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viernes, 4 de noviembre de 2011

¿Cómo se comprueban los milagros?


El milagro ha de ser, en primer lugar, un hecho sensible, que pueda ser examinado, 
considerado y apreciado



A partir del desarrollo del hiper-racionalismo en un principio, y luego del odio anticatólico que atraviesa el mundo actualmente, todos hemos escuchado en numerosas ocasiones que, o bien los milagros no existen, o es imposible corroborar su veracidad. Sin embargo, hoy más que nunca la Santa Iglesia se mueve en este terreno con el estudio, la cautela y la sabiduría más impresionantes a la hora de determinar la realidad de los mismos, aportando así a los fieles la esperanza y el amor a estos regalos que Nuestro Señor nos da gratuitamente.


Algunas definiciones 

La acepción común de la palabra “milagro”, y tal como lo entiende la Apología, ésto es, a fin de que pueda aducirse como prueba, sería: “La manifestación extraordinaria de Dios, mediante un hecho sensible que ningún agente creado puede producir”.


Tres condiciones, por tanto, son necesarias para que un hecho sea en realidad milagroso: 

1ª) que el hecho caiga bajo el dominio de los sentidos; 

2ª) que el hecho supere las fuerzas de cualquier agente creado y 

3ª) que reconozca a Dios por autor


El milagro ha de ser, en primer lugar, un hecho sensible, esto es, que pueda ser examinado, considerado y apreciado al igual de los que se producen en la vida ordinaria, como sería, por ejemplo, ver con vida a un hombre que había estado muerto y en putrefacción; con vista a un ciego de nacimiento; andando repentinamente, al impulso de una sola palabra, a un paralítico de toda la vida; hablando repentinamente diversas lenguas a un hombre rudo y sin instrucción, etc. Estos son hechos que pueden ser observados y verificados.

Este hecho sensible ha de superar las fuerzas de cualquier agente creado; de lo contrario, podría atribuirse a una causa natural.

Y aquí se ha de tener presente, para ocurrir a los reparos de los que impugnan el milagro, que aunque no sabemos todo lo que pueden las fuerzas de la Naturaleza, sí sabemos hasta dónde no llegan; y éste es fundamento más que suficiente para asegurar el origen extranatural de los efectos que llamamos milagrosos. Así sabemos con toda certeza que no hay ley física alguna que de la vida a los muertos, la efusión de lágrimas o sangre a una imagen de yeso o madera, la curación súbita e instantánea de un leproso, o que haga surgir el hueso de una pierna o de un brazo, por ejemplo. Al hallarnos, pues, en presencia de un hecho de esta índole, podemos asegurar sin temor de equivocarnos que su causa productora no ha de buscarse en la Naturaleza ni en ninguna de sus leyes por oculta y desconocida que se la quiera suponer.

Finalmente, para que exista el milagro propiamente tal, es preciso que ese hecho sensible y contrario a las leyes de la Naturaleza sea producido por Dios. Al conocimiento de esta condición nos llevará el examen del hecho en sí mismo, o bien el estudio de las circunstancias en medio de las cuales el hecho se produce.

Entendemos por ley de la Naturaleza la manera constante y universal con que vuelven a producirse los mismos fenómenos en idénticas circunstancias.

Hay quienes afirman que es imposible comprobar el milagro con certeza, porque todo hecho milagroso escapa necesariamente, según ellos, a nuestras investigaciones.


Para que un milagro quede plenamente comprobado, basta únicamente establecer dos puntos: 

1º) la existencia del hecho en sí y 

2º) la naturaleza milagrosa del mismo


Esto supuesto, decimos que se dan milagros cuya existencia puede conocerse y cuya naturaleza es dado discernir científica y filosóficamente.

En efecto, como el milagro lo constituye un hecho sensible, por su naturaleza misma tiene que caer bajo el dominio de los sentidos o bajo el testimonio humano, siempre que éste venga acompañado de los requisitos indispensables al mismo.

La curación instantánea de un leproso, la resurrección de un muerto en putrefacción, son hechos cuya realización se trata de examinar por medio de los sentidos: que estos hechos tengan o no carácter milagroso pertenece al raciocinio y no a los sentidos. No hay duda, pues, de que estos hechos considerados como tales, pueden ser objeto de nuestro conocimiento.


La diferencia con los prodigios

Hasta aquí hemos tratado del milagro propia y estrictamente como tal; pero hay, además, otros hechos prodigiosos que pueden realizarse sin la intervención inmediata de Dios, y cuyo origen puede hallarse en los espíritus, ya buenos, ya malos. El criterio para discernirlos ha de buscarse en las circunstancias en que tales hechos se producen, en los fines que con ellos se pretenden y en los efectos que de tales actos se derivan. No hay duda de que Dios se sirve del ministerio de sus ángeles, pero los hechos que reconozcan tal origen jamás podrán contradecir las doctrinas, la moral o los preceptos que el mismo Dios ha impuesto al hombre. Dondequiera que aparezca tal contradicción no podrá ponerse en duda el origen diabólico de tales actos.


La comprobación de milagros 
hoy en el campo de la ciencia

Desde el inicio de la historia de la Salvación encontramos innumerables milagros de la mano del mismo Dios, y a través de sus profetas y de sus santos, o en favor de sus suplicantes. Históricamente, siempre se ha seguido el criterio de discernimiento recién expuesto para determinar si el suceso tenía o no la categoría de milagroso. Y así, nadie dudaba que la curación instantánea de una enfermedad de alguien que iba a morir como todo el resto pero había rogado ayuda del cielo, o la renovación de un miembro atrofiado, o la incorruptibilidad del cuerpo de alguien considerado santo en su vida, era un hecho milagroso.

Sin embargo, en la actualidad se ha formado – debido tal vez en parte a los numerosos ataques a la fe de la sociedad moderna, y también a las mayores capacidades técnicas del hombre de hoy – un sistema absolutamente efectivo para la determinación de la realidad de un milagro.

Si bien existen numerosas formas en que Dios puede decidir ayudar al hombre, hay una de ellas – la de la curación – que ha alcanzado el mayor grado de evolución en materia investigativa por parte del mismo Vaticano. Esto se debe en cierta medida a que la curación es el terreno de más fácil observación científica, y en parte también a que el estudio de milagros nace cotidianamente en la Santa Sede con el objetivo de poder determinar la santidad de un candidato a la canonización. Hemos explicado en el dossier “¿Cómo canoniza la Iglesia a los santos?”, la necesidad que existe para poder canonizar, de comprobar la veracidad de dos milagros de intercesión por parte del posible santo a favor del creyente que solicita su favor. Veremos entonces cuáles son los medios con que se discierne sobre un milagro en la actualidad en relación a las causas de canonización, que es la forma más frecuente de investigación al respecto, y la que ha creado un sistema más formal. Este mismo método, es también habitual en el estudio de milagros en santuarios reconocidos por este tipo de sucesos, como el de Lourdes, en Francia, donde Nuestra Señora apareció en 1858 e hizo surgir milagrosamente una fuente de agua de la que se sirven millones de peregrinos al año por diversos motivos.

En primer lugar, se colige de lo antes dicho que, para el caso particular del estudio de un milagro de intercesión de un candidato, es absolutamente necesaria la iniciativa de los creyentes que piden su favor. En palabras de Juan Pablo II, tales curaciones, debidamente verificadas y reconocidas por las autoridades eclesiásticas (en materia de fe y doctrina) y por las autoridades médicas (en materia científica), “son como un sello divino que confirma la santidad de un siervo de Dios cuya intercesión ha sido invocada, una señal de Dios que inspira y legitima el culto rendido (al candidato) y da certeza a las enseñanzas que la vida, el testimonio y las acciones (del candidato) encarnan”.

