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jueves, 24 de noviembre de 2011

FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO

Ver también:
Espíritu Santo

Oración para pedir los frutos
dones del Espíritu Santo




Del Catecismo:1832 Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Ga 5,22-23, vg.).



Los 12 frutos del Espíritu Santo:
Caridad | Gozo | Paz | Paciencia | Mansedumbre | Bondad | Benignidad | Longanimidad | Fe | Modestia | Templanza |
Castidad
Ver abajo: 12 frutos

"El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley." -Gálatas 5:22-23

Cuando el Espíritu Santo da su frutos en el alma, vence las tendencias de la carne. Cuando el Espíritu opera libremente en el alma, vence la debilidad de la carne y da fruto.

"Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil" Mateo 26:41

Obras de la carne: Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, superstición, enemistades, peleas, rivalidades, violencias, ambiciones, discordias, sectarismo, disensiones, envidias, ebriedades, orgías y todos los excesos de esta naturaleza. (Gálatas 5, 19)

Naturaleza de los frutos Espíritu Santo y la santificación

Al principio nos cuesta mucho ejercer las virtudes. Pero si perseveramos dóciles al Espíritu Santo, Su acción en nosotros hará cada vez mas fácil ejercerlas, hasta que se llegan a ejercer con gusto. Las virtudes serán entonces inspiradas por el Espíritu Santo y se llaman frutos del Espíritu Santo.

Cuando el alma, con fervor y dócil a la acción del Espíritu Santo, se ejercita en la práctica de las virtudes, va adquiriendo facilidad en ello. Ya no se sienten las repugnancias que se sentían al principio. Ya no es preciso combatir ni hacerse violencia. Se hace con gusto lo que antes se hacía con sacrificio.

Les sucede a las virtudes lo mismo que a los árboles: los frutos de éstos, cuando están maduros, ya no son agrios, sino dulces y de agradable sabor. Lo mismo los actos de las virtudes, cuando han llegado a su madurez, se hacen con agrado y se les encuentra un gusto delicioso. Entonces estos actos de virtud inspirados por el Espíritu Santo se llaman frutos del Espíritu Santo, y ciertas virtudes los producen con tal perfección y tal suavidad que se los llama bienaventuranzas, porque hacen que Dios posea al alma planamente.

La FelicidadCuanto más se apodera Dios de un alma más la santifica; y cuanto más santa sea, más feliz es.
Seremos mas felices a medida que nuestra naturaleza va siendo curada de su corrupción. Entonces se poseen las virtudes como naturalmente.

Los que buscan la perfección por el camino de prácticas y actos metódicos, sin abandonarse enteramente a la dirección del Espíritu Santo, no alcanzarán nunca esta dulzura. Por eso sienten siempre dificultades y repugnancias: combaten continuamente y a veces son vencidos y cometen faltas. En cambio, los que, orientados por el Espíritu Santo, van por el camino del simple recogimiento, practican el bien con un fervor y una alegría digna del Espíritu Santo, y sin lucha, obtienen gloriosas victorias, o si es necesario luchar, lo hacen con gusto. De lo que se sigue, que las almas tibias tienen doble dificultad en la práctica de la virtud que las fervorosas que se entregan de buena gana y sin reserva. Porque éstas tienen la alegría del Espíritu Santo que todo se lo hace fácil, y aquéllas tienen pasiones que combatir y sienten las debilidades de la naturaleza que impiden las dulzuras de la virtud y hacen los actos difíciles e imperfectos.

La comunión frecuente perfecciona las virtudes y abre el corazón para recibir los frutos del Espíritu Santo porque nuestro Señor, al unir su Cuerpo al nuestro y su Alma a la nuestra, quema y consume en nosotros las semillas de los vicios y nos comunica poco a poco sus divinas perfecciones, según nuestra disposición y como le dejemos obrar. Por ejemplo: encuentra en nosotros el recuerdo de un disgusto, que aunque ya pasó, ha dejado en nuestro espíritu y en nuestro corazón una impresión, que queda como simiente de pesar y cuyos efectos sentimos en muchas ocasiones. ¿Qué hace nuestro Señor? Borra el recuerdo y la imagen de ese descontento, destruye la impresión que se había grabado en nuestras potencias y ahoga completamente esta semilla de pecados, poniendo en su lugar los frutos de caridad, de gozo, de paz y de paciencia. Arranca de la misma manera las raíces de cólera, de intemperancia y de los demás defectos, comunicándonos las virtudes y sus frutos.



Los 12 Frutos del Espíritu Santo

De los frutos de caridad, de gozo y de pazVer también caridad, gozo y paz
Los tres primeros frutos del Espíritu Santo son la caridad, el gozo y la paz, que pertenecen especialmente al Espíritu Santo.

-La caridad, porque es el amor del Padre y del Hijo
-El gozo, porque está presente al Padre y al Hijo y es como el complemento de su bienaventuranza.
-La paz, porque es el lazo que une al Padre y al Hijo.

Estos tres frutos están unidos y se derivan naturalmente uno del otro.
-La caridad o el amor ferviente nos da la posesión de Dios
-El gozo nace de la posesión de Dios, que no es otra cosa que el reposo y el contento que se encuentra en el goce del bien poseído.
-La paz que, según San Agustín; es la tranquilidad en el orden. Mantiene al alma en la posesión de la alegría contra todo lo que es opuesto. Excluye toda clase de turbación y de temor.

La santidad y la caridad valen mas que todoLa caridad es el primero entre los frutos del Espíritu Santo, porque es el que más se parece al Espíritu Santo, que es el amor personal, y por consiguiente el que más nos acerca a la verdadera y eterna felicidad y el que nos da un goce más sólido y una paz más profunda. Dad a un hombre el imperio del universo con la autoridad más absoluta que sea posible; haced que posea todas las riquezas, todos los honores, todos los placeres que se puedan desear; dadle la sabiduría más completa que se pueda imaginar; que sea otro Salomón y más que Salomón, que no ignore nada de toda lo que una inteligencia pueda saber; añadidle el poder de hacer milagros: que detenga al sol, que divida los mares, que resucite los muertos, que participe del poder de Dios en grado tan eminente como queráis, que tenga además el don de profecía, de discernimiento de espíritus y el conocimiento interior de los corazones. El menor grado de santidad que pueda tener este hombre, el menor acto de caridad que haga, valdrá mucho más que todo eso, porque lo acercan al Supremo bien y le dan una personalidad más excelente que todas esas otras ventajas si las tuviera; y esto, por dos razones:

1- Porque participar de la santidad de Dios, es participar de todo lo más importante, por decirlo así, que hay en Él. Los demás atributos de Dios, como la ciencia, el poder, pueden ser comunicados a los hombres de tal manera que les sean naturales. Unicamente la santidad no puede serles nunca natural (sino por gracia).

2- Porque la santidad y la felicidad son como dos hermanas inseparables y porque Dios no se da ni se une más que a las almas santas y no a las que sin poseer la santidad, poseen la ciencia, el poder y todas las demás perfecciones imaginables.

Por lo tanto, el grado más pequeño de santidad o la menor acción que la aumente, es preferible, a los cetros y coronas. De lo que se deduce que perdiendo cada día tantas ocasiones de hacer actos sobrenaturales, perdemos incontables felicidades, casi imposibles de reparar.

No podemos encontrar en las criaturas el gozo y la paz, que son frutos del Espíritu Santo, por dos razones.
1- Porque únicamente la posesión de Dios nos afianza contra las turbaciones y temores, mientras que la posesión de las criaturas causa mil inquietudes y mil preocupaciones. Quien posee a Dios no se inquieta por nada, porque Dios lo es todo para él, y todo lo demás solo vale en relación a El y según El lo disponga.

2- Porque ninguno de los bienes terrenos nos puede satisfacer ni contentar plenamente. Vaciad el mar y a continuación, echad en él una gota de agua: ¿llenaría este vacío inmenso? Todas las criaturas son limitadas y no pueden satisfacer el deseo del alma por Dios. La paz hace que Dios reine en el alma y que solamente Él sea el dueño. La paz mantiene al alma en la perfecta dependencia de Dios. Por la gracia santificante, Dios se hace en el alma como una fortaleza donde habita. Por la paz se apodera de todas las facultades, fortificándolas tan poderosamente que las criaturas ya no pueden llegar a turbarlas. Dios ocupa todo el interior. Por eso los santos están tan unidos a Dios lo mismo en la oración que en la acción y los acontecimientos más desagradables no consiguen turbarlos.



De los frutos de Paciencia y Mansedumbre
Ver también: Paciencia y mansedumbre

Paciencia modera la tristeza
Mansedumbre modera la cólera

Los frutos anteriores disponen al alma a la de paciencia, mansedumbre y moderación. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los excesos de la tristeza y de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos de cólera que se levanta impetuosa para rechazar el mal presente. El esfuerzo por ejercer la paciencia y la mansedumbre como virtudes requiere un combate que requiere violentos esfuerzos y grandes sacrificios. Pero cuando la paciencia y la mansedumbre son frutos del Espíritu Santo, apartan a sus enemigos sin combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y con gusto. La paciencia ve con alegría todo aquello que puede causar tristeza. Así los mártires se regocijaban con la noticia de las persecuciones y a la vista de los suplicios. Cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la mansedumbre reprimir los movimientos de cólera; el alma sigue en la misma postura, sin perder nunca su tranquilidad. Porque al tomar el Espíritu Santo posesión de todas sus facultades y residir en ellas, aleja la tristeza o no permite que le haga impresión y hasta el mismo demonio teme a esta alma.



De los frutos de bondad y benignidadVer también: bondad y benignidad
Estos dos frutos miran al bien del prójimo.
La bondad y la inclinación que lleva a ocuparse de los demás y a que participen de lo que uno tiene.
La Benignidad. No tenemos en nuestro idioma la palabra que exprese propiamente el significado de benígnitas. La palabra benignidad se usa únicamente para significar dulzura y esta clase de dulzura consiste en tratar a los demás con gusto, cordialmente, con alegría, sin sentir la dificultad que sienten los que tienen la benignidad sólo en calidad de virtud y no como fruto del Espíritu Santo.



Del fruto de longanimidad(perseverancia)Ver también longanimidad
La longanimidad o perseverancia nos ayudan a mantenernos fieles al Señor a largo plazo. Impide el aburrimiento y la pena que provienen del deseo del bien que se espera, o de la lentitud y duración del bien que se hace, o del mal que se sufre y no de la grandeza de la cosa misma o de las demás circunstancias. La longanimidad hace, por ejemplo, que al final de un año consagrado a la virtud seamos más fervorosos que al principio.



Del fruto de la feVer también: fe
La fe como fruto del Espíritu Santo, es cierta facilidad para aceptar todo lo que hay que creer, firmeza para afianzarnos en ello, seguridad de la verdad que creemos sin sentir repugnancias ni dudas, ni esas oscuridades y terquedades que sentimos naturalmente respecto a las materias de la fe.

Para esto debemos tener en la voluntad un piadoso afecto que incline al entendimiento a creer, sin vacilar, lo que se propone. Por no poseer este piadoso afecto, muchos, aunque convencidos por los milagros de Nuestro Señor, no creyeron en Él, porque tenían el entendimiento oscurecido y cegado por la malicia de su voluntad. Lo que les sucedió a ellos respecto a la esencia de la fe, nos sucede con frecuencia a nosotros en lo tocante a la perfección de la fe, es decir, de las cosas que la pueden perfeccionar y que son la consecuencia de las verdades que nos hace creer.

No es suficiente creer, hace falta meditar en el corazón lo que creemos, sacar conclusiones y responder coherentemente. Por ejemplo, la fe nos dice que Nuestro Señor es a la vez Dios y Hombre y lo creemos. De aquí sacamos la conclusión de que debemos amarlo sobre todas las cosas, visitarlo a menudo en la Santa Eucaristía, prepararnos para recibirlo y hacer de todo esto el principio de nuestros deberes y el remedio de nuestras necesidades.

Pero cuando nuestro corazón esta dominado por otros intereses y afectos, nuestra voluntad no responde o está en pugna con la creencia del entendimiento. Creemos pero no como una realidad viva a la que debemos responder. Hacemos una dicotomía entre la "vida espiritual" (algo solo mental) y nuestra "vida real" (lo que domina el corazón y la voluntad). Ahogamos con nuestros vicios los afectos piadosos. Si nuestra voluntad estuviese verdaderamente ganada por Dios, tendríamos una fe profunda y perfecta.



De los frutos de Modestia, Templanza y CastidadVer también: Modestia, Templanza y Castidad

La modestia regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente, y además dispone todos los movimientos interiores del alma, como en la presencia de Dios. Nuestro espíritu, ligero e inquieto, está siempre revoloteando par todos lados, apegándose a toda clase de objetos y charlando sin cesar. La modestia lo detiene, lo modera y deja al alma en una profunda paz, que la dispone para ser la mansión y el reino de Dios: el don de presencia de Dios. Sigue rápidamente al fruto de modestia, y ésta es, respecto a aquélla, lo que era el rocío respecto al maná. La presencia de Dios es una gran luz que hace al alma verse delante de Dios y darse cuenta de todos sus movimientos interiores y de todo lo que pasa en ella con más claridad que vemos los colores a la luz del mediodía.

La modestia nos es completamente necesaria, porque la inmodestia, que en sí parece poca cosa, no obstante es muy considerable en sus consecuencias y no es pequeña señal en un espíritu poco religioso.

Las virtudes de templanza y castidad atañen a los placeres del cuerpo, reprimiendo los ilícitos y moderando los permitidos.
-La templanza refrena la desordenada afición de comer y de beber, impidiendo los excesos que pudieran cometerse
-La castidad regula o cercena el uso de los placeres de la carne.

Mas los frutos de templanza y castidad desprenden de tal manera al alma del amor a su cuerpo, que ya casi no siente tentaciones y lo mantienen sin trabajo en perfecta sumisión.

El Espíritu Santo actúa siempre para un fin: nuestra santificación que es la comunión con Dios y el prójimo por el amor.

Cómo beneficiarnos de las inspiraciones del Espíritu Santo

En el Evangelio del Domingo de Pentecostés, mientras estaban reunidos los apóstoles por temor: “en esto entró Jesús” (Jn. 20, 19) y les dió Su Paz.


“Cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la mansedumbre reprimir los movimientos de cólera; el alma sigue en la misma postura, sin perder nunca su tranquilidad. Porque al tomar el Espíritu Santo posesión de todas sus facultades y residir en ellas, aleja la tristeza o no permite que le haga impresión y hasta el mismo demonio teme a esta alma.” (www.corazones.org)

¿No le gustaría saber cómo abrir su corazón para mejor recibir la Paz del Señor y dejar al Espíritu Santo entrar en su vida? Eso suena maravilloso, ¿verdad?, pero quizá se pregunta si es una propuesta demasiada idílica, sin dos pies sobre la tierra.

Los dos frutos del Espíritu Santo de la paciencia (que modera la tristeza) y la mansedumbre (que modera la cólera) tienen mucho que ver con la realidad de enfrentarse a las dificultades de la vida cotidiana, y también figuran entre los 10 puntos prácticos que el P. Jacques Philippe resume en la segunda parte de su libro: “En la escuela del Espíritu Santo”.


“¿Cómo favorecer la irrupción de las inspiraciones [del Espíritu Santo]?”

1) Practicar la alabanza y la gratitud

2) Desearlas y pedirlas

3) Estar decididos a no negar a Dios cosa alguna

4) Vivir una obediencia filial y confiada

5) Vivir el abandono

6) Vivir el desprendimiento

7) Vivir el silencio y la paz

8) Perseverar fielmente en la oración

9) Examinar los movimientos de nuestro corazón

10) Abrir el corazón a un director espiritual [“…sin descuidar la confesión frecuente”]


Estas citas del libro nos ayudan a reflexionar sobre la paciencia y la mansedumbre:

La paciencia.“Lo que nos impide en gran manera hacernos santos es, sin duda, nuestra dificultad para aceptar plenamente todo lo que nos sucede. No en el sentido de un fatalismo que nos haría completamente pasivos, sino en el de un abandono confiado y total en las manos del Padre.”(“3.5 Vivir el abandono”)

La mansedumbre. “Ciertamente, hay que obedecer a Dios más que a los hombres, pero es ilusorio creernos capaces de obedecer a Dios cuando somos incapaces de obedecar a los hombres. En ambos casos, hay que superar los mismos obstáculos: el apego a nosotros mismos, a nuestra voluntad propia. El que sólo obedece a las personas si ello le complace, se hace muy dulces ilusiones en cuanto a su capacidad de obedecer al Espíritu Santo.” (“3.4. Vivir una obediencia filial y confiada”)

El libro del P. Jacques Philippe merece ser meditado e incluye, además de referencias bíblicas, citas de maestros de la espiritualidad como S. Juan de la Cruz, S. Francisco de Sales, Sto. Tomás de Aquino y Sta. Teresa de Lisieux. La tercera parte ayuda a discernir las inspiraciones del Espíritu Santo y el Anexo incluye textos muy acertados sobre la docilidad al Espíritu Santo por Louis Lallemant(1587-1635) y por S. Francisco de Sales (como “El Espíritu Santo actuaba sin obstáculos en María”).

