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domingo, 11 de diciembre de 2011

Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre


Eclesiastés 


“Todo es vanidad” ¿En qué sentido?

           Actividades terrenales y cosas materiales no producen la felicidad genuina, duradera.

          Afirma que uno puede disfrutar de todo placer mental, físico y social, con riquezas, fama y honor sin realizar el propósito de la vida.

          Enseña que la ausencia de Dios de la vida promueve toda clase de infelicidad.

12:13, “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.  14  Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.”

Quiere que veamos a Dios como la regla suprema por la cual todo aspecto de la vida debe ser medido.

1:1, “Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén”.  Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén = Salomón. Voz de la experiencia.

1:3-11, ¿Qué significa la vida terrenal? Todo sigue igual, lo que fue es lo que será, nada hay nuevo debajo del sol. ¿Qué significa?1:13, “Y di mi corazón a inquirir y a buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo”

1:2, “Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.”   Vanidad – si sólo vivimos para el placer y las cosas materiales de este mundo. Es “correr tras el viento” (1:14,  Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.” “Correr tras el viento”, LBLA).

1:3, “¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?” 3:9, “¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?”

       ¿Qué provecho … debajo del sol = este mundo, esta vida terrenal. Expresión clave en este libro.

5:15, “  Como salió del vientre de su madre, desnudo, así vuelve, yéndose tal como vino; y nada tiene de su trabajo para llevar en su mano.”

 No trajo nada al mundo, no saca nada del mundo cuando muere – no hubo provecho (“ganancia”).

2:1-10. La búsqueda: ciencia, obras, filosofía, placer, bebida, riquezas (casas ornatas, posesiones), música, diversiones, mujeres, poder.

5:10, “  El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad.”

      El que ama el dinero, no se saciará de dinero .. ¿Placer? no se saciará de placer .. Atleta que gana tiene que ganar otra vez .. Así toda búsqueda ..

1:14, “Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.”

      Como FIN EN SÍ todo esto es vanidad -- hueco, lo que no satisface, sino que les deja decepcionados y frustrados.

2:14-23, La vida está llena de injusticias -- por ej., en el trabajo; aun peligro, 10:9, “Quien corta piedras, se hiere con ellas; el que parte leña, en ello peligra.”

. También, riquezas dejadas a otros, 2:18, “Asimismo aborrecí todo mi trabajo que había hecho debajo del sol, el cual tendré que dejar a otro que vendrá después de mí.  19  Y ¿quién sabe si será sabio o necio el que se enseñoreará de todo mi trabajo en que yo me afané y en que ocupé debajo del sol mi sabiduría? Esto también es vanidad.  20  Volvió, por tanto, a desesperanzarse mi corazón acerca de todo el trabajo en que me afané”

3:19-20, “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad.  20  Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo.  21  ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?”

. El mismo destino (la muerte) espera a sabios, necios, y bestias. Texto favorito de los “testigos”, “adventistas”.

3:17, “Y dije yo en mi corazón: Al justo y al impío juzgará Dios; porque allí hay un tiempo para todo lo que se quiere y para todo lo que se hace”.

12:14, “Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.”

      PERO Dios no juzgará las bestias, pero al hombre sí. 3:21, esta pregunta acerca del espíritu contestada en 12:7, que el cuerpo vuelve al polvo del cual fue tomado, pero el espíritu vuelve a Dios quien lo dio.

9:5,6, “Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido.  6  También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol.”

      Los muertos nada saben – debajo del sol (tampoco tienen más paga). Testigos esperan “paga”= vida eterna aquí en la tierra.

9:5 memoria puesta en olvido – son olvidados -- no hay más memoria de ellos.

9:14, “una pequeña ciudad, y pocos hombres en ella; y viene contra ella un gran rey, y la asedia y levanta contra ella grandes baluartes;  15  y se halla en ella un hombre pobre, sabio, el cual libra a la ciudad con su sabiduría; y nadie se acordaba de aquel hombre pobre.” El pobre hombre sabio olvidado.

Propósito de la vida: Servir a Dios,

5:1, “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal.  2  No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.  3  Porque de la mucha ocupación viene el sueño, y de la multitud de las palabras la voz del necio.  4  Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes.  5  Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.  6  No dejes que tu boca te haga pecar”

-- guarda tu pie y tu boca; 5:4-7 guardar votos; 12:1,13,14 ser guiados por Dios, su voluntad (sus mandamientos).

Gozar de su trabajo, de su familia, de la vida,

2:24, “No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios.”

3:12, “Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida;  13  y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor.”

5:18, “He aquí, pues, el bien que yo he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado; porque esta es su parte.  19  Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios.”

9:9, “Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol, todos los días de tu vanidad; porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol.”

. Muchos (mayormente los ricos) no lo hacen.

5:11, “Cuando aumentan los bienes, también aumentan los que los consumen. ¿Qué bien, pues, tendrá su dueño, sino verlos con sus ojos?  12  Dulce es el sueño del trabajador, coma mucho, coma poco; pero al rico no le deja dormir la abundancia.  13  Hay un mal doloroso que he visto debajo del sol: las riquezas guardadas por sus dueños para su mal”
          Pero trabajo, dinero, placer, familia no son el TODO de la vida. Gozar de todo recordando que dará cuenta a Dios. 11:9, “sabe .. te juzgará Dios”

Conclusión: 12:13, El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre

pronto llegará el Señor que domina los pueblos, y será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros[4]. Y así es: el Señor viene para reducir a la impotencia la obra del mal y todo lo que todavía puede mantenernos alejados de Dios, para devolvernos al antiguo esplendor y a la primitiva paternidad


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos entrado en el Adviento, que nos trae una llamada a renovar nuestra esperanza: no una esperanza efímera, pasajera, sino una confianza segura, porque proviene de Dios. Esta expectativa gozosa, tan característica de las semanas que preceden a la Navidad, es la actitud fundamental del cristiano que desea vivir con fruto el renovado encuentro con Aquel que viene a poner su morada entre nosotros: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre[1].

El domingo pasado, en la primera lectura de la Misa, leíamos unas palabras de Isaías, dolido ante la situación del pueblo elegido. Aquellos hombres y mujeres habían endurecido sus corazones y se habían apartado de Dios, y el profeta se dirige al Señor pidiéndole que los convierta: vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus de tu heredad (...). Ojalá rasgaras los cielos y bajases. Ante ti se estremecerían las montañas[2]. Este clamor, de una forma u otra, resuena con frecuencia a lo largo de estas semanas; y también nosotros, atentos a la voz de la Iglesia, repetimos con sinceridad: veni, Domine, et noli tardare. Relaxa facinora plebi tuæ[3]; ven, Señor, y no tardes; desata las duras cargas que pesan sobre tu pueblo. La liturgia nos asegura: pronto llegará el Señor que domina los pueblos, y será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros[4]. Y así es: el Señor viene para reducir a la impotencia la obra del mal y todo lo que todavía puede mantenernos alejados de Dios, para devolvernos al antiguo esplendor y a la primitiva paternidad[5].

¿Cuántas veces hemos invocado ya, con el corazón o con los labios: veni, Domine Iesu[6]? Paladeemos esa frase de la Escritura, que la liturgia aplica a la expectación del nacimiento de Cristo: destilad, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al justo; que la tierra se abra y haga germinar al Salvador[7]. El firmamento se rasgó hace veinte siglos para la llegada del Redentor al mundo, y constantemente sucede cada día, cuando Jesús se nos acerca con su presencia sacramental en la Sagrada Eucaristía. A cada una, a cada uno, corresponde, por tanto, abrir el corazón de par en par, para que se empape de ese rocío divino que quiere volvernos eficaces. Por eso, la mejor manera de prepararnos para la venida espiritual de Jesucristo en la Navidad próxima, consiste en disponer bien nuestras almas y nuestros cuerpos para recibirle con nuevo fervor cada día en la Sagrada Comunión. ¿Cómo vas desgranando estas jornadas? ¿Cómo deseas que la humanidad acoja al Señor? ¿Aprovechas las luces y los adornos callejeros, para pedir que Dios tenga la respuesta que se merece de sus criaturas?