El estudio doctrinal de un caso compete a todo el desarrollo del mencionado dossier, y siempre guarda concordancia con las definiciones antes expuestas. El estudio científico del hecho, en cambio, ha llevado a la creación de una Consulta Médica en la congregación para la Causa de los Santos. Esta consulta está formada generalmente por un equipo de cinco médicos, que durante todo el año (exceptuando agosto y septiembre) se reúne cada dos semanas para examinar dos milagros potenciales. Los equipos se reclutan entre los más de sesenta médicos residentes en Roma que integran la Consulta Médica de la Congregación.

A juzgar por su reputación y por sus logros profesionales, estos médicos son de los expertos más destacados en su especialidad. Más de la mitad de ellos son profesores o jefes de departamento de una de las facultades de medicina de Roma; los demás son, con pocas excepciones, directores de hospitales. En su conjunto, Consulta Médica representa todas las especialidades de la medicina, desde la cirugía hasta las enfermedades tropicales.

Dado que cada médico cobra los honorarios aproximadamente equivalentes a dos revisiones en sus consultorios, pero la documentación de un milagro puede abarcar hasta mil quinientas páginas, lo cual requiere un mes de lecturas y evaluaciones durante los fines de semana (sin contar los casos más complejos que pueden durar varios meses), se considera que su trabajo es prácticamente honorífico y, a menudo, los asesores donan sus honorarios a la caridad.

Los médicos se declaran de acuerdo en no discutir los casos de milagros con personas ajenas a la Congregación. Se les permite escribir sobre los mismos en revistas de medicina, pero no antes de que la causa esté concluida y el Papa haya tomado su decisión al respecto. Puesto que eso puede tardar un año o más, los asesores muy raras veces llegan a publicar algo.

La Consulta funciona de modo muy parecido a un equipo de reconocimiento médico. Cuando les llega un caso, las posibilidades de éxito normalmente han sido evaluadas ya en un nivel local y a título extraoficial por uno o por varios expertos médicos elegidos por el postulador de Roma.

La típica positio super miraculo incluye un historial médico del paciente y las declaraciones de todos los hospitales, médicos y enfermeras que tuvieron que ver con el tratamiento del paciente. Además están las declaraciones escritas de los testigos: el personal médico y el paciente mismo, así como los testimonios de todos cuantos hayan invocado al siervo de Dios. Los rayos X, las muestras de biopsia y otras pruebas médicas son de crucial importancia y, en muchos casos, el equipo exige pruebas adicionales antes de pronunciar su dictamen.

En cuanto al procedimiento, cada caso se presenta a dos miembros de la Consulta, que estudian los materiales y redactan sendos informes de cuatro a cinco páginas. Ninguno de los dos conoce la identidad del otro. Si uno de los informes o ambos resultan positivos, se presenta el caso a otros dos médicos y al presidente de la Consulta, y la decisión se toma por votación de los cinco miembros del equipo. Más de la mitad de los casos son rechazados. En un año normal, por tanto, Consulta Médica examina unos cuarenta casos; de los cuales, incluidos los que se remiten al lugar de origen pidiendo informaciones adicionales, sólo unos quince sobreviven al escrutinio de los médicos.

Es fácil comprender por qué. Cada asesor ha de pronunciar un dictamen sobre el diagnóstico, el pronóstico y la conveniencia de la terapia empleada. La curación debe ser completa y duradera y, además, tiene que resultar inexplicable según todos los criterios científicos conocidos. Se excluyen los linfomas, los cánceres de células renales, los de piel y los mamarios, que tienen un elevado índice estadístico de curación natural. Lo mismo sucede con las enfermedades mentales, ya que el concepto de curación en tales casos es difícil de definir. Al final, en el pleno del equipo, cada médico tiene la opción entre dos votos: “natural” o “inexplicable”. La Congregación prefiere la unanimidad; pero, como puede atestiguar cualquier paciente que haya consultado a un segundo o a un tercer médico, alcanzar un acuerdo entre cinco médicos, y aún entre cinco especialistas diferentes, resulta excesivamente difícil; de modo que, por lo general, una mayoría simple es suficiente para que un milagro sea aceptado como tal.


En una entrevista al Dr. Franco de Rosa, profesor de medicina interna en la Universidad de la República Italiana, de Roma, y especialista en enfermedades infeccionas, el asesor hizo los siguientes comentarios:

- Recuerde que, cuando yo estudio una causa, no sé qué piensan los otros. Sólo cuando nos reunimos podemos descubrir que los otros han hecho un diagnóstico diferente y, a veces, al escuchar a los otros cambio de opinión.


A la pregunta de si es o no posible que los médicos se equivoquen en su juicio, contestó:

- En general, los errores son de dos clases: o bien yo no tengo todos los hechos en que basar mi juicio, o bien hay un error en el informe del médico que atendió al paciente. En tales casos, se le pide al postulador que envíe más información. Los documentos deben ser muy precisos; de otro modo, no puede haber discusión. (...) Igualmente, trabajamos con mucha precisión, porque sabemos que nuestro trabajo quedará en los archivos; y en los archivos del Vaticano no se pierde nada”.


El Dr. Rafaello Cortesini, jefe de cirugía en la Facultad de Medicina de la Universidad de Roma, es el presidente de la Consulta Médica y, como tal, responsable de estudiar todo milagro potencial que se presente al equipo médico de la Congregación. Él es quien asigna cada caso a los médicos, preside todos los equipos y firma las decisiones. Dice que, en cerca de la mitad de las curaciones que se declaran inexplicables, el voto es unánime.

Consultado acerca de la actualización del conocimiento de los doctores que trabajan en la Consulta, respondió: “algunas veces, usamos ordenadores para cerciorarnos de los últimos descubrimientos en varios campos; así, nos mantenemos al día. A través de la congregación, estudiamos casos de Canadá, de África, de Japón; de todas partes. Por los documentos que nos llegan sabemos qué está pasando en medicina en el mundo entero y estamos en condiciones de aplicar las técnicas científicas más recientes”.


Luego se le preguntó qué sucedía con los casos que no estaban relacionados con la medicina moderna, dado que la Comisión estudia curaciones antiguas o de lugares donde la medicina es muy rudimentaria. Su respuesta fue la siguiente:

- Nosotros recibimos casos no sólo de todas partes del mundo, sino también de siglos pasados. Hace poco hemos estudiado uno del siglo XVII. Es impresionante. Los médicos no disponían entonces de las avanzadas técnicas de diagnóstico de que disponemos nosotros; pero tenían talento, y un talento mucho mayor que los médicos de hoy para describir lo que veían. Además, aquí en la Universidad de Roma, contamos con un gran departamento, muy importante, dedicado a la historia de la medicina, que abarca hasta los tiempos romanos más antiguos. Así que ya ve usted que tenemos muchos recursos para determinar cuál era el problema.