Además, en su “Anexo 3: Libertad y Sumisión”, responde a la pregunta: “¿Cómo conciliar la libertad del hombre con su sumisión a Dios?”Entre otras cosas, señala que la cooperación con Dios nos lleva a ser lo mejor que podemos ser, a ser así verdaderamente libres. Según el P. Jacques Philippe, la santidad a la que todos estamos llamados es fácil si recurrimos al Espíritu Santo. Les dejo al comienzo del libro y les animo a leer el resto:


“¡Oh, Jesús mío, qué fácil es santificarse! ¡Solamente hace falta un poquito de buena voluntad!



Y si Jesús descubre ese mínimo de buena voluntad en el alma, se apresura a darse a ella. Y nada le detiene, ni las faltas, ni las caídas, absolutamente nada. Jesús tiene prisa por ayudar a este alma, y si el alma es fiel a esta gracia de Dios, en poco tiempo logrará llegar a la más alta santidad que una criatura pueda alcanzar aquí abajo. Dios es muy generoso y no niega a nadie su gracia. Includo nos da más de lo que pedimos. La vía más corta es la fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo.” [Diario, Sta. Faustina Kowalska (1905-1938)]

 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Historia del Mundo Angélico.



En el mundo hay miles de historias, millones de historias. Historias de personas, historias de naciones. Ésta no es una historia más. En el mundo hay historias muy antiguas. Pero ésta es la historia más antigua. Antes de ésta no hay historia alguna. De hecho, ésta historia tuvo lugar antes del Tiempo. Es la Historia del Mundo Angélico.

Yo, un ángel os la voy a contar a vosotros, humanos, aunque no podáis entender muchas cosas, aunque tenga que recurrir a comparaciones humanas para que podáis comprender lo incomprensible. Doy comienzo a mi crónica.

En el principio estaba el Ser, el Ser Infinito, la Trinidad Sublime. Imaginaos a Dios como una inmensa esfera de luz blanquísima. De nuevo os recuerdo que debo recurrir a términos limitados, a comparaciones, para expresar lo que es incomparable. Dios no es una esfera, Dios no tiene forma geométrica alguna. Pero os pido que os imaginéis mi historia de un modo visual. Imaginaos a al Gran Dios como una esfera de luz de proporciones infinitas.

Esa Esfera de Luz estaba en medio de la Nada. Una Esfera resplandeciente en mitad de la oscuridad más absoluta, la oscuridad perfecta. Al principio sólo existía esa Esfera. Nadie la contemplaba, nadie la podía ver, porque no había nadie. Esa esfera con la Vida Trina era Luz, y era grande como millares de océanos de luz. Era grande como millares de millares de universos.

La Vida Trina latía en su interior, fluía en el seno de esa Esfera. De pronto, ocurrió algo. Era la primera vez que ocurría algo hacia fuera de la Esfera. No podemos decir que ocurrió tras millones de millones de siglos, porque en realidad no había Tiempo. Pero entre ese antes y ese después hubo mil eternidades, y después eternidad tras eternidad. Antes del primer AHORA, hubo una serie incontable de siglos de no-tiempo.

Y así, en el momento previsto, en el instante exacto, antes del cual no hubo un instante, una voz poderosa resonó en el interior de la Esfera y dijo: ¡Hágase! Y de la Esfera más grande que mil océanos de blancura surgió una luz. Aquel acto fue como una flor que extendiera sus pétalos blancos. Ese instante semejaba como una corola de la que surgiesen hacia fuera sus pétalos. Aquello parecía como una explosión de luz a cámara lenta.

Si uno se aproximaba a esa luz, veía que cada haz de luz estaba formado por millones de millones de seres angélicos. Cada naturaleza angélica era como un pequeño sol. Los había de todos los tamaños. Cada uno tenía un tono de luz, cada uno emitía una música particular. Cada uno, si se me permite la expresión, con un rostro atónito, felizmente atónito, ante el espectáculo del acto creador.


Los ángeles más grandiosos se hallaban suspendidos como tocando a la Esfera. Cada ángel superior tenía otros menores alrededor de él, como planetas que rodean a un astro. Cada uno de los satélites tenía a su vez otros espíritus angélicos que eran como satélites de los planetas. Y así podíamos ver que había centenares de jerarquías angélicas. Cada ángel dependía de otro ángel superior. Los ángeles superiores, menores e intermedios formaban innumerables niveles, complejísimas rotaciones, innumerables jerarquías, complicadas series de niveles, de escalones, como si de una zoología infinita se tratara.

¿A qué compararemos la visión de ese acto creador? Era como si la Gran Esfera estuviera rodeada por brumas. Esas brumas eran como Vía Lácteas. Cada una de estas Vía Lácteas estaba formada por millones de millones de seres angélicos. Toda la Esfera estaba cubierta de estas nebulosas. Partes de la superficie de la Esfera estaban más densamente cubiertas. En otras partes, esas nubes era como si se deshilachasen hacia fuera. Y seguían surgiendo más y más de estas nebulosas del interior de la Esfera. Era como si del seno del Ser Infinito fluyeran ríos grandiosos de luz. Universos y universos de ángeles salían de la Esfera Incomparable.

Aquellos ríos parecían no agotarse. Unos surgían con fuerza hacia fuera, se doblaban como atraídos por la fuerza de atracción de la Esfera de la que surgían, y retornaban hacia la Esfera recorriendo su superficie inacabable. Otros ríos salían expelidos con vigor y se adentraban en la nada exterior, formando espirales, mezclándose a su vez con otras espirales angélicas, combinándose en más y más increibles volutas de luz que se arremolinaban, que giraban alrededor de sí mismas, formando centros y más centros angélicos.

Cómo un órgano catedralicio al que con dos manos se le presionan diez notas a la vez con todos sus registros en una magnífica armonía, con todos sus tubos a pleno pulmón, y que tras alcanzar el climax, el sonido se difumina perdiéndose en las bóvedas, así también los ríos de luz que surgían de la Esfera fueron debilitándose en una especie de eco que se extingue lleno de majestad. Ese eco sinfónico se fue desvaneciendo, hasta que el último brazo de luz se despegó del Océano de Luz de la Esfera: la Creación de los ángeles había acabado. El último ángel había sido creado.

El número de los ángeles era incalculable, pero hubo un último. Decir que eran trillones de trillones era poco. Dios había sido extraordinariamente generoso al crear. Dios había querido comunicar el gozo del ser de un modo espléndido, feliz de que fueran muchos los que pudieran existir.

Todos los espíritus estaban sorprendidos. Habían sido lanzados a la existencia. Habían pasado de la nada a existir de golpe. Aquello era como millones de seres que se hubieran acabado de despertar. Pero no sólo no estaban somnolientos, sino que por el contrario estaban llenos de vida. Las nebulosas bullían de vida alrededor de la Esfera de Vida. La vida se agitaba en ellos por la felicidad de existir.

Los espíritus se miraban a sí mismos, se conocían, volvían a mirarse entre sí sorpendidos, admiraban al gran ángel alrededor del cual se movían. Divisaban la magnitud de los gigantescos astros angélicos. Y en el centro de todo: el Divino Océano Infinito de Luz del que habían salido. Era como estar en el flanco de un gran mar. Podríamos decir que estaban suspendidos, flotando en el aire, levitando sobre un océano. Pero en ese caso no tenía sentido afirmar que se estaba encima o en un flanco de ese Mar. La Esfera parecía ilimitada. No había ni abajo, ni arriba.

Ese Océano Divino estaba en silencio, todos le contemplaban admirados: constituía en sí mismo un espectáculo. Porque esa Luz era amor, sabiduría, belleza. De pronto, la Esfera habló. Era la primera vez que resonaba su voz fuera de su seno. Su voz resultó el hecho más impresionante que uno pueda imaginarse. La voz de Dios dirigiéndose a millones de millónes de espíritus angélicos.

«Siguiendo a los profetas, y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones


«Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. En aquella hora, quienes estén en Judea que huyan a los montes, y quienes estén dentro de la ciudad que se marchen, y quienes estén en lo campos que no entren en ella: éstos son días de castigo para que se cumpla todo lo escrito.

Ay de las que estén en cinta y de las que estén criando en aquellos días. Porque habrá una gran calamidad sobre la tierra e ira sobre este pueblo. Caerán al filo de la espada y serán llevados cautivos a otras naciones; y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles.

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y sobre la tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas, perdiendo el aliento los hombres a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán a toda la tierra. Porque las potestades de los Cielos se conmoverán. Y entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube con gran poder y gloria. Cuando comiencen a suceder estas cosas, levantaos, y alzad vuestras cabezas porque se aproxima vuestra redención». (Lucas 21, 20-28)

I. Jesús, la destrucción de Jerusalén que profetizas sucedió en el año 70 y es una imagen del fin del mundo. En un tiempo futuro que no conocemos, Tú vendrás por segunda vez: «Y entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube con gran poder y gloría». Tú te has llamado a Ti mismo muchas veces el «Hijo del Hombre,» que es título de Mesías en las profecías de Daniel. Ahora te aplicas no ya el título, sino la profecía en si; tu venida gloriosa al final de los tiempos.

Jesús, así como diste a Israel la misión de preparar tu venida, has dado a la Iglesia -nuevo pueblo de Dios- la misión de preparar tu segunda venida al final del mundo. Por eso, en cada Misa, que es el Sacramento central del cristiano, te pedimos que «ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo» (Rito de la Comunión).

Jesús, también yo, en mi momento histórico, he de vivir en espera y en preparación de esta venida gloriosa, sintiendo la responsabilidad de mantener al pueblo de Dios -que es la Iglesia- en esta misma esperanza. Después de dos mil años, los cristianos han mantenido la fe y la han esparcido por toda la tierra. Yo tengo el deber de ser fiel a esta fe que he recibido, y transmitirla con mi ejemplo y mi palabra a la siguiente generación sin rebajar sus exigencias.


II. «Te has consolado con la idea de que la vida es un gastarse, un quemarla en el servicio de Dios. Así, gastándonos íntegramente por Él, vendrá la liberación de la muerte, que nos traerá la posesión de la Vida» (Surco.-883). Jesús, en tu venida gloriosa al final de los tiempos, vas a juzgar a vivos y difuntos: es el Juicio Final, en el que la sentencia que cada persona recibió en su juicio particular se hará pública. Como las virtudes y los pecados tienen consecuencias tanto personales como sociales, es justo que haya un juicio público que revele las influencias positivas y negativas de nuestras acciones en los demás, a lo largo de la historia.

«Siguiendo a los profetas, y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino.

Jesús dirá en el último día: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mime lo hicisteis"» (C. I.C.-678). El día del Juicio Final causará terror, angustia y ansiedad en aquellos que han vivido para sí mismos. Sin embargo, para los que han vivido cristianamente será un día de gozo, pues se «aproxima el día de su redención». Los que han sabido quemar su vida en el servicio de Dios, esperan la muerte con alegría, pues es la puerta que conduce a la posesión de la vida.


Los Salmos responsoriales de estos días recogen el bellísimo Canto llamado de los tres jóvenes (Trium puerorum), utilizado en la Iglesia desde la antigüedad como himno de acción de gracias. Comienza el himno con una invitación a todas las criaturas a dirigirse a su Creador, y al final aparecen todos los hombres, llamados a cantar las alabanzas al Creador (B. ORCHARD y otros, Verbum Dei).

Nuestra vida cristiana debe ser toda ella como un canto vibrante de alabanza, lleno de adoración, acciones de gracias y entrega amorosa. Por eso, en la acción de gracias de la Comunión, mientras que tenemos en nuestro corazón al Señor del Cielo y tierra, nos unimos a todo el universo en su pregón de agradecimiento al Creador.


II. La vida entera, pero especialmente los momentos después de haber comulgado, es un tiempo de alegría y de alabanza a Dios. Para dar gracias al Señor nos podemos unir interiormente a todas las criaturas que, cada una según su ser, manifiestan su gozo al Señor. Te adoro con devoción, Dios escondido (Himno Adoro te devote), le decimos a Jesús en la intimidad de nuestro corazón después de haber comulgado.

En esos momentos hemos de frenar nuestras impaciencias y permanecer recogidos con Dios que nos visita. Las almas de todos los tiempos que han estado cerca de Dios han esperado con impaciencia ese momento inefable en el que tan próximos estamos de Él. Examinemos hoy con qué amor acudimos nosotros a la Santa Misa, donde tributamos a Dios la alabanza suprema, y con qué atención y esmero cuidamos de esos minutos que estamos con Él. Es una cortesía que no debemos descuidar jamás.


III. En la Comunión, llega a nuestro corazón, el mismo Hijo del Hombre que vendrá glorioso al final de los tiempos; viene para fortalecernos y llenarnos de paz. Viene como el Amigo tanto tiempo esperado. Y hemos de recibirlo como lo hicieron sus más íntimos. Hemos de tratar bien a Jesús, que tanto desea visitarnos en nuestra pobre casa. "Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hace buen hospedaje" (SANTA TERESA, Camino de perfección).

Es una buena ocasión de unirnos a toda la Creación para alabar y dar gracias al Creador que, humilde, se queda sacramentalmente en nuestro corazón esos minutos. Cualquier esfuerzo que pongamos para recibirlo con amor y delicadeza será siempre largamente recompensado. Pidámosle a la Virgen que nos ayude a recibirlo como Ella lo recibió.


"El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con


(Cat 391). Su pecado consistió "en que rechazaron radical e
irrevocablemente a Dios y su Reino" (Cat 392). Precisamente, "el
carácter irrevocable de su elección y no un defecto de la infinita
misericordia divina es lo que hace que el pecado de los ángeles no
pueda ser perdonado" (Cat 393). Es decir, Dios no los puede
perdonar, porque ellos no quieren ser perdonados, prefieren vivir así
con odio a Dios y a los hombres eternamente. Satanás es el jefe o
príncipe de los demonios. Era la criatura más bella creada por Dios
y quedó transformado en el monstruo más horrible.


Satanás es el mal en continuo movimiento, es la mentira y la
oscuridad personificadas, es lo opuesto al amor de Dios, es el odio
y la violencia en persona... y quiere dominar sobre toda la
humanidad y construirse su propio reino de tinieblas y oscuridad,
imitando en todo lo que puede a Dios. Por eso, se le llama con
frecuencia "el mono de Dios".


"Es el príncipe de este mundo" (Jn 12,31). San Pablo dirá que
es "el dios de este mundo" (2 Co 4,4) y San Juan que "peca desde
el principio" (1 Jn 3,8). Él es la serpiente antigua, que tentó a
nuestros primeros padres, y Dios la maldijo: "Maldita serás... pongo
enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Ella te
aplastará la cabeza" (Gén 3,14-15).


Satanás tiene mucho poder debido a su naturaleza angélica.
Él es el jefe de millones y millones de demonios entre los que hay
una jerarquía o sumisión de esclavitud y no de amor. Ellos están
llenos de odio contra Dios y los hombres.


Pueden manifestarse de diferentes formas a los ojos
humanos, pues son espíritus y, por tanto, sus apariencias visibles
dependerán de lo que quieren causarnos. Si quieren causarnos
agrado y atractivo, pueden presentarse como ángeles de luz,
"galanes", incluso pueden tomar la apariencia de Jesús o de
caballeros o damas bellas y simpáticas... o de niños inocentes, que
nos invitan a desobedecer. También pueden presentarse bajo las
formas más horripilantes que podamos imaginar, cuando quieren
inculcarnos miedo y temor. A veces, a los santos se les presentan
como gigantes con cuernos o sin cuernos, con alas negras o sin
ellas, con olores agradables o desagradables.


La imaginación se queda corta ante la gran variedad de
figuras bajo las cuales se pueden presentar, generalmente, para
asustar. Y esto, no solamente en apariencias visibles, también lo
hacen a través de pensamientos, fantasías e imaginaciones de las
más variadas e inculcando sentimientos de suicidio, tristeza, temor
a condenarse, miedo, desesperación, etc. Su presencia, aunque
invisible, siempre causa inquietud y desasosiego; mientras que Dios
y sus ángeles siempre nos dejan alegría y paz. Algunos santos,
sabiendo que pueden presentarse bajo la apariencia de Jesús, de
María o de santos y ángeles, para no engañarse, les echaban agua
bendita o les hacían repetir: ¡Viva Jesús! ¡Viva María!


De todos modos, el poder de Satán no es infinito. No es más
que una criatura, poderosa por ser espíritu puro, pero siempre
criatura. Es un gran misterio el que Dios permita la actividad
diabólica, pero nosotros sabemos que en todas las cosas interviene
Dios para el bien de los que le aman (Rom 8,28).