Nuestro Padre nos impulsaba a aprovechar estas semanas para construir con el corazón un Belén para nuestro Dios. ¿Os acordáis de cuando erais pequeños? ¡Con qué ilusión sabíamos preparar el Nacimiento, con sus montañas de corcho, sus casas minúsculas, y todas esas figurillas alrededor del pesebre donde Dios quiso nacer![8]. Y se detenía en una consideración que se puede aplicar a todos los fieles: sé bien que, cuanto más tiempo pasa, por aquello de que el Opus Dei es para cristianos adultos que por amor de Dios se saben hacer niños, mis hijas y mis hijos van siendo cada día más pequeños. Con mayor ilusión, pues, que en nuestros años de infancia, habremos preparado el portal de Belén en la intimidad de nuestra alma[9].

Al meditar en el acontecimiento extraordinario que conmemoramos, el Papa invita a pensar que el cumplimiento de la palabra que da comienzo en la noche de Belén es, a la vez, inmensamente más grande y —desde el punto de vista del mundo— más humilde que lo que la palabra profética permitía intuir[10]. Isaías y todos los profetas sólo atisbaron lo que sucedería en la Navidad. El cumplimiento de aquella palabra guarda una fuerza más grande, inconmensurable, porque, con la encarnación y el nacimiento del Verbo, ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre. Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos: ha "descendido" realmente, ha entrado en el mundo, haciéndose uno de nosotros para atraernos a todos a sí[11]. Por otra parte, todo se ha desarrollado con la más profunda humildad: ese Dios sapientísimo, todopoderoso y eterno, se nos ofrece como niño recién nacido, inerme, necesitado de unos brazos humanos que le den abrigo y de unos corazones que le amen de verdad. Como María y José en la noche de Belén, así hemos de comportarnos nosotros en el silencio de la oración, de nuestra presencia de Dios en la jornada y al recibirle sacramentalmente en la Eucaristía. El mismo hecho de poner el belén en nuestros hogares expresa nuestra espera, que Dios se acerca a nosotros (...), pero también es expresión de la acción de gracias a Aquel que ha decidido compartir nuestra condición humana en la pobreza y en la sencillez[12].

Estamos también preparando la fiesta de la Inmaculada, ya inminente. Nuestro corazón de hijos se llena de gozo especialmente en esta solemnidad, porque en la Virgen Santísima vemos reflejadas la grandeza y la humildad con que su Hijo bajó a la tierra. Grandeza de María, la Purísima, la Toda Santa, la criatura más excelsa. Tan grande es su dignidad, que el pueblo cristiano la aclama diciendo: ¡más que Tú, sólo Dios! Y humildad suma de la Virgen nazarena, pues habiendo sido elegida desde la eternidad para ser Madre de Dios, se considera y se llama a sí misma esclava del Señor. ¡Cuántas lecciones, hijas e hijos míos, hemos de aprender con continuidad de nuestra Madre, y concretamente ahora, en los días que preceden a su fiesta! Pidámosle que no las olvidemos, que las pongamos en práctica.

Me viene a la memoria que, justamente en estos días de 1931 —han transcurrido ochenta años—, san Josemaría redactó unas consideraciones sobre los misterios del Rosario, que desde entonces han ayudado a innumerables personas a meterse por caminos de contemplación. Os sugiero que, en estas fechas, os esforcéis por cumplir con más pausa y atención esta devoción mariana. En una ocasión, respondiendo a una pregunta, nuestro Padre explicaba: el Rosario es una oración muy grata a María Santísima, que está enraizada en la vida de los católicos desde hace muchos siglos. A la vez, es una meditación de los misterios de la vida del Señor y de su Madre. Por lo tanto, lo recomiendo con todo mi corazón, también como una oración que puede hacerse en familia, aunque no debéis obligar a vuestros hijos pequeños a rezarlo (...). Si quieren venir con los demás, que vengan; si no, dejadlos estar, que ya vendrán. Tiene que ser algo voluntario[13].

Por su gran respeto a la libertad de las almas, nuestro Fundador añadía que en esto —como en todas las prácticas de piedad— cada uno debe seguir su propio camino. Y agregaba: he aconsejado un modo de rezarlo, pero a nadie le digo que ésta ha de ser necesariamente su manera concreta de hacerlo, porque puede haber otras mil formas diversas. Las almas, aunque son similares, tienen cada una su propio camino. Sigue el que quieras, en el rezo del Rosario y en todo lo demás. Procura, si te interesa, meditar un poquito las oraciones que componen el Rosario, y que han sido puestas por la Iglesia. Reza tranquilamente los Padrenuestros y las Avemarías. Si te distraes, vuelve como puedas. Y si te has distraído todo el tiempo, lo has rezado también: has estado haciendo una gran serenata en honor de la Madre de Dios[14].

Durante el Adviento, se nos vuelven presentes, con viveza, los misterios gozosos del Rosario; sobre todo en la última semana, cuando la liturgia intensifica la preparación inmediata para la Navidad. Esmerémonos en contemplarlos con especial empeño. Para ayudarme y ayudaros, os transcribo uno de los comentarios de nuestro Padre a estas escenas.

Recordad los misterios gozosos: nos admiramos de aquella humildad de Jesús, que semetipsum exinanivit formam servi accipiens: que se anonadó a Sí mismo tomando forma de siervo, tomando carne como la nuestra. Sin el pecado, pero igual a la nuestra. Humildad que le hace estar, como los demás, el tiempo necesario en el seno de la Madre.

Contemplamos a la Madre, que se humilla y va por las montañas de Judea a ver a su prima, Santa Isabel. Contemplamos..., y nos conmueve, aquella escena encantadora donde se compone el Magnificat.

Luego nace Jesús: como nosotros, sólo que con mayor pobreza: fuera de su casa, en un rincón. Non erat eis locus in diversorio: no hubo para ellos lugar en la posada. Siendo de la estirpe real de David, el Señor quiso nacer pobre y vivir pobre. Y cuando hace que los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, cuenten la historia de los antepasados de Jesús, en el relato aparecen unas cuantas mujeres, que no son precisamente un modelo de virtudes; alguna de ellas, ni mucho menos. Para que tengamos nosotros amor y comprensión y, a través de Jesús, sepamos disculpar a las gentes.

A continuación vemos cómo la Santísima Virgen va al Templo a purificarse: cuando más pura que Ella, sólo es Dios. ¡Modelo de humildad! Y nosotros, llenos de soberbia...

Al final, después de estas escenas de humildad, se nos desborda el alma en generosidad, para ocuparnos de las cosas de Dios, como hizo el Niño —cuando lo encuentran en el Templo, después de buscarle tres días—, que ése es el tema del último misterio: ¿no sabéis que me he de ocupar en las cosas que son de mi Padre del Cielo?[15].

