los desamparados, a los Apóstoles y a los niños. 

La humildad es una manifestación de la humildad. Es una virtud necesaria para el trato con Dios, para la dirección espiritual, para el apostolado y la convivencia.


La sencillez exige claridad, transparencia y rectitud de intención, que nos preserva de tener una doble vida, de servir a dos señores: a Dios, y a uno mismo. Requiere de una voluntad fuerte, que nos lleve a escoger el bien. 


El alma sencilla juzga de las cosas, de las personas y los acontecimientos según un juicio recto iluminado por la fe, y no por las impresiones del momento 

(. En la lucha ascética hemos de reconocernos como en realidad somos y aceptar las propias limitaciones, comprender que Dios las abarca con su mirada y cuenta con ellas. 
En la convivencia diaria, toda complicación pone obstáculos entre nosotros y los demás, y nos aleja de Dios. 

La sencillez es consecuencia de la "infancia espiritual", a la que nos invita el Señor especialmente en estos días que contemplamos el Nacimiento. 

En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mateo 18, 2-3). 

La sencillez y naturalidad son virtudes extraordinariamente atrayente, pero difíciles a causa de la soberbia, que nos lleva a tener una idea desmesurada de nosotros mismos, y a querer aparentar ante los demás por encima de los que somos y tenemos. 

La pedantería, la afectación, la jactancia, la hipocresía y la mentira se oponen a la sencillez, y por tanto, a la amistad; son un verdadero obstáculo para la vida de familia. 

Para ser sencillos es preciso cuidar la rectitud de intención en nuestras acciones, que deben estar dirigidas a Dios. 

Lo aprenderemos si contemplamos a la Sagrada Familia, en medio de su vida corriente. Pidámosles que nos haga como niños delante de Dios


Al copiar este articulo favor conservar o citar este link.

     www.iterindeo.blogspot.com

 Visitamos

jueves, 3 de enero de 2013

Interpretar los pasajes “difíciles” de La Biblia...


...A veces resulta difícil comprender algunas páginas de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento.

 Leemos en ocasiones escenas, acciones, algunas presentadas como “órdenes divinas” 

Que hoy nos parecen contrarias a la justicia y a la bondad, que vemos como incompatibles con el modo de ser de Dios. 

Las dificultades pueden superarse si aprendemos a leer la Biblia en su conjunto y en sus partes según los criterios de interpretación de la Iglesia católica. 
Encontramos en el libro de Josué un pasaje que narra la conquista de Jericó. 


Josué pide a los israelitas que consagren como anatema para Yahveh todo lo que se encontraba en la ciudad, menos a Rajab la prostituta y a su familia.

Las murallas de Jericó caen, y los israelitas asesinan a hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, e incluso a los animales 
(cf. Jos 6,1-27). 

Un poco más adelante leemos cómo los gabaonitas, que vivían en la zona, estaban convencidos de que existía una terrible orden divina de exterminio. 

Tras haber engañado a Josué y conseguido una forma de “coexistencia pacífica” con los israelitas, explican el motivo de su mentira: 

“Le respondieron a Josué: 
‘Es que tus siervos estaban bien enterados de la orden que había dado Yahveh tu Dios a Moisés su siervo, de entregaros todo este país y exterminar delante de vosotros a todos sus habitantes. Temimos mucho por nuestras vidas a vuestra llegada y por eso hemos hecho esto’” (Jos 9,24). 

Surge la pregunta al leer estos pasajes: ¿Dios habría dado la orden de exterminar a los pueblos que vivían en Palestina? En otras palabras: ¿es posible que Dios haya pedido a Josué que cometiese un acto que hoy nos parece claramente injusto? ¿Qué “culpa” podrían tener los civiles desarmados, los ancianos y los niños, las mujeres y los jóvenes, para ser asesinados? 


Además, ¿cómo justificar la conquista de una ciudad asentada durante muchos años en un lugar concreto? ¿Qué derecho tenían los israelitas de iniciar una guerra de invasión contra poblaciones que durante siglos habían vivido en aquella región? 

Son preguntas, es cierto, que nacen desde nuestro tiempo histórico, y que pueden parecen fuera de sitio al ser aplicadas
 a una época muy diferente de la nuestra. 

