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sábado, 24 de diciembre de 2011

¿NAVIDAD VERSUS PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN?




Museo del Císter


Niño Jesús de la Espina, obra de taller malagueño del siglo XVII.
Museo de Arte Sacro, Abadía del Císter, Málaga



Las Navidades son unas fiestas alegres; celebramos la venida al mundo de nada más y nada menos que del Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, Dios de Dios, Luz de Luz...  Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros (...) (Jn 1, 14); la salvación vino a nuestra casa, Dios se hace uno de los nuestros, ¿cómo no íbamos a celebrarlo? Y aunque la Iglesia en un principio estaba articulada completamente en torno a la Resurrección de Cristo, poco a poco, y sobre todo en el siglo IV (siendo San Francisco de Asís más tarde, en el siglo XIII una especia de "Apóstol de la Navidad"), 

cuando aparece la fiesta litúrgica, la Iglesia comprendió la necesidad de festejar el Nacimiento de Jesucristo, porque es el verdadero inicio de la culminación de la Historia de la Salvación. Para redimir al género humano, Dios quiso cargar con nuestros pecados, dar su vida en sacrificio por nosotros para que tuviéramos vida eterna, y mostrarno lo que verdaderamente es el hombre, porque ningún hombre hubo, hay, ni habrá como Jesús; pero para todo esto, evidentemente, tenía que encarnarse, y así fue. He ahí la importancia de la Navidad.

Dicho esto, no debemos olvidar que la auténtica victoria sobre la muerte y el pecado viene con la pasión, muerte y Resurrección de Cristo. Nada hubiera valido entonces.

 Como dijo San Pablo, Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados (1Co, 15, 17). Por tanto, aún en estas fechas navideñas, como en el resto del año litúrgico, debemos tener en cuenta esto; de hecho, también en este tiempo, la liturgia gira en torno al Santo Sacrificio de la Eucaristía. No quiere decir que la Navidad no pueda festejarse, faltaría más; hay que estar alegres y contentos, porque nos ha nacido un Salvador; si así lo dijo el Ángel a los pastores, 

¿cómo íbamos a estar nosotros de luto? ¡Si es para saltar de alegría, y tocar la zambomba, la pandereta, y comer mantecados (y os aconsejo los roscos de vino de El Cid, marca malagueña)!

 Pero siempre sin perder de vista que la Navidad, el Nacimiento de nuestro Redentor, es el comienzo de la implantación del Reino de Dios, que tiene su punto álgido (hasta que llegue la segunda venida) en la Resurrección del Hijo de Dios. El arte cristiano ha sabido interpretar desde siempre en este sentido toda la vida de Jesús, incluído su Nacimiento e iInfancia. No hay más que pensar, por ejemplo, en los llamados Niños de 

Pasión barrocos que podemos contemplar en el Museo de Arte Sacro de la Abadía de Santa Ana del Císter (esculturas del Niño Jesús que parecen predecir su muerte redentora  -corona de espina, etc.-), o el mismísimo icono bizantino de la Virgen del Perpetuo Socorro, al menos del siglo XV, en el que la Virgen María sale con Jesús en brazos, en postura de haber llegado corriendo asustado (se le cae el calzado de un pie), y sobre ellos aparecen los arcángeles Miguel y Gabriel, con los atributos de la pasión (esponja -para el vinagre-, la lanza, la cruz y los clavos).

¿Y qué decir de la tradición popular, recogida en el villancico tan famoso para los españoles de Dime niño de quién eres? ¿Recordáis la letra?
 
Dime Niño de quien eres
y si te llamas Jesús.
Soy amor en el pesebre
y sufrimiento en la Cruz.
 
Por tanto, celebremos la Navidad, con alegría y felicidad, como el Niño Jesús merece, pero siempre con la vista puesta en la Resurrección del Redentor Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, el mismo Dios.
 

Una bonita historia de Navidad contada por niños




Una bonita historia de Navidad contada a través de los niños. 


¿Dónde vas a pasar la Navidad este año? .....Tradiciones navideñas ..... la Misa de Navidad....





¿Dónde vas a pasar la Navidad este año? 

Es una pregunta frecuente en estas fechas. Lo que queremos saber con esta pregunta, por lo general, es dónde o con quién van a pasar la cena de Navidad del día 24. Porque se trata de una noche especial en la que se cena bien, rodeado de la familia, se hacen regalos y se brinda y canta.

Evidentemente, para los cristianos, la esencia de la Navidad no consiste en una cena familiar y festiva, cosa que no me parece nada mal por cierto, más aún la espero con gusto y disfruto de esas cosas como el que más.