La novena de la Inmaculada constituye una muestra de cariño filial a Nuestra Señora. Sin embargo, no olvidemos que es mucho más importante lo que recibimos de María, respecto a lo que le ofrecemos. La Virgen, en efecto, nos da un mensaje destinado a cada uno de nosotros (...). ¿Y qué nos dice María? Nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su "mensaje" no es otro sino Jesús, que es toda su vida. Gracias a Él y por Él, María es la Inmaculada. Y como el Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros, también Ella, su Madre, fue preservada del pecado por nosotros, por todos, como anticipación de la salvación de Dios para cada hombre[16].

De este modo, al recorrer con intensidad, personalmente, la novena de la Inmaculada, nos preparamos muy bien para la Navidad. Además —y la experiencia lo demuestra ampliamente— nos ofrece una ocasión más de realizar un constante apostolado personal. La Virgen siempre atrae a las almas y las conduce a Jesús. Tratemos de unir sólidamente estos dos aspectos —trato con Nuestra Señora y afán apostólico—, ahora y a lo largo de toda nuestra existencia. Meditemos unas palabras de nuestro Padre, que contienen una fuerza extraordinaria y suponen un desafío para nuestra respuesta cotidiana. El mundo es como una gran boca sedienta, con sed de Cristo, y nosotros, los cristianos, somos el agua que ha de apagar su sed. Nos espera. El día de mañana, ¿dónde estarás para prender ese fuego y ese amor de Cristo? Si no tienes ahora hambre de proselitismo, mala señal. Somos lodo de la tierra, pero —en las manos del Divino Maestro— daremos luz a los ojos de los hombres, que están ciegos y no ven el resplandor de la verdad[17].

En el mes que acaba de transcurrir, se ha comenzado la labor apostólica estable de la Prelatura en Sri Lanka. Demos muchas gracias a Dios porque, el mismo día de la llegada de vuestros hermanos, se pudo quedar reservado el Santísimo Sacramento en el oratorio del nuevo Centro: ¡un Sagrario más en esas tierras inmensas de Asia! A la Virgen Inmaculada encomiendo estos comienzos y la expansión apostólica que, con su intercesión, tratamos de llevar a cabo en tantos lugares.

Hijas e hijos míos: las almas nos esperan, te esperan. Vivamos con ansias de amar, cada día, el Sacrificio del Calvario. En 1937, nuestro Padre pudo celebrar por primera vez la Santa Misa con todos los ornamentos, el 3 de diciembre, tras los meses de persecución religiosa en España. Le he escuchado mencionar con grandísimo agradecimiento todas las facilidades que le dio el sacerdote de Andorra, a quien encomendó al Señor cotidianamente.

Seguid rezando por la Persona e intenciones del Papa, por sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, por los frutos espirituales de su reciente viaje a África. Y no os olvidéis de uniros a mis peticiones al Señor, que —como tantas veces os he dicho— son muchas y encaminadas a dar a Dios toda la gloria.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

viernes, 9 de diciembre de 2011

La bondad de Dios ,La Misericordia de Dios oculto en el Santísimo Sacramento; la voz del Señor que nos habla desde el trono de la misericordia: Venid a Mí todos.

 



Diálogo de Dios misericordioso con el alma pecadora:

Nos dice Jesús: No tengas miedo, alma pecadora, de tu Salvador; Yo soy el primero en acercarme a ti, porque sé que por ti misma no eres capaz de ascender hacia Mí. No huyas hija, de tu Padre; desea hablar a solas con tu Dios de la Misericordia que quiere decirte personalmente las palabras de perdón y colmarte de Sus gracias. Oh, cuánto Me es querida tu alma. Te he asentado en Mis brazos. Y te haz grabado como una profunda herida en Mi Corazón.

El alma: Señor, oigo tu voz que me llama a abandonar el mal camino, pero no tengo ni valor ni fuerza.

Jesús: Yo soy tu fuerza, Yo te daré fuerza para luchar.


Jesús: ¿Por qué tienes miedo, hija Mía, del Dios de la Misericordia? Mi santidad (80) no Me impide ser misericordioso contigo. Mira alma, por ti he instituido el trono de la misericordia en la tierra y este trono es el tabernáculo y de este trono de la misericordia deseo bajar a tu corazón. Mira, no Me he rodeado ni de séquito ni de guardias , tienes el acceso a Mí en cualquier momento, a cualquier hora del día deseo hablar contigo y concederte gracias.


Jesús: Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo entero. ¿Quién ha medido Mi bondad? Por ti bajé del cielo a la tierra, por ti dejé clavarme en la cruz, por ti permití que Mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, y abrí la Fuente de la Misericordia para ti. Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido, tu miseria se ha hundido en el abismo de Mi misericordia. ¿Por qué habrías de disputar Conmigo sobre tu miseria? Hazme el favor, dame todas tus penas y toda tu miseria y Yo te colmaré de los tesoros de Mis gracias.


Jesús: Hija, no me hables más de tu miseria, porque Yo ya no Me acuerdo de ella. Escucha, niña Mía, lo que deseo decirte: estréchate a Mis heridas y saca de la fuente de la vida todo lo que tu corazón pueda desear. Bebe copiosamente de la fuente de la vida y no pararás durante el viaje. Mira el resplandor de Mi misericordia y no temas a los enemigos de tu salvación. Glorifica Mi misericordia.

* Del libro: "La Divina Misericordia en mi alma" (Diario de Santa Faustina Kowalska) Mensajes dictados a Santa Faustina por Nuestro Señor Jesucristo.
El alma: Con Tu bondad haz vencido, oh Señor, mi corazón de piedra; heme aquí acercándome con confianza y humildad al tribunal de Tu misericordia, absuélveme Tu Mismo por la mano de Tu representante. Oh Señor, siento que la gracia y la paz han fluido a mi pobre alma. Siento que Tu misericordia, Señor, ha penetrado mi alma en su totalidad. Me has perdonado más de cuanto yo me atrevía esperar o más de cuanto era capaz de imaginar. Tu bondad ha superado todos mis deseos. Y ahora Te invito a mi corazón, llena de gratitud por tantas gracias. Había errado por el mal camino como el hijo pródigo, pero Tú no dejaste de ser mi Padre. Multiplica en mí Tu misericordia, porque ves lo débil que soy.
El alma: Señor, temo que no me perdones un número tan grande de pecados; mi miseria me llena de temor.
El alma: Señor, conozco Tu santidad y tengo miedo de Ti.

Jesús Misericordioso,Nuestro Señor vino a decirnos que Él es infinitamente misericordioso con nosotros


Jesús yo confío en Ti

 

Nuestro Señor vino a decirnos que Él es infinitamente misericordioso con nosotros, y que no importa que pecados hayamos cometido pues si estamos arrepentidos de verdad Él nos perdonará pues el vino a llamar a pecadores y no a justos.

"Yo prometo al alma que venere ésta imagen que no perecerá ... Protegeré durante toda su vida, cual madre a su hijo, a las almas que propagaren el culto a Mi Misericordia; en la hora de la muerte no seré para ellos Juez sino Salvador..."
 
Dice Santa Faustina: "Hoy pedí al Señor que se dignara instruirme sobre la vida interior, porque de por mí no alcanzo a comprender nada ni pensar en nada perfecto.
 