Sin embargo, sabemos que el asesinato de inocentes o que la guerra de exterminio son actos que siempre van contra la justicia, aunque un pueblo haya llegado a un nivel de ceguera que le impida ver la malicia de sus acciones. 

Pero entonces, ¿cómo Dios permitió en el pueblo elegido una actitud y unos comportamientos tan gravemente injustos? 

¿No pudo haber revelado a los israelitas que nunca es lícito asesinar a inocentes, ni expulsar a una población de la tierra en la que vive? 
En el camino hacia la respuesta, hemos de tener presente qué es la Biblia para la Iglesia. 

Luego podremos recordar los criterios de interpretación que la Iglesia usa para leer cualquier pasaje de la Biblia, y aplicarlos al relato de la conquista de Jericó. 

Preguntémonos, para empezar: ¿qué sentido tiene para los católicos la Biblia en su conjunto y en sus distintas partes? 

Como enseña el Concilio Vaticano II, la Iglesia considera que Dios ha inspirado todos los libros recogidos en el “canon” (la lista de escritos que constituyen la Biblia). 

Decir que estos libros están inspirados significa afirmar que exponen con certeza y sin ningún error lo que Dios quiere enseñarnos para nuestra salvación, porque están escritos gracias a la acción del Espíritu Santo (cf. Dei Verbum, n. 11). 

Dios es el Autor de los distintos libros de la Biblia, 
y también es autor el hombre (escritor sagrado) que redacta bajo la luz de Dios y según sus talentos y cualidades humanas 
(cf. Dei Verbum, n. 11). 

Encontramos, así, dos acciones en los escritos sagrados: por un lado, la acción por la que Dios quiere comunicar su Palabra; por otro, la acción del hombre que comprende y expresa el mensaje según su modo de pensar. 

Teniendo esto presente, podemos preguntarnos: ¿cómo leer, cómo interpretar cada texto? 

La lectura de la Biblia, en la Iglesia, se realiza según unos criterios generales y, siempre, bajo la guía del magisterio (del Papa y de los obispos que enseñan unidos entre sí por lazos de comunión y en plena sintonía con el Papa). 

Primero, hay que identificar cuál es el género literario usado por el autor de cada libro. 

Según dice Dei Verbum (n. 12), “para entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los hombres”. 

En el caso de la conquista de Jericó, el autor escoge el género de campaña militar, según la mentalidad de una época histórica en la que grupos humanos y tribus enteras pensaban que el derecho de conquista podría justificar la eliminación de las poblaciones vencidas. 

Además, el pueblo de Israel
 (y el autor sagrado es hijo de su pueblo) 
pensaba que ese derecho de conquista, como tantas otras tradiciones, venía directamente de Dios. 

Hoy, ciertamente, reconocemos la atrocidad de la matanza de inocentes en cualquier guerra, del pasado o del presente. 


Pero aquel tiempo era muy diferente. Hemos de recordar, además, que Dios, en la elaboración de la Biblia, 

“condesciende” (cf. Dei Verbum n. 13) con los hombres y permite que elementos importantes de su mensaje queden expresados a través de palabras escritas por hombres frágiles, incluso pecadores, en un ropaje que nos puede parecer indigno, pero que es simplemente eso: lo que pensaba y vivía un grupo humano en una etapa concreta de su historia. 

Hace falta, por tanto, no limitarnos a la “letra” del texto escrito para evitar el peligro de caer en el fundamentalismo. 
Ello nos lleva a recurrir a otros criterios de interpretación sumamente importantes. 
 La Biblia necesita leerse “con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados” (Dei Verbum n. 12). En ese sentido, toda la Escritura adquiere comprensión plena a la luz de Cristo, que es el culmen de la Revelación y centro del mensaje que Dios quiere transmitir a los hombres. 

 Hay que leer la Escritura en su unidad, de forma que ningún pasaje sea considerado de modo aislado, como si por sí mismo fuese suficiente para expresar el mensaje de Dios a los hombres.

 Además, el Antiguo Testamento, que contiene “algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos” (Dei Verbum n. 15) ha de leerse e interpretarse desde la plenitud de comprensión que recibe con el Nuevo Testamento (cf. Dei Verbum n. 16).