Un ejemplo de falta de antecedentes lo da un caso de África del Sur, que llegó a la congregación sin ninguna clase de documentación científica. La curación se atribuía a un sacerdote francés, el padre Joseph Gérard, que vivió durante sesenta años como misionero entre las tribus zulúes y basoto del actual Lesoto. Gérard murió en 1914, y como anticipo del viaje papal a Lesoto en 1988, la congregación estaba revisando un posible milagro ocurrido en 1928. Según la escueta positio de cuarenta páginas, a una niña negra de seis años se le desarrolló una costra en la cabeza, se extendió sobre los ojos y le causó ceguera; se formaron úlceras en las cuencas de los ojos, que le colgaban de los párpados como diminutos anillos deformes. Un misionero protestante y médico itinerante la examinó cuatro veces y, finalmente, le dijo a la madre que la infección era incurable. La madre, desconcertada, acudió a la iglesia católica local, donde le dieron una reliquia de Gérard – un poco de tierra de su tumba – y la alentaron a pedir su intercesión. Las hermanas misioneras comenzaron a rezar una novena a Gérard. Al día siguiente, un sábado, el párroco le entregó a la madre otra reliquia. Esa noche, la niña manifestó haber tenido una visión en la que un anciano sacerdote le aseguró que se curaría. A la mañana siguiente, las costras habían desaparecido y la niña podía ver. Lo único que quedó, según un examen médico realizado cuarenta y ocho años después, fue una cicatriz en una córnea, indicativa de una horadación.

Los asesores médicos no tenían nada a que atenerse, salvo las declaraciones de los testigos; entre ellos, el pastor, quien dejó constancia escrita de lo que vio. Además, había un examen del ojo, realizado por un oftalmólogo cuando la mujer tenía cincuenta y cuatro años. A partir de tan escasas pruebas, parecía que la niña había contraído una forma de impétigo; pero los asesores coincidían en que eso solo no explicaba la perforación de la córnea. Pese a la escasez de datos médicos, el doctor Camillo Pasquinangeli, especialista en enfermedades de los ojos, se empeñó en estudiar el caso, y finalmente, encontró una enfermedad llamada penthius que correspondía a los síntomas observados y, en su opinión, podía explicar la perforación de la córnea. Cuando se reunió el 1 de septiembre de 1987 el pleno del equipo de cinco asesores, el doctor Pasquinangeli logró convencer a los otros de la plausibilidad de su diagnóstico. Dado ese diagnóstico y la gravedad del caso, el equipo estuvo de acuerdo en que no había ninguna manera científica de explicar la completa e instantánea recuperación de la vista que experimentó la niña. Al año siguiente, el Papa Juan Pablo II beatificó a Gérard ante diez mil católicos en Lesoto.


La aprobación en el campo teológico 

Básicamente, y como hemos podido ver, la tarea de la Consulta Médica es decidir si una curación es científicamente inexplicable o no. Los médicos no pueden decidir si se trata de un milagro; ese juicio queda reservado a los asesores teológicos, cuyas opiniones deben luego ser secundadas por los cardenales de la congregación y, al final, por el Papa. La teoría es que el reconocimiento de los milagros es materia del entendimiento teológico y eclesiástico, que se sirve del conocimiento médico como una herramienta para no cometer errores en sus dictámenes.

Hay en la Congregación sesenta y seis asesores teológicos, de los que sólo unos cuantos son convocados con regularidad a reunirse, en equipos de siete miembros, para revisar los procesos de milagros y determinar que la curación se produjo únicamente mediante la intercesión del siervo de Dios.

Las pruebas principales las constituyen las declaraciones de los testigos. ¿Quién invocó al siervo de Dios? ¿Fue mediante oraciones, uso de reliquias, etc.? Los elementos clave son el tiempo y la causalidad. Debe quedar claro que la recuperación del paciente no se produjo sino después de que se invocara la ayuda del siervo de Dios, e igualmente claro que la curación se consiguió por medio de la intercesión del siervo de Dios y de nadie más.

Esas decisiones, obviamente, no requieren mucha pericia teológica, pero sí una cierta familiaridad con la teología de la intercesión operativa de la Congregación. Si un paciente reza, por ejemplo, simultáneamente a Jesucristo y al siervo de Dios, el milagro puede atribuirse a este último por la razón de que Jesucristo está necesariamente presente en todas las gracias otorgadas por Dios. Por otra parte, cuando se invoca simultáneamente a más de un santo o siervo de Dios, la curación será rechazada, porque no hay manera de saber a quién atribuir la intercesión divina.


Otra clase de milagros 

Si bien – como ya dijimos – los milagros asociados a curaciones son los que poseen un esquema de investigación formal más desarrollado, no se dejan de lado aquellos hechos inexplicables que se puede demostrar que efectivamente ocurrieron. Daremos el ejemplo de un milagro de esa índole que fue aprobado en 1975 para la canonización de Juan Macías (1585-1645), un fraile español de la Orden de los Dominicos, que murió en el Perú y fue beatificado en 1837. El milagro se produjo 309 años después de su muerte en su localidad natal, Ribera del Fresno, donde el beato era considerado el santo patrono del lugar.

Las circunstancias fueron las siguientes: en la sala de la parroquia se servía cada noche la cena a los niños de un orfanato cercano y se invitaba también a las familias pobres a recibir una comida en la puerta; pero, la noche del 25 de enero de 1949, la cocinera descubrió que le quedaban sólo arroz y carne (setecientos cincuenta gramos de cada cosa) apenas suficientes para la cena de los niños, aunque no para dar de comer a los pobres y, ante esta situación, imploró la ayuda del Beato y siguió cumpliendo con sus deberes.

De repente, advirtió que el arroz hirviendo se salía de la olla, de modo que puso una parte en una segunda olla y, luego, en una tercera. Durante cuatro horas siguió al lado de la cocina, mientras la olla continuaba multiplicando el arroz. Se llamó a la madre del cura y también al cura mismo para que fueran testigos del fenómeno. Por la noche, hubo arroz y carne en cantidades más que suficientes para dar de comer a todos los cincuenta y nueve niños y aún quedaron sobras abundantes para los pobres. En total, veintidos personas presenciaron la milagrosa multiplicación; y, a pesar de haber estado hirviendo durante horas, la última cucharada de arroz estaba tan buena como la primera. Como la bíblica multiplicación de los panes y los peces, todos comieron cuanto quisieron. Afortunadamente para la causa, algunos de los convidados guardaron una parte del arroz, de modo que la congregación pudo examinarlo once años después. Los asesores no hallaron ninguna explicación natural del insólito fenómeno; lo cual, unido al tradicional milagro de curación, fue suficiente para canonizar al beato Macías.

Una dificultad obvia de los milagros no médicos es de orden técnico: el postulador debe encontrar en cada caso los expertos que confirmen a la congregación que se produjo un suceso extraordinario e inexplicable. Sin embargo, siempre se encuentra la forma de que los testigos y los técnicos demuestren la naturaleza de lo acaecido en casos donde se sortearon incendios inevitables, no cayeron bombas destinadas a destruir pueblos y otras cosas similares.


A modo de conclusión 

Como católicos, no debería causarnos ningún problema aceptar los milagros, dado que creemos en la obra de la gracia divina. En más de una ocasión, todos hemos experimentado la gracia que, de una forma no milagrosa en el sentido estricto del término, sí lograba conmover nuestros cimientos, darnos apoyos que necesitábamos, o ayudarnos a salir adelante, como un regalo gratuito que Dios ha querido darnos. Para creer en milagros, pues, simplemente hay que ser capaces de aceptar regalos especiales, libremente dados y jamás merecidos.