Y el Señor me contestó:

"He sido tu Maestro, lo soy y lo seré. Procura que tu corazón se asemeje a Mi Corazón manso y humilde. No reclames nunca tus derechos. Soporta con gran calma y paciencia todo lo que te pase; no te defiendas cuando toda la vergüenza recaiga sobre ti injustamente; deja que triunfen los demás. No dejes de ser buena si adviertes que abusan de tu bondad; cuando sea necesario Yo Mismo intervendré en favor de ti. Agradece por la más pequeña gracia mía, porque esta gratitud Me obliga a concederte nuevas gracias..." Diario 1701

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El verdadero descanso para mi alma lo experimento, Jesús, cuando cumplo tu voluntad


«Venid todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera». (Mateo11, 28-30)

 I. Jesús, desde tu nacimiento en Belén me enseñas una nueva forma de vivir en la tierra. Es la forma del amor verdadero, del amor entregado, del amor sacrificado. Desde fuera para el que no la pone en práctica es como un yugo: sacrificio, cruz, entrega, trabajo, servicio, obediencia. Pero para el que te sigue, ese "yugo es suave y su carga es ligera". La verdadera carga la soporta el que intenta liberarse de tus mandatos, ir a la suya, no obedecer a nadie más que a si mismo: porque acaba obedeciendo a sus caprichos, a sus gustos y a sus vicios, en medio de una vida triste y vacía.

El gran enemigo del alma es la soberbia, porque es la que se opone continuamente a que obedezcamos, a que nos esforcemos por cumplir una voluntad distinta de la nuestra, como si de este modo perdiéramos la libertad.

"Si bien todos los vicios nos alejan de Dios, sólo la soberbia se opone a Él; a ello se debe la resistencia que Dios ofrece a los soberbios" (Santo Tomas) ¿Cómo estoy de humildad? "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.

"Jesús, que aprenda de Ti a ser humilde, a cumplir libremente la voluntad de Dios, como lo hiciste Tú durante toda tu vida: desde Belén basta el Calvario. Sólo así encontraré esa paz interior que, junto con la alegría, es uno de los frutos más característicos de la vida cristiana.


II. "El amor de Dios es celoso; no se satisface si se acude a su cita con condiciones: espera con impaciencia que nos demos del todo (...). Quizá pensaréis: responder que si a ese Amor exclusivo, ¿no es acaso perder la libertad? (...) Cada uno de nosotros ha experimentado alguna vez que servir a Cristo Señor nuestro comporta dolor y fatiga. Negar esta realidad supondría no haberse encontrado con Dios.

El alma enamorada conoce que, cuando viene ese dolor, se trata de una impresión pasajera y pronto descubre que el peso es ligero y lo carga es suave, porque lo lleva Él sobre sus hombros. Pero hay hombres que no entienden, que se rebelan contra el Creador (...) Son almas que hacen barricadas con la libertad. ¡Mi libertad, libertad! (...) Su libertad se demuestra estéril, o produce frutos ridículos, también humanamente.

El que escoge, ¡con plena libertad!, una norma recta de conducta, tarde o temprano se verá manejado por otros. ¡Pero nadie me coacciona!, repiten obstinadamente. ¿Nadie? Todos coaccionan esa ilusorio libertad, que no se arriesga a aceptar responsablemente las consecuencias de actuaciones libres, personales. (...) Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad.

Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. (...) La libertad sólo puede entregarse por amor. Por amor a la libertad, nos atamos. Únicamente la soberbia atribuye o esas ataduras el peso de una cadena. La verdadera humildad, que nos enseño Aquel que es manso y humilde de corazón, nos muestra que su yugo es suave y su carga ligera: el yugo es la libertad, el yugo es el amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que Él nos ganó en la Cruz (Amigos de Dios. 28-32)

El verdadero descanso para mi alma lo experimento, Jesús, cuando cumplo tu voluntad, aunque me cueste, atándome a ese yugo tuyo por amor, entregándote libremente mis gustos, mis intereses, mis deseos, porque me da la gana quererte sobre todas las cosas. A pesar de tener esta idea muy clara, a veces me canso de luchar. Que sepa acudir a Ti en esos momentos de fatiga, para descargar ese peso en tus manos paternales, dejándome también guiar en la dirección espiritual, con humildad.



La liturgia del Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Sólo así podremos comprender los sucesos de Belén; sólo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.

A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud del apostolado. Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medida para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades.

Nuestro carácter no depende de la forma de ser de quienes nos rodean, sino de nosotros mismos.


II. La mansedumbre no es propia de los blandos y amorfos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.

Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones: su contemplación nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perder la paz. A la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía. La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios.


III. Las manifestaciones de violencia son en el fondo signos de debilidad. Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de su mal carácter; poseerán a Dios porque su alma se halla siempre dispuesta a la oración, y poseerán a los que los rodean porque han ganado su cariño.

Hemos de dejar a nuestro paso el buen aroma de Cristo (2 Corintios 2, 15): nuestra sonrisa, una calma serena, buen humor y alegría, caridad y comprensión. Contemplar al Niño Jesús nos ayudará a ser humildes.

martes, 6 de diciembre de 2011

Abandono de uno mismo en Dios

Cuando Santa Faustina estaba muy enferma se abandonó a la Voluntad de Dios, y esto le trajo gran alegría y paz.


"Despues del primer examen el médico constató que el estado era grave. Sospecho hermana, que se trate de aquello por lo cual usted pregunta, pero, bueno, Dios todopoderoso lo puede todo.

Al entrar en mi habitación aislada,
 
 me sumergí en una oración de agradecimiento por todo lo que el Señor me había enviado a lo largo de toda mi vida, sometiendome completamente a su santísima voluntad. Un abismo de alegría y de paz inundó mi alma.
 
 
 
 Sentía una paz tan profunda que si en aquel momento hubiera venido la muerte no le habría dicho espera, porque todavía tengo asuntos que arreglar. No, la hubiera saludado con alegría, porque estoy preparada para el encuentro con el Señor no sólo desde hoy, sino desde el momento en que confié completamente en la Divina Misericordia, abandonándome plenamente a su santísima voluntad, llena de misericordia y de compasión. Sé lo que soy de por mí..." (Diario 1679)

Como un niño pequeño en brazos de su Madre,
abandonémonos en los brazos de Dios Misericordioso.

EL SUEÑO DE LA VIRGEN MARÍA


José, anoche tuve un sueño muy extraño, como una pesadilla. La verdad es que no lo entiendo. Se trataba de una fiesta de cumpleaños de nuestro Hijo.

La familia se había estado preparando por semanas decorando su casa. Se apresuraban de tienda en tienda comprando toda clase de regalos. Parece que toda la ciudad estaba en en lo mismo porque todas las tiendas estaban abarrotadas. Pero algo me extrañó mucho: ninguno de los regalos era para nuestro Hijo.

Envolvieron los regalos en papeles lindísimos y les pusieron cintas y lazos muy bellos. Entonces los pusieron bajo un árbol. Si, un árbol, José, ahí mismo dentro de su casa. También decoraron el árbol; las ramas estaban llenas de bolas de colores y ornamentos brillantes. Había una figura en el tope del árbol. Parecía un angelito. Estaba precioso.

Por fin, el día del cumpleaños de nuestro Hijo llegó. Todos reían y parecían estar muy felices con los regalos que daban y recibían. Pero fíjate José, no le dieron nada a nuestro Hijo. Yo creo que ni siquiera lo conocían. En ningún momento mencionaron su nombre. ¿No te parece raro, José, que la gente pase tanto trabajo para celebrar el cumpleaños de alguien que ni siquiera conocen? Me parecía que Jesús se habría sentido como un intruso si hubiera asistido a su propia fiesta de cumpleaños.

Todo estaba precioso, José y todo el mundo estaba tan feliz, pero todo se quedó en las apariencias, en el gusto de los regalos. Me daban ganas de llorar que esa familia no conocía a Jesús. ¡Qué tristeza tan grande para Jesús - no ser invitado a Su propia fiesta! Estoy tan contenta de que todo era un sueño, José. ¡Qué terrible si ese sueño fuera realidad!