Volvamos a nuestro texto para iluminarlo con los dos criterios que acabamos de mencionar. El Nuevo Testamento (el Antiguo Testamento se comprende en plenitud desde el Nuevo Testamento, desde Cristo) ofrece dos textos que interpretan el pasaje que estamos considerando del libro de Josué.
El primer texto se encuentra en la Carta a los Hebreos. Allí leemos lo siguiente: “Por la fe, se derrumbaron los muros de Jericó, después de ser rodeados durante siete días. Por la fe, la ramera Rajab no pereció con los incrédulos, por haber acogido amistosamente a los exploradores” (Hb 11,30-31). 

El segundo texto se encuentra en la Carta de Santiago:
“Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente. Del mismo modo Rajab, la prostituta, ¿no quedó justificada por las obras dando hospedaje a los mensajeros y haciéndoles marchar por otro camino?” (Sant 2,24-25). 

Estos dos pasajes del Nuevo Testamento interpretan la conquista de Jericó y el privilegio dado a Rajab en clave de fe y de obras: quien cree y se comporta de modo correcto se beneficia de la acción salvífica de Dios. 

No se habla de los otros aspectos del libro de Josué (la conquista de la ciudad, la entrega al “anatema” de hombres, mujeres, niños, animales), que quedan en la sombra y no son vistos como relevantes respecto de la pregunta con la que debemos leer la Biblia: ¿qué mensaje salvífico ofrece un pasaje concreto? La respuesta de estos dos textos del Nuevo Testamento para el pasaje que estamos considerando es clara: la fe lleva a la salvación, la falta de fe provoca la ruina de los hombres.

Damos un paso adelante con la ayuda de otros criterios de interpretación. Uno se refiere a la Tradición viva de la Iglesia. Como enseña el Concilio Vaticano II, la Sagrada Escritura debe ser leída teniendo “en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe” (Dei Verbum n. 12, cf. nn. 8-10). Nos fijamos ahora en la Tradición.

¿Qué entendemos por “Tradición viva”? En ella se recoge la predicación que los Apóstoles legaron a los obispos que les sucedieron, y que se convierte en una “transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo”, que es “distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 78, que cita Dei Verbum n. 8). 

De modo especial, los Santos Padres recogen y reflejan esta Tradición viva, y nos permiten acceder en su integridad a la Revelación de Dios (que está recogida tanto en la Tradición como en la Escritura). 

Lo que acabamos de decir explica por qué el cristianismo no es una “religión del libro”: no se basa simplemente en un texto sagrado en el cual se encontraría todo y al cual se debería recurrir siempre, directamente, sin intermediarios ni interpretaciones. Sobre este punto, el Catecismo de la Iglesia católica n. 108, explica: 

“Sin embargo, la fe cristiana no es una religión del Libro. 

El cristianismo es la religión de la Palabra de Dios, no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo. 

Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24,45)”.


Otro criterio, ya mencionado, es la analogía de la fe. Por analogía de la fe se entiende la trabazón profunda que existe entre las verdades cristianas, 
dentro del conjunto de la Revelación.

 En otras palabras, no se puede “sacar” de un pasaje bíblico una conclusión que vaya contra lo que entendemos en la lectura completa de la Biblia y de la Tradición.

Es claro que si aplicamos la analogía de la fe es imposible interpretar la conquista de Jericó como si Dios hubiera ordenado un genocidio, sencillamente porque Dios es amante de la vida y, si no amase algo, no lo habría creado (cf. Sab 11,24-26). 

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y así viva (cf. Ez 18,23). 

El Hijo no vino para condenar, sino para salvar a todo el que crea (cf. Jn 3,16-18). 

El seguidor de Cristo no puede desear que caiga fuego del cielo para destruir a los que no reciben al Señor (cf. Lc 9,51-56). 