Tampoco debe resultarnos difícil suponer que tales regalos nos han tocado porque alguien – familiares, amigos, conocidos o incluso desconocidos – han rezado a Dios por nosotros. En un mundo de gracia, estas cosas suceden continuamente; pese a nuestra inclinación a atribuirnos a nosotros mismos la “suerte” que hayamos tenido. Pero, si se parte del supuesto de que no hay gracia en el mundo, entonces, los regalos no tienen sentido y, menos que nada, los regalos que vienen por la oración. En esa mentalidad, las cosas simplemente “suceden” y uno atribuye la causa al hado o al azar, a la naturaleza o a la historia, a nuestros propios méritos o a nuestros bien calculados planes. La comunión de los santos, por el contrario, presupone que en Dios estamos todos vinculados unos a otros, que damos y recibimos inesperados e inmerecidos actos de gracia.


Dejamos aquí, para finalizar, una breve pero categórica afirmación presentada en el Concilio Vaticano I a propósito del valor de tales gracias:

"(...) Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación" (ibid., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (cf. Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad "son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos", "motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu" (Cc. Vaticano I: DS 3008-10). 

«¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad.

 -Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aun niños: todos igual. -Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado» (Camino.-317). 




«Decía también a los discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador, al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y le dijo: "¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando". Y dijo para sí el administrador: "¿Qué haré, puesto que mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo: mendigar, me avergüenza. Ya sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando sea retirado de la administración".

Y, convocando uno a uno a los deudores de su amo, dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi señor?". El respondió: "Cien medidas de aceite". Y le dijo. "Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta". Después dijo a otro: "¿Tu, cuánto debes?". El respondió: "Cien cargas de trigo". Y le dijo: "Toma tu recibo y escribe ochenta". El dueño alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente; porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz». (Lucas 16, 1-8)


I. Jesús, con la parábola de hoy te quejas de que los que hacen el mal pongan más empeño en sus objetivos que los que intentan hacer el bien: «los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz». Mientras los primeros no dejan de poner todos los medios a su alcance sin temor a lo que puedan decir los demás, los segundos tienen casi que pedir permiso antes de emprender una obra buena.

Jesús, me pides más espíritu de iniciativa, más tesón, más audacia, más entrega a la hora de hacer el bien, y en especial a la hora de hacer apostolado. Tu me has dicho: «vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5,14). Y el mundo está en las tinieblas de la ignorancia, porque faltan apóstoles -«hijos de la luz»- que sepan dar testimonio del Evangelio. 

Jesús, por un lado quiero hacer apostolado con mis amigos y familiares: quiero explicarles la alegría y la paz que produce el seguirte. Pero, a veces, siento otra fuerza que me frena: un temor a quedar mal, a no ser oportuno. Esta fuerza es lo que se llama «tener respetos humanos», y es la que hace que los «hijos de la luz» no brillen como debieran. 

«¡Anunciad la Palabra con toda claridad, indiferentes al aplauso o al rechazo! En definitiva, no somos nosotros quienes promovemos el éxito o el fracaso del Evangelio, sino el Espíritu de Dios. Los creyentes y los no creyentes tienen el derecho a escuchar inequívocamente el auténtico anuncio de la Iglesia. Anunciad la Palabra con todo el amor del Buen Pastor, que se da, que busca, que comprende» (Juan Pablo II). 


II. «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. -Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aun niños: todos igual. -Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado» (Camino.-317). 

Jesús, alabas al administrador infiel, no por su deslealtad, sino por el empeño que pone en sus asuntos terrenos. Cada día, cada mes y cada año, haría un balance de las cosas que iban bien, de las que iban mal y de cómo mejorar en el próximo ejercicio. De la misma manera, si me preocupa mi alma, debería hacer un examen de conciencia al acabar el día; dedicar un tiempo al mes para repasar mi vida interior; y retirarme unos días cada año para hacer balance y preparar el próximo periodo. 

También se demuestra el afán que pongo en los asuntos de mi alma por la seriedad con la que vivo mi plan de vida. Así como el deportista que quiere mejorar una marca se pone objetivos audaces y se ata a un plan de entrenamiento constante y ordenado; si de verdad quiero mejorar en mi vida interior, debo vivir con orden y constancia un horario que incorpore ciertas normas de piedad: oración, misa, rosario, etc.

Jesús, si pongo verdadero interés en los asuntos de mi alma, mi fe no será intelectual y abstracta, incapaz de dar frutos; sino una fe viva y operativa que se demuestre con hechos de piedad, de trabajo bien hecho y de servicio a los demás... Entonces sabré vencer los respetos humanos; y no habrá obstáculos que me detengan en mi labor de apostolado.



En este mes de Noviembre, la Iglesia, como buena Madre, multiplica los sufragios por las almas del Purgatorio y nos invita a meditar sobre el sentido de la vida a la luz de nuestro fin último: la vida eterna, a la que nos encaminamos deprisa. La liturgia nos recuerda que a las almas que se purifican en el Purgatorio llega el amor de sus hermanos de la tierra, que se puede merecer por ellas, y acortar esa espera del Cielo. La muerte no destruye la comunidad fundada por el Señor, sino que la perfecciona. La unión en Cristo es más fuerte que la separación corporal, porque el Espíritu Santo es un poderoso vínculo de unión entre los cristianos. 


En la Santa Misa hay un lugar fijo para recomendar a Dios nuestros difuntos. Esta verdad ?la de poder interceder por quienes nos precedieron-, fue declarada solemnemente como verdad de fe en el II CONCILIO DE LYON (Profesión de fe de Miguel Paleólogo, Dezinger 464). Examinemos hoy cómo es nuestra oración por los difuntos: es una gran obra de misericordia muy grata al Señor.


II. Aunque nuestros pecados se perdonan en la Confesión sacramental, subsiste un reato, o resto, de pena, que ha de repararse en esta vida con el cumplimiento de la penitencia impuesta en la Confesión, de otras buenas obras, o mediante las indulgencias concedidas por la Iglesia. 

El alma que sale de este mundo sin la debida reparación, o con pecados veniales y faltas de amor a Dios, deberá purificarse en el Purgatorio (S.C. PARA A DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos sobre algunas cuestiones referentes a la escatología), pues en el Cielo no puede entrar nada sucio (Apocalipsis 21, 27). Allí ya no se puede merecer y no pueden aumentar su amor a Dios, y solamente satisfacen por sus manchas o culpas. Y aunque hay un dolor inimaginable, existe la gran alegría de saberse confirmadas en gracia y destinadas a la felicidad eterna. 

Nosotros podemos merecer y ayudar a las almas que se preparan para entrar en el Cielo, principalmente con la Santa Misa, y con el Santo Rosario, el ofrecimiento de nuestras buenas obras, la enfermedad y el dolor. 


III. Particular importancia en la ayuda que podemos prestar a las almas del Purgatorio tienen las indulgencias, plenarias o parciales, que pueden aplicarse como sufragio. Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica) y otros teólogos nos enseñan que las almas del Purgatorio pueden acordarse de las personas queridas que dejaron en la tierra e interceder por ellas. No dejemos de acudir a ellas y seamos generosos con los sufragios que ofrecemos para acortar su entrada al Cielo. 



jueves, 3 de noviembre de 2011

San Martín de Porres, religioso (1579-1639)



Nació en Lima el año 1579. Era hijo de un hidalgo español, Dn. Juan de Porres, y de una muchacha mulata, Ana Velázquez. Martín fue bautizado en la iglesia de San Sebastián, en la misma pila bautismal en que siete años más tarde lo sería Sta. Rosa de Lima. 