No, para los católicos, el corazón de la navidad está en la Misa. Por cierto, te has dado cuenta que la palabra inglesa Christ-Mass lo dice (Misa en inglés se dice Mass). El lugar y el momento central de la Natividad del Señor ocurre en la celebración -en muchos sitios es a media noche- del Santo sacrificio de la Misa.
Jesús nació en Betlen, palabra hebrea que significa “Casa del Pan”. En su cumpleaños, vuelve a nacer en Betlen, a esa su hogar-casa de pan que es la Eucaristía, por eso nos acercamos al hogar de la hogaza de la Sagrada Comunión, y como familia suya que somos le celebramos con alegría de fiesta.
Jesús nació en un pesebre. Y acaso el pesebre no es un lugar para el alimento de los animales porque Él deseaba ser alimento para nuestras almas. Él nos alimenta en la Misa.

Todo un Dios se oculta en el Niño de Belén, con un aspecto inocente, humilde, en la naturaleza humana de un pequeñín. De igual modo, ahora quiere ocultarse también en las apariencias humildes del pan y del vino.

Si en la primera Natividad, el Hijo de Dios, tomó carne y sangre humanas, en cada Misa, el mismo Jesucristo -con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad- viene para estar con nosotros en el altar y en nuestras almas (es el Dios-con-nosotros). De algún modo así ocurre cada día en cada Misa.

Árboles de Navidad, villancicos, felicitaciones, regalos, cenas, familias, amigos, luces, fiestas y todas las tradiciones navideñas que quieras… Bien ¡Pero no es suficiente! Te falta lo esencial, la mayor tradición navideña de todas:  ¡la Misa en la fiesta de la Navidad!

Por lo tanto. . . ¿Dónde vas a pasar la Navidad este año? ¡Nos vemos en la Misa! A y piénsate en llevarle algún regalo para María y José

A TI, NIÑO.....Que paséis un buen rato viendo este vídeo.Acerca de los Villancicos




Acerca de los Villancicos y de lecciones teológicas de tres niñas a su papá. Que paséis un buen rato viendo este vídeo.

¿Por qué Jesús es mejor que Santa Claus....Les Prometo encomendarlos en la Misa Esta noche.


Me gustaria Poder enviar un Mensaje PERSONALIZADO para Cada uno Uno de mis amigos y Familiares, 
Pero La Vida no me da para tanto. 

Les Prometo encomendarlos en la Misa Esta noche. 

De Momento les envío un Mensaje 

Que Me parecio Muy simpático.

Feliz Navidad!  
a todos los seguidores de mi Blog


 ¿Por qué Jesús es mejor que Santa Claus vive Santa Claus en el Polo Norte ... 

Jesús está en todas partes. 

Santa monta en un trineo ... 

JESUS cabalga sobre el viento y camina sobre el agua. 

Santa viene una vez al año ... 

Jesús es una ayuda siempre presente. 

Santa llena tus calcetines con regalitos ...

JESÚS suple todas tus necesidades. Santa baja por tu chimenea sin invitación .. .

 Jesús está a su puerta y llama, y luego entra en tu corazón cuando se le invita.

 Tienes que esperar en fila para ver a Santa ... 

Jesús está tan cerca como el hecho de mencionar su nombre.

 Santa te deja sentarte en sus piernas ... 

Jesús te deja descansar en sus brazos. 

Santa no sabe tu nombre, todo lo que se puede decir que el niño o la niña es: 

"¿Cuál es tu nombre?" ... 

Jesús sabía su nombre antes que tú. No solo sabe su nombre, también sabe tu dirección. Él conoce su historia y el futuro y él ni siquiera sabe cuántos cabellos hay en tu cabeza.

 Santa tiene una barriga como un cuenco lleno de mermelada ... 

Jesús tiene un corazón lleno de amor. 

Todos los de Santa puede ofrecer es HO HO HO ... Jesús ofrece salud, ayuda y esperanza. Santa dice: "No llores" ... 

Jesús dice: "Hecha tus cargas sobre mí, que yo cuidaré de ti." pequeños ayudantes de Santa hacen juguetes ...

Jesús hace nueva la vida, repara corazones lastimados y casas reparaciones roto, y construye mansiones. 
Santa puede hacer reír, pero ... 
Jesús te da alegría que es su fuerza. 

Mientras Santa pone regalos bajo el árbol ... 

Jesús fue nuestro regalo y murió en un árbol. Es obvio que realmente no hay comparación. Tenemos que recordar la OMS Navidad está todo alrededor. Tenemos que volver a poner a Cristo en Navidad. 