¿Has pensado que el demonio quiere destruirte?
¿Qué haces para defenderte de él y alejarte del
mal?

INFLUENCIA MALÉFICA

La influencia del maligno sobre las almas puede ser a través
de tentaciones, con las cuales las induce al pecado. También puede
ser con obsesiones, que son impulsos casi irresistibles o
inclinaciones impulsivas, por ejemplo al suicidio, al sexo, a
blasfemar, a la ira, a la desesperación... La obsesión es como una
tentación muy fuerte, pero no pasajera, sino permanente. En
cambio, la opresión diabólica es la acción de Satanás sobre los
cuerpos o las cosas. Por ejemplo, en el caso de ciertas
enfermedades raras que no tienen ninguna explicación médica o
ciertas cosas producidas por los malos espíritus como voces, luces
que se apagan, ruidos extraños, etc. También en algunos casos,
poco frecuentes, se puede dar la posesión diabólica.
Muchas veces, el diablo ejerce su influencia a través de
aquellos que lo siguen de cerca, especialmente de quienes lo
adoran como a un dios. Su poder se manifiesta, a veces, por medio
de brujos o hechiceros, que se han entregado a él en cuerpo y
alma, e incluso han hecho un pacto diabólico con él firmado con su
propia sangre.


Recuerdo lo que nos contaba el Padre Carlos Alonso. Un día,
en sus correrías misionales, llegó a unas cuevas de la Provincia de
Chota (Perú) y encontró en el suelo un papel escrito con sangre,
que era precisamente un pacto con el demonio. ¿Quién lo había
escrito? ¿Qué pediría a cambio? Estos pobres hombres le entregan
su alma para siempre a cambio de algunos favores durante los años
de su vida. ¿Valdrá la pena?


Los consagrados al diablo son como sus soldados, así como
los confirmados son soldados de Cristo. Muchos trabajan en grupos
organizados, en sectas satánicas, que se reúnen los fines de
semana para adorar a Satanás. Con frecuencia, le piden al diablo
que haga daño a tales o cuales personas o hacen maleficios con el
poder demoníaco. Algunos de estos seguidores del maligno le
ofrecen sus propios hijos, que desde su más tierna infancia, quedan
bajo su influencia maléfica. Sin embargo, no hay que olvidar que
Satán es una criatura de Dios y que su poder es limitado, solamente
obra hasta donde Dios se lo permite; de otro modo, mataría a todos
los buenos del mundo. Nosotros tenemos medios suficientes para
defendernos de Él y vivir tranquilos y en paz. Sin embargo,
debemos reconocer que todos los males y sufrimientos de la
humanidad tienen, de alguna manera, su origen en el poder del
maligno, desde nuestros primeros padres hasta las guerras y
conflictos familiares o personales.

Hace pocos años, 7 delincuentes bien armados, asaltaron
nuestra Casa Noviciado de Pachacámac y ataron a los siete
novicios, a los dos sacerdotes y al cocinero durante varias horas. El
jefe de ellos, cuando entró en la capilla y vio el gran crucifijo que la
preside, le dijo en alta voz: "Tú eres bueno, pero yo soy malo".
Podemos preguntarnos: ¿Por qué no quería ser bueno? ¿Por qué
continuaba en su mal camino? ¿Por qué seguía las instigaciones
del maligno? ¡Misterio de la libertad humana!

De hecho, la influencia real y oculta se da a todo nivel: en las
naciones, instituciones, familias... a nivel nacional e internacional.
En política vemos cuánta mentira y sed de poder, que no son
precisamente de Dios. En el arte, vemos también su influencia en
los desnudos frecuentes, manifestaciones inmorales y pornográficas
en revistas, videos, televisión, cine... y no hablemos de ciertas
músicas rock o bailes indecentes, lo mismo que en las modas.
¡Cuánta indecencia en el vestir! ¡Cuánta mentira y violencia e
inmoralidad en la sociedad! Los medios de comunicación, muchas
veces, fomentan actitudes anticristianas como la homosexualidad,
el adulterio o las relaciones prematrimoniales como si fueran
aceptables y normales, etc.

Por otra parte, estamos rodeados de infinidad de sectas que,
por doquier, van confundiendo el bien con el mal, la verdad con el
error. Y muchos incautos caen fácilmente en sus redes. Y no
digamos con qué facilidad se cree en los horóscopos, en la
adivinación, en el espiritismo o en las famosas profecías de
Nostradamus o de San Malaquías, como si fueran Palabra de Dios.
De hecho, todos los pecados personales son, de algún modo, una
puerta de entrada al poder del diablo en nuestra vida. Pero hay
algunos pecados como el odio, la soberbia, la desesperación... que
nos lanzan a los brazos de Satanás.


Ha habido hombres que han sido especialmente influenciados
por él. Por ejemplo, Stalin, del que decía su hija Svetlana: "Mi padre
estaba poseído por un terrible demonio. Él consideraba la bondad y
la misericordia peores que un gran delito". Hitler, decía el general
Jodl en el proceso de Nuremberg: "Era un gran hombre, pero un
gran hombre infernal".
Las purgas de Stalin, el holocausto de seis millones de judíos
organizado por Hitler y sus seguidores, el holocausto de 60 millones
de abortos anuales, los asesinatos de Polpot, Mao Tse Tung o
Lenin... las limpiezas étnicas, los narcotraficantes o los terroristas
que matan sin piedad... son claros ejemplos de la influencia del
maligno en el mundo.

¿Luchas tú contra el poder del mal en el mundo?
¿Trabajas por un mundo mejor?

BÚSQUEDA DE PODERES SUPERIORES

El poder y la influencia del maligno se manifiesta, de modo
especial, en los grupos ocultistas, que buscan poderes superiores
por medio de seres superiores. Y caen muy fácilmente en la magia,
hechicería, espiritismo, adivinación, etc. Son grupos que tratan de
llenar el vacío de Dios en tantos contemporáneos nuestros, que ya
no quieren creer en la religión tradicional y buscan nuevas
experiencias o revelaciones. Buscan gurús extraños y profetas en
cualquier sitio y van de secta en secta, buscando la verdad y la
felicidad. Muchos son sinceros, pero caen en las redes del error sin
discernir la verdad de la mentira. Cuando se dan cuenta, quizás sea
ya demasiado tarde y habrán podido caer en graves problemas de
salud, sobre todo, mental.

Muchas de estas sectas tienen una influencia nefasta sobre el
adepto: lo separan de la familia, le exigen dinero, y viven en
comunidades, donde el jefe tiene control absoluto de sus personas
y de sus actos, pues deben obedecer sin condiciones.
Ahora bien, no todos los grupos, que buscan la superación
personal, son igualmente nefastos. Esto no se puede decir, en
principio, del yoga o del zen ni de la radiestesia ni del magnetismo
que pueden tener ciertas personas para transmitir energía y curar; o
la capacidad natural de telepatía o de otros dones extraordinarios,
que poseen ciertas personas o los curanderos estrictamente
naturistas, que curan por medio de la medicina natural. Sin
embargo, el yoga, el zen y otras meditaciones orientales nos
pueden llevar a creer en la reencarnación y otras ideas
anticristianas. Nos pueden encerrar en nosotros mismos, buscando
a Dios y la paz interior por nosotros mismos, cuando sabemos que
la verdadera paz es un don de Dios y nos abre a los demás.
Pero hay sectas que, de entrada, prometen a los alumnos
estados superiores de conciencia y poderes excepcionales de visión
a distancia, viajes astrales, etc. Es preocupante a este respecto la
Meditación transcendental, que parece en principio una técnica de
relajación, pero que propone, como reclamo, la adquisición de
poderes de invisibilidad y levitación entre otros. También se
prometen poderes en los cursos de los rosacruces AMORC y en
otros grupos de desarrollo potencial humano. Muchos de estos
grupos, por supuesto, creen también en la reencarnación.
Nombraremos algunos grupos anticristianos que nos alejan de
Dios: Cienciología, Sofrología, Escuela Arica, Bioenergía, grupo delBiofeedback, de Dinámica mental, de Actualismo, Instituto de
expansión psicofísica de Janov, Meditación transcendental,
Rosacruces, Nueva Acrópolis, Ananda Marga, Teosofía,
Nueva
Era...

martes, 15 de noviembre de 2011

Dios no se cansa de amarnos. La esperanza nos demuestra que, sin Él, no logramos realizar ni el más pequeño deber; y con El, con su gracia, cicatrizarán nuestras heridas


«Entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Intentaba ver a Jesús para conocerle, pero no podía a causa de la muchedumbre, porque era pequeño de estatura. Y, adelantándose corriendo, subió a un sicómoro (una higuera), para verle, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, levantando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa».

Bajó rápido y lo recibió con gozo. Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y si he defraudado en algo a alguien le devuelvo cuatro veces mas». Jesús le dijo: «Hoy a llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abraham; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». (Lucas 19, 1-10)


I. Jesús, una muchedumbre te rodea al entrar en la ciudad de Jericó. No es para menos, pues acabas de curar a un ciego que muchos debían conocer, y ahora te sigue, alabando a Dios (Cfr. Lucas 18,43: Evangelio de ayer).

¿Qué otros prodigios ibas a realizar? No se habían visto cosas tan espectaculares desde los tiempos de los grandes profetas, pensarían muchos de los que se agolpaban a tu alrededor. Tú, sin embargo, a ninguno de éstos diriges tu atención. Mientras, ha llegado la noticia del milagro a Zaqueo, «jefe de publicanos y rico». Zaqueo no se lanza a la calle a ver al profeta. Se queda unos momentos pensando y confuso: ¿quién soy yo para ver a Jesús? Mi corazón está manchado de injusticia y avaricia. Si sólo pudiera hablarle un instante y pedirle perdón... Y sale a la calle. Jesús, está a punto de pasar, pero es tal la muchedumbre que es imposible ver nada.

«Y, adelantándose corriendo, subió a un sicómoro para verle.» Zaqueo no se queda parado ante las dificultades, ni le importa hacer algo poco propio de una persona de su posición social: correr y subirse a un árbol para ver al Maestro. Jesús, Tú que conoces el interior de las almas no te haces esperar; y una vez más, pagas con creces insospechadas la generosidad del corazón humano: él buscaba verte, y Tú vas a hospedarte en su casa. Zaqueo «bajó rápido y lo recibió con» gozo.


II. «No puede ser de otra manera. Si acudimos continuamente a ponernos en la presencia del Señor, se acrecentará nuestra confianza, al comprobar que su Amor y su llamada permanecen actuales: Dios no se cansa de amarnos. La esperanza nos demuestra que, sin Él, no logramos realizar ni el más pequeño deber; y con El, con su gracia, cicatrizarán nuestras heridas; nos revestiremos con su fortaleza para resistir los ataques del enemigo, y mejoraremos. En resumen: la conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús» (Amigos de Dios.-215).

Jesús, tu presencia remueve a Zaqueo y le lleva a la conversión. «Hoy ha llegado la salvación a esta casa». Todo empezó por aquel deseo de conocerte que le llevó a poner los medios que hiciera falta para verte pasar. Señor, yo también necesito que vengas a mi casa: a mi vida, a mi alma. Tengo tantas heridas que necesitan cicatrizar, tantas flaquezas que necesitan de tu fortaleza divina, tantos egoísmos que me impiden ser feliz.

A veces pienso que no puedo... «¡No desesperéis nunca! Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis conversaciones; y si me hacéis caso, sanaréis. Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción cuando las cosas van bien y la desesperación después de la caída; este segundo es con mucho el más terrible» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, que la conciencia de mi poquedad y mi fragilidad no me lleve a la desconfianza ni a la desesperación. La conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús. Y si alguna vez me rompo en mil pedazos, que siempre sepa volver a Ti, especialmente a través del Sacramento de la Penitencia, dándome cuenta de que «el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.»


San Juan Crisosotomo llama a Eleazar "protomártir del Antiguo Testamento" (Homilía 3, sobre los santos Macabeos). Él era un anciano de noventa años, que se mantuvo fiel a la fe de sus padres, y prefirió la muerte a participar en los sacificios a los dioses griegos que habian remplazado a Yahvé por orden del rey Antíoco.

Amigos le propusieron simular que había comido las carnes sacrificadas, según el mandato del rey, pero él se rehuso. No quiso dar un mal ejemplo a los jóvenes que pudiesen decir que se había paganizado con los extranjeros. La actidud gozosa de Eleazar en el martirio, nos recuerda a nosotros la fidelidad sin fisuras a los compromisos contrídos en la fe, para ser leales al Señor, también cuando quizá nos sería más fácil ceder por la presión de un ambiente pagano hostil, o por una circunstancia difícil que hayamos de atravesar.

El Señor nos hace experimentar el mismo gozo cuando, por ser fieles a la fe y a la propia vocación, padecemos alguna contrariedad.


II. Sé fiel hasta la muerte ?se lee en el Apocalipsis, y Yo te daré la corona de gloria (5). Ésto nos pide el Señor a los cristianos de todas las épocas. Con esta promesa, ¿nos vamos a avergonzar de nuestra fe, que tiene consecuencias practicas en el modo de actuar, en la que muchos quizá o estén de acuerdo? "Es fácil, -recordaba el Papa Juan Pablo II- ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora de la exaltación, difícil serlo a la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura toda la vida" (6).

A veces los obstaculos no llegan de fuera, sino de dentro. La soberbia es el principal obtaculo de la fidelidad, y junto a ella la tibieza que hace perder la alegria en el seguimiento de Cristo, e idealiza otras posibilidades que estan al margen del camino que nos lleva a Dios. Otras veces surge la oscuridad en el alma por la falta de lucha, o bien, Dios la permite para purificar el alma. Estos obstaculos se salvan si somos dociles a la direccion espiritual, y si permanecemos cerca del Senor con un trato diario mediante la oracion viva.


III. Muchos, quiza sin saberlo expresamente, se apoyan en nuestra fidelidad. En lo humano es la lealtad, virtud esencial para la convivencia, porque inspira confianza y seguridad. Muchas veces se echa de menos la honradez para cumplir la palabra dada y los compromisos libremente adquiridos en el matrimonio, en la empresa, en los negocios. En estos momentos urge que los cristianos ?luz del mundo y sal de la tierra- procuremos ser ejemplo de fidelidad y de lealtad a los compromisos contraídos.

Algún día escucharemos dichosos: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo; poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor (Mateo 25, 21-23).


jueves, 10 de noviembre de 2011

“Nada alegra tanto al diablo,como leer el anuncio de su muerte en los periódicos


Vivimos unos tiempos en que el materialismo y el racionalismo
dominan por doquier. Para muchos de nuestros contemporáneos
sólo existe lo que se puede ver, tocar o medir. Son materialistas a
ultranza, no aceptan las realidades espirituales.

Quizás, comomucho, puedan aceptar la existencia de un Dios Creador y pocomás, pero un Dios lejano y distante de la vida de los hombres.

 Paraellos, hablar de ángeles o demonios es algo irreal. Todo lo que
sucede se debe a causas meramente naturales y no debemos
pensar en causas sobrenaturales o influencias del “más allá”. Hay
que ser “razonables” y buscar la razón y el porqué de todas las
cosas, buscando solamente en médicos y científicos la solución a
los problemas.

Para estos “inteligentes”, las imágenes religiosas, las
bendiciones u oraciones son inútiles y el diablo simplemente no
existe. Sin embargo, todos los santos, que han sido profundamente
espirituales y han experimentado el poder del maligno, nos hablan
de él, de su influencia nefasta a todo nivel y de cómo defendernos.
Seamos cuerdos y no neguemos fácilmente algo que no hemos
podido constatar personalmente. La Biblia nos habla del maligno y
lo mismo la Iglesia con su autoridad y experiencia de siglos.
Además, hay muchos que lo siguen como a un dios y lo adoran,
cayendo en la aberración más grande de un ser humano, creado
para amar, pero decidido a odiar por propia voluntad hasta en el
infierno por toda la eternidad.

Por eso, porque existe el diablo y quiere nuestra ruina
temporal y eterna, nuestra vida es una lucha constante contra él.
Nadie está exento de esta lucha difícil, pero la victoria está
asegurada, si acudimos sin cesar a la ayuda de Dios. “Si Dios está
con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31).

