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viernes, 27 de enero de 2012

«Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien. Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean.


«Y decía: El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga, y por fin trigo maduro en la espiga. Y en cuanto está a punto el fruto, en seguida mete la hoz, porque ha llegado la siega. Y decía: ¿A qué asemejaremos el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos?

Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero, una vez sembrado, crece y se hace mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, de manera que los pájaros del cielo puedan anidar bajo su sombra. Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; no les hablaba sino en parábolas, pero a solas, explicaba todo a sus discípulos.» (Marcos 4, 26-34)


I. Jesús, Tú has dicho: «El Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lucas 17,21). ¿Qué es ese Reino de Dios que crece en mí sin que yo sepa cómo? El «Reino de Dios» expresa la realidad de la gracia de Dios en el mundo y en cada persona. El hombre tiene que buscar este Reino, entrar en él y participar en su desarrollo. «El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre» (CEC.-2816).

Jesús, el Reino que traes al mundo, que está presente en la Eucaristía y que culminará con tu segunda venida, es el reino de la gracia: esa vida sobrenatural que nos has ganado con tu muerte y tu Resurrección. «Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10,10). « ¿A qué asemejaremos el Reino de Dios?» Es como una semilla pequeña que, si arraiga, va creciendo casi sin que me dé cuenta y va llenándolo todo dando sentido y consuelo a mi vida: es fruto maduro que me sustenta en el camino, y sombra que me cobija en las dificultades.


. «Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien. Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean.

Intentan algunos construir la paz en el mundo, sin poner amor de Dios en sus propios corazones, sin servir por amor de Dios a las criaturas. ¿Cómo será posible efectuar de ese modo, una misión de paz? La paz de Cristo es la del reino de Cristo; y el reino de nuestro Señor ha de cimentarse en el deseo de santidad, en la disposición humilde para recibir la gracia, en una esforzada acción de justicia, en un divino derroche de amor» (Es Cristo que pasa.-182).

El Reino de Dios, en el fondo, es dejar vivir a Dios en mi alma: dejar que reines Tú, Jesús. Y ese reino se ha de cimentar en mi deseo de santidad, de vivir en gracia y de darme a los demás. Vivir en este Reino significa servir a los demás, por Cristo. Comprender a todos, convivir con todos, perdonar a todos: llenarse de paz para poder darla a los demás, con una esforzada acción de justicia, con un divino derroche de amor. 



La semilla, una vez sembrada, crece con independencia de que el dueño del campo duerma o vele, y sin que sepa cómo se produce. Así es la semilla de la gracia que cae en las almas; si no se le ponen obstáculos, si se le permite crecer, da su fruto sin falta, no dependiendo de quien siembra o de quien riega, sino de Dios que da el incremento (1 Corintios 3, 5-9).

Así es el apostolado: "la doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo" (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa). El Señor nos ofrece constantemente su gracia para ayudarnos a ser fieles, cumpliendo el pequeño deber de cada momento, en que se nos manifiesta su voluntad y en el que está nuestra santificación. De nuestra parte está aceptar Su ayuda y cooperar con generosidad y docilidad.


 La docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo es necesaria para conservar la vida de la gracia y para tener frutos sobrenaturales. "Las oportunidades de Dios nos esperan: llegan y pasan. La palabra de vida no aguarda; si no nos la apropiamos, se la llevará el demonio" (CARDENAL J.H.NEWMAN, Sermón para el Domingo de Sexagésima: Llamadas de la gracia).

La resistencia a la gracia produce sobre el alma el mismo efecto que "el granizo sobre un árbol en flor que prometía abundantes frutos; las flores quedan agostadas y el fruto no llega a sazón" (R. GARRIGOU LAGRANGE, La tres edades de la vida interior). Una gracia lleva consigo otra: -al que tiene se le dará-, y el alma se fortalece en el bien en la medida en que lo practica, cuanto más trecho se recorre. Cada día es un regalo que nos hace el Señor para que lo llenemos de amor en una correspondencia alegre, contando con las dificultades y obstáculos y con el impulso divino para superarlos y convertirlos en motivo de santidad y apostolado. Todo es bien distinto cuando lo realizamos por amor y para el Amor.


 La vida interior necesita tiempo, crece y madura como el trigo en el campo. "Hay que tener paciencia con todo el mundo ?señala San Francisco de Sales-, pero en primer lugar con uno mismo" (Cartas) Nada es irremediable para quien espera en el Señor; nada está totalmente perdido; siempre hay posibilidad de perdón: humildad, sinceridad y arrepentimiento... y volver a empezar, correspondiendo al Señor, que está empeñado en que superemos los obstáculos.

Pidamos a Nuestra Madre la paciencia necesaria para nosotros y para los demás, y continuidad humilde en nuestra lucha. 

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