Desde niño fue muy generoso con los pobres, a los que daba parte del dinero cuando iba de compras. Su madre lo llevaba con frecuencia al templo. Su padre, gobernador de Panamá, le procuró una buena educación. 

Martín aprendió el oficio de barbero, que incluía el de cirujano y la medicina general. Cumplía bien su oficio, sobre todo en favor de los pobres, y aprovechaba la ocasión para hablarles de Dios, y era tal su bondad, que conmovía a todos. Por el día trabajaba y por la noche se dedicaba a la oración. 

A los quince años entró como terciario dominico en el convento del Rosario de Lima. Allí fue feliz, sirviendo con humildad y caridad a los de dentro y a los de fuera. Convirtió el convento en un hospital. Recogía enfermos y heridos por las calles, los cargaba sobre sus hombros y los acostaba en su propia cama. 

Los cuidaba y mimaba como una madre. Algunos religiosos protestaron, pues infringía la clausura y la paz. "la caridad esta por encima de la clausura", contestaba Martín. Sus rudimentarias medicinas, y más aún sus manos, obraban curaciones y milagros. Su caridad se extendía a los pobres animalitos que encontraba hambrientos y heridos. Había muchos vagabundos en Lima. Buscó dinero y fundó el Asilo de Santa Cruz para niños. Allí les cuidaba y enseñaba una profesión. 

Sus devociones preferidas eran: Cristo Crucificado, y en recuerdo de los sufrimientos de Cristo en la Cruz se daba tres disciplinas diarias. Otra devoción era la de Jesús Sacramentado, y pasaba horas ante el Santísimo con frecuentes éxtasis, la devoción a la Virgen María -sobre todo bajo la advocación del Rosario- con la que conversaba amorosamente y la devoción al ángel de la guarda, al que acudía con mucha frecuencia. Luchaba tenazmente contra el sueño en la oración. 

Cuando la viruela empezó a causar estragos en Lima, la actividad y los cuidados de Martín se multiplicaron. Todos acudían a él. Todos le tenían por santo. Era el ángel de Lima. Aquel esfuerzo sobrehumano llegó a debilitarle peligrosamente. Cayó enfermo. El sabía que no saldría de aquella enfermedad. Cuando vio que se acercaba el momento de su muerte, pidió a los religiosos que le rodeaban que entonasen el Credo. Mientras lo cantaban, entregó su alma a Dios. Era el 3 de noviembre de 1639. 

Su muerte causó profunda conmoción en la ciudad. Había sido el hermano y enfermero de todos, singularmente de los más pobres. Todos se disputaban por conseguir alguna reliquia. Toda la ciudad le dio el último adiós. 

Su culto se ha extendido prodigiosamente. Gregorio XVI lo declaró Beato el año de 1837. Fue canonizado por Juan XXIII en 1962. Recordaba el Papa -en la homilía de la canonización- las devociones en que se había distinguido el nuevo Santo: SU PROFUNDA HUMILDAD que le hacía considerar a todos superiores a él, su celo apostólico, y sus continuos desvelos por atender a enfermos y necesitados, lo que le valió, por parte de todo el pueblo, el hermoso apelativo de "Martín de la caridad"



MAS SOBRE SAN MARTIN DE PORRES

.Despreciado por negros y blancos, ayudó a los más miserables, llegó a tener control sobre los elementos, juntó perro, pericote y gato, curó enfermos, levitaba, desaparecía y tenía el don de poder estar en más de un sitio a la vez. A pesar de su evidente santidad tuvieron que pasar más de 300 años para que este pobre mulato sea elevado a los altares
 de la Iglesia.


El Santo de la Escoba

San Martín de Porras nació en Lima en 1579. Hijo del burgalés Juan de Porras y de Ana Velásquez, negra libre de Panamá, su padre no lo quiso reconocer y en su partida de bautismo figura como "de padre desconocido". Su infancia no fue demasiado feliz, pues por ser mulato (mitad blanco y mitad negro, pero más negro que blanco) era despreciado en la sociedad por blancos y por negros.
Aprendió muy joven el oficio de barbero. La reputación de su virtud creció rápidamente. Sin embargo, la fama no trastocó su personalidad y Martín buscó refugio en la oración.

A los 15 años logró ingresar en el Convento de Santo Domingo. Como a los mulatos les tenían mucha desconfianza, fue admitido solamente como "donado", o sea un servicial de la comunidad. Así vivió 9 años, practicando los oficios más humildes y siendo el último de todos. Fue admitido como hermano de la orden en 1603. Perseveró en su vocación a pesar de la oposición de su padre, y en 1606 profesó los votos de pobreza, castidad y obediencia.

Ejercitó los oficios de enfermero y cirujano, destacando en su abnegación por los más necesitados y en su amor a los animales.

Entonces sí que empezó a hacer obras de caridad a manos llenas. Los frailes se quejaban de que Fray Martín quería hacer del convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama cuando no tenía más donde se los recibiera. Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.
Aunque él trataba de ocultarse, sin embargo su fama de santo crecía día por día. Lo consultaban hasta altas personalidades. Muchos enfermos lo primero que pedían cuando se sentían graves era: "Que venga el santo hermano Martín". Y él nunca negaba un favor a quien podía hacerlo. Pasaba la mitad de la noche rezando. A un crucifijo grande que había en su convento iba y le contaba sus penas y sus problemas, y ante el Santísimo Sacramento y arrodillado ante la imagen de la Virgen María pasaba largos tiempos rezando con fervor.
Pronto se le reputó control sobre la naturaleza, logrando que del mismo plato comieran perro, pericote y gato, y que las plantas germinaran antes de tiempo. Se le atribuyó el don de los milagros, tanto en la curación de enfermos desahuciados como en su capacidad de estar en más de un lugar al mismo tiempo.
Sin moverse de Lima, fue visto sin embargo en China y en Japón animando a los misioneros que estaban desanimados. Sin que saliera del convento lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos. 


A los ratones que invadían la sacristía los invitaba a irse a la huerta y lo seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola hacía comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones. Llegaron los enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera invisible y los otros no lo vieron. Cuando oraba con mucha devoción se levantaba por los aires y no veía ni escuchaba a la gente. A veces el mismo virrey que iba a consultarle (siendo Martín de tan de pocos estudios) tenía que aguardar un buen rato en la puerta de su habitación, esperando a que terminara su éxtasis.

En ocasiones salía del convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, respondía: "Yo tengo mis modos de entrar y salir". El Arzobispo se enfermó gravemente y mandó llamar al hermano Martín para que le consiguiera la curación para sus graves dolores. Él le dijo: ¿Cómo se le ocurre a su excelencia invitar a un pobre mulato? Pero luego le colocó la mano sobre el sitio donde sufría los fuertes dolores, rezó con fe, y el arzobispo se mejoró en seguida. 
Recogía limosnas en cantidades asombrosas y repartía todo lo que recogía. Miles de menesterosos llegaban a pedirle ayuda. A los 60 años, después de haber pasado 45 años en la comunidad, mientras le rezaban el Credo y besando un crucifijo, murió el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros empezaron a obtenerse a montones por su intercesión.
Quizás por ser mulato, su proceso de beatificación hubo de durar hasta 1836, franqueando las barreras de una anticuada y prejuiciosa mentalidad. Fue canonizado por el papa Juan XXIII en 1962. Muy cerca del santuario de Santa Rosa existe un inmueble en cuyo solar estuviera la casa natal de Martín de Porras (ambos santos fueron bautizados en la próxima iglesia parroquial de San Sebastián). El edificio que hoy vemos es una suntuosa casa de estilo republicano, que salvo la placa recordatoria y algún objeto conservado en su interior, en muy poco se relaciona con la vida del santo. Sus restos se guardan en el altar de reliquias de la iglesia de Santo Domingo, a la izquierda del cráneo de Santa Rosa. En el convento está la capilla subterránea que los alojó previamente.