"Cuando haces una visita a los niños llevas siempre algo para darles. Y Yo, que Soy un Dios riquísimo, ¿podría acaso entrar en un alma sin dejarle nada?"

El pecado venial también es muy dañino para el alma: disminuye el fervor de la caridad, aumenta las dificultades para la práctica de las virtudes, y predispone al pecado mortal. Amar la Confesión frecuente es síntoma de finura de alma, de amor a Dios: "La Confesión renovada periódicamente llamada de "devoción", siempre ha acompañado en la Iglesia el camino de la santidad"


«¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte e irá a buscar la que se ha perdido? Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido. Del mismo modo, no es voluntad de vuestro Padre que está en los Cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños». (Mateo 18, 12-14)
I. Jesús, vas a nacer en Belén como un hombre más. ¿Por qué? Porque te quieres acercar más a los hombres, que te habíamos abandonado por el pecado original y nuestros pecados personales. Has venido a salvamos, a darnos los medios necesarios -los sacramentos- para que ya nunca más nos perdamos. Sin embargo, te vuelvo a perder algunas veces. Y entonces Tú vuelves a buscarme, sin cansarte nunca de mí.

Señor, que yo tampoco me canse nunca de volver a Ti. Sé que te doy una gran alegría cuando me confieso, cuando te pido perdón. También sé que Tú prefieres que no me pierda, que me mantenga a tu lado, en gracia, en tu rebaño. La alegría de volver es grande porque grande había sido el disgusto al separarme.

Jesús, no quiero darte más disgustos. Ayúdame a poner los medios que sean necesarios para no decirte más que no. Enséñame a poner la lucha lejos de las grandes tentaciones: en pequeños vencimientos, en la sobriedad en las comidas, en la guarda de la vista, en el aprovechamiento del tiempo sin ceder terreno a la comodidad. «El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas.

Muchos objetos pequeños hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión?» (San Agustín).

Jesús, quiero tener cada vez «la piel más fina»; una mayor sensibilidad ante el pecado, hasta el punto de que reaccione ante cualquier pequeña falta consentida, pidiéndote rápidamente perdón. Que aprenda a descubrir aquellas cosas que debería haber hecho mejor, o que Tú esperabas que hiciera y no he hecho. Que me duela no haber cumplido un pequeño propósito, o haber estado despistado en Misa, o no haberme adelantado a tener un detalle de servicio, o haber puesto mala cara cuando me han encargado algo.


II. «Usted me dijo que se puede llegar a ser "otro" San Agustín, después de mi pasado. No lo dudo, y hoy más que ayer quiero tratar de comprobarlo». Pero has de cortar valientemente y de raíz, como el santo obispo de Hipona» (Surco.- 838).

San Agustín había tenido una juventud alejada del verdadero Dios, y buscaba la felicidad en los placeres de la tierra. Pero, gracias a las oraciones de su madre y a su decisión firme y resuelta por buscar a Dios, abandonó su vida anterior y llegó a ser obispo, Doctor de la Iglesia y santo.

Sí, Jesús, yo también puedo ser otro San Agustín, y es lo que me estás pidiendo hoy. Que me decida a cortar con todo aquello que me aleja de Ti: esos lugares, esos programas, esa gente. Señor, ayúdame a ser valiente, a decir que no a todo lo que me hunde en el pecado, dejándome el regusto de la infelicidad. Que sepa darle la vuelta a esas situaciones con visión positiva arrastrando a mis amigos a ambientes más sanos, más limpios.

«No es voluntad de vuestro Padre que está en los Cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños» Jesús, ¿qué puedo hacer yo si el ambiente está como está, si la gente no tiene formación, si...? No tengo excusa, al menos, para dar un tono cristiano al ambiente que me rodea: mi familia, mis amigos, mis compañeros de estudio o trabajo. Tengo que imitarte también en el papel del Buen Pastor: ir a buscar a la oveja perdida; encomendar a aquel amigo que no va bien; buscar el momento oportuno para hablar con él o para presentarle a alguien que le pueda dar un buen consejo.

Jesús, tu voluntad es que no se pierda nadie, porque te preocupan las almas. Que también a mi me preocupen las almas: todas las almas pero, más en concreto, las almas de los que viven a mi lado.

La Confesión es también el sacramento, junto a la Sagrada Eucaristía, que nos dispones para el encuentro definitivo con Cristo al fin de nuestra existencia. Toda nuestra vida es un constante adviento, una espera del instante último para el que no dejamos de prepararnos día tras día. Cada Confesión bien hecha es un impulso que recibimos del Señor para seguir adelante, sin desánimos, sin tristezas, libres de nuestras miserias. Para quienes han caído en pecado mortal después del Bautismo, este sacramento es tan necesario para la salvación como le es el bautismo para los que aún no han sido regenerados a la vida sobrenatural.

Todo pecado mortal debe pasar por el tribunal de la Penitencia, en una Confesión auricular y secreta con absolución individual. "No podemos olvidar que la conversión es un acto interior en el que el hombre no puede ser sustituido por otros, no puede hacerse "reemplazar" por la comunidad" (JUAN PABLO II, Homilía Parroquia S.Ignacio de A. Roma)


II. La Confesión, además de ser completa, ha de ser sobrenatural: conscientes de que vamos a pedir perdón al mismo Señor, a quien hemos ofendido. La Confesión con sentido sobrenatural es un verdadero acto de amor a Dios; se oye a Cristo en la intimidad del alma, como a Pedro: ¿Simón, hijo de Juan, me amas? Y con las mismas palabras de este Apóstol le podremos también decir: Señor, Tú sabes todas las cosas, Tú sabes que te amo..., a pesar de todo.

El pecado venial también es muy dañino para el alma: disminuye el fervor de la caridad, aumenta las dificultades para la práctica de las virtudes, y predispone al pecado mortal. Amar la Confesión frecuente es síntoma de finura de alma, de amor a Dios: "La Confesión renovada periódicamente llamada de "devoción", siempre ha acompañado en la Iglesia el camino de la santidad" (JUAN PABLO II, Alocución).


III. La Confesión es uno de los actos más íntimos y personales del hombre. Muchas cosas fundamentales cambian en el santuario de la conciencia en cada Confesión, y muchas cosas cambian también en el ámbito familiar y profesional. El pecado es la mayor tragedia que el hombre puede sufrir: produce un descentramiento en quien lo comete y a su alrededor. Por la Comunión de los Santos, cada Confesión tiene sus resonancias bienhechoras en toda la Iglesia. Pidamos a Nuestra Madre que nos acerquemos a la Confesión con gran amor y agradecimiento.

lunes, 5 de diciembre de 2011

"la venida del Señor" no sería exacto juzgar esto como si se tratara de un retraso indefinido. Más bien debemos ver en ello un plazo de gracia


"Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día. No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. El día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá. Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en lo que habite la justicia. Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha". 2Pe 3,8-14

Comentario

El pasaje propuesto para este 2º domingo de adviento en la 2ª lectura nos reclama a la verdad de fe de "la venida del Señor" al final de los tiempos (vv.8-10) y a la necesidad de "prepararse santamente" para el día del Señor (vv.9-14).

En la primera parte del pasaje se habla de "la venida del Señor" (vv.8-10): Para explicar el retraso aparente de la parusía, el autor de la carta recurre al Sal 90,4, según una interpretación judía tradicional: para el Señor un solo día es como mil años. También el Apocalipsis (20,3-6) refiere una especulación análoga de los tiempos antes de la llegada del Señor, la cual ha dado lugar posteriormente a toda una serie de cálculos sobre el fin del mundo. Está claro que el texto que comentamos no se sitúa ni mucho menos en semejantes perspectivas.