DIOS CREADOR

En el silencio de la eternidad, antes que el mundo existiese,
cuando no existía el tiempo... Antes del primer día en los millones
de años de edad del Universo, el amor de Dios llenaba los
"espacios infinitos"... Y decidió compartir su amor y crear a los
ángeles. Los creó espíritus puros, de una naturaleza superior a la
humana, con una inteligencia sublime, llenos de amor... Y los hizo
libres. Pero muchos de ellos se rebelaron contra el Dios Amor y no
quisieron obedecer sus designios. Algunos dicen que quisieron ser
como dioses, otros dicen que no quisieron aceptar el designio divino
de que una mujer, una simple criatura humana, fuera superior a
ellos en amor y santidad. No la aceptaron como su Reina... y ellos
mismos se alejaron del Amor y rechazaron a Dios. Y su "corazón",
en vez de amor, quedó lleno de rencor, de odio, de violencia y
desesperación. Y así ellos mismos se "fabricaron" su propio infierno
y se convirtieron en demonios

En el Apocalipsis se nos presenta el pecado de los ángeles
como una derrota entre los ángeles buenos, capitaneados por San
Miguel, y los malos dirigidos por Lucifer. "El dragón y sus ángeles
no pudieron triunfar ni fue hallado su lugar en el cielo. Fue arrojado
el dragón grande, la serpiente antigua, llamada Diablo y Satanás,
que extravía a toda la redondez de la tierra" (Ap. 12,8-9).

Después Dios creó a los hombres para ser sus hijos y
llenarlos de felicidad con dones maravillosos como la impasibilidad,
inmortalidad, integridad, ciencia infusa... y también los hizo libres.
Pero nuestros primeros padres, instigados por los ángeles caídos,
también desobedecieron gravemente a Dios. No importa saber
ahora cuál fue en concreto aquel primer pecado por el cual
perdieron para ellos y sus descendientes los dones preternaturales,
que Dios les había concedido. Lo que sí debemos pensar es que, a
pesar de todo, Dios no nos abandonó a nuestra suerte, sino que
nos dio una nueva oportunidad. El Padre envió a su Hijo para que
fuera nuestro Redentor y nos demostrara su amor. Jesús aceptó
sufrir como nosotros y vivir como nosotros, como un amigo, como
un amigo cercano, quedándose después para siempre con nosotros
en la Eucaristía.

Lo cierto es que, con ese primer pecado, comienza el drama
del dolor y sufrimientos de la humanidad. Un solo pecado fue el
origen de todos los sufrimientos de todos los hombres de todos los
tiempos. Y la lucha contra el mal continúa y continuará hasta el fin
de los siglos.

UN DURO COMBATE

A partir del pecado de nuestros primeros padres "el diablo
adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste
permanezca libre" (Cat 407). Por eso, toda la vida humana es un
combate contra el mal. "A través de toda la historia humana se
extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que,
iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día,
según dice el Señor" (Cat 409). "El hombre, tentado por el diablo,
dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando
de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios" (Cat 397). De
ahí que "el hombre esté dividido en su interior y toda la vida
humana, singular y colectiva, aparece como una lucha, ciertamente
dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas" (Cat
1707). Por eso, no es de extrañar que el mismo San Pablo nos
hable de que "no hago el bien que quiero, sino el mal que no
quiero" (Rom 7,19). Y "para que no me engría (de mis revelaciones)


me fue dado un aguijón en mi carne, un ángel de Satanás, que me
abofetea para que no me engría" (2 Co 12,7). "Nuestra lucha no es
contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las
potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso,
contra los malos espíritus" (Ef 6,12). El mismo Jesús "permaneció
en el desierto cuarenta días, siendo tentado por el diablo", que es
"mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8,44). Por eso, uno de sus
mayores triunfos en la actualidad, es hacer creer que él no existe y
que todos los males que existen se deben simplemente a la
debilidad humana.
Como decía un escritor alemán: “Nada alegra tanto al diablo
como leer el anuncio de su muerte en los periódicos”. Es curioso
que, mientras los grandes de este mundo están ávidos de
publicidad y de que todo el mundo hable de ellos, Satanás, por el
contrario, procura desaparecer y pasar inadvertido para así poder
trabajar mejor en la sombra sin atacantes directos.

Lamentablemente, no sólo los ateos sino también muchos católicos
niegan la existencia del diablo. En una parroquia, el sacerdote les
dijo a sus catequistas: “No hablen del diablo a los niños. Esto por
dos motivos. Primero, porque hay que evitar traumatizarlos, y
segundo, porque no existe”. Un catequista le respondió: “El diablo
existe, porque el santo cura de Ars lo veía y se enfrentaba con él”. Y

el sacerdote le contestó: “Si el cura de Ars hubiera comido menos
patatas, no habría visto al diablo”.

En una conferencia sobre el diablo, el charlista, al ver que no
todos estaban de acuerdo sobre su existencia, les propuso una
votación. Ganaron por mayoría absoluta los que negaban su
existencia y así el charlista pudo decir, convencido: “El diablo no
existe por decisión popular y así lo dicen las encuestas a nivel
nacional. El diablo es una fabricación de la mente humana”.
Y se
quedó tan tranquilo, como si las grandes verdades pudieran
definirse por mayoría de votos. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II
el 31-3-85 en su mensaje a los jóvenes del mundo entero les decía:
“No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer artífice
del mal: el maligno”.

Sin embargo, para algunos teólogos
modernistas, el diablo es la personificación del mal, algo abstracto y
sin existencia personal. Por eso, el Papa Pablo VI escribía: "El mal
es un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad,
misteriosa y temible. Por eso, se aparta de la enseñanza bíblica y
eclesiástica quien rehúsa reconocer su existencia o quien hace de
él un principio autónomo sin tener su origen en Dios como toda
criatura; o lo explica como una seudorealidad, una personificación
conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestros
males...

El capítulo sobre el demonio y sobre la influencia que él
puede ejercer sobre cada una de las personas como sobre las
comunidades, sobre toda la sociedad y sobre los acontecimientos,
es un capítulo muy importante de la doctrina católica, que debería
estudiarse más, pero que hoy poco se hace" (15-11-1972).
Juan Pablo II decía que "el diablo vive en una radical e
irreversible negación de Dios y trata de imponer a la creación y,
sobre todo, a los hombres, su trágica mentira sobre el bien, que es
Dios... En esta condición de mentira existencial, Satanás se
convierte también en homicida, es decir, destructor de la vida
sobrenatural que Dios había colocado en él desde el principio y en
las criaturas hechas a imagen de Dios" (20-8-1986). "Él es el
insidiador del equilibrio moral del hombre" (8-3-1987).
Él, "como león rugiente, anda buscando a quien devorar" (1
Pe 5,8). Pero no tengamos miedo. "El diablo puede ladrar, pero
nunca morder, sino sólo al que quiere dejarse morder" (San
Agustín). La victoria está en nuestras manos. Todo depende de
nuestra decisión. De ahí que Dios mismo nos dice: "Mira, hoy
pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal... Os he
propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la
vida para que vivas tú y tu descendencia" (Det 30,15-19).

¿Qué vas a escoger? ¿Cuál es tu decisión?
"Resistid al diablo y huirá de vosotros" (Sant 4,7).
"Resistidle firmes en la fe" (1 Pe 5,9).
 

«Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: «et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum», si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, «omnia traham ad meipsum», todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!» (Es Cristo que pasa.-183).


«Interrogado por los fariseos sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les respondió: «El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: vedlo aquí o allí; porque, mirad, el Reino Dios está ya en medio de vosotros». Y dijo a los discípulos: «Vendrá un tiempo en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Entonces os dirán: "Vedlo aquí, o vedlo allí". No vayáis ni corráis detrás. Pues, como el relámpago fulgurante brilla de un extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre. Pero es necesario que antes padezca mucho y sea reprobado por esta generación».
 (Lucas 17, 20-25)


I. Jesús, los fariseos esperaban un Reino de Dios en la tierra: un reino político que pondría fin a la dominación romana con gran poder y signos extraordinarios. Si Tú eras de verdad el Mesías, ¿cuándo ibas a empezar este reino? Hacía falta organizarse; diseñar planes para tomar el poder; reunir tal vez un ejército.

Jesús, tu respuesta dejaría perplejos a alguno de aquellos hombres: «El Reino de Dios no viene con espectáculo; está ya en medio de vosotros». Habría quien llegaría a pensar que se estaban montando brigadas secretas y guerrillas. Tan convencidos están de su interpretación política del Mesías que acabarán por negarte e incluso por llevarte a la cruz. Días antes de tu muerte llorarás ante Jerusalén con estas palabras: «¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz!; sin embargo, ahora está oculto a tus» (Lucas 19,42).

Jesús, Tú has venido a traer un Reino de paz, no de guerra; un Reino de amor, no de odio. Es un Reino que se conquista sin batallas ruidosas ni aparatosas, y que está en medio de nosotros: en el alma en gracia de cada bautizado. Porque el Reino de Dios consiste en vivir de Ti, en Ti y por Ti. Y esto se consigue, ya en la tierra, cuando Tú habitas en mi alma en gracia por obra del Espíritu Santo; pues «si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios» (Lucas 22,30).

«Desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor «a fin de santificar todas las cosas llevando a la plenitud su obra en el mundo» (CEC.-2818).


II. «Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: «et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum», si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, «omnia traham ad meipsum», todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!» (Es Cristo que pasa.-183).

Jesús, muriendo en la cruz has redimido al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Has abierto las puertas del Cielo para que pueda sentarme a «tu mesa en tu Reino» (Lucas 22,30). Pero no me obligas a entrar. Es verdad que desde la cruz, levantado sobre la superficie de la tierra, atraes todas las cosas hacia Ti. Sin embargo, esta atracción no coarta mi libertad; es una atracción de amor. Clavado en el madero santo me miras y me dices: yo no puedo hacer más por Ti; Tú, ¿qué haces por mí?

Jesús, ¿qué puedo hacer por Ti para que, de verdad, reines en el mundo? En primer lugar, he de dejarte reinar en mi alma: aquí estoy, Señor, para lo que Tú necesites. Y luego, he de intentar ponerte en la cumbre de todas las actividades humanas: haciendo mi trabajo con mayor perfección posible, y con el espíritu de servicio, honestidad, sencillez y alegría propios de un cristiano.

Si me comporto así, Jesús, los que me rodean te descubrirán a través de mi ejemplo e intentarán ponerte también en la cumbre de sus actividades humanas. De esta manera, a través de mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño ?pero que no lo es, si lo hago con amor-, los demás se sentirán atraídos por Ti: ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!

La Epístola a Filemón es una de las más breves, y la más entrañable que escribió San Pablo. El tono que emplea el Apóstol no es de mandato, aunque podría haberlo hecho dada su autoridad, sino de súplica humilde en nombre de la caridad. Le pide a Filemón que reciba de nuevo a Onésimo, su esclavo que se había fugado, y ahora regresaba convertido al cristianismo: si me tienes como hermano en la fe ?le dice- acógelo como si fuera yo mismo. Y agrega con buen humor y afecto: Si en algo te perjudicó o te debe algo, cárgalo en mi cuenta.

Nosotros hemos de aprender de aquellos primeros cristianos a vivir la caridad con hondura, muy especialmente con nuestros hermanos en la fe ?éste debe ser nuestro primer apostolado- para que perseveren en ella, y con quienes se encuentran lejos de Cristo, para que a través de nuestro aprecio se acerquen a Él y le sigan.


II. El hermano ayudado por su hermano es fuerte como una ciudad amurallada, leemos en el Libro de los Proverbios. La fraternidad es la mejor defensa contra todos los enemigos, la caridad bien vivida nos hace fuertes y seguros como una plaza inexpugnable a todos los ataques. Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo, exhorta San Pablo a los Gálatas (Gálatas 6, 2).

Es responsabilidad de los cristianos estar siempre atentos ante el bien de los demás, especialmente de aquellos que, por diferentes razones, el Señor nos ha encomendado. No podemos permitir que nadie sienta la dureza de la soledad en momentos difíciles. La caridad es nuestra fortaleza.


III. La caridad lleva consigo una serie de virtudes anejas que son a la vez su apoyo y su defensa, y a través de las cuales se manifiesta: la lealtad, la gratitud, el respeto mutuo, la amistad, la deferencia, la afabilidad, la delicadeza en el trato, el buen humor, la serenidad, el optimismo. Los defectos contarios suelen revelar ausencia de finura interior, de vida sobrenatural, de unión con Dios.

San Juan nos dejó un programa de vida: En esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar la nuestra por nuestros hermanos (1 Juan 3, 16). Y el Señor nos dice por medio del Apóstol: En esto conocerán todos que sois mis discípulos: Si tenéis caridad unos para con otros (Juan 13, 34-35).


Benedicto XVI: el Salmo 119 y la belleza de la palabra de Dios

 
Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general de ayer miércoles 9 de noviembre, al Salmo 119, el más largo, construido como un acróstico que comienza cada estrofa con una de las veintidós letras del alfabeto hebreo. Se centra en la Torah del Señor, es decir, en la Ley, “un término –dijo el Papa- que en su acepción más amplia hay que entender como enseñanza, instrucción y dirección de vida. La Torah es revelación, Palabra de Dios que interpela al ser humano y origina una respuesta de obediencia confiada y de amor generoso”.
  “La fidelidad del Salmista nace de la escucha de la Palabra, que hay que custodiar en lo más profundo del ser, meditándola y amándola, como hizo la Virgen María que ‘custodiaba, meditándolas en su corazón’ las palabras y los eventos maravillosos a través de los cuales Dios se revelaba, pidiendo el consenso de su fe”, agregó el pontífice, observando que el Salmista  afirma que es “bienaventurado” el que camina con la Ley del Señor. Pero la “bienaventurada” por excelencia es María, “no solo porque llevó en su seno al Salvador, sino sobre todo porque acogió el anuncio de Dios y custodió con atención y amor su Palabra”.

El Salmo 119 está construido en torno a esta Palabra de vida y bienaventuranza y, si su tema central es la Palabra y la Ley,  los versículos que lo componen están repletos de sinónimos como “preceptos, decretos, promesa” y de verbos relacionados con ellos: “conocer, amar, meditar, vivir”.“Todo el alfabeto se anuda en las 22 estrofas de este salmo –subrayó el Santo Padre- y también todo el vocabulario de la relación confiada del creyente con Dios. Encontramos la alabanza, el agradecimiento y la confianza, pero también la súplica y el lamento, siempre entrelazados, eso sí, con la certidumbre de la gracia divina y de la potencia de la Palabra de Dios. Incluso en los versículos más marcados por el dolor y la oscuridad están abiertos a la esperanza y a la fe”.
La ley de Dios que es “centro de la existencia”, requiere “una escucha obediente, pero no servil, sino filial, confiada y responsable. La escucha de la Palabra es el encuentro personal con el Señor de la vida” y “el cumplimento de la Ley es seguir a Jesús”. De ahí que el Salmo 119 “nos oriente hacia el Evangelio”, explicó el Papa, que se detuvo en particular sobre el versículo 57: “Mi parte es el Señor; he decidido observar sus palabras”.

“El término ‘parte’ –dijo- recuerda el reparto de la tierra prometida entre las tribus de Israel, cuando a los levitas, (la tribu de los sacerdotes), no se les asignó ninguna porción del territorio porque su ‘parte’ era el Señor mismo. (…) También hoy las palabras del salmo son muy importantes para nosotros. En particular para los sacerdotes, llamados a vivir solo del Señor, sin otro tipo de seguridades, teniéndole como único bien y única fuente de vida. En esta óptica se comprende la libre elección del celibato por el Reino de los cielos, que hay que redescubrir en toda su fuerza y su belleza”.

Igual importancia revisten esos versículos del salmo para los creyentes “pueblo de Dios, que solo a Él pertenece, llamados a la radicalidad del Evangelio, testigos de la vida que nos dio Cristo, nuevo y definitivo Sumo Sacerdote que se ofreció en sacrificio por la salvación del mundo. El Señor y su Palabra: esta es nuestra ‘tierra’, donde vivir en comunión y alegría”,

miércoles, 9 de noviembre de 2011

La Dedicación de la Basílica de Letrán


El Año Litúrgico no puede girar sobre otro eje que no sea el mismo Jesucristo. Pero Cristo, la Cabeza del Cuerpo Místico, está siempre unido a sus miembros. Ahora bien, se podría decir que once meses del Año Litúrgico se dedican sobre todo a los grandes misterios de Cristo. En cambio, el mes de Noviembre se dedica más bien a los miembros del Cuerpo Místico.

Y así, el día 1o. celebramos la "FIESTA DE TODOS LOS SANTOS" -Iglesia Triunfante-, el día 2, la CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS -Iglesia Purgante-, y hoy, día 9, "LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN" -Iglesia Militante-. Estas celebraciones de Noviembre son sumamente importantes, pues, al estar los miembros íntimamente unidos a la Cabeza, cuando recordamos a éstos, celebramos en realidad el Cuerpo Místico Total.

Hoy celebramos el aniversario de la Dedicación de la basílica construída a principos del siglo IV por el emperador Constantino, en su palacio de Letrán, sobre el monte Celio. La consagró el Papa San Silvestre el 9 de noviembre del año 324, después de bautizar a Constantino y curarle, según se cree, de la lepra.

