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lunes, 25 de agosto de 2014

¡Cuánto cuesta vivir la Humildad!,










Afirma la sabiduría cristiana
 «la soberbia muere veinticuatro horas después 
de haber muerto la persona». 



Por lo tanto, cuando en contra de lo que te dice quien ha recibido gracia especial de Dios, para orientar tu alma piensas que tú tienes razón, convéncete de que no tienes razón ninguna». 




«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que entrarían. ¡Ay de vosotros, guías ciegos!, que decís: El jurar por el Templo no es nada; pero si uno jura por el oro del Templo, queda obligado. ¡Necios y ciegos! ¿ Qué es más: el oro o el Templo que santifica el oro? Y el jurar por el altar no es nada; pero si uno jura por la ofrenda que está sobre él queda obligado. 


¡Ciegos! ¿Qué es más: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? Por tanto, quien ha jurado por el altar; jura por él y por lo que hay sobre él. Y quien ha jurado por el Templo, jura por él y por Aquel que en él habita. Y quien ha jurado por el Cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.»
(Mateo 23, 13-22)



 Jesús, te quejas duramente de los escribas y fariseos porque son «guías ciegos», que en vez de ayudar a las almas a que se salven, «ni entran, ni dejan entrar a los demás» en el Reino de los Cielos. 

¡Qué importante es tener un buen guía en la vida interior! Pero ese buen guía debe ser, antes que nada, una persona que luche de verdad por ser santo, por entrar en el Reino de los Cielos.


Jesús, el guía más ciego -lo sé por propia experiencia- soy yo mismo. Mi capacidad de autoexcusarme es inmensa y, por definición, siempre veo lo que me pasa de modo subjetivo. 

Me falta la objetividad que necesito para decidir acertadamente lo que más me conviene. «Dicen que los hombres se convierten en simples máquinas y pierden la dignidad de la naturaleza humana cuando se guían por la palabra de otro. Y me gustaría saber lo que llegarían a ser siguiendo su propia voluntad.

Por cada persona que ha sido perjudicada por seguir la dirección de otro, cientos de personas se han arruinado guiándose por su propia voluntad» 

 Por eso, Jesús, mi empeño por seguirte, por encontrarte y por amarte, sería ineficaz sin la ayuda constante de la dirección espiritual. 

Y para obtener fruto de este medio de formación, necesito vivir especialmente dos virtudes humanas: la sinceridad y la docilidad. Sinceridad para decir todo lo que me pasa, y docilidad para poner por obra lo que me aconsejen. 

¡Cuánto cuesta vivir la humildad!, porque -afirma la sabiduría cristiana- «la soberbia muere veinticuatro horas después de haber muerto la persona». 

Por lo tanto, cuando -en contra de lo que te dice quien ha recibido gracia especial de Dios, para orientar tu alma-piensas que tú tienes razón, convéncete de que no tienes razón ninguna». 

La sinceridad y la docilidad son dos aspectos de una virtud más importante -de hecho, es la virtud humana más importante-: la humildad. Pero ¡cuánto cuesta vivir la humildad! Siempre creo que tengo la razón, que lo hago todo bien. Y cuando hago algo mal, ¡cómo me cuesta contarlo en la dirección espiritual! 

Jesús, ayúdame a ser más humilde, que no significa tener poco carácter o madurez, sino al contrario: la persona humilde no se esconde cobardemente, ni se engaña a sí misma, sino que sabe reconocer sus virtudes y defectos, y pone los medios para mejorar. Precisamente una de las mejores maneras de ganar en humildad es ser sincero y dócil en la dirección espiritual: abrir el alma de par en par; dejarme ayudar, y luego, poner esfuerzo en aquellos puntos que me han aconsejado.

Jesús, tachas a los escribas y fariseos de hipócritas. ¡Cómo te duele la hipocresía, y -por el contrario- como te alegra la humildad! 

Por eso has escogido a la Virgen Maña para ser tu madre:
 «porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» 
(Lucas 1,48). 
Ayúdame a ser sincero y dócil en la dirección espiritual, y así seré cada vez más humilde.


Es muy difícil que alguien pueda guiarse a sí mismo en la vida interior. Si no hemos encontrado aún a quien nos enseñe y aconseje, en nombre de Dios, en la construcción del propio edificio espiritual, pidámoslo al Señor: 

quien busca, encuentra; el que pide recibe; al que llama, se le abrirá.(Mateo 7, 7) Él no dejará de darnos este gran bien. Si ya la encontramos, hemos recibido una gracia muy grande. 


En la dirección espiritual vemos a esa persona, puesta por el Señor, que conoce bien el camino, a quien abrimos el alma y hace de maestro, de médico, de amigo, de buen pastor en las cosas que a Dios se refieren.

 Nos señala los posibles obstáculos, nos sugiere metas más altas en la vida interior y puntos concretos para que luchemos con eficacia; nos anima siempre, ayuda a descubrir nuevos horizontes y despierta en el alma hambre y sed de Dios, que la tibieza siempre en acecho, querría apagar. 

La dirección espiritual ha de moverse en un clima sobrenatural: buscamos la voz de Dios. 


En la oración debemos discernir quien es el buen pastor, pues existen muchos guías ciegos que más que ayudar nos llevarían a tropezar y a caer. 

El sentido sobrenatural con el que acudimos a la dirección espiritual evitará también el andar buscando un consejo que favorezca el propio egoísmo, que acalle precisamente con su presunta autoridad el clamor de la propia alma; e incluso que se vaya cambiando de consejero hasta encontrar al más benévolo. 

Esta tentación puede ocurrir especialmente en materias más delicadas que exigen sacrificio, en las que quizás no se está dispuesto a cambiar, en u intento de adecuar la Voluntad de Dios a la propia voluntad. 

La dirección espiritual nos ayuda a tener una lucha ascética alegre, y requiere de nosotros tres virtudes: Constancia, también cuando haya más dificultades por exceso de trabajo, o por dificultades internas como pereza, soberbia, o desánimo porque las cosas van mal. 

Basta recordar que un cuadro se realiza pincelada a pincelada, y que poco a poco el Espíritu Santo construye el edificio de la santidad.

También necesitamos de sinceridad sin disimulos, exageraciones o medias verdades, y docilidad. El soberbio es incapaz de ser dócil, porque para aprender y dejarse ayudar es necesario que estemos convencidos de nuestra poquedad. 

Acudamos a Santa María para ser constantes en la dirección de nuestra alma, y ser sinceros, abriendo el corazón del todo, y dóciles, como el barro en manos del alfarero.
(Jeremías 18, 1-7)


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