Desde la ayuda y la integración de otros pasajes bíblicos podemos llegar a una lectura correcta del libro de Josué. Si, además, vemos la Tradición viva de la Iglesia y las enseñanzas constantes de los Papas y de los obispos, aparece claramente que la Iglesia no ha defendido nunca un “derecho de conquista” que implique la destrucción completa de un pueblo, sino que más bien ha condenado siempre cualquier crimen de inocentes, también en tiempo de guerra, porque va contra el quinto mandamiento, y porque nadie debería apoyarse en la Biblia para justificar ninguna guerra de agresión ni, mucho menos, el exterminio de un pueblo. 

Podemos añadir aquí que el pasaje de la conquista de Jericó, como otros pasajes bíblicos, fue interpretado por algunos Escritores eclesiásticos y Santos Padres de un modo alegórico, como una figura que escondía un significado más profundo. 


Por poner un ejemplo, Orígenes (siglos II-III) veía en la ciudad de Jericó una imagen del mundo; en Rajab, que acogió a los exploradores, encuentra un modelo de todos aquellos que reciben a los apóstoles por la fe y la obediencia; en el hilo escarlata que cuelga en su casa (cf. Jos 2,18) descubre una señal de la Sangre salvadora de Cristo (cf. Orígenes, Homilías sobre el libro de Josué, 6,4). 

Existe, ciertamente, el peligro, ya señalado por santo Tomás de Aquino y recordado en un importante documento de la Pontificia Comisión Bíblica (El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n. 20), de exagerar en el uso de la alegoría y olvidar la importancia de los datos históricos. Lo que encontramos en el libro de Josué, en un estilo que ciertamente no es el de un cronista ni el de un historiador en el sentido moderno de la palabra, es la narración de la conquista de una de las ciudades de la tierra prometida. 

La conquista de Jericó es un dato histórico de un enorme dramatismo. Se coloca, por un lado, en el camino de Israel, el pueblo que sale de Egipto, que es ayudado por Dios para librarse de la opresión de los egipcios, que recibe unos mandamientos y unas promesas. 


Por otro lado, en el momento de la llegada, del asentamiento, de la conquista de unas tierras según un deseo divino que responde a la lógica de la promesa: si el pueblo será fiel, podrá vivir en libertad y tener una patria propia. 

La ocupación de la tierra prometida se realizó, como dijimos, según modos que reflejan una mentalidad muy lejana a la nuestra. El hecho de la matanza, de haber ocurrido, sigue un modo de pensar en el que el derecho de conquista “permitía” tomar medidas muy fuertes sobre los vencidos. 

Pero la lectura correcta del hecho, en el contexto de una intervención de Dios en la historia, no puede prescindir de que por encima de una acción injusta, y con un pueblo todavía necesitado de una profunda conversión, Dios estaba preparando un camino para ofrecer la salvación a los hombres, si éstos la aceptaban con una fe como la que, en un modo imperfecto, encontramos en Rajab. 

Además, notamos que la misma narración bíblica no nos habla de un exterminio completo de los pueblos que vivían en Palestina. Como vimos, los habitantes de Gabaón hicieron alianza con Josué (cf. Jos 9,3-27). 


Otros pueblos no fueron conquistados, y serán motivo de continuas guerras y aflicciones para los judíos.


 El autor sagrado interpretó este hecho como parte de la voluntad de Dios, que habría querido “probar” a su pueblo para ver si mantenía o no su fidelidad. 

Sabemos que el pueblo no fue fiel: se unió con los pueblos vecinos y cayó en la idolatría y en numerosos males y derrotas 
(cf. Jue 2,20-3,8). 


Está claro que siempre será incorrecto considerar a los pueblos vecinos simplemente como objeto de odio o de desprecio por parte de Dios. Aunque Israel tiene clara conciencia de ser un pueblo elegido, predilecto, amado, necesita reconocer que su elección está en función del amor que Dios tiene también a otros pueblos. Lo señala expresamente la Pontificia Comisión Bíblica en el documento antes citado: 


“La elección de Israel no implica el rechazo de las demás naciones. Al contrario, presupone que las demás naciones pertenecen también a Dios, pues 

‘la tierra le pertenece y todo lo que en ella se encuentra’ (Dt 10,14),
y Dios ‘ha dado a las naciones su patrimonio’ (32,8). 