Cuatro son las basílicas mayores de Roma. Pero es la de San Juan de Letrán, que antes se llamó del Salvador, la que tiene mayor categoría litúrgica, la que es llamada "MADRE Y CABEZA DE TODAS LAS IGLESIAS DE LA URBE Y DEL ORBE". Es la catedral del Papa, junto a ella habitaron los Papas varios siglos y en ella se celebraron cinco Concilios Ecuménicos. La consagración de San Juan de Letrán es el símbolo y prototipo de la consagración de nuestras iglesias para el culto divino y la oración.

El templo material es a la vez símbolo del templo espiritual, el Cuerpo Místico de Cristo. En la cúspide de este templo está la piedra viva, y esencial, la piedra divina angular, Cristo. "He aquí que yo pongo en Sión una piedra angular, escogida, preciosa..."

Junto a la Cabeza, la piedra angular, también los miembros son piedras vivas -piedras vivas y despiertas, no durmientes- de ese templo espiritual.

Por tanto, un triple templo recordamos hoy. El TEMPLO MATERIAL de San Juan de Letrán, y en sentido amplio, de cualquier iglesia. EL TEMPLO ESPIRITUAL que forman entre sí, y con Cristo, todos los fieles cristianos en gracia, o Cuerpo Místico. Y EL TEMPLO DEL ALMA CRISTIANA, en gracia, en el que habita el mismo Dios. Dice la Palabra de Dios: "Si alguno me ama... vendremos a él y haremos en él nuestra morada". "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?".


* Hoy es un buen día para pedir por el Papa y por la recristianización de Europa que tanto desea.

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Cómo canoniza la Iglesia a los Santos?


Si bien el concepto de "santo" existe en otras religiones con mayor o menor fuerza (y no exactamente con el mismo significado) la religión católica romana es la única que posee un mecanismo formal, continuo y altamente racionalizado para llevar a cabo el proceso de canonización de una persona; sólo en la Iglesia de Roma se encuentra un número de profesionales cuyo trabajo consiste en investigar las vidas de quienes han sido considerados santos por su comunidad y/o conocidos (y en convalidar los milagros requeridos).

Durante el pontificado de Juan Pablo II, la Iglesia beatificó (una declaración penúltima de gracia, que permite un culto público limitado) y canonizó a más personas que bajo ningún otro papa. A los ojos del mundo, la canonización se parece bastante al premio Nobel: nadie sabe realmente por qué se elige a un candidato y no a otro, ni quién - aparte del papa - se encarga de la selección. Incluso a los católicos romanos el proceso de canonización se les presenta como algo tan lento y tan misterioso como la gestación de una perla o la formación de un astro. Dentro del Vaticano mismo, el puñado de hombres más directamente implicados en las causas individuales no son muy conocidos ni recompensados con distinciones jerárquicas. Entre las nueve congregaciones o ministerios de la Santa Sede la Congregación para la Causa de los Santos, no se hallará en ninguna lista de los centros de poder del Vaticano; sus funcionarios no gobiernan la Iglesia ni deciden sobre la política exterior ni fijan la ortodoxia doctrinal ni eligen obispos ni mandan sobre el clero; y, sin embargo, su actividad es la única que requiere el ejercicio regular de la infalibilidad papal.

Podríamos empezar diciendo que el proceso de canonización es algo así como la capacidad de discernimiento, con apoyo doctrinario y la ayuda de Dios, de la santidad de una persona en base a su perfecta ortodoxia y el ejercicio de virtudes llevadas al grado heroico con el propósito de, dándole reconocimiento por el grado de perfección alcanzado, presentarla como modelo de conducta a los creyentes y como poderoso intercesor ante Dios. Si bien la canonización es un proceso intrínsecamente eclesiástico, en principio no son los obispos ni los investigadores profesionales del Vaticano quienes postulan una causa, sino cualquiera que, mediante oraciones, uso de reliquias, solicitud de "favores divinos" y devociones semejantes, contribuye a la reputación de santidad de un candidato. En efecto, según la tradición y la ley de la Iglesia, toda causa ha de originarse entre los creyentes, y en este sentido, el proceso tiene su origen en Dios mismo, quien da a conocer a través del pueblo la identidad de los santos auténticos.

Los santos mismos, desde luego, no tienen ninguna necesidad de ser venerados. Según la metáfora de San Pablo, ellos han corrido ya la carrera y ganado sus laureles. La canonización es, en otras palabras, un ejercicio estrictamente póstumo. Canonizar quiere decir declarar que una persona es digna de culto universal. La canonización se lleva a cabo mediante una solemne declaración papal de que una persona está, con toda certeza, con Dios. Gracias a tal destreza, el creyente puede rezar confiadamente al santo en cuestión para que interceda en su favor ante Dios. El nombre de la persona se inscribe en la lista de los santos de la Iglesia y a la persona en cuestión se la "eleva a los altares", es decir, se le asigna un día de fiesta para la veneración litúrgica por parte de la Iglesia entera. Los papas, sin embargo, canonizan a los santos desde hace alrededor de mil años. En 1234, año en que el derecho de canonización se reservó oficialmente al papado, ha habido unas trescientas canonizaciones. Existen, no obstante, unos diez mil santos cristianos cuyos cultos fueron identificados por los historiadores de la Iglesia y, sin duda, hay otros miles cuyos nombres se han perdido para la historia. Perspectiva histórica De un modo u otro, los cristianos han reconocido y rogado después a muchos santos a través de la historia. Al principio se trataba de un acto mas bien espontáneo de la comunidad cristiana local, mientras que hoy en día se presenta para los católicos como un largo y dificultoso proceso, conducido por funcionarios del Vaticano y regido por normas y procedimientos legales. ¿Cómo y por qué el proceso de canonización ha sufrido estos cambios? Ahora lo veremos.

Para los cristianos primitivos, el reconocimiento de la santidad de quienes vivían y morían en Cristo fue una evolución orgánica de su propia fe y experiencia. Venerados por su santidad, a los santos se los invocaba también por su poder de intercesión, sobre todo en forma y a través de sus restos mortales. Por esto la historia de la canonización está muy ligada con las reliquias del santo, si bien no es imprescindible tenerlas para elevar a alguien a los altares. En el sentido literal, canonizar significa incluir un nombre en el canon o lista de los santos. A lo largo de los siglos, las comunidades cristianas han compilado numerosas listas de sus santos y mártires. Muchos de esos nombres se han perdido para la historia. La obra más completa que existe sobre los santos, la Biblioteca Sanctorum, abarca actualmente dieciocho volúmenes y menciona a más de diez mil santos con sus vidas y milagros. Sin embargo, el santo cumple también una función litúrgica: ser canonizado significa ser incluido entre aquellos que se mencionan a veces durante la celebración de la misa y significa también tener una fiesta en el santoral de la Iglesia, al lado de los días de fiesta de Cristo y de Su Madre, la más distinguida de todos los santos.

A continuación haremos un relato muy breve del desarrollo del sistema de canonización. Todas las etapas de la historia han recibido santos con un carisma particular. Cada santo tiene el suyo propio y puede observarse, por los acontecimientos de la época y el estadio de la cristiandad de cada tiempo, una especie de semejanza entre el tipo de santidad que surge en un período con el período mismo que se está viviendo, algo así como lo que ocurre con las costumbres o con la forma de pensar de cada época. Así, frente a las persecuciones encarnizadas que sufrieron los primeros cristianos, encontramos con gran frecuencia que la santidad iba unida al martirio. Desde el principio mismo se consideraba "santos" a todos los creyentes bautizados, en sentido lato. En un sentido particular, siempre han existido personas sobresalientes, que llevaron la virtud y la coherencia a mayores niveles que el resto de los creyentes.

A finales del siglo primero, estando la tierra regada de sangre de mártires, el concepto de santidad estaba fuertemente asociado al martirio. Se podría afirmar con cierta seguridad que el primer santo "canonizado" fue San Esteban, judío converso y diácono que es, según el Nuevo Testamento, el primer mártir del cristianismo. El relato de Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (6-7), sobre el martirio de San Esteban es de extrema importancia para entender cómo, en la fase inicial de la vida de la Iglesia, los demás cristianos de la comunidad de Esteban reconocieron su santidad. El relato está construido de tal manera que la detención, el testimonio de la fe y la muerte de Esteban muestran un paralelo directo con la detención, el testimonio y la muerte de Jesucristo. Esteban es descrito como autor de milagros y predicador de gran fuerza y, como Jesucristo, suscita la enemistad de los dignatarios y los escribas judíos. Arrestado y llevado ante un tribunal, expone sus creencias en un largo y elocuente discurso. Al final, es conducido a las afueras de la ciudad y lapidado. Muere pidiendo a Dios que perdone a sus verdugos. La muerte de San Esteban es, por tanto, similar a la de su Santo Maestro. La comunidad cristiana pudo reconocer como santo a Esteban por analogía con la pasión y muerte de Jesucristo. Se puede decir que la santidad y el martirio fueron inseparables de la conciencia cristiana desde el principio. Así como Jesucristo obedeció al Padre hasta la muerte, así el santo era alguien que moría por Cristo; así como el bautismo significaba la incorporación al cuerpo de Cristo, así el martirio significaba morir con Cristo y resucitar a la plenitud de la vida eterna. El martirio sellaba la conformidad total del santo con Cristo.

Como ya hemos dicho, estos primeros tiempos hasta el siglo cuarto aproximadamente la persecución por parte de los romanos fue tan intensa que la conversión al cristianismo implicaba el riesgo del martirio.

En efecto, sufrir y morir como Cristo era una gracia ardorosamente deseada; era el premio codiciado. A principios del siglo II, por ejemplo, el obispo de Antioquía, Ignacio, escribió a cierta gente influyente en Roma, adonde lo llevaban para su ejecución, implorando que no intercedieran por su vida: "Os suplico no me tratéis con inoportuna amabilidad. Dejad que me devoren las fieras, gracias a las cuales llegaré a la presencia de Dios. Yo soy trigo de Dios, y seré molido por los dientes de las fieras para transformarme en el puro pan de Cristo". (1) Sin embargo, no todos los cristianos que fueron encarcelados, torturados o deportados a las minas imperiales perecieron. A algunos se les negó el martirio a pesar de haber hecho confesión pública de su fe. Aunque sobrevivieron, esos "confesores", como se les llamó, eran reverenciados por su público testimonio de la fe y por su disposición a morir por ella. Si se trataba de catecúmenos (es decir, personas que recibían instrucción de fe, pero que todavía no estaban bautizados), se los consideraba bautizados "de sangre", en virtud de su disposición a sufrir el martirio por Cristo; si estaban ya bautizados, se les ofrecía el rango de clérigos. Pero con la entronización de Constantino como primer emperador cristiano, a principios del siglo IV, la Iglesia entró en una nueva era de relaciones pacíficas con el Estado romano y por lo tanto, la etapa de martirio casi exclusivo tocó a su fin, comenzando a surgir nuevos modelos de santidad. Entre aquéllos, el predominante fue el de los solitarios que vivían en ermitas (los llamados anacoretas) y monjes que iniciaban una nueva forma de imitar a Cristo. Así como Él ayunó cuarenta días y cuarenta noches en el desierto, así estos ascetas abandonaron el mundo y sus placeres, yéndose a vivir a los desiertos de Siria y Egipto. Así, la imitación de la muerte del Señor dejó lugar a la imitación de Su Vida. En aquella época era el mártir todavía quien recibía los mayores honores, pero al hacer extensivo a cómo vivía una persona el mérito de la santidad, la Iglesia llegó gradualmente a venerar a las personas por la ejemplaridad de sus vidas no menos que con su muerte.

Con el transcurso del tiempo, los ejemplos de santos reconocidos incluyeron también a misioneros y a obispos que habían dado pruebas de un celo pastoral extraordinario. También a monarcas cristianos que mostraron extraordinaria solicitud para con sus súbditos, y a los apologetas célebres tanto por su defensa intelectual de la fe como por su ascetismo personal. En la Edad Media, la lista se amplió mucho con nombres de fundadores de órdenes religiosas, tanto hombres como mujeres, cuyos votos de pobreza, castidad y obediencia se insertaban en la tradición espiritual de los primitivos ascetas del desierto. Pero a pesar de que el número iba en aumento y los tipos de santidad se diversificaban, el modo en que se categorizaba a los santos se mantuvo estático durante mucho tiempo. Hasta plena Edad Media se identificaba a los santos conforme a unas categorías formadas durante los cuatro primeros siglos de la Iglesia. Los santos eran mártires o confesores, agregándose recién tras dieciséis siglos la categoría de "doctor de la Iglesia". A los confesores, a su vez, se los catalogaba por sexo y estado civil: obispo, sacerdote o monje para los hombres; virgen o viuda para las mujeres. Todos los demás santos (los casados, por ejemplo) figuraban bajo: "Ni virgen ni mártir", rúbrica equivalente a "Ninguno de los mencionados". En la actualidad los casados se mencionan como tales. Lo que sugiere esta tipología no es que la Iglesia permanezca ciega ante la vocación del candidato en la vida real, sino que la idea de santidad continúa identificándose en su raíz con ciertas formas de renuncia en particular que expresan el amor a Cristo. El mártir renuncia a su vida antes que renegar de Cristo; el confesor se proclama dispuesto a morir, y la virgen renuncia a los placeres mundanos. Pero, incluso en los siglos de formación de la Iglesia, los cristianos veían en los santos mucho más que la mera renuncia. Ellos creían que Jesucristo, a través de su vida, muerte y resurrección, había inaugurado una nueva era del reino de Dios. Por eso los santos eran testigos del surgimiento del reino, contra el que cual los poderes de este mundo resultaban inoperantes. Más aún, el poder del incipiente reino de Cristo se manifestaba en ellos a través de la realización de hazañas milagrosas.

En resumen, los santos se distinguían no solamente por su ejemplar imitación de Cristo, sino también sus poderes taumatúrgicos o milagrosos. Así fue que, desde el semillero del martirio cristiano, brotó a la vida algo que era nuevo en el cuerpo de la Iglesia: el culto de los santos. Puesto que su testimonio era perfecto, y por su renuncia total, los santos en el instante de su muerte renacen a la vida eterna. En ese aspecto, los cristianos son los únicos en cuanto al dies natalis que conmemoran a sus héroes no el día de su natalicio sino el día de su muerte y renacimiento.

El principal lugar de culto de los santos eran sus tumbas. Después de su muerte, los creyentes recogían sus restos, los guardaban en recipientes sellados y los depositaban en catacumbas o en otras tumbas secretas. Más tarde, en el aniversario de la muerte-renacimiento del santo, los amigos y familiares celebraban una reunión litúrgica en torno a los restos. La creencia se funda en que el espíritu del santo, aunque se halla en el cielo, está de un modo especial presente en sus despojos, dado que el cuerpo y el alma son esposos sólo temporalmente separados. Por dondequiera que se veneraban las reliquias de un santo, el cielo y la tierra se encontraban y se entremezclaban de una manera enteramente novedosa para las sociedades occidentales, como atestigua la inscripción en la tumba de San Martín de Tours: "Aquí yace Martín el obispo, de santa memoria, Cuya alma está en manos de Dios, más él está todo aquí, Presente y manifiesto en milagros de toda clase" Para los cristianos primitivos, así como más tarde para sus seguidores medievales, los milagros eran acontecimientos cotidianos; formaban parte de una realidad que, aunque distinta de la moderna, no por ello era menos compleja. Para el erudito San Agustín, "todas las cosas naturales están llenas de lo milagroso", y el mundo mismo es "el milagro de los milagros".

