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miércoles, 18 de enero de 2012

La fe nos permite lograr metas que siempre habíamos creído inalcanzables , La fe nos llevará a imitar a Jesucristo, que fue "perfecto Dios y perfecto hombre"



«De nuevo entró en la sinagoga, donde se encontraba un hombre que tenía la mano seca. Le observaban de cerca por si curaba en sábado para acusarle. Y dice al hombre que tenía la mano seca: Ponte en medio. Y les dice: ¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla? Ellos permanecían callados. Entonces, mirándolos con ira, entristecido por la ceguera de sus corazones, dice al hombre: extiende tu mano. La extendió, y su mano quedó curada. Al salir los fariseos, junto con los herodianos, celebraron enseguida una reunión contra él sobre la manera de acabar con él» (Marcos 3,1-6)


I. Jesús, miras a esa gente con ira. ¿Cómo es eso? Tú, que eres «manso y humilde de corazón» (Mateo 11,29); Tú, que siempre tienes una mirada de misericordia y comprensión para los pecadores, porque es a ellos, y no a los justos, a quienes has venido a llamar (Marcos 2, 17). «Mirándolos con ira, entristecido por la ceguera de sus corazones».

Jesús, tu ira no procede del odio o del deseo de venganza, sino de la tristeza. Te entristece esa ceguera, esa cerrazón de los corazones a tu mensaje. Tú hablas de comprensión y servicio, pero ellos se empeñan en observar unas casuísticas humanas. ¿Es lícito en sábado hacer el bien? ¿Qué es más importante, el bien o el sábado? Jesús, prefieren atacarte antes que modificar su interpretación sobre la ley del sábado: «celebraron enseguida una reunión contra él sobre la manera de acabar con él»

También hoy la sociedad -los gobiernos y la gente que los elige ha fabricado sus propias leyes, algunas de las cuales -como la del aborto- van contra la ley natural. Y para que no haya remordimientos, insonorizan tu voz o -lo que es lo mismo- la voz de tu Iglesia. Sin embargo, no es posible mantener de manera estable una ley injusta.

«Existe ciertamente una verdadera ley: la recta razón. Es conforme a la naturaleza, extendida a todos los hombres; es inmutable y eterna; sus órdenes imponen deber; sus prohibiciones apartan de la falta... Es un sacrilegio sustituirla por una ley contraria; está prohibido dejar de aplicar una sola de sus disposiciones; en cuanto a abrogarla enteramente, nadie tiene la posibilidad de ello» (Cicerón).


II. «Hay quienes yerran por flaqueza -por la fragilidad del barro con que estamos hechos-, pero se mantienen íntegros en la doctrina. Son los mismos que, con la gracia de Dios, demuestran la valentía y la humildad heroicas de confesar su yerro, y de defender -con ahínco- la verdad» (Surco.-42).

Jesús, no te entristece tanto el que yerra por flaqueza, sino el que no quiere reconocer su error: el que prefiere pensar como vive en vez de intentar vivir como piensa, y retoca tu mensaje para que cuadre con sus egoísmos y comodidades. Te entristece porque en esas almas no puedes actuar; pues no muestran ningún arrepentimiento.

Jesús, a veces yo también me monto mis propias reglas y prefiero no escucharte para no tener que cambiar. Me engaño con facilidad: tengo que estudiar y, por tanto, no tengo tiempo para Dios o para los demás; este tema me cuesta vivirlo y, por tanto, no es pecado. Jesús, por flaqueza, porque no soy santo -aunque lucho por serlo-, cometo errores. Pero ¡no dejes que me engañe!; que mi corazón busque siempre la verdad. Entonces me perdonarás, me mirarás con ojos de misericordia.

Jesús, si quiero no engañarme con excusas de todo tipo, he de poner los medios para mantenerme integro en la doctrina. Entre estos medios está el estudio del Catecismo -donde se explica con claridad qué es lo que debo hacer para vivir como cristiano- y el pedir consejo en la dirección espiritual, mostrando con sinceridad mis dudas y mis flaquezas. Si tengo las ideas claras, con la gracia de Dios -con tu ayuda, Jesús- venceré todas las dificultades, y podré defender -con ahínco- la verdad.  



El Evangelio nos habla del hombre que tenía una mano seca (Marcos 3, 1-6), a quien Jesús cura; solamente le dijo: extiende tu mano. La extendió, y su mano quedó curada. Todo es posible con Jesús.

La fe nos permite lograr metas que siempre habíamos creído inalcanzables, resolver viejos problemas personales o de una tarea apostólica que parecían insolubles, echar fuera defectos que estaban arraigados. La fe es para vivirla, y debe informar las grandes y pequeñas decisiones; y, a la vez, se manifiesta de ordinario en la manera de enfrentarse con los deberes de cada día.

No basta con asentir a las grandes verdades del Credo, tener una buena formación quizá; es necesario vivirla, practicarla, ejercerla, debe generar una "vida de fe" que sea, a la vez, fruto y manifestación de lo que se cree. Dios nos pide servirle con la vida, con las obras, con todas las fuerzas del cuerpo y del alma.


II. El ejercicio de la virtud de la fe en la vida cotidiana se traduce en lo que comúnmente se conoce como "visión sobrenatural", que consiste en ver las cosas, incluso las más corrientes, lo que parece intrascendente, en relación con el plan de Dios sobre cada criatura en orden a su salvación y a la de otros muchos.

La vida cristiana, la santidad, no es un revestimiento externo que recubre al cristiano, ignorando lo propiamente humano. De ahí que las virtudes sobrenaturales influyan en las humanas y hagan del cristiano un hombre honrado, ejemplar en su trabajo y en su familia, lleno de sentido del honor y de la justicia.

La fe está continuamente en ejercicio, y la esperanza, y la caridad... Ante problemas y obstáculos, el Señor nos dice: extiende tu mano. Examinemos hoy cómo vamos de "visión sobrenatural" ante los acontecimientos diarios.


III. La fe nos llevará a imitar a Jesucristo, que fue "perfecto Dios y perfecto hombre" (Symbolo Quicumque), a ser hombres y mujeres de temple, sin complejos, sin respetos humanos, veraces, honrados, justos en los juicios, en los negocios, en la conversación... La vida cristiana se expresa a través del actuar humano, al que dignifica y eleva al plano sobrenatural. Por otra parte, lo humano sustenta y hace posibles las virtudes sobrenaturales.

En San José encontramos un modelo espléndido de varón justo, vir iustus (Mateo 1, 19), que vivió de fe en todas las circunstancias de su vida. Pidámosle que sepamos ser lo que Cristo espera de cada uno en el propio ambiente y circunstancias.

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