Cuando Israel es llamado por Dios ‘mi hijo primogénito’ (Ex 4,22; Jr 31,9) o ‘las primicias de su cosecha’ (Jr 2,3), esas mismas metáforas implican que las demás naciones forman parte igualmente de la familia y de la cosecha de Dios. 

Esta interpretación de la elección es típica de la Biblia en su conjunto” (El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n. 33). 


Es posible, además, realizar una lectura más precisa sobre este relato y sobre los diversos pasajes del Antiguo Testamento que hablan del “anatema”. 


¿En qué consiste el “anatema”?

En consagrar a Dios el botín y los despojos de los derrotados, para evitar cualquier contaminación con las religiones presentes en Palestina. En Dt 13,13-19 la orden de destrucción completa afecta no sólo a los extranjeros, sino a aquellas ciudades de Israel (es decir, a los mismos judíos) que se aparten de la Alianza y den culto a otros dioses. 


En realidad, ya vimos que no todos los pueblos fueron exterminados. Con el pasar del tiempo, muchos de los pueblos hostiles dejaron de existir en Palestina. Entonces, ¿cómo entender el anatema? Lo explica el documento que citamos antes: 



“En el tiempo de la composición del Deuteronomio así como del libro de Josué, el anatema era un postulado teórico, puesto que en Judá ya no existían poblaciones no israelitas. 


La prescripción del anatema pudo ser el resultado de una proyección en el pasado de preocupaciones posteriores. En efecto, el Deuteronomio se preocupa de reforzar la identidad religiosa de un pueblo expuesto al peligro de los cultos extranjeros y de los matrimonios mixtos” (El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n. 56). 


En ese contexto, pueden darse tres interpretaciones del anatema, expresados en el mismo n. 56 del documento que acabamos de citar:

-primero, teológico: reconocer la tierra como un dominio del Señor; 

-segundo, moral: evitar al pueblo cualquier posible tentación que pueda dañar la propia fidelidad a Dios; 


-tercero, sociológico: la tentación del pasado que puede darse en el presente “de mezclar la religión con las formas más aberrantes de recurso a la violencia” (El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n. 56).


Esa tercera interpretación del anatema, podemos decirlo con seguridad, no corresponde al proyecto de amor de Dios. 

En otras palabras, Dios no quiso de ningún modo que fueran eliminados seres inocentes en la conquista de ciudades por parte de los judíos. 

Quizá para más de uno quedaría por responder una pregunta que surge al leer la Biblia: ¿por qué no simplificar el texto sagrado? ¿No sería mejor dejar de lado un Antiguo Testamento difícil de entender, con pasajes como el de la conquista de Jericó que resultan “escandalosos”? ¿No lograríamos así un cristianismo más asequible al mundo moderno? 


La respuesta está en comprender la naturaleza de la Biblia: es un único libro, en el que Cristo ocupa el lugar central, y en el que cada pieza tiene su valor.


El Antiguo Testamento no es un “lastre”, sino un elemento clave de la Revelación, un conjunto de libros que nos lleva a comprender mejor la acción salvadora de Dios en su Hijo encarnado. 


Como recordaba la Pontificia Comisión Bíblica en el texto antes citado: “Sin el Antiguo Testamento, el Nuevo sería un libro indescifrable, una planta privada de sus raíces y destinada a secarse” (El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, n. 84). O, como decía san Agustín, “en el Antiguo Testamento está velado el Nuevo, y en el Nuevo está la revelación del Antiguo” (La catequesis de los principiantes, IV,8). 



En conclusión, los pasajes difíciles de la Biblia adquieren su inteligibilidad a la luz de una lectura realizada dentro de la fe de la Iglesia, según unos criterios de interpretación que nos dan la llave para la comprensión de un texto que narra una historia maravillosa: la de la llamada de un Dios que ama a los hombres; 


y la de la respuesta de los hombres que, en medio de las mil peripecias de la vida, y con límites debidos a las distintas épocas de la historia, se dejan guiar y maduran su respuesta de amor a quien tanto nos ha amado. 

Al copiar este articulo favor conservar o citar este link.

     www.iterindeo.blogspot.com
 Visitamos


miércoles, 2 de enero de 2013

QUIERES SABER SI ERES VERDADERAMENTE DEVOTO ?