Resultaba, por tanto, enteramente natural que Dios manifestara lo inusual a través de las oraciones dirigidas a los santos o realizadas por éstos. A medida que las tumbas de los santos iban convirtiéndose en lugares de peregrinación - y de grandes fiestas -, se construían iglesias sobre ellas para albergar las reliquias y asegurar una celebración más digna de los santos patronos de la localidad. No sólo los cuerpos de los santos, , sino también sus prendas de vestir, y hasta los instrumentos de su tortura (en caso de haberlos) se veneraban como objetos sagrados. Según un testimonio de la época, antes del entierro de San Ambrosio, obispo de Milán, en 397, "una multitud de hombres y mujeres arrojaban sus pañuelos y delantales hacia el cuerpo del santo, en la esperanza de que lo tocaran". (2)

Tales brandea, como se llamaban, eran apreciados como reliquias indirectas. Desgajadas del cuerpo y guardadas en relicarios bellamente adornados, las reliquias se convirtieron efectivamente en santuarios portátiles para uso tanto público como privado. Varios de los padres de la Iglesia se opusieron a la veneración de tales reliquias, alegando que suscitaban un tipo de reverencia que debía ser tributado únicamente a Dios. Otros defendían esas prácticas, arguyendo que los cuerpos de los santos estaban santificados y, por extensión, también los objetos que habían tocado. Otros más justificaban el culto de los santos y la veneración de sus reliquias por razones pedagógicas: contribuían a la edificación y elevación espiritual de los creyentes. Finalmente se impuso la opinión favorable a las reliquias. En 410, el Concilio de Cartago decidió que los obispos locales destruyesen todos los altares erigidos en memoria de los mártires y que no permitiesen la construcción de nuevos santuarios, a menos que contuvieran reliquias o estuvieran situados en lugares notoriamente santificados por la vida o muerte del santo. Hasta el año 767, el culto de los santos había llegado a ser parte tan esencial del culto cristiano que el Concilio de Nicea decretó que todo altar de iglesia debía contener una "piedra del altar" que albergara las reliquias de un santo. Aún hoy, el Código de Derecho Canónico define un altar como "una tumba que contiene las reliquias de un santo". (3)

Si por una parte los santos estaban presentes en sus restos, por otra eran recordados a través de sus historias. Aparte de la Escritura, la literatura cristiana más popular durante los siglos de formación de la Iglesia fueron los relatos de la pasión y muerte de los mártires. En contadas ocasiones, como el martirio de santa Perpetua y de santa Felicitas, en el siglo III, las Iglesias locales lograron efectivamente conservar e incluir en sus acta de los santos la transcripción directa, efectuada por los escribas romanos, del diálogo del tribunal y los acusados. Con mayor frecuencia, la comunidad local de creyentes componía las "pasiones" de sus propios mártires, que eran relatos piadosos y altamente estilizados por la pasión y muerte del mártir. Dado que la finalidad de tales historias era la edificación de los creyentes, no menos que la exaltación del santo, se entrelazaban en ellas leyendas y anécdotas milagrosas que dramatizaban la valentía moral y el poder espiritual del santo. Lo que había sido en realidad, por ejemplo, sumarísimos interrogatorios reglamentarios por parte del tribunal, se transformaba en largos diálogos apócrifos entre el acusado y los acusadores. A esos relatos de pasión se les agregaba los libelli o historias de milagros.

En suma, el culto de los santos hacía revivir a los muertos, infundía vida a la leyenda y proporcionaba a cada comunidad de cristianos sus propios santos patronos. Con su crecimiento exuberante, el culto de los santos arraigó por dondequiera que llegara la cristiandad. Al final, los obispos comprendieron que era preciso podar esas vidas, porque saber a quién rezaba la gente era un asunto de gran importancia. No había nada malo en la aclamación popular, pero se comenzaba a entender que el entusiasmo de los creyentes por sus patronos celestiales podía sufrir eventuales desengaños. ¿Cómo podían asegurarse las autoridades de la Iglesia de que los santos invocados por la gente eran realmente santos? Los mártires no presentaban ningún problema. Su autenticidad como santos se basaba en el hecho de que la comunidad había presenciado su muerte ejemplar. Se creía que el martirio era algo más que un acto de valentía humana. Morir por Cristo requería apoyo sobrenatural. Se creía que sólo el poder de Cristo conseguía, obrando en el mártir, sostenerlo hasta el sangriento final. Incluso los pecados que el santo hubiera cometido quedaban borrados por el martirio siendo éste lo más elevado que se le podía pedir a un cristiano piadoso. El martirio constituía, en suma, el sacrificio perfecto e implicaba la consecuencia de la perfección espiritual. Una cosa era, sin embargo, reconocer la santidad de los mártires y otra hacer lo propio con los que no lo eran. ¿Cómo podía saber la Iglesia si alguien que no había sufrido martirio había perseverado en al fe hasta el final de su vida? La interrogante se planteó por primera vez, según parece, en relación con los confesores. Como los mártires, los confesores eran reverenciados incluso cuando se hallaban en prisión. Otros cristianos acudían, a veces con gran riesgo para ellos mismos, a socorrerlos. Después se otorgaba a menudo a los supervivientes, como hemos visto, privilegios y posiciones de honor en la comunidad. Pero desgraciadamente no todos los confesores mantenían intacta su virtud después del sufrimiento recibido, perdiendo por ejemplo la humildad, o la misma fe. Con frecuencia se trataba a los ascetas, mucho antes de morir, con la misma deferencia que solía concederse a los mártires.

Del mismo modo que éstos se purificaban por el sufrimiento y la muerte, así, se pensaba que los ascetas se purificaban mediante el rigor de su disciplina espiritual. La analogía es bastante explícita en la Vida de Antonio, atribuida a San Atanasio, que se publicó inmediatamente después de la muerte del santo, en 355, y que permanecería durante siglos como uno de los principales modelos de los textos hagiográficos. En dicha obra, San Atanasio describe con gran lujo de detalles los prolongados ayunos, silencios y otros sufrimientos que el ermitaño del desierto soportó voluntariamente. En su celda, escribe Atanasio, San Antonio "era martirizado a diario por su conciencia en los conflictos de la fe". (4) Al huir de la sociedad de ciudades y aldeas en busca de la fría soledad de los desiertos, los ascetas bregaban por aquella pureza del corazón que conocieron Adán y Eva en el Paraíso antes del pecado original. Y como Adán, los ascetas experimentaban las tentaciones de Satanás, a menudo en forma de tentaciones de la carne, y libraban así batallas contra las fuerzas del mal que dominan este mundo caído. Pero esos ascetas tampoco estaban tan lejos de la sociedad como para que los creyentes no pudieran dirigirse a ellos en busca de asistencia espiritual o de curación. En una palabra, eran considerados, como los confesores, "santos vivientes", y las historias de sus vidas comenzaron a surgir. La Vida de Antonio conmovió tanto a Agustín de Hipona que, al conocerla a través del relato de su amigo Ponticiano, renunció a su deseo de casarse, se convirtió al cristianismo y terminó por vivir en carne propia la santidad. Pero otra vez se planteaba la pregunta de cómo los creyentes podían saber que el asceta, en la soledad de su celda, no había sucumbido a la tentación. ¿Podían estar seguros de que un "santo viviente" había muerto en perfecta amistad con Dios y era, por tanto, capaz de interceder por ellos? Resultó que la prueba se hallaba en sus milagros. Aparte de su reputación personal de santidad, los confesores y los ascetas eran juzgados dignos de culto por el número de milagros que obraban póstumamente pro intermedio de sus tumbas o de sus reliquias.

San Agustín tuvo gran influencia al defender la idea de que los milagros eran señales del poder de Dios y pruebas de la santidad de aquéllos en cuyo nombre se obraban. Su convicción se vio reforzada tras el descubrimiento, en 415, de los restos de san Esteban en Tierra Santa y su posterior dispersión entre varios santuarios occidentales. Los milagros no tardaron en producirse, y San Agustín, deseoso de reafirmar en la fe a los creyentes, tomó nota de ellos. En una ocasión llevó a dar testimonio en la iglesia a un joven que había sido curado poco tiempo atrás por una reliquia de san Esteban y, a continuación, presentó a su hermana, que continuaba padeciendo la misma enfermedad. Éstos y otros ejemplos se citan extensamente en el capítulo final de su obra monumental La ciudad de Dios, entretejidos en un diálogo de altos vuelos con Platón, Cicerón y Porfirio, como pruebas irrefutables de la resurrección de la carne.

En el siglo V existían, por tanto, varios de los elementos que finalmente serían codificados en el procedimiento formal que sigue la Iglesia para la canonización. A los santos se los identificaba como tales en función de 1) su reputación entre la gente, sobre todo la del martirio, 2) las historias y leyendas en que se habían transformado sus vidas, como ejemplos de virtud heroica y 3) la reputación de obrar milagros, en especial aquellos que se producían póstumamente sobre las tumbas o a través de las reliquias. Aunque no todas las historias se aceptaban sin crítica, habrían de pasar varios siglos más hasta que la Iglesia insistiera en que tales elementos fuesen verificados mediante una investigación sobre la vida y muerte de los santos. Mientras tanto, éstos continuaban siendo objeto de culto, no de investigación. Para la santidad bastaba con que el fallecido fuera recordado, venerado y, ante todo, invocado. Del siglo VI al X, el culto de los santos se expandió en progresión geométrica.

A medida que la fe se difundió entre los godos y los francos y, luego, entre los celtas de las islas Británicas y los eslavos de Europa oriental, los cristianos recién convertidos exigían el reconocimiento de sus propios santos y mártires, que a menudo eran los mismos misioneros a quienes ellos habían dado muerte por predicar la fe. La Iglesia estimulaba a su vez la veneración de reliquias entre los recién bautizados, a fin de fortalecer su fe y prevenirlos de la recaída en la adoración de los antiguos ídolos. Los papas se mostraban generosos con los restos de los santos enterrados en los cementerios de Roma, regalando reliquias a muchos visitantes destacados. En Oriente, el culto de los santos proliferaba de manera diferente. Puesto que Constantinopla, la "nueva Roma", no podía preciarse de tener mártires propios, la Iglesia los importaba, tal como sucedió a partir de 356 con los cuerpos de los santos Timoteo, Andrés y Lucas. Así se inició la práctica de la traslación o traslado de las reliquias desde sus tumbas a las iglesias de todo el orbe cristiano. Otra práctica nueva fue la "invención": el descubrimiento y la veneración de reliquias hasta entonces desconocidas, como en el caso antes mencionado del descubrimiento de los huesos de san Esteban en Jerusalén. Primero, en Oriente, y luego a regañadientes, en Occidente, el traslado y la invención de los cuerpos fueron acompañados del desmembramiento y la distribución de las reliquias. Inevitablemente, ese tráfico de reliquias alentaba los abusos, tales como venta o falsificación de las mismas. Desde el siglo VIII, los papas ordenaron que los restos de los mártires romanos fuesen retirados de las catacumbas y colocados en las iglesias de la ciudad para evitar ulteriores profanaciones y descuidos.

No es sorprendente, por tanto, que la historia de la canonización, tal como entendemos ahora este proceso, comenzara con la necesidad de establecer una supervisión de las reliquias y de los santuarios. Sólo una vez asegurado tal control, los obispos empezaron, con un proceso gradual, a encarar el problema de la convalidación del culto de nuevos santos. El desarrollo de la canonización Conforme a un antiguo axioma de la Iglesia, la regla de la oración es la regla de la fe (lex orandi, lex credendi) o, dicho en otras palabras: para saber en qué creen los cristianos hay que escuchar sus oraciones. Aparte de todo lo demás, la veneración de los santos era, como dijimos antes, un acto litúrgico. A los santos se los recordaba e invocaba, y a ellos se rezaba por dondequiera que se reunieran los cristianos en adoración. En tales ocasiones, sus nombres eran leídos en voz alta, como una lista de honor de los bienaventurados. De ahí deriva el significado originario de "canonización": inscribir el nombre de alguien en un canon o lista de santos. Durante los primeros siglos de nuestra era, tales listas eran numerosas.

A las listas de mártires, los llamados "martirologios", siguieron diversos calendarios ordenados que indicaban el nombre y el lugar de entierro de cada santo. Las iglesias locales poseían sus propios calendarios, que reflejaban el canon de la región y a veces eran intercambiados con los de otras iglesias locales. También los monasterios e incluso las naciones tenían santorales propios. No fue hasta el siglo XVII, después de la pseudo-reforma protestante, que se estableció un canon universal para la Iglesia entera. Pero el proceso efectivo de la canonización era mucho más complejo, imprevisible y, sin duda, más difícil de controlar que la mera compilación de listas. Del siglo V al siglo X, los obispos fueron desempeñando un papel mucho más directo en la supervisión de los cultos emergentes. Antes de agregar un nuevo nombre al calendario local, los obispos insistían en que los solicitantes presentaran informes escritos (las llamadas vitae) sobre vida, virtudes y muerte del candidato, así como informaciones sobre sus milagros y, en su caso, acerca de su martirio.

Los prelados más exigentes pedían además testimonios presenciales, sobre todo tratándose de milagros. Hay que anotar, sin embargo, que esos procedimientos rudimentarios servían más para asegurarse de la reputación de santidad del candidato que para examinar su dignidad o virtud personal. Una vez obtenida la aprobación del obispo o del sínodo regional, el cuerpo era exhumado y trasladado a un altar, acto que venía a simbolizar la canonización oficial. Por último, se le asignaba al nuevo santo un día para la celebración litúrgica de su fiesta y se inscribía su nombre en el santoral local. De esa manera informal la canonización se convirtió gradualmente en una función eclesiástica. Poco a poco, sin embargo, los obispos iban cayendo en la cuenta de que había serias razones para escudriñar con mayor cuidado las vidas de los candidatos antes de otorgarles el beneplácito episcopal. Incluso San Agustín había reconocido el peligro de permitir el culto a los herejes: en su época, los donatistas, que más tarde acabarían condenados por herejes, eran notorios por su pasión por el martirio, llegando en ocasiones a pedir a otros que los mataran. ¿Cómo podía la Iglesia venerar a unos santos cuyo martirio no era auténtico o que renegaban de la fe ortodoxa? Y, en cuanto a los milagros, ¿quién podía saber si no fueron realizados con la ayuda del diablo? Era evidente que hacía falta alguna forma de "control de calidad". Hacia finales del siglo X, había una creciente tendencia a encargar los honores de la canonización a los papas, en virtud de su autoridad suprema.

De esta manera, al agregar al culto una especie de sello oficial, se esperaba una mayor probabilidad de que el santo fuese reconocido más allá de la comunidad local. Éste parece haber sido el modesto motivo detrás de la canonización del obispo Udalrico (Ulrich) de Augsburgo, en 993, el primer caso autentificado de convalidación papal de un culto. A instancias del sucesor de Udalrico, el papa Juan XV escuchó el informe sobre la vida y milagros del obispo y autorizó el traslado de sus restos. Habrían de pasar, sin embargo, siete siglos más hasta que el entero proceso de canonización quedara firmemente sometido al control papal. Para que ellos sucediera, debían realizarse previamente dos condiciones históricas: un extraordinario refinamiento de los procedimientos de canonización y, por otra parte, la consolidación de la autoridad que el papa ejercía sobre la Iglesia. Ninguna de las dos se cumplió instantáneamente ni sin conflictos. Como era de esperar, la extensión del control papal sobre el proceso de canonización, aun siendo gradual, no fue siempre recibida con entusiasmo en todas partes. En primer lugar, muchos santos habían muerto hacía largo tiempo y eran objeto de vigorosos cultos locales.

¿Cómo podía el Papa, después de tantos años, negarles validez? ¿Y cómo podían él o sus legados llevar a cabo una investigación retrospectiva sobre la vida de un santo para decidir si realmente merecía la veneración del pueblo? A pesar de los resquemores, en el transcurso de las décadas, la intervención papal en la canonización fue haciéndose más pronunciada. Con cada vez mayor frecuencia, los papas exigían pruebas de los milagros y virtudes en forma de declaraciones de testigos fiables. En un caso memorable, el papa Urbano II (1088-1099) se negó a canonizar a un abad (Gurloes) hasta que los monjes no le presentaran testigos oculares que atestiguaran haber presenciado los milagros atribuidos al abad.

En el siglo siguiente, el papa Alejandro III (1159-1181) reprendió, en una carta al rey Kol de Suecia, a un obispo local por tolerar el culto a un monje que resultó muerto en una pendencia de borrachos, a pesar de que los habitantes del lugar aseguraban que se habían obrado milagros a través de su intercesión. Alejandro observó que los monjes pendencieros no eran el tipo de ejemplo de santidad que la Iglesia deseaba ver imitado por sus fieles. Alejandro fue el primero de lo que llegaría a ser, con algunas interrupciones, una larga línea de grandes papas juristas medievales que convertirían a la Iglesia católica romana en el primer Estado europeo regido por leyes.

Al igual que otras dimensiones de la actividad eclesiástica, la canonización vino a colocarse gradualmente bajo la jurisdicción de la Santa Sede y sus juristas. En 1170, Alejandro decretó que nadie podía recibir veneración local sin la autorización papal, cualesquiera que fuesen su reputación de santidad o sus milagros. Dicho decreto, sin embargo, no pudo fin inmediato a las canonizaciones episcopales ni eliminó la sed popular de nuevos cultos. En 1234, el papa Gregorio IX publicó sus Decretales, colección de leyes pontificias, en las que afirmó la jurisdicción absoluta del pontífice romano sobre todas las causas de los santos, declarándola obligatoria para la Iglesia universal. Dado que los santos eran objeto de devoción de la Iglesia entera, razonaba Gregorio, sólo el papa, en su jurisdicción universal, tenía el derecho de canonizar. A partir de entonces, el proceso de canonización se volvió cada vez más meticuloso.