Ante el hecho del alargarse de los tiempos antes de "la venida del Señor", no sería exacto juzgar esto como si se tratara de un retraso indefinido. Más bien debemos ver en ello un plazo de gracia, como indica el v.9: se trata de la paciencia que Dios tiene con vosotros, para que abracemos la conversión. De este modo el autor de la carta nos interpela a descubrir la misericordia de Dios como la clave de la historia, según demostraba ya la historia de Noé que invitaba a sus contemporáneos a la conversión, antes de que fuera demasiado tarde (2Pe 2,5).

Esta paciencia y misericordia de Dios no contradice el hecho de que el juicio llegará, caracterizado por una irrupción del fuego celestial. El carácter imprevisible del regreso de Cristo queda gráficamente expresado por medio de la imagen del ladrón. Tal imagen procede de una parábola (Mt 24,43-45 y par.) y se encuentra también en 1Tes 5,2 y en Ap 3,3; 16,15.

La segunda parte del pasaje gira en torno a la necesidad de "prepararse santamente" para el día del Señor (vv.9-14). Se trata de la consecuencia lógica de lo expuesto anteriormente. Ante la realidad de "la venida del Señor" sólo cabe la actitud de quien se dispone a recibirlo con una conducta y piedad santas, esto es en una vida cristiana justa e intachable, contribuyendo de este modo a la inminencia del día del Señor en que surgirán "nuevos cielos y nueva tierra". Por consiguiente, la enseñanza sobre la destrucción del mundo no tiene que llevarnos a un desinterés egoísta por nuestras tareas terrenas, ya que podrán habitar en la tierra nueva (Is 65,17) sólo quienes hayan caminado por el "camino de la justicia" (2Pe 2,21).
Nuestro comentario está muy bien ilustrado en la constitución Gaudium et Spes: "Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. [...] No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo" (nº 39).

Aplicación

Convertirse y vivir en la santidad para habitar el mundo nuevo.
En este tiempo de adviento que nos prepara a la celebración del misterio de la Navidad, la liturgia de la palabra de este segundo domingo nos exhorta, de forma clara e insistente, a disponernos de la mejor manera para ser dignos de entrar a formar parte del mundo nuevo que la llegada de Cristo inaugurará. Esta preparación para el encuentro con Dios pasa, en primer lugar, por la conversión personal. Así resuena en la primera lectura del libro de Isaías (40,1-5.9-11), en donde Dios garantiza que está a punto de obrar un cambio radical en la situación de aflicción de su pueblo, debida a sus mismos pecados, ofreciendo la "consolación" que proviene de Él, pero a condición de que el pueblo se convierta a Él.

El evangelio de Marcos (1,1-8) retoma, como en un eco, las palabras del profeta Isaías colocándolas en labios de Juan el Bautista. De este modo confirma la necesidad de la conversión como algo imprescindible para purificar nuestro corazón de todo aquello que puede mantenernos apartados de Dios. Sólo podrán colocarse entre los destinatarios de la acción benéfica de Dios en su venida quienes hayan purificado su corazón de todo mal. Estamos llamados a abrir camino al Señor a través de la escucha y docilidad a su palabra; a rellenar los valles con su presencia en nuestras vidas; y a rebajar las colinas vaciándonos de todo orgullo y dando paso a una actitud de total sumisión y confianza en Él.

Por lo mismo el autor de la segunda carta de san Pedro (3,8-14), al mismo tiempo que despierta nuestra conciencia ante lo que conllevará "la venida del Señor", nos insiste en la necesidad de disponernos a ella con una vida santa. La santidad a la que somos llamados no es otra que la vivencia fiel y coherente de nuestra vida cristiana, abrazando por amor y puntualmente la voluntad de Dios en sus diversas expresiones, según el estado y los compromisos de vida de cada uno. Así seremos juzgados dignos de habitar el mundo nuevo que Él viene a inaugurar.

"Tú sabes que en el Cielo no hay lugar para ninguna mancha ni imperfección. Vivamos pues justos"


A NUESTRA SEÑORA DEL ADVIENTO

Señora del Adviento, señora de los brazos vacíos, señora de la preñez evidente y extenuante. Cuánto deseamos que camines con nosotros. Cuánto necesitamos de ti. Mujer del pueblo que viajas presurosa y alegre a servir a Isabel, a pesar de tu vientre pesado y fatigoso. Entre las dos tejerán esperanzas y sueños.

Señora del Adviento, señora de los brazos vacíos, también nosotros estamos preñados de esperanzas y sueños.

Soñamos con que el canto de las aves no vuelva a ser turbado por el ruido de las balas.

Soñamos con nuestros niños sin temores, cantando al fruto de tu vientre ya cercano.

Soñamos con los niños de Colombia durmiendo tranquilos al arrullo de un villancico.

Soñamos que nuestros viejos mueren tranquilos y en paz murmurando una oración.

Soñamos con que algún día podremos volver a tener sueños y utopías y esperanzas.

Señora del Adviento, la de los brazos vacíos, visítanos como a tu prima. Monta tu burrito y ven presurosa. Nuestros corazones son pesebres huecos y fríos donde hace falta que nazca tu hijo.

Ven, señora, con tus gritos de parto a calentar nuestros corazones, a seguir tejiendo esperanzas con nosotros, como lo hiciste con Isabel. Solo así, en medio de la noche iluminada por tus brazos ahora llenos y por tus pechos que amamantan, podremos volver a soñar...podremos gritar ¡es navidad!.
"Tú sabes que en el Cielo no hay lugar para ninguna mancha ni imperfección. Vivamos pues justos"

Jesús, hacer apostolado no es convencer. Tú haces el milagro al ver la fe de los amigos que traían al enfermo. Igualmente moverás a mis amigos a llevar una vida más cristiana, a confesarse, si ves mi fe, mi oración y mortificación por aquel amigo y por aquel otro. «Y la fuerza del Señor le impulsaba a curar» Jesús, estás deseoso de curar a mucha gente. Pero sólo curaste a aquél que tenía unos amigos con mucha fe, con mucha vida interior


«Estaba Jesús un día enseñando. Y estaban sentados algunos fariseos y doctores de la Ley; que habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén. Y la fuerza del Señor le impulsaba a curar. Cuando he aquí que unos hombres, que traían en una camilla a un paralítico, intentaban meterlo dentro y colocarlo delante de él. Y al no encontrar por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron al terrado, y por entre las tejas lo descolgaron con la camilla al medio delante de Jesús.

Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados. Entonces los escribas y los fariseos empezaron a pensar: ¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Pero conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: ¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados, o decir: levántate, y anda?

Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados, dijo al paralítico, yo te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y al instante se levantó en presencia de ellos, tomó la camilla en que yacía, y se fue a su casa glorificando a Dios. El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios. Y llenos de temor decían: Hoy hemos visto cosas maravillosas». (Lucas 5, 17-26)

I. Jesús, perdonas al paralítico por la fe de sus amigos: «Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados.» ¡Qué gran lección! Muchas veces tengo la tentación de decir: yo ya lo hago bien; los demás que hagan lo que quieran. Pero no es así como se comportaron los amigos del paralítico. El paralítico no abre la boca hasta que lo curas. No parecía muy convencido. No debió ser fácil para sus amigos conseguir que viniera. Y, una vez allí, era imposible meterlo dentro, donde estabas Tú; pero tampoco se rinden ante este obstáculo. Si hay que romper el techo, se rompe.