Jesús sigue siendo el motivo de la temporada. Sí, Jesús es mejor, es incluso mejor que Santa Claus!




Why Jesus Is Better than Santa Claus
 
Santa lives at the North Pole ...
JESUS is everywhere.
 
Santa rides in a sleigh ...
JESUS rides on the wind and walks on the water.
 
Santa comes but once a year ...
JESUS is an ever-present help.
 
Santa fills your stockings with goodies ...
JESUS supplies all your needs.
 
Santa comes down your chimney uninvited ...
JESUS stands at your door and knocks, and then enters your heart when invited.
 
You have to wait in line to see Santa ...
JESUS is as close as the mention of His name.
 
Santa lets you sit on his lap ...
JESUS lets you rest in His arms.
 
Santa doesn't know your name; all he can say to the little boy or girl
is, "What's your name?" ...
JESUS knew your name before you did. Not only does He know your name,
He also knows your address. He knows your history and future and He
even knows how many hairs are on your head.
 
Santa has a belly like a bowl full of jelly ...
JESUS has a heart full of love.
 
All Santa can offer is HO HO HO ...
JESUS offers health, help, and hope.
 
Santa says, "You better not cry" ...
JESUS says, "Cast all your cares on me, for I care for you."
 
Santa's little helpers make toys ...
JESUS makes new life, mends wounded hearts, repairs broken homes, and
builds mansions.
 
Santa may make you chuckle, but ...
JESUS gives you joy that is your strength.
 
While Santa puts gifts under your tree ...
JESUS became our gift and died on a tree.
 
It's obvious there is really no comparison. We need to remember WHO
Christmas is all about. We need to put Christ back in CHRISTmas. Jesus
is still the reason for the season.
 
Yes, Jesus is better, he is even better than Santa Claus!

jueves, 22 de diciembre de 2011

En el Magnificat se contiene la razón profunda de toda humildad. María considera que Dios ha puesto sus ojos en la bajeza de su esclava; por eso en Ella ha hecho cosas grandes el Todopoderoso. La virtud de la humildad ?que tanto se transparenta en la vida de la Virgen- es la verdad (SANTA TERESA, Moradas rectas), es el reconocimiento verdadero de lo que somos y valemos ante Dios y ante los demás; es también el vaciarnos de nosotros mismos y dejar que Dios obre en nosotros con su gracia.



«María exclamó: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las naciones. Porque ha hecho en mi cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo, cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada. Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia, según había prometido a nuestros padres, a Abrahán y a su descendencia para siempre. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa». (Lucas 1, 46-56)



I. El Evangelio de hoy se conoce como el canto del Magníficat, porque así empieza este discurso de la virgen en latín: «Magníficat anima mea Dominum - Mi alma glorifica al Señor. Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador»: saberse querido por Dios, que me salva de mis pecados y se preocupa de mis necesidades, es la fuente de la verdadera alegría. En el Magníficat, madre, abres tu corazón purísimo y me das a conocer algo tu unión íntima con Dios: «Porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava».

Te das perfecta cuenta de que todo lo que tienes se lo debes a Dios, y de que Él te lo ha dado porque se ha fijado en tu humildad. Esta es la virtud humana más importante, la única sobre la que Dios puede construir el edificio de la santidad: «dispersó a los soberbios de corazón y ensalzó a los humildes.» ¿Cómo va mi humildad? ¿Me doy cuenta de que todo lo que tengo inteligencia, familia, amigos, posición social se lo debo a Dios? Madre, ayúdame a que nunca pierda esto de vista. «Cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.»

Madre, me recuerdas también que Dios está siempre dispuesto a perdonar, a compadecerse de mi, si yo reconozco mis culpas, si tengo ese temor filial que es el temor a perder la gracia, la amistad con Dios. Madre, que no me acostumbre al pecado, pues en ese caso haría inefectiva la misericordia de Dios.

II. «Recordad la escena de la Anunciación: baja el Arcángel, para comunicar la divina embajada -el anuncio de que sería Madre de Dios-, y la encuentra retirada en oración. María está enteramente recogida en el Señor cuando San Gabriel la saluda: «Dios te salve, ¡oh, llena de gracia!, el Señor es contigo». Días después rompe en la alegría del Magníficat -ese canto mariano, que nos ha transmitido el Espíritu Santo por la delicada fidelidad de San Lucas-, fruto del trato habitual de la virgen Santísima con Dios.

Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: «mi alma glorifica al Señor y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava».

Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella, y también nosotros podemos y debemos aprender» (Amigos de Dios.-241). Madre, quiero aprender de ti a tener ese trato habitual con Dios. No es un trato teórico: tu oración te lleva a vivir los acontecimientos más corrientes metida en Dios, con visión sobrenatural, con afán de servicio.

«La oración de la Virgen María, en su Fiat y en su Magníficat, se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe» (CEC.-2622). Madre, el Magníficat es una prueba de lo mucho que has meditado la Sagrada Escritura. Yo también debo meditarla -especialmente el Evangelio- para que pueda luego imitar a Cristo en mi vida

En el Magnificat se contiene la razón profunda de toda humildad. María considera que Dios ha puesto sus ojos en la bajeza de su esclava; por eso en Ella ha hecho cosas grandes el Todopoderoso. La virtud de la humildad ?que tanto se transparenta en la vida de la Virgen- es la verdad (SANTA TERESA, Moradas rectas), es el reconocimiento verdadero de lo que somos y valemos ante Dios y ante los demás; es también el vaciarnos de nosotros mismos y dejar que Dios obre en nosotros con su gracia.

La humildad descubre que todo lo bueno que existe en nosotros, tanto en el orden natural como en el de la gracia, a Dios pertenece. Nada tiene que ver esta virtud con la timidez o la mediocridad. La humildad no se opone a que tengamos conciencia de los talentos recibidos, ni a disfrutaros plenamente con corazón recto; la humildad no achica, agranda el corazón. A María, Nuestra Madre le pedimos que nos ayude a alcanzar esta virtud que Ella tanto apreció.


II. La humildad está en el fundamento de todas las virtudes y sin ella ninguna podría desarrollarse. No es posible la santidad sin una lucha eficaz por adquirir esta virtud; ni siquiera podría darse una auténtica personalidad humana. La humildad es, especialmente, fundamento de la caridad: "la morada de la caridad es la humildad" (Sobre la virginidad), decía San Agustín. Muchas faltas de caridad han sido provocadas por faltas previas de vanidad, orgullo, egoísmo, deseos de sobresalir.

El que es humilde no gusta de exhibirse, sabe que ocupa un puesto para servir, para cumplir una misión. Hemos de estar en nuestro sitio, trabajando para Dios, y evitar que la ambición nos ofusque, y menos convertir la vida en una loca carrera por puestos cada vez más altos, para los que quizá no serviríamos. La persona humilde conoce sus limitaciones y posibilidades, es siempre una ayuda, tiene paciencia con los defectos de quienes lo rodean, y evita el juicio negativo sobre los demás.


III. Entre los caminos para llegar a la humildad está, en primer lugar, el desearla ardientemente, valorarla y pedirla al Señor; ser dóciles en la dirección espiritual; recibir con alegría la corrección fraterna; aceptar las humillaciones en silencio, por amor al Señor; la obediencia rápida y alegre; y sobre todo la alcanzaremos en el servicio a los demás.

Jesús es el ejemplo supremo de humildad, y nadie sirvió a los hombres con tanta solicitud como Él lo hizo. María, al confesarse esclava del Señor, se llena de gozo. Nosotros lo tendremos si somos humildes como Ella.
riano,� x o �E� P�� nsmitido el Espíritu Santo por la delicada fidelidad de San Lucas-, fruto del trato habitual de la virgen Santísima con Dios.

Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: «mi alma glorifica al Señor y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava».

Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella, y también nosotros podemos y debemos aprender» (Amigos de Dios.-241). Madre, quiero aprender de ti a tener ese trato habitual con Dios. No es un trato teórico: tu oración te lleva a vivir los acontecimientos más corrientes metida en Dios, con visión sobrenatural, con afán de servicio.

«La oración de la Virgen María, en su Fiat y en su Magníficat, se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe» (CEC.-2622). Madre, el Magníficat es una prueba de lo mucho que has meditado la Sagrada Escritura. Yo también debo meditarla -especialmente el Evangelio- para que pueda luego imitar a Cristo en mi vida


lunes, 19 de diciembre de 2011

«No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada». Jesús, que aprenda a perseverar en la oración, siguiendo el consejo de san Juan Crisóstomo: «Cuando le digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera todavía. Mientras no recibas pide para conseguir y cuando hayas conseguido da gracias» (San Juan Crisóstomo).



«Hubo en tiempos de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la familia de Abías, cuya mujer descendiente de Aarón, se llamaba Isabel. Ambos eran justos ante Dios, y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor; no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos de edad avanzada. Sucedió que, al ejercer él su ministerio sacerdotal delante de Dios, cuando le tocaba el turno, le cayó en suerte, según la costumbre del Sacerdocio, entrar en el Templo del Señor para ofrecer el incienso; y toda la concurrencia del pueblo estaba fuera orando durante el ofrecimiento del incienso.