El reglamento exigía esencialmente la creación de tribunales locales con delegados papales que escuchaban las declaraciones de los testigos que estaban allí para confirmar las virtudes y los milagros del candidato. Estos últimos eran sometidos a un escrutinio particularmente severo. Aún así, no fue hasta el siglo XIV, con el traslado de la corte papal a Aviñón, que los papas lograron instituir unos métodos bien reglamentados para investigar las vidas de los nuevos candidatos a la santidad. Gracias a las reformas canónicas que tuvieron lugar entonces, los procedimientos de canonización adquirieron la forma explícita de un proceso legal en toda regla entre los solicitantes, a los que presentaba un procurador oficial o defensor de la causa, y el papa, representado por una nueva especie de funcionario de la curia, el "promotor de la fe", más conocido popularmente como "abogado del diablo". Además, la Santa Sede exigía, antes de tomar en consideración una causa, que el proceso a favor del candidato fuese solicitado mediante cartas de "reyes, príncipes y otras personas prominentes y honradas" (lo cual incluía, obviamente, a los obispos). En otras palabras, la vox populi no bastaba para comprobar la reputación de santidad si no recibía el apoyo de las jerarquías eclesiásticas. Los procesos se prolongaban a menudo durante meses y se celebraban localmente. El proceso del ermitaño agustino San Nicolás de Tolentino, por ejemplo, duró desde el 7 de julio hasta el 28 de septiembre de 1325; declararon en él trescientos setenta y un testigos.

Resulta poco sorprendente, pues, que entre los años 1200 y 1334 se produjeran sólo veintiséis canonizaciones papales. A pesar de esas medidas, el período comprendido entre 1200 y 1500 asistió a la más amplia difusión del culto de los santos en toda la historia de la Iglesia occidental. Cada ciudad y cada pueblo veneraba a su propio santo patrono, y el ascenso de las órdenes mendicantes agregaba nuevos nombres a las listas. A partir de entonces el papado introdujo una nueva distinción: de entonces en adelante, tenían derecho a ser llamados sancti (santos) solamente aquellos que hubieran sido canonizados por el papa, mientras que los que eran venerados sólo localmente o por determinadas órdenes religiosas recibían el nombre de beati (beatos). Se toleraban así los cultos locales y se reservaba, sin embargo, el reconocimiento oficial a aquellos siervos de Dios cuyas vidas y virtudes ofrecían los mejores ejemplos a la cristiandad entera. Por eso la canonización papal apuntaba a presentar a los creyentes unas vidas dignas de ser imitadas, y no a unos santos que solamente fuesen invocados para pedir milagros y otros favores.

La reforma detallada de los procedimientos de canonización llegó en 1588, cuando el papa Sixto V creó la Congregación de Ritos y encargó a sus funcionarios la responsabilidad de preparar las canonizaciones papales y de verificar la autenticidad de las reliquias. Pero no fue hasta el pontificado de Urbano VIII (1623-1644) que el papado obtuvo por fin el control completo de la canonización de los santos. En una serie de decretos papales, Urbano definió los procedimientos canónicos por los que habían de regirse las beatificaciones y las canonizaciones. Una de esas decisiones merece especial atención. El papa prohibió estrictamente cualquier forma de veneración pública - incluida la publicación de libros de milagros o revelaciones, atribuidos a un supuesto santo - hasta que la persona en cuestión no hubiera sido beatificada o canonizada por solemne declaración papal. Hizo, sin embargo, una excepción importante para los casos de aquellos santos de cuyos cultos era demostrable que habían existido "desde tiempos inmemoriales" o que podían justificarse "por la fuerza de cuanto los padres o santos han escrito, con la antigua y consciente aquiescencia de la Sede Apostólica (Roma) o de los obispos locales". (5)

En consecuencia, quedaron sólo dos caminos hacia la santidad: uno, la estrecha puerta delantera del procedimiento formal y papal, y otro, la puerta trasera, aún más angosta, de la beatificación o la canonización "equipolentes" (equivalentes) para aquellos cultos que, en el momento del decreto de Urbano, tenían ya por lo menos un siglo de práctica.

El segundo camino era, de hecho, una especie de edicto de tolerancia para los cultos locales populares y de antigua raigambre. Desde entonces, cualquier exhibición no autorizada del culto a una persona, previo a su beatificación o canonización descalificaba automáticamente al candidato para la canonización. Los creyentes todavía podían reunirse ante la tumba del difunto y rezar por favores divinos, y también podían ofrecerle devociones privadas en sus casas; pero ya no podían invocar o venerar al difunto en las iglesias sin perjudicar seriamente sus posibilidades de canonización. Había hablado Roma, y todo lo que quedaba por hacer era organizar y codificar los reglamentos romanos para el proceso de canonización. Lo que había sido un reconocimiento espontáneo por parte de la comunidad local, se convirtió en una investigación retroactiva, conducida por hombres que no conocieron personalmente al siervo de Dios. Lo que antaño había sido un proceso entre los creyentes mismos, ahora quedó en manos de los juristas canónicos residentes en Roma. Pero el derecho canónico se parece al derecho consuetudinario (common law) británico y estadounidense, en cuanto se basa en antecedentes, no en deducciones derivadas de principios abstractos. Hubo de pasar otro siglo hasta que Prospero Lambertini, un brillante especialista en derecho canónico, que ascendió desde las filas de la Congregación de Ritos hasta convertirse en el Papa Benedicto XIV, se propuso la tarea de revisar y clarificar la teoría y práctica eclesiásticas para el proceso de canonización. Los cinco volúmenes de su extensa obra De Servorum Dei beatification et Beatorum canonizatione ("Sobre la beatificación de los siervos de Dios y la canonización de los beatos"), publicados entre 1734 y 1738, son aún en la actualidad el texto básico sobre el tema. En los siglos siguientes, los refinamientos del proceso de canonización se debieron mayormente a influencias exteriores.

La evolución de la historia como ciencia crítica, por ejemplo, afectó gradualmente la manera en que la Congregación manejaba los textos, aunque tuvo un efecto menos visible sobre la redacción de las vitae. Y, lo que es más importante, la evolución de la medicina científica, redujo en grado considerable el número y la variedad de favores divinos aceptables como milagros sin lugar a dudas. Pero la "ciencia" decisiva sigue siendo el derecho canónico con sus exigencias. La prueba fundamental la seguían constituyendo los testimonios presenciales; el objetivo principal era comprobar el martirio o las virtudes heroicas. Incluso el término técnico usado por la Iglesia, processus o proceso, tiene claras connotaciones jurídicas. En consecuencia, si el propósito de la canonización papal, tal como se formó en la era moderna, fue el de alcanzar la verdad teológica - de saber si el candidato estaba realmente con Dios en el Paraíso - tanto la forma como el espíritu del proceso eran judiciales.

El proceso moderno de canonización En 1917, el reglamento formal para la canonización fue incorporado al Código de Derecho Canónico. Para quienes no eran estudiosos del derecho canónico o no leían latín, todo el proceso fue expuesto pormenorizadamente por un clérigo católico británico, Canon Macken, en un libro publicado en 1910. El procedimiento había adquirido, a lo largo de cuatro siglos de refinamiento, una cierta reputación hagiográfica propia por la precisión jurídica que mostraba en el descubrimiento y la verificación de los santos auténticos. Maken declaró: La "fiera de luz que bate un trono" no es nada en comparación con esta investigación sumamente cuidadosa y elaborada. Todos los procedimientos se llevan a cabo con un esmero y una formalidad mucho mayores que en los más importantes pleitos judiciales. La historia de una jurisprudencia secular no puede ofrecernos nada que se parezca aproximadamente a la extrema circunspección que se observa en esas investigaciones (...) En los procesos de canonización, todo se reduce a ciencia exacta. Los procedimientos legales de las naciones civilizadas se basan en gran medida en los métodos establecidos de la Iglesia. Pero en ninguna otra parte hallamos la misma severa regularidad y estricta disciplina que se practica en esos exámenes. En todas las fases se observa un máximo de diligencia y precisión y, mirando el asunto desde un punto de vista puramente humano, es preciso admitir que, si existe alguna institución, algún método de investigación conocido que sea capaz de alcanzar el pleno conocimiento de la verdad, entonces el procedimiento sereno y reflexivo de la Iglesia es el que con mayor derecho puede aspirar a tal distinción. El gran objetivo de todas las investigaciones, desde el principio hasta el fin, es excluir toda posibilidad de error o engaño y asegurar que la verdad reluzca en todo su esplendor. (6)

El proceso de canonización sufrió un nuevo cambio en la década de 1980. Algunas formalidades jurídicas continuaron siendo las mismas, pero la dinámica subyacente sufrió un cambio de orientación. Lo que sigue es una descripción del sistema de canonización, con toda su circunspección, tal como existía aún en fecha tan reciente como 1982:

Durante el antiguo régimen canónico, al igual que en el curso del nuevo, el sistema apuntaba a hallar respuestas a los siguientes interrogantes generales: ¿Goza el candidato de la reputación de haber muerto como mártir o de haber practicado las virtudes cristianas en grado heroico? Como prueba de tal reputación, ¿invoca la gente la intercesión del candidato ante Dios al rezar por favores divinos? ¿Qué mensaje o ejemplo particular aportaría a la Iglesia la canonización del candidato? ¿Está la reputación de martirio o de virtudes extraordinarias del candidata basada en hechos? Por el contrario, ¿hay algo en la vida o en los escritos del candidato que presente un obstáculo para su canonización? Específicamente, ¿ha escrito, enseñado o defendido opiniones heterodoxas o contrarias a la fe o a la moral católicas? ¿Hay entre los signos divinos atribuidos a la intercesión del candidato algunos que sean inexplicables para la razón humana y que constituyan, por tanto, potenciales milagros? ¿Hay alguna razón pastoral por la que el candidato no debiera ser beatificado en este momento? ¿Después de la beatificación del candidato, se han producido gracias a su intercesión otros milagros que pudieran ser interpretados como señales divinas de que el beato es digno de canonización? ¿Hay alguna razón pastoral por la que el beato no debiera ser canonizado, o no en el momento presente?

En la práctica, el proceso de canonización involucra una gran variedad de procedimientos, destrezas y participantes: promoción, financiación y publicidad por parte de quienes consideran santo al candidato; tribunales de investigación de parte del obispo o de los obispos locales; procedimientos administrativos por parte de los funcionarios de la congregación; estudios y análisis por asesores expertos; disputas entre el promotor de la fe (el "abogado del diablo") y el abogado de la causa; consultas con los cardenales de la congregación. Pero, en todo momento, únicamente las decisiones del papa tienen fuerza de obligación; él sólo posee el poder de declarar a un candidato merecedor de beatificación o canonización. Bajo el antiguo sistema jurídico, una causa de éxito pasaba por las siguientes fases típicas:


1) Fase prejurídica.

Hasta 1917, el derecho canónico exigía que pasaran por lo menos cincuenta años desde la muerte del candidato antes de que sus virtudes o martirio pudieran discutirse formalmente en Roma. Se trataba así de asegurar que la reputación de santidad de que gozaba un candidato era duradera y no meramente una fase de celebridad pasajera. Incluso ahora, suprimida la regla de los cincuenta años, se exhorta a los obispos a distinguir con sumo cuidado entre una auténtica reputación de santidad, manifiesta en oraciones y otros actos devotos ofrecidos al difunto, y una reputación estimulada por los medios de comunicación y la "opinión pública" (Esa cautela frente a la prensa no es precisamente nueva: la primera advertencia, por parte de la congregación de no tomarse demasiado en serio las reputaciones divulgadas por los medios de comunicación data de 1878. (7) Durante esa fase se permiten, sin embargo, una serie de actividades extraoficiales. Primero, un individuo o un grupo reconocido por la Iglesia puede anticiparse al proceso con la organización de una campaña de apoyo económico y espiritual al candidato potencial. En la práctica, esos "impulsores" de una causa suelen ser miembros de alguna orden religiosa, dado que sólo ellos tienen los recursos y los conocimientos necesarios para llevar el proceso hasta el final. Normalmente se forma una hermandad, se hacen colectas de dinero, se solicitan informaciones sobre favores divinos, se publica un boletín, se imprimen tarjetas de oraciones y, con no poca frecuencia, se publica una biografía piadosa. Ésa es, en efecto, una fase de promoción, encaminada a alentar la devoción privada y a convencer al obispo o al juez eclesiástico responsable de la diócesis, en donde murió el candidato, de la existencia de una genuina y persistente reputación de santidad. Por último, los iniciadores se convierten en "el solicitante" del proceso cuando piden formalmente al obispo la apertura de un proceso oficial.


2) Fase informativa.

Si el obispo local decide que el candidato posee los méritos suficientes, inicia el Proceso Ordinario. El propósito de ese proceso es suministrar a la congregación los materiales suficientes para que sus funcionarios puedan determinar si el candidato merece un proceso formal. A tal fin, el obispo convoca un tribunal o corte de investigación. Los jueces citan a testigos que declaren tanto a favor como en contra del candidato, que de ahí en adelante es llamado "el siervo de Dios". En caso de ser necesario, las sesiones se celebran en cualquier sitio en donde haya vivido el siervo de Dios El fin de ese procedimiento de investigación es doble: primero, establecer si el candidato goza de una sólida reputación de santidad y, segundo, reunir los testimonios preliminares aptos para comprobar si tal reputación se halla corroborada por los hechos. El testimonio original es transcrito por acta notarial, sellada y conservada en el archivo de la diócesis. Unas copias selladas (hasta 1982 se necesitaba todavía un permiso especial de la congregación para presentar copias mecanografiadas en lugar de copias escritas a mano) se remiten a Roma por un mensajero especial del Vaticano. El obispo local debe confirmar que el siervo de Dios no es objeto de culto público; esto es, hay que comprobar que el candidato no se ha convertido, con el paso del tiempo, en objeto de veneración pública. Esa exigencia, formal, pero necesaria, se remonta a las reformas del papa Urbano VIII, que prohibió, como hemos visto, el culto de los santos no oficialmente canonizados por el papa.


3) Juicio de ortodoxia.

Es un proceso concomitante, el obispo nombra unos funcionarios encargados de recoger los escritos publicados del candidato; al final, se reúnen también cartas y otros escritos inéditos. Los documentos se envían a Roma, donde en el pasado eran examinados por censores teológicos, que rastreaban eventuales enseñanzas u opiniones heterodoxas; hoy, los censores no intervienen ya, pero los exámenes continúan realizándose. Obviamente, cuanto más haya escrito el candidato, cuanto más osado haya sido su intelecto en materia de fe, con tanto más rigor serán escudriñadas sus obras. Como regla general, los disidentes de la enseñanza oficial de la Iglesia son rechazados sin más rodeos. Aunque la congregación no cuenta con ninguna estadística sobre los motivos de rechazos de las causas, los que trabajan allí confirman que el hecho de no haber superado ese examen de pureza doctrinaria es la razón más frecuente por la que ciertas causas han sido canceladas o suspendidas indefinidamente. Los promotores de una causa bloqueada tienen, sin embargo, una oportunidad de refutar los cargos de heterodoxia imputados a su candidato, en caso de que haya algún malentendido. Desde 1940, los candidatos deben superar otro examen adicional. A título de revisión preventiva, todos los siervos de Dios deben recibir de Roma el nihil obstat, la declaración de que no hay "nada reprochable" acerca de ellos en las actas del Vaticano. En la práctica, con ello se alude a las actas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encargada de la defensa de la fe y la moral, o de otra cualquiera de las nueve congregaciones (la Congregación para los Obispos, para el Clero, etc.) que pueda tener motivos para contar con datos acerca del candidato. La razón de ese procedimiento reside en la posibilidad de que una o varias congregaciones puedan hallarse en posesión de informaciones privilegiadas relativas a los escritos o a la conducta moral del candidato, que acaso pudieran influir sobre el seguimiento de la causa. Raras veces se encuentra algo objetable; desde 1979, por ejemplo, sólo hubo una causa que no obtuvo el nihil obstat.


4) La fase romana.

Es aquí donde empieza la verdadera deliberación. En cuanto los informes del obispo local llegan a la congregación, se asigna la responsabilidad de la causa a un postulador residente en Roma. Hay unos doscientos veintiocho postuladores adscritos a la congregación; la mayoría de ellos, sacerdotes pertenecientes a órdenes religiosas. La tarea del postulador consiste en representar a los solicitantes de la causa; es el solicitante quien le paga, a menos que se trate de un caso de caridad. El solicitante paga también los servicios de un abogado defensor, elegido por el postulador entre una docena aproximada de juristas canónicos, clérigos y legos, especializados y en posesión de un permiso de la Santa Sede para ocuparse de las causas de los santos. A partir de los materiales suministrados por el obispo local, el abogado prepara un resumen, encaminado a demostrar a los jueces de la congregación que la causa debe ser iniciada oficialmente. En el resumen, el abogado arguye que existe una verdadera reputación de santidad y que la causa ofrece pruebas suficientes para justificar un examen más detenido de las virtudes o del martirio del siervo de Dios. A continuación, se entabla una dialéctica escrita en la que el promotor de la fe, o "abogado del diablo", propone objeciones al resumen del abogado defensor y éste replica. Ese intercambio suele repetirse varias veces y, a menudo, transcurren años o incluso décadas antes de que todas las diferencias entre el abogado de la causa y el promotor de la fe hayan quedado satisfactoriamente resueltas. Finalmente, se prepara un volumen impreso, llamado positio, que contiene todo el material desarrollado hasta el momento, incluidos los argumentos del promotor de la fe y del abogado.