Si Tú aspiras a la devoción, , porque eres cristiano y sabes que es una virtud sumamente agradable a la divina Majestad;

 Mas, como sea que las pequeñas faltas que se cometen al comienzo de una empresa crecen infinitamente en el decurso de la misma y son casi irreparables al fin, es menester, ante todo, que sepamos en qué consiste la virtud de la devoción, porque, 

no existiendo más que una verdadera y siendo muchas las falsas y vanas, si no conocieses cuál es aquélla, podrías engañarte y seguir alguna devoción impertinente y supersticiosa.

Aurelio pintaba el rostro de todas las imágenes que hacía según el aire y el aspecto de las mujeres que amaba, y cada uno pinta la devoción según su pasión y fantasía.

El que es aficionado al ayuno se tendrá por muy devoto si puede ayunar, aunque su corazón esté lleno de rencor, y -mientras no se atreverá, por sobriedad, a mojar su lengua en el vino y ni siquiera en el agua-, no vacilará en sumergirla en la sangre del prójimo por la maledicencia y la calumnia.

Otro creerá que es devoto porque reza una gran cantidad de oraciones todos los días, aunque después se desate su lengua en palabras insolentes, arrogantes e injuriosas contra sus familiares y vecinos.

Otro sacará con gran presteza la limosna de su bolsa para darla a los pobres, pero no sabrá sacar dulzura de su corazón para perdonar a sus enemigos. 

Otro perdonará a sus enemigos, pero no pagará sus deudas, si no le obliga a ello, a viva fuerza, la justicia.

Todos estos son tenidos vulgarmente por devotos y, no obstante, no lo son en manera alguna. Las gentes de Saúl buscaban a David en su casa; Micol metió una estatua en la cama, cubrióla con las vestiduras de David y les hizo creer que era el mismo David que yacía enfermo.

Así muchas personas se cubren con ciertas acciones exteriores propias de la devoción, y el mundo cree que son devotas y espirituales de verdad, pero, en realidad, no son más que estatuas y apariencias de devoción.

La viva y verdadera devoción, presupone el amor de Dios; 
mas no un amor cualquiera, porque, cuando el amor divino embellece a nuestras almas, se llama gracia,
 la cual nos hace agradables a su divina Majestad;

Cuando nos da fuerza para obrar bien, se llama caridad; pero, cuando llega a un tal grado de perfección, que no sólo nos hace obrar bien, sino además, con cuidado, frecuencia y prontitud, entonces se llama devoción.

Las avestruces nunca vuelan; las gallinas vuelan, pero raras veces, despacio, muy bajo y con pesadez; mas las águilas, las palomas y las golondrinas vuelan con frecuencia veloces y muy altas. 

De la misma manera, los pecadores no vuelan hacia Dios por las buenas acciones, pero son terrenos y rastreros; las personas buenas, pero que todavía no han alcanzado la devoción, vuelan hacia Dios por las buenas oraciones, pero poco, lenta y pesadamente; las personas devotas vuelan hacia Dios, con frecuencia con prontitud y por las alturas.

En una palabra, la devoción no es más que una agilidad y una viveza espiritual, por cuyo medio la caridad hace sus obras en nosotros, o nosotros por ella, pronta y afectuosamente, y, así como corresponde a la caridad el hacernos cumplir general y universalmente todos los mandamientos de Dios, corresponde también a la devoción hacer que los cumplamos con ánimo pronto y resuelto. 

Por esta causa, el que no guarda todos los mandamientos de Dios, no puede ser tenido por bueno ni devoto, porque, para ser bueno es menester tener caridad y, para ser devoto, además de la caridad se requiere una gran diligencia y presteza en los actos de esta virtud.

Y, puesto que la devoción consiste en cierto grado de excelente caridad, no sólo nos hace prontos, activos y diligentes, en la observancia de todos los mandamientos de Dios, sino además, nos incita a hacer con prontitud y afecto, el mayor número de obras buenas que podemos, aun aquellas que no están en manera alguna mandadas, sino tan sólo aconsejadas o inspiradas.