Jesús, no es difícil hacer la comparación con algunos amigos míos que no se mueven nada, sobrenaturalmente hablando, como si estuvieran paralíticos de espíritu. ¿Qué puedo hacer? Hay muchos obstáculos que dificultan el ponértelos delante de Ti para que les puedas perdonar y curar. Hay que romper muchos techos, esquemas, excusas. El secreto está en ser, primero yo, mejor cristiano. «Ni siquiera sería necesario exponer la doctrina si nuestra vida fuese tan radiante, ni sería necesario recurrir a las palabras si nuestras obras dieran tal testimonio. Ya no habría ningún pagano, si nos comportáramos corno verdaderos cristianos» (San Juan Crisóstomo).


II. «Es preciso que seas «hombre de Dios», hombre de vida interior hombre de oración y de sacrificio. -Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida «para adentro» (Camino.-961).

Jesús, hacer apostolado no es convencer. Tú haces el milagro al ver la fe de los amigos que traían al enfermo. Igualmente moverás a mis amigos a llevar una vida más cristiana, a confesarse, si ves mi fe, mi oración y mortificación por aquel amigo y por aquel otro. «Y la fuerza del Señor le impulsaba a curar» Jesús, estás deseoso de curar a mucha gente. Pero sólo curaste a aquél que tenía unos amigos con mucha fe, con mucha vida interior.

Ayúdame a ser serio en mi vida interior, en mi oración y mortificación, en mi estudio o trabajo, pues de mi santidad depende también la santidad de otros. «Hoy hemos visto cosas maravillosas.» Jesús, ¡cuántas cosas maravillosas dependen de que yo sea un hombre de Dios! Dame fortaleza, dame fe; no me dejes que me conforme con ser simplemente bueno. He de ser santo, con una santidad «apostólica». De esta manera no me detendré ante las dificultades que encuentre en mi camino de apóstol, y te pondré a mucha gente frente a Ti, aunque haya que romper techos, aunque haya que cambiar el mundo.

El Mesías está muy cerca de nosotros, y en estos días de Adviento nos preparamos para recibirle de una manera nueva cuando llegue la Navidad.

Todos los días nos encontramos amigos, colegas y parientes, desorientados en lo más esencial de su existencia. Se sienten incapacitados para ir hasta el Señor, y andan como paralíticos por la vida porque han perdido la esperanza. Nosotros hemos de guiarlos hasta la cueva de Belén; allí encontrarán el sentido de sus vidas.

En muchos casos, acercar a nuestros amigos a Cristo es llevarles a que reciban el sacramento de la Penitencia, uno de los mayores bienes que Cristo ha dejado a su Iglesia. Pocas ayudas tan grandes, quizá ninguna, podemos prestarles como la de facilitarles que se acerquen a la Confesión. ¡Que alegría cada vez que acercamos a un amigo al sacramento de la misericordia divina! Esta misma alegría es compartida en el Cielo (Lucas 15, 7)


II. En el Evangelio de la Misa nos dicen que Jesús llegó a Cafarnaún e inmediatamente cuatro amigos le llevan a un paralítico; pero no pudieron llegar hasta Jesús por causa del gentío (Marcos 2, 1-13). Entonces levantaron la techumbre por el sitio donde se encontraba el Señor, descolgaron la camilla, y la dejaron en medio, delante de Jesús (Lucas 5, 19).

El apostolado, y de modo singular el de la Confesión, es algo parecido: poner a las personas delante de Jesús; a pesar de las dificultades que esto pueda llevar consigo. Dejaron al amigo delante de Jesús. Después el Señor hizo el resto; Él es quien hace realmente lo importante. Lo principal era el encuentro entre Jesús y el amigo. ¡Qué gran lección para el apostolado!


III. La mirada purísima de Jesús le penetraba hasta el fondo de su alma con honda misericordia: Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados. Experimentó una gran alegría. Ya poco le importaba su parálisis. Su alma estaba limpia y había encontrado a Jesús.

El Señor quiere dejar bien sentado que Él es el Único que puede perdonar los pecados, porque es Dios. Y lo demuestra con la curación completa de este hombre. Este poder lo transmite a su Iglesia en la persona de los Apóstoles. Los sacerdotes ejercitan el poder del perdón de los pecados no en virtud propia, sino en nombre de Cristo, como instrumentos en manos del Señor. Él espera a nuestros amigos.

Nuestra Madre Refugio de los Pecadores, tendrá compasión de ellos y de nosotros.


viernes, 2 de diciembre de 2011

EL PECADO


El "pecado"
es el único mal
del cristiano... y del pagano...
.. es peor que escupir a Dios en la cara,
es "crucificar a Jesús de nuevo en nosotros mismos" (Hebreos 6:6)

"Por un hombre entro el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte" Romanos 5:12

Por Adán entro el pecado... y por ese pecado, todos los millones y millones de muertes que ha habido ... y todos los huracanes, y plagas y terremotos... y todas las enfermedades, y accidentes y odios y crímenes y drogas y abortos y suicidios y...
Si erradica el "pecado" de su vida,
obtendrá sanación, salvación,
gozo, paz, amor... vida...
Soberbia, orgullo, ambición...
son pecados mas graves que
las drogas, homosexualidad,
crímenes, prostitución...
.. La Biblia los llama,
"prostitución contra Dios". Oseas 1, E.z.16, Is.23, Num.15.

La "soberbia", es querer ser como Dios, el pecado del diablo de Is.14:14... no confiar en el Amor, por confiar en nuestra nadería...el pecado mas grave, y el que nunca confesamos!... por eso nunca nos arreglamos...

El "orgullo" es querer saber tanto como Dios, el pecado de Adán y Eva... no cumplimos sus mandamientos... La "avaricia", ambición, es querer tener mas que los demás, mas dinero, honor, poder, saber... "la raíz de todos los males", dice 1Tim.6:10... tampoco lo solemos confesar...

Dios a veces tolera los pecados menores, de droga y crimen... para humillarnos y librarnos de los mayores.

El "Sacramento de la Confesión",
es el Banco del Señor,
donde hacemos efectivo en la vida
lo que pagó por nosotros Cristo con su Sangre Divina.

Jesús pago en el Calvario por todas nuestros pecados... y por las consecuencias del pecado, por los dolores y enfermedades y temores... nos toco la gran lotería!... (Is.53:4-5).

Para que la cobremos, la hagamos efectiva, les dio a los ministros de su Iglesia, el "poder" que antes lo tenía solo Dios, (Marcos 2)... el poder inmenso de perdonar pecados... o de no perdonarlos!

"Recibid el Espíritu Santo. A quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonareis, no les serán perdonados" San Juan 20:21



"Pensaba yo en Él, tan agotado en la subida al calvario y consideraba Su Bondad al consolar a las santas mujeres:

"No lloréis por Mi sino por el pecado
."

jueves, 1 de diciembre de 2011

Jesús, tu enseñanza de hoy es clara: la santidad no consiste en decir cosas o en oír palabras, sino en hacer; y, en concreto, en hacer la voluntad de Dios. "El camino del Reino de los cielos es la obediencia a la voluntad de Dios, no el repetir su nombre"


«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: Cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.

Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: Cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina». (Mateo 7, 21.24-27)

I. Jesús, tu enseñanza de hoy es clara: la santidad no consiste en decir cosas o en oír palabras, sino en hacer; y, en concreto, en hacer la voluntad de Dios. "El camino del Reino de los cielos es la obediencia a la voluntad de Dios, no el repetir su nombre" «San Ilario».

He de poner en práctica lo que me has dicho en el Evangelio, y también lo que me vas comunicando en estos ratos de conversación contigo, y durante todo el día a través de mil circunstancias.