Los Milagros de Fray Martín



Nuestro paisano Martín de Porres, en vida y después de muerto hizo milagros por mayor. Hacía milagros con la facilidad que otros hacen versos. 

Uno de sus biógrafos (no recuerdo si el padre Manrique o el médico Valdez) dice que el prior de los dominicos tuvo que prohibirle que siguiera milagreando (dispénsenme el verbo).
Y para probar cuán arraigado estaba en el siervo de Dios el espíritu de obediencia, refiere que, en momento de pasar fray Martín frente a un andamio, cayóse un albañil desde ocho o diez varas de altura, y que nuestro lego le detuvo a medio camino gritando: "¡Espere un rato, hermanito!" 

Y el albañil se mantuvo en el aire hasta que regresó fray Martín con la superior licencia.
  






No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos



«Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Este recibe a los pecadores y come con ellos». Entonces les propuso esta parábola: «¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: "Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió". 

Os digo que, del mismo modo, habrá en el Cielo mayor alegría por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no la necesitan. O ¿qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas diciéndoles: "Alegraos conmigo, porque he encontrado la dracma que se me perdió". Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente».
 (Lucas 17,1-10) 


I. Jesús, Tú eres el «buen pastor que da su vida por sus ovejas». (Juan 10,11). Conoces a cada una: las cuidas con cariño, las defiendes de los constantes peligros, y les obtienes alimento abundante. «Yo vine para que tengan vida y la tenga en abundancia» (Juan 10,10). 

Yo soy oveja de tu rebaño; conozco tu voz y Tú la mía. Sabes de qué pasta estoy hecho, y por eso me atiendes con cuidados especiales. Aun y así, Jesús, a veces me despisto y te pierdo. Seguirte es fácil cuando el pasto es abundante y está al alcance de mi mano. Pero cuando el camino se hace cuesta arriba; cuando parece más apetecible o más divertido quedarse rezagado, ¡cómo cuesta seguirte, Jesús! Y te abandono. Enseguida, mi pequeño y egoísta paraíso se agosta, y me quedo solo. 

¿Cómo volver de nuevo a Ti? Es la conversión. Jesús, perdóname: Te he abandonado por mi culpa; ya no más, ya no más. Y, al instante, tu luz y tu consuelo me llenan de nuevo: porque has venido a buscar a la oveja perdida. Hay alegría en el cielo y «entre los ángeles de Dios, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lucas 15,24). 


II. «Otra caída... y ¡qué caída!... ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. -Un «miserere» y ¡arriba ese corazón! -A comenzar de nuevo.» (Camino.-711). 

Jesús, mi vida está llena de tropiezos. Pero eso no importa si tras cada tropiezo me levanto de nuevo con más brío, con más amor fruto de un arrepentimiento sincero, con más humildad. Si en vez de desesperarme y pensar que no puedo, acudo humildemente a mi madre la Virgen, ella me llenará de consuelo y de ánimo, y me llevará más fácilmente a Ti. 

Jesús, Tú hablas de «un pecador que se arrepiente» y de «un pecador que hace penitencia». Arrepentimiento y penitencia han de ir unidos para que se me perdonen los pecados. Un arrepentimiento sin penitencia sería insincero, y una penitencia sin arrepentimiento seria vacía.

«El pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia» (CEC.-1459).

Jesús, el medio por excelencia para volver a Ti es el Sacramento de la Reconciliación o Confesión. «A quienes les perdonéis los pecados, le son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos» (Juan 20,23). Has querido darme la seguridad de que me perdonas, absolviendo mis pecados por medio del sacerdote. Mi arrepentimiento y mi penitencia producen entonces la alegría de saberme otra vez hijo querido de Dios.



En el Evangelio de la Misa leemos: Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Éste recibe a los pecadores y come con ellos (Lucas 15, 1-10). La batalla de Jesús contra el pecado y sus raíces más profundas, no le aleja del pecador. Muy al contrario, lo aproxima a los hombres, a cada hombre. Su vida es un constante acercamiento a quien necesita la salud del alma; hasta tal punto que sus enemigos le dieron el título de amigo de publicanos y pecadores (Mateo 11, 18-19). 

Y Jesús les dice: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos (Marcos 2, 17). Sentado entre estos hombres que parecen muy alejados de Dios, Jesús se nos muestra entrañablemente humano. No se aparta de ellos, sino que busca su trato. La oración de hoy nos debe llevar a aumentar nuestra confianza en Jesús cuanto mayores sean nuestras necesidades; especialmente si en alguna ocasión sentimos con más fuerza la propia flaqueza. Y pediremos con más confianza por aquellos que están alejados del Señor. 


II. La vida de Jesús estuvo totalmente entregada a sus hermanos los hombres (Gálatas 2, 20), con un amor tan grande que llegará dar la vida por todos (Juan 13, 1). Cuanto más necesitados nos encontramos, más atenciones tiene con nosotros. Esta misericordia supera cualquier cálculo y medida humana. 

El Buen Pastor no da por definitivamente perdida a ninguna de sus ovejas. Con esta parábola, el Señor expresa su inmensa alegría ante la conversión de un pecador; un gozo divino que está por encima de toda lógica humana. Es la alegría de Dios cuando recomenzamos en nuestro camino, quizá después de pequeños o grandes fracasos. Existe también una alegría muy particular cuando hemos acercado a un amigo o a un pariente al sacramento del perdón, donde Jesucristo le esperaba con los brazos abiertos. 


III. Jesucristo sale muchas veces a buscarnos. Jesús se acerca al pecador con respeto, con delicadeza. Sus palabras son siempre expresión de su amor por cada alma. Los cuidados y atenciones de la misericordia divina sobre el pecador arrepentido son abrumadores. Nos perdona y olvida para siempre nuestros pecados. Lo que era muerte se convierte en fuente de vida.

Nos muestra el Señor el valor que para Él tiene una sola alma y los esfuerzos que hace para que no se pierda. Este interés es el que debemos tener para que los demás no se extravíen y, si están lejos de Dios, para que vuelvan. Pidámoselo a Nuestra Madre. 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El árbol de la Cruz está lleno de frutos: nos ayuda a estar más desprendidos de los bienes de la tierra, de la salud... Las tribulaciones son una gran oportunidad de expiar nuestras faltas y pecados de la vida pasada, y nos mueven a recurrir con más prontitud y constancia a la misericordia divina. Las contrariedades, la enfermedad, el dolor... nos dan ocasión de practicar muchas virtudes (la fe, la fortaleza, la alegría, la humildad, la identificación con la voluntad divina), y nos dan la posibilidad de ganar muchos méritos. Existen épocas en la vida en las que se presenta abundantemente: no dejemos que pase sin que deje bienes copiosos en el alma.