Porque, así como un hombre que está convaleciente anda tan sólo el camino que le es necesario, pero lenta y pesadamente, de la misma manera, el pecador recién curado de sus iniquidades, anda* lo que Dios manda, pero despacio y con fatiga, hasta que alcanza la devoción, ya que entonces, como un hombre lleno de salud, no sólo anda sino que corre y salta «por los caminos de los mandamientos de Dios», 

y, además, pasa y corre por las sendas de los consejos y de las celestiales inspiraciones. Finalmente, la caridad y la devoción sólo se diferencian entre sí como la llama y el fuego; pues siendo la caridad un fuego espiritual, cuando está bien encendida se llama devoción, de manera que la devoción nada añade al fuego de la caridad, fuera de la llama que hace a la caridad pronta, activa y diligente no sólo en la observancia de los mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los consejos y de las inspiraciones celestiales.  


En la creación, manda Dios a las plantas que lleven sus frutos, cada una según su especie; de la misma manera que a los cristianos, plantas vivas de la Iglesia, les manda que produzcan frutos de devoción, cada uno según su condición y estado. 

De diferente manera han de practicar la devoción el noble y el artesano, el criado y el príncipe, la viuda, la soltera y la casada; y no solamente esto, sino que es menester acomodar la práctica de la devoción a las fuerzas, a los quehaceres y a las obligaciones de cada persona en particular. 

 ¿sería cosa puesta en razón que el obispo quisiera vivir en la soledad, como los cartujos? Y si los casados nada quisieran allegar, como los capuchinos, y el artesano estuviese todo el día en la iglesia, como los religiosos, y el religioso tratase continuamente con toda clase de personas por el bien del prójimo, como lo hace el obispo, ¿no sería esta devoción ridícula, desordenada e insufrible? 

Sin embargo, este desorden es demasiado frecuente, y el mundo que no discierne o no quiere discernir, entre la devoción y la indiscreción de los que se imaginan ser devotos, murmura y censura la devoción, la cual es enteramente inocente de estos desórdenes.

No, , la devoción nada echa a perder, cuando es verdadera; al contrario, todo lo perfecciona, y, cuando es contraria a la vocación de alguno, es, sin la menor duda, falsa. 

La abeja, dice Aristóteles, saca su miel de las flores sin dañarlas y las deja frescas y enteras, según las encontró; mas la verdadera devoción todavía hace más, porque no sólo no causa perjuicio a vocación ni negocio alguno, sino, antes bien, los adorna y embellece. 

Las piedras preciosas, introducidas en la miel, se vuelven más relucientes, cada una según su propio color; así también cada uno de nosotros se hace más agradable a Dios en su vocación, cuando la acomoda a la devoción: el gobierno de la familia se hace más amoroso; el amor del marido y de la mujer, más sincero; el servicio del príncipe, más fiel; y todas las ocupaciones, más suaves y amables.

Es un error, y aun una herejía, querer desterrar la vida devota de las compañías de los soldados, del taller de los obreros, de la corte de los príncipes y del hogar de los casados.

 Es cierto,  que la devoción puramente contemplativa, monástica y propia de los religiosos, no puede ser ejercitada en aquellas vocaciones; pero también lo es que, además de estas tres clases de devoción, existen muchas otras, muy a propósito para perfeccionar a los que viven en el siglo.

 Abrahán, Isaac, Jacob, David, Job, Tobias, Sara, Rebeca y Judit nos dan en ello testimonio en el Antiguo Testamento, y, en cuanto al Nuevo, San José, Lidia y San Crispín fueron perfectamente devotos en sus talleres; las santas Ana, Marta, Mónica, Aquila, Priscila, en sus casas; Cornelio, San Sebastián, San Mauricio, entre las armas, y Constantino, Santa Helena, San Luis, el bienaventurado Amadeo y San Eduardo, en sus reinos. 

Más aún: ha llegado a acontecer que muchos han perdido la perfección en la soledad, con todo y ser tan apta para alcanzarla, y otros la han conservado en medio de la multitud, que parece ser tan poco favorable. Lot, dice San Gregorio, que fue tan casto en la ciudad, se mancilló en la soledad. 

Dondequiera que nos encontremos, podemos y 
debemos aspirar a la perfección.


Al copiar este articulo favor conservar o citar este link.
     www.iterindeo.blogspot.com
 Visitamos