La positio la estudian los cardenales y los prelados oficiales (el prefecto, el secretario, el subsecretario y, si es necesario, el jefe de la sección histórica) de la congregación, que pronuncian su sentencia en una reunión formal celebrada en el Palacio Apostólico. Como en el veredicto de un jurado de instrucción, un juicio positivo implica que hay buenas razones para iniciar el proceso (processus). Una vez aceptado el veredicto por la congregación, se le notifica al papa, quien emite un decreto de introducción, salvo que tenga a su vez razones para denegarlo. La manera en que lo hace es significativa. Se supone que, si la causa ha resistido al examen hasta ese punto, cuenta con buenas posibilidades de éxito; pero, aún así, muchas fracasan. En consecuencia, para subrayar el hecho de que en esa fase la causa ha recibido únicamente la aprobación administrativa del papa, éste no firma el decreto con su nombre pontificio, por ejemplo, papa Juan Pablo II, sino que emplea solamente su nombre de pila: Placet Carolos ("Karon acepta"). Una vez se ha instruido la causa, pasa a la jurisdicción de la Santa Sede; se la llama entonces un "proceso apostólico". El promotor de la fe o sus asistentes elaboran otra serie de preguntas, destinadas a obtener informaciones específicas sobre las virtudes o el martirio del siervo de Dios. Esas preguntas se remiten a la diócesis local, donde un nuevo tribunal, esta vez integrado por jueces delegados de la Santa Sede, vuelve a interrogar a los testigos aún vivos. Los jueces tienen también la posibilidad de requerir declaraciones de testigos nuevos y, en caso de necesidad, éstos pueden incluso ser trasladados a Roma para contestar a las preguntas.

De hecho, el proceso apostólico es una versión más estricta del proceso ordinario. Su objetivo es demostrar que la reputación de santidad o de martirio del candidato está basada en hechos reales. Cuando los testimonios están completos, la documentación se envía a la congregación, donde se traduce el material una de las lenguas oficiales. Hasta este siglo, sólo había una lengua oficial, el latín. Gradualmente se añadieron el italiano, el español, el francés y el inglés, conforme al creciente número de causas provenientes de países en donde se hablan dichas lenguas. Después, los documentos los examinan el subsecretario y su equipo, para comprobar que todas las formalidades y los protocolos jurídicos han sido observados con precisión. Al concluir este proceso, la Santa Sede emite un decreto sobre a validez del mismo, con lo que garantiza su uso legítimo. Como siguiente paso, el postulador y su abogado preparan otro documento, llamado informativo, que resume de manera sistemática los argumentos a favor de la virtud o del martirio. A ese documento se agrega un sumario de las declaraciones de los testigos, especificadas con relación a los argumentos que se trata de demostrar. Tras estudiarlo, el promotor de la fe hace sus objeciones a la causa y el abogado le contesta con la ayuda del postulador. Ese intercambio de argumentos se imprime, y la entera colección de documentos se somete al estudio y al juicio de los funcionarios de la congregación y al de sus asesores teológicos. Las dificultades y reservas resultantes de esa reunión son recogidas como nuevas objeciones del promotor de la fe y, por segunda vez, le responde el abogado defensor.

Este intercambio forma la base de una segunda reunión y de un segundo juicio, que incluye esta vez a los cardenales de la congregación. El mismo proceso se repite después por tercera vez, pero en presencia del papa. Si se dictamina que el siervo de Dios practicó las virtudes cristianas en grado heroico o que murió como mártir, se le otorga entonces el título de "venerable".


5) La sección histórica.

En 1930, el papa Pío XI instituyó una sección histórica, especializada en causas antiguas y en ciertos problemas que el proceso puramente jurídico no era capaz de resolver. En primer lugar, las causas para las cuales no quedan ya testigos presenciales vivos se asignan a esa sección para su examen histórico; las decisiones sobre la virtud o el martirio se toman en esos casos mayormente a partir de pruebas históricas. En segundo lugar, muchas otras causas se remiten a la sección histórica cuando algún punto controvertido requiere un examen de archivos u otra clase de investigación histórica. En tercer lugar, los miembros de la sección histórica investigan, en muy raras ocasiones, las llamadas causas antiguas para verificar la existencia, origen y continuidad del culto a ciertos personajes considerados santos, la mayoría de los cuales vivieron mucho antes de que se instituyera la canonización pontificia. Tales personajes pueden recibir, a discreción del papa, un decreto de beatificación o de canonización "equivalentes".

El Index ac Status Causarum (edición de 1988) contiene trescientos sesenta y nueve nombres cuyos cultos han sido confirmados. Entre los más recientes que recibieron la canonización equivalente, se halla Inés de Bohemia, declarada santa por el papa Juan Pablo II el 12 de noviembre de 1989, a los setecientos siete años de su muerte.


6) Examen del cadáver.

A veces se exhuma, previamente a la beatificación, el cadáver del candidato para su identificación por el obispo local. Si se descubre que el cadáver no es el del siervo de Dios, la causa continúa, pero deben cesar las oraciones y otras muestras privadas de devoción ante la tumba.

El examen se realiza únicamente para fines de identificación, aunque, si resulta que el cuerpo no se ha corrompido, tal descubrimiento puede aumentar el interés y el apoyo que recibe la causa. Cuando se enterró, por ejemplo, en 1860 al obispo John Newmann, el cadáver no fue embalsamado. Un mes después, se abrió subrepticiamente la tumba y se halló el cuerpo aún intacto, y la noticia se difundió por toda Filadelfia. Su sepulcro se convirtió en una especie de santuario, las oraciones dirigidas a él se multiplicaron, y de esa manera, se divulgó la reputación de su santidad. A diferencia de algunas otras Iglesias cristianas, ante todo la Rusa ortodoxa, la Iglesia católica romana no considera un cuerpo incorrupto como señal inequívoca de santidad.

Sin embargo, durante siglos se ha venido creyendo que los cadáveres de los santos despiden un aroma dulce - el llamado "olor de santidad" - y la incorrupción se toma por indicio de favor divino. Esa tradición continúa influyendo en los creyentes, aunque no en los funcionarios de la congregación.

Hay por ejemplo, el caso de Pier Giorgio Frassati, un joven de Turín que murió de poliomelitis en 1925, a la edad de sólo veinticuatro años. Era graduado universitario, excelente esquiador y montañista y, como hijo del fundador de La Stampa, uno de los periódicos más poderosos de Italia, tenía dinero. Su reputación de santo se basaba en la caridad: Pier Giorgio decidió dar calladamente su dinero a los pobres. Lo que hizo su causa todavía más intrigante eran los rumores que comenzaron a circular después de su muerte, divulgados principalmente por fascitas hostiles a la reputación antifascista de la familia Frassati. Algunos afirmaban que el joven Pier Giorgio había mantenido relaciones ilícitas con una mujer; otros decían que fue enterrado vivo. Las habladurías eran tan persistentes que la causa quedó suspendida durante varias décadas. Pero cuando se realizó finalmente la autopsia - por motivos médicos, se dijo - su rostro, asombrosamente bien conservado, apareció en perfecta serenidad. Incluso los ojos estaban, según los observadores, intactos, claros y luminosos. Poco después, la causa se reactivó y Frassati fue finalmente beatificado el 20 de mayo de 1990.


7) Procesos de milagros.

Todo el trabajo realizado hasta este punto es, a los ojos de la Iglesia, el producto de la investigación y del juicio humanos, rigurosos pero no obstante, falibles. Lo que hace falta para la beatificación y la canonización son señales divinas que confirmen el juicio de la Iglesia respecto a la virtud o el martirio del siervo de Dios. La Iglesia toma por tal señal divina un milagro obrado por intercesión del candidato. Pero el proceso por el cual se comprueban los milagros es tan rigurosamente jurídico como las investigaciones sobre el martirio y las virtudes heroicas. El proceso de milagros debe establecer:

a) que Dios ha realizado verdadera un milagro - casi siempre la curación de una enfermedad - y

b) que el milagro se obró por intercesión del siervo de Dios.

De manera semejante al proceso ordinario, el obispo de la diócesis, en donde ocurrió el milagro alegado, reúne las pruebas y toma acta notarial de los testimonios; si los datos lo justifican, envía dichos materiales a Roma, donde se imprimen como positio. En la congregación se celebran varias reuniones para discutir, refutar y defender las pruebas; a menudo, se busca información adicional. Esta vez, el caso lo estudia un equipo de médicos especialistas, cuya tarea consiste en determinar que la curación no ha podido producirse por medios naturales. Una vez emitido el juicio correspondiente, se traspasa la documentación a un equipo de asesores teológicos para que decidan si el milagro alegado se realizó efectivamente mediante oraciones al siervo de Dios y no, por ejemplo, mediante oraciones simultáneas dirigidas a otro santo ya establecido. Al final, los dictámenes de los asesores circulan a través de la congregación y, en caso de decisión favorable de los cardenales, el papa certifica la aceptación del milagro mediante un decreto formal.

El número de milagros requeridos para la beatificación y la canonización ha disminuido con el transcurso de los años. Hasta hace poco, la regla eran dos milagros para la beatificación y otros dos, obrados después de la beatificación, para la canonización, si la causa se basaba en la virtud. En el caso de los mártires, los últimos papas han eximido generalmente las causas de la obligación de comprobar milagros para la beatificación, considerando que el último sacrificio es de por sí suficiente para merecer el título de beato. A los no mártires se les sigue exigiendo, sin embargo, dos milagros para la canonización. Evidentemente, el proceso debe repetirse para cada milagro.


8) Beatificación.

Previamente a la beatificación, se celebra una reunión general de los cardenales de la congregación con el papa, a fin de decidir si es posible iniciar sin riesgo la beatificación del siervo de Dios. La reunión guarda una forma altamente ceremoniosa, pero su objetivo es real. En los casos de personajes controvertidos, tales como ciertos papas o mártires que murieron a manos de Gobiernos que aún siguen en el poder, el papa puede efectivamente decidir que, pese a los méritos del siervo de Dios, la beatificación es, por el momento, "inoportuna". Si el dictamen es positivo, el papa emite un decreto a tal efecto y se fija un día para la ceremonia.

Durante la ceremonia de beatificación se promulga un auto apostólico, en el cual el papa declara que el siervo de Dios debe ser venerado como uno de los beatos de la Iglesia. Tal veneración se limita, sin embargo, a una diócesis local, a una región delimitada, a un país o a los miembros de una determinada orden religiosa. A ese propósito, la Santa Sede autoriza una oración especial para el beato y una misa en su honor. Al llegar a este punto, el candidato ha superado ya la parte más difícil del camino hacia la canonización. Pero la última meta le queda aún por alcanzar. El papa simboliza ese hecho al no oficiar personalmente en la solemne misa pontificia con que concluye la ceremonia de beatificación, sino que, después de la misa, se dirige a la basílica para venerar al recién beatificado.


9) Canonización.

Después de la beatificación, la causa queda parada hasta que se presenten - si es que se presentan - adicionales señales divinas, en cuyo caso todo el proceso de milagros se repite. Las fichas activas de la congregación contienen a varios centenares de beatos, algunos de ellos muertos hace siglos, a quienes les faltan los milagros finales, posbeatificatorios, que la Iglesia exige como signos necesarios de que Dios sigue obrando a través de la intercesión del candidato.

Cuando el último milagro exigido ha sido examinado y aceptado, el papa emite una bula de canonización en la que declara que el candidato debe ser venerado (ya no se trata de un mero permiso) como santo por toda la Iglesia universal. Esta vez el papa preside personalmente la solemne ceremonia en la basílica de San Pedro, expresando con ello que la declaración de santidad se halla respaldada por la plena autoridad del pontificado.

En dicha declaración, el papa resume la vida del santo y explica brevemente qué ejemplo y qué mensaje aporta aquél a la Iglesia.

Éste es, en esencia, el proceso por el cual la Iglesia católica romana ha canonizado durante los últimos cuatro siglos. Los nuevos procedimientos Actualmente se mantiene el aspecto jurídico del viejo sistema - esencialmente, la celebración de tribunales locales ante los que declaran los testigos -, pero se aspira a comprender y valorar la forma específica de santidad del candidato en su contexto histórico preciso.

A grandes rasgos, funciona como sigue:

La investigación y la recogida de pruebas están ahora bajo la autoridad del obispo local. Antes de iniciar una causa, éste debe consultar, sin embargo, a los otros obispos de la región para decidir si tiene sentido pedir la canonización del candidato; obviamente, en la moderna era de las comunicaciones instantáneas, un santo cuya reputación de santidad no trasciende los confines del vecindario es difícil de justificar. Luego, el obispo designa a los funcionarios necesarios para investigar la vida, las virtudes y/o el martirio del candidato. Una parte de la investigación incluye todavía las declaraciones de testigos oculares; pero lo que más importa es que la vida y el trasfondo histórico del candidato sean rigurosamente investigados por expertos entrenados en los métodos histórico-críticos. Se reúnen los escritos publicados e inéditos del candidato o relacionados con él, y unos censores locales los evalúan para comprobar la ortodoxia del candidato.

En otras palabras, esa decisión ya no se toma en Roma. Aún así, el candidato debe pasar todavía una prueba de control de las congregaciones vaticanas interesadas y recibir el nihil obstat de la Santa Sede. Si el obispo queda satisfecho con los resultados de la investigación, envía los materiales a Roma. El objetivo principal de la congregación es facilitar la confección de una positio convincente. Una vez aceptada la causa, la congregación designa un postulador y un relator. A partir de ahí, corre a cargo del relator supervisar la redacción de la positio. Ésta debe contener todo lo que los asesores y prelados de la congregación necesitan para juzgar la aptitud del siervo de Dios para la beatificación y la canonización. Debe contener, pues, un nuevo tipo de biografía, una que describa y defina sinceramente la vida y las virtudes o el martirio del candidato, teniendo en cuenta también todas las pruebas contrarias. Después, el relator elige a un colaborador para que redacte la positio.

En el caso ideal, ese colaborador es un erudito originario de la misma diócesis o, cuando menos, del mismo país del candidato, e instruido tanto en teología como en el método histórico-crítico. En los casos más complejos, el relator puede recurrir a colaboradores adicionales, incluidos los seglares especialistas en la historia del período o del país particular en que vivió el candidato. Una vez terminada la positio, ésta es estudiada por los expertos. Si es necesario, pasa antes por los asesores históricos. Luego, la examina un equipo de ocho teólogos elegidos por el prelado teólogo; si seis o más de ellos la aprueban, va a la junta de cardenales y obispos para que emitan su juicio. Si éstos la aprueban, la causa pasa al papa para que tome su decisión. Los relatores no tienen nada que ver con los procesos de milagros, que se juzgan de la misma manera que antes. La diferencia reside en que, desde la reforma, el número de milagros requeridos reside en que, el número de milagros requeridos ha sido reducido a la mitad: uno para la beatificación de los no mártires, ninguno para los mártires. Después de la beatificación, tanto mártires como no mártires sólo necesitan un milagro para obtener la canonización. Vista en perspectiva histórica, la reforma representa una nueva fase de la evolución del proceso de canonización.

En rigor, la congregación se ocupa ahora en primer lugar de la beatificación, no de la canonización; es decir, la congregación es esencialmente un mecanismo dedicado a estudiar la vida, las virtudes y el martirio de los candidatos propuestos por los obispos locales. Incluso a los mártires se los examina ahora en cuanto a sus virtudes, con el fin de comprobar si sus vidas encierran algún mensaje valioso para la Iglesia.

Aunque la canonización sigue siendo el objetivo de toda causa, se trata, funcionalmente hablando, de un ejercicio auxiliar y a plazo indefinido, consistente en comprobar un milagro de intercesión que no agrega nada a la importancia del beato o la beata ni al significado que tiene para la Iglesia, si bien es la manifestación de Dios de Su deseo de que sea venerado por toda la cristiandad.

Este dossier pretende dar una visión sumamente genérica del tema referido. Hay infinidad de matices, procesos históricos y dilemas resueltos y por resolver que, desgraciadamente, son imposibles de explayar en un trabajo de estas proporciones. Sin embargo, tenemos la esperanza de dejar al lector con una mayor cultura respecto a un tema que, como escribía en 1985 el autor de un estudio popular sobre el Vaticano: "El misterio de la santidad y el proceso canónico, con todas sus dimensiones espirituales de intercesión divina, reliquias y milagros, es probablemente el mayor enigma de la Iglesia, después de la Misa misma". (8)