«Iba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene a mi y no odia a su padre y a su madre y a la esposa y a los hijos y a los hermanos y a las hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla?, no sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, diciendo: "Este hombre comenzó a edificar, y no pudo terminar". O ¿qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo». (Lucas 14, 25-33)


I. Jesús, mucha gente te sigue. Han visto tus milagros; han oído tus palabras, incluso han creído en el Reino de los Cielos. Sin embargo, esto no es suficiente para ser tu discípulo. Hace falta tomar la cruz, y despreciar todo lo que me impida amarte sobre todas las cosas: apegamiento desordenado a la familia, posesiones, planes y hasta mi propia vida...

¿Por qué todas estas condiciones? «Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla?» Seguirte de cerca, Jesús, supone esfuerzo: cuesta. Antes o después uno se encuentra con la cruz, y es entonces cuando se demuestra la calidad de su amor a Dios. No ama de veras quien no esta dispuesto a sacrificarse por la persona amada.

La fe vibrante, pero pasajera propia de algunos cristianos se derrumba cuando azotan los vientos de la contradicción o del desaliento. En cambio, cuando la fe está enraizada en la cruz, el sacrificio en vez de alejarnos de Dios nos une a Ti: nos hace colaboradores de tu Redención. «Inmolemos cada día nuestra persona y toda nuestra actividad, imitemos la pasión de Cristo con nuestros propios padecimientos, honremos su sangre con nuestra propia sangre, subamos con denuedo a la Cruz. Si quieres imitar a Simón de Cirene, toma la cruz y sigue al Señor» (San Gregorio Nacianceno).


II. «Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre y madre, y a la mujer y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo».

Son términos duros. Ciertamente, ni el odiar ni el aborrecer castellanos expresan bien el pensamiento original de Jesús. De todas maneras, fuertes fueron las palabras del Señor, ya que tampoco se reducen al amar menos, como a veces se interpreta templadamente, para suavizar la frase. Es tremenda esa expresión tan tajante no porque implique una actitud negativa o despiadada, ya que el Jesús que habla ahora es el mismo que ordena amar a los demás como a la propia alma, y que entrega su vida por los hombres: esta locución indica, sencillamente, que ante Dios no caben medias tintas.

Se podría traducir las palabras de Cristo por amar más, amar mejor; más bien, por no amar con un amor egoísta ni tampoco con un amor a corto alcance: debemos amar con el Amor de Dios» (Es Cristo que pasa.-97).

Jesús, ¿cómo amaste Tú a tu familia en la tierra: a María y a José? El Evangelio nos lo resume con una breve frase: «Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto» (Lucas 13,34). Siendo Dios, obedeciste a tus padres de la tierra, ayudándoles en sus necesidades: a tu Madre en las labores de la casa, y a José en su taller de artesano. Sin embargo, cuando te «pierdes» en el Templo, haciendo sufrir a tus padres, les recuerdas: «¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lucas 2,49).

Jesús, el amor grande que tuviste a tus padres nunca supuso un obstáculo para hacer la voluntad de tu Padre. Por eso, en el momento de la cruz, aún sabiendo que rompías el corazón de tu Madre santísima, obedeciste fielmente a la misión que Dios te había confiado. Que aprenda de tu vida a amar a mi familia con hechos, y a amar más aún a Dios, cumpliendo siempre primero su voluntad.

La Cruz es el símbolo y señal del cristiano porque en ella se consumó la Redención del mundo. El Señor empleó la expresión tomar la cruz en diversas ocasiones para indicar cuál había de ser la actitud de sus discípulos ante el dolor y la contradicción (Lucas 14, 27 y 9, 23). Nadie se escapa al dolor; parece como si éste derivara de la misma naturaleza del hombre.

Sin embargo, la fe nos enseña que el sufrimiento penetró en el mundo por el pecado. Dios había preservado al hombre del dolor por un acto de bondad infinita. El pecado de Adán, transmitido a sus descendientes, alteró los planes divinos, y con el pecado entraron en el mundo el dolor y la muerte. Pero el Señor asumió el sufrimiento humano a través de su Pasión y Muerte en la Cruz, y así convirtió los dolores y penas de esta vida en un bien inmenso.

Si nosotros aceptamos con amor el dolor que el Señor permite para nuestra santificación personal y la de toda su Iglesia, el dolor tiene sentido y nos convertimos en sus verdaderos colaboradores en la obra de la salvación.


II. El árbol de la Cruz está lleno de frutos: nos ayuda a estar más desprendidos de los bienes de la tierra, de la salud... Las tribulaciones son una gran oportunidad de expiar nuestras faltas y pecados de la vida pasada, y nos mueven a recurrir con más prontitud y constancia a la misericordia divina. Las contrariedades, la enfermedad, el dolor... nos dan ocasión de practicar muchas virtudes (la fe, la fortaleza, la alegría, la humildad, la identificación con la voluntad divina), y nos dan la posibilidad de ganar muchos méritos. Existen épocas en la vida en las que se presenta abundantemente: no dejemos que pase sin que deje bienes copiosos en el alma.


III. Cuando nos veamos atribulados acudamos a Jesús, en quien encontraremos consuelo y ayuda. En el Corazón misericordioso de Jesús encontramos siempre la paz y el auxilio. Junto al Señor, todo lo podemos; lejos de Él no resistiremos mucho. Con Él, nos sabremos comportar con alegría, incluso con buen humor, en medio de las dificultades, como hicieron los santos. El Señor también nos ayudará a ver las pruebas con más objetividad, a no dar importancia a lo que no la tiene, y a no inventarnos penas por falta de humildad, o por exceso de imaginación.

Acudamos a Nuestra Señora para que Ella nos enseñe a sacar fruto de todas las penas que hayamos de padecer, o que estemos pasando en esos días.


martes, 1 de noviembre de 2011

Todos los Santos


Al honrar hoy a todos los santos, la Iglesia en verdad alaba la bondad de Dios que les concedió el torrente de su gracia y, al invocarlos, su clamor no se detiene en un intercesor milagroso, sino que llega hasta el mismo Cristo, a quien estos bienaventurados están ligados íntimamente en la unidad de su Cuerpo Místico.

Nosotros también los amamos y veneramos porque la plenitud de la vida de Cristo se manifiesta en ellos. La gloria de Cristo brilla en ellos y mueve nuestros corazones para seguirlos e imitarlos en su lucha por el bien. Santos son los hombres y mujeres por donde pasa la luz; seres transparentes, espejos de la luz de Dios que se purifican constantemente para captarla mejor y reflejarla mas perfectamente; son los grandes amigos de Dios.

Santidad es gracia, pero santidad también incluye cooperación humana valiente, máximo esfuerzo y heroísmo sin par, pues la gracia no anula la naturaleza ni las consecuencias del pecado original.

Por eso el rostro de todo santo ostenta las huellas de la lucha y del sufrimiento. Ningún ángel les apartó las piedras del camino. Cada uno de ellos soportó, con dificultades, la maldición de Adán; cada uno tenía sus tareas y problemas especiales, ninguno se ganó el premio sin haber cargado con su cruz. No fueron fugitivos del mundo, como los pinta la opinión común. Aun retirados en la soledad del desierto o la paz del convento, las tentaciones los acompañaron; pero ellos lograron vencerlas. Muchos cayeron y volvieron a levantarse y destacaron por su penitencia; otros se distinguieron por la inocencia de su corazón.