Jesús, ¿qué quieres que haga? Esta es la gran pregunta que he de ir contestando día a día. Ayúdame a no excusarme; no quiero cumplir a medias lo que veo que Tú me pides. Uno de los cauces por los que me muestras tu voluntad es la dirección espiritual: que me deje ayudar, que me muestre como soy y que sepa ser dócil a los consejos que me den para mejorar en mi vida espiritual. En esta primera semana de Adviento -tiempo de preparación para tu nacimiento en Belén- recuerdo aquellas palabras tuyas: "porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado". «Juan 6,38»

Quiero imitarte, Jesús, quiero seguirte. Por eso debo olvidarme de mis caprichos y buscar qué esperas hoy de mi día para aprovecharlo bien, para vivirlo según tu voluntad.


II. "No caigas en un círculo vicioso: tú piensas: cuando se arregle esto así o del otro modo seré muy generoso con mi Dios. ¿Acaso Jesús no estará esperando que seas generoso sin reservas para arreglar Él las cosas mejor de lo que te imaginas? Propósito firme, lógica consecuencia: en cada instante de cada día trataré de cumplir con generosidad la Voluntad de Dios" «Camino. 776»

A veces me engaño tontamente: «ahora no puedo», «ahora no tengo tiempo», «cuando lo vea más claro, entonces me decidiré a hacer esto o lo otro». Jesús, ¿por qué no empiezo haciendo tu voluntad y entonces lo veré más claro? ¿Por qué no me fío un poco más de Ti cuando me pides algo? Es como un círculo vicioso: no hago más por Ti porque no te quiero lo suficiente; pero si no hago nada primero, no va a crecer mi amor hacia Ti. Porque ese amor no crece al decir: «Señor, Señor»; sino al hacer tu voluntad.

No puedo, por tanto, excusarme pensando por ejemplo: no voy más a misa porque no lo siento. ¿No hará falta ir más a misa, precisamente para irme enamorando más de Ti, para «sentirte» más? Jesús, quiero poner en práctica cada día con generosidad lo que veo que Tú quieres que haga: con ganas o con menos ganas. Así estaré seguro, como la casa edificada sobre roca:

«Cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó». Cuando soy generoso contigo, Tú me das fortaleza para sufrir las contrariedades de la vida, los desalientos, los cansancios. Porque la firme decisión de hacer tu voluntad es como una roca compacta, inamovible, sobre la que se puede apoyar el edificio de la santidad; en cambio, las buenas intenciones, las palabras, los sentimentalismos, los deseos maravillosos, son como la casa edificada sobre arena, que no tiene solidez y se derrumba ante la primera dificultad.

La vida de una persona se puede edificar sobre muy diferentes cimientos: sobre roca, sobre barro, sobre humo, sobre aire... El cristiano sólo tiene un fundamento firme en el que apoyarse con seguridad: el Señor es la Roca permanente (Isaías, 26, 5).

Nuestra vida sólo puede ser edificada sobre Cristo mismo, nuestra única esperanza y fundamento. Y esto quiere decir en primer lugar, que procuramos identificar nuestra voluntad con la suya. No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi padre que está en los cielos, leemos en el Evangelio de la Misa.

La voluntad de Dios es la brújula que nos indica el camino que nos lleva a Él, y es al mismo tiempo, el sendero de nuestra propia felicidad. El cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios es a la vez, la cima de toda santidad. El Señor nos la muestra a través de los Mandamientos, de las indicaciones de la Iglesia, y de las obligaciones que conlleva nuestra vocación y estado.


II. La voluntad de Dios se nos manifiesta también a través de aquellas personas a quienes debemos obediencia, y a través de los consejos recibidos en la dirección espiritual.

La obediencia no tiene fundamento último en las cualidades del que manda. Jesús superaba infinitamente ?era Dios- a María y a José, y les obedecía (Lucas 2, 51). Cristo obedece por amor, por cumplir la voluntad del Padre, y hemos de considerar que el Señor se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2, 8).

Nosotros para obedecer debemos ser humildes, pues el espíritu de obediencia no cabe en un alma dominada por la soberbia. La humildad da paz y alegría para realizar lo mandado hasta en los menores detalles. En el apostolado, la obediencia se hace indispensable: "Dios no necesita de nuestros trabajos, sino de nuestra obediencia" (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre San Mateo).


III. La voluntad de Dios también se manifiesta en aquellas cosas que Él permite y que no resultan como esperábamos, o son incluso totalmente contrarias a lo que deseábamos o habíamos pedido con insistencia en la oración. Es el momento de aumentar nuestra oración y fijarnos mejor en Jesucristo. Especialmente cuando nos resulten muy duros y difíciles los acontecimientos: la enfermedad, la muerte de un ser querido, el dolor de los que más queremos. "Dios sabe más". El Señor nos consolará de todos nuestros pesares y quedarán santificados. Todo contribuye al bien de los que aman a Dios (ROMANOS, 8, 28).

Pidámosle a la Virgen que en todo momento nos identifiquemos con la voluntad del Padre.


El Adviento como preparación para la Navidad

 



Cercana la Navidad de 1980, el Papa Juan Pablo II estuvo con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis. “¿Y cómo os preparáis para la Navidad?”
“Con la oración“, responden los chi­cos gritando.

“Bien, con la oración”, les dice el Papa, “pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis?”

Y los millares de chicos, más fuerte todavía, responden: “¡Lo haremos!” “Sí, debéis hacerlo”, les dice Juan Pablo II. Y en voz más baja:

“El Papa también se confesará para recibir dignamente
al Niño Dios. “»

(cfr. Francisco Fernández Carvajal. Hablar con Dios, Tomo Adviento­-Navidad)

Limpiar nuestra alma con la Confesión será una buena manera de recibir a Jesús. Durante este tiempo, acudiremos con más intensidad a la Virgen María y a San José para que encuentren refugio en nuestro corazón. Y con la Iglesia, repetiremos muchas veces durante el Adviento esta oración:

¡Ven Señor, no tardes!... Y

así comenzaremos a prepararle un lugar en nuestra posada.

Tradiciones navideñas (1): la corona de adviento



 
Aunque propiamente no es un elemento navideño, la Corona de Adviento nos prepara para la venida del Señor. Se trata de una corona hecha a base de ramas de ciprés o pino y atada con un listón o una cinta rojo y en la cual se colocan cuatro velas que recuerdan los cuatro domingos de adviento anteriores al día de Navidad.

Las familias se reúnen a su alrededor cada domingo, se enciende una vela y si se quiere se pueden recitar oraciones y villancicos como preparación al Nacimiento de Jesús.

Al parecer la simbología original es bastante universal y primitiva, y está relacionada con la muerte y renacimiento del sol en invierno. El círculo como símbolo del tiempo reflejado en el ciclo de las estaciones; las ramas, significando la persistencia de la vida a través del elemento vegetal y las velas como la luz del Sol, origen y fuente de la vida.

Cuatro velas decoran la corona de ramas verdes; en algunas coronas de adviento se pone una quinta vela, más grande y de color blanco, que se enciende el día de Navidad. El blanco en liturgia simboliza pureza y tiempo de júbilo, y es usado en los momentos principales del calendario litúrgico: Navidad y Pascua.
En las iglesias y en los hogares cristianos (iglesias domésticas) el encendido de las velas es una preparación para la Natividad, se comparte la luz en las largas noches de invierno, recordando a los creyentes la venida gloriosa de Jesús, Luz del Mundo, al final de los tiempos. La luz como símbolo de la revelación y salvación a través de Jesús es una constante en el Evangelio de Juan.