Se le apareció un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Y Zacarías se turbó al verlo y le invadió el temor Pero el ángel le dijo: No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada, así que tu mujer Isabel dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor será lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre, y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios; e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto.

Entonces Zacarías dijo al ángel: ¿Cómo podré yo estar cierto de esto? pues yo soy viejo y mi mujer de edad avanzada. Y el ángel le respondió: Yo soy Gabriel, que asisto ante el trono de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena nueva. Desde ahora, pues, te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no has creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo». (Lucas 1, 5-20)


I. Jesús, se acerca el momento tan esperado desde siglos. Y, antes de que nazcas Tú, nacerá Juan el Bautista, el precursor, que «irá delante de Ti con el espíritu y el poder de Elías para convertir los Corazones» de todo el pueblo. Como en tantas ocasiones -para que se vea que la obra es tuya- escoges medios poco adecuados a los ojos humanos: «Isabel era estéril y los dos de edad avanzada.» Sin embargo, sobrenaturalmente, están preparados, pues «ambos eran justos ante Dios, y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor».

Sabes bien a quién escoges. Porque no te cuesta nada hacer que la mujer estéril sea fértil, o que vea un ciego, o que se levante el paralítico. Lo que te cuesta es hacer justo al injusto, pues necesitas que se convierta libremente. Si yo no quiero cambiar, luchar más, intentar mejorar aquel defecto o aquel otro, Tú -con todo tu poder- no puedes hacer nada.


II. « ¡Llénate de fe, de seguridad! Nos lo dice el Señor por boca de Jeremías: «orabitis me, et ego exaudíam vos» siempre que acudáis a Mí, ¡siempre que hagáis oración!, Yo os escucharé» (Forja.-228).

¡Cuántos años habría estado Zacarías pidiendo a Dios poder tener un hijo! Ahora, en su vejez, cuando parece imposible obtener ya esa gracia, se la concedes:

«No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada». Jesús, que aprenda a perseverar en la oración, siguiendo el consejo de san Juan Crisóstomo: «Cuando le digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera todavía. Mientras no recibas pide para conseguir y cuando hayas conseguido da gracias» (San Juan Crisóstomo).

Lléname de seguridad y de fe, Jesús. Que no me pase como a Zacarías cuando se le apareció Gabriel. Que no me tengas que decir: no puedo ayudarte más porque no has creído en mis palabras. Que no deje de pedir por lo que me preocupa hasta que me lo concedas; y entonces, que no deje de darte gracias. De este modo, mi oración será continua, perseverante, confiada y filial, como corresponde a un buen hijo de Dios.



Jesús se enfada con los discípulos cuando intentan alejarle a los niños que se arremolinan a su alrededor. Él está a gusto con las criaturas. Nosotros hemos de acercarnos a Belén con las disposiciones de los niños: con sencillez, sin prejuicios, con el alma abierta de par en par. Es más, es necesario hacerse como niño para entrar al Reino de los Cielos: si no os convertís como niños no entraréis al Reino de los Cielos (Mateo 18, 3), dirá el Señor en otra ocasión.

Jesús no recomienda la puerilidad, sino la inocencia y la sencillez. El niño carece de todo sentimiento de suficiencia, necesita constantemente de sus padres, y lo sabe. Así debe ser el cristiano delante de su Padre Dios: un ser que es todo necesidad. El niño vive con plenitud el presente y nada más; el adulto vive con excesiva inquietud por el "mañana", dejando vacío el "hoy", que es lo que debe vivir con intensidad por amor a Jesús.


II. A lo largo del Evangelio encontramos que se escoge lo pequeño para confundir a lo grande. Abre la boca de los que saben menos, y cierra la de los que parecen sabios.

Nosotros, al reconocer a Jesús en la gruta de Belén como al Mesías prometido, hemos de hacerlo con el espíritu, la sencillez y la audacia de los pequeños. Hacerse interiormente como niños, siendo mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. Este abandono, que lleva consigo una inmensa paz, sólo se consigue cuando quedamos indefensos ante el Señor. "Se pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños" (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa).


III. Esta vida de infancia es posible si tenemos enraizada nuestra conciencia de hijos de Dios. El misterio de la filiación divina, fundamento de nuestra vida espiritual, es una de las consecuencias de la Redención. Al ser hijos de Dios somos herederos de la gloria. Vamos a procurar ser dignos de tal herencia y tener con Dios una piedad filial