La Iglesia no conoce a todos sus hijos e hijas de virtud heroica y sólo eleva a algunos al honor de los altares. Muchos de aquéllos sobre cuyas tumbas prendemos en este día las velas del recuerdo devoto, ya fueron aceptados por Dios en su gloria y siguen al Cordero a donde quiera que vaya. Nadie conoce sus nombres; tal vez en la tierra fueron insignificantes y despreciados; entregados a la voluntad de Dios, sufrieron el martirio de las obligaciones de todos lo días.

También a esos santos anónimos se honra en la fiesta de este día. Les rogamos que intercedan por nosotros para que sigamos valientemente sus pasos y que nos ayuden a escalar un grado más de fe, de esperanza y de caridad. No busquemos milagros y visiones; meditemos sobre la base original de su virtud y la unidad interna de su vida.

San Agustín, el hijo descarriado y más tarde santo, nos lo interpreta: "aunque todos se armen con la señal de la cruz; aunque todos digan "amén" y canten el aleluya; aunque todos se bauticen, visiten iglesias y construyan catedrales, los hijos de Dios y los hijos del diablo solo se diferencian por el amor".


* Vive hoy especialmente bien la Comunión de los Santos, ayudando a los que comparten tu camino, rezando por los que penan aún en el Purgatorio, y felicitando y encomendándote a los que ya gozan de la gloria.

Jesús, Tú has preparado el gran banquete del Reino de Dios. Todos estamos invitados.



«Cuando oyó esto uno de los comensales, le dijo: «Bienaventurado el que coma el pan en el Reino de Dios». Pero él le dijo: «Un hombre daba una gran cena, e invitó a muchos. Y envió a su criado a la hora de la cena para decir a los invitados: "Venid, pues ya está todo preparado". Y todos a una comenzaron a excusarse.

El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo; te ruego que me des por excusado". Y otro dijo: "Compré cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas; te ruego que me des por excusado". Otro dijo: "Acabo de casarme, y por eso no puedo ir". Regresó el criado y contó esto a su señor.

Entonces, irritado el dueño de la casa, dijo a su criado: "Sal ahora mismo a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los tullidos, a los ciegos y los cojos". Y el criado dijo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio". Entonces dijo el señor a su criado: "Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar para que se llene mi casa". Os aseguro, pues, que ninguno de aquellos hombres invitados gustará mi cena». (Lucas 14, 15-24)


I. Jesús, Tú has preparado el gran banquete del Reino de Dios. Todos estamos invitados. De hecho, hemos sido creados para vivir contigo en tu Reino. «Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en si mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada.

Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto herederos de su vida bienaventurada» (CEC.-1).

Sin embargo, cuántas veces ocurre lo de la parábola: «todos a una empezaron a excusarse». Hoy también son muchos los que se excusan ante tu llamada. Con los siglos, la imaginación y la técnica han inventado nuevas formulaciones; pero en el fondo los pretextos son los mismos.

La primera excusa son las posesiones materiales: «He comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo.» Hoy en día, ese convidado diría: me basta y me sobra con mantener mi coche; bastante problemas me da el piso nuevo; ahora que tengo este nuevo ordenador, me quita todo el tiempo, etc.

La segunda excusa es el trabajo: «Compré cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas». En el presente, esta excusa sería algo así: estoy estudiando la carrera, y voy agobiado; he empezado a trabajar y he de quedar bien; estoy a punto de conseguir un ascenso y no tengo tiempo para más.

La tercera excusa es la familia: «Acabo de casarme, y por eso no puedo ir». Trasladado a las circunstancias actuales esta excusa sería: mis padres quieren que me quede en casa; desde que tengo novia ya no me da el tiempo; cuando tenga más experiencia de casado podré empezar a pensar; con tantos hijos no hay quien pueda hacer nada; etc.


II. «Si, por salvar una vida terrena, con aplauso de todos, empleamos la fuerza para evitar que un hombre se suicide..., ¿no vamos a poder emplear la misma coacción -la santa coacción- para salvar la Vida (con mayúscula) de muchos que se obstinan en suicidar idiotamente su alma?» (Camino.-399).

Jesús, ante tanta excusa triste, que en el fondo muestra un gran desconocimiento de Dios y de lo que nos tiene preparado, dices a tu siervo: «Sal a los caminos, y a los cercados y obliga a entrar, para que se llene mi casa». ¡Vale tanto la pena llegar al cielo que no me puedo quedar parado ante la primera negativa de mis amigos, familiares o conocidos! Hay que tener paciencia, pero a la vez hay que saber empujar a los demás para que te sigan de cerca, para que entren en tu casa, la Iglesia.

Jesús, Tú quieres que con mi ejemplo, mi palabra, mi amistad y mi oración arrastre a muchos a tomarse la vida cristiana en serio. Esta es la santa coacción que emplea el cristiano que se sabe siervo tuyo, apóstol. Además, reconozco que si no me hubieran empujado un poquito para sacarme de mi pereza y de mi egoísmo, estaría aún bastante lejos de ti. Es de justicia, por consiguiente, que ahora haga yo otro tanto con los que me rodean.


San Pablo nos enseña que siendo muchos formamos un solo cuerpo en Cristo, siendo todos miembros los unos de los otros (Romanos 12, 5-16). Cada cristiano, conservando su propia vida, está insertado en la Iglesia con vínculos vitales muy íntimos.

El Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, es algo inmensamente más trabado y compacto que un cuerpo moral, algo más sólido que un cuerpo humano. La misma Vida, la Vida de Cristo, corre por todo el Cuerpo, y mucho dependemos unos de otros. El más pequeño dolor lo acusa el ser entero, y todo el cuerpo trabaja en la reparación de cualquier herida. Asimismo, de una manera misteriosa pero real, con nuestra santidad personal estamos contribuyendo a la vida sobrenatural de todos los miembros de la Iglesia. La meditación de esta verdad nos moverá a vivir mejor el día de hoy, con más amor, con más entrega.


II. San Pablo, después de indicar los diversos carismas, las gracias particulares que Dios otorga para servicio de los demás, señala el gran don común a todos, que es la caridad, con la que cada día podemos sembrar tanto bien a nuestro alrededor. Todos los días damos mucho y recibimos mucho.

Nuestra vida es un intercambio continuo en lo humano y en lo sobrenatural. El Señor se alegra cuando nos ve reparar con amor y desagravio, una rotura en ese tejido finísimo que componemos los miembros de la Iglesia. No existe virtud ni flaqueza solitaria. Lo bueno y lo malo tienen efectos centuplicados en los demás. No dejemos de sembrar; nuestra vida es una gran siembra en la que nada se pierde. Son incontables las oportunidades para hacer el bien, ahora, sin esperar grandes momentos que quizá nunca lleguen a presentarse.


III. Al crearnos, Dios nos hizo a los hombres hermanos, necesitados unos de otros en la vida familiar y social. La Trinidad Beatísima ha querido salvar a los hombres a través de los hombres y propagar la fe por medio de ellos. Esta irradiación del Evangelio se hace a través del apostolado personal de los cristianos, que se encuentran en el mundo en las situaciones más variadas. El trato diario con el Señor incendiará nuestro corazón de misericordia y generosidad; con el ejemplo y la palabra acercaremos a otros a Él, y compartiremos con ellos nuestros talentos, nuestro tiempo, nuestros bienes materiales y nuestra alegría.

Pidámosle a Nuestra Madre un corazón generoso con nuestros semejantes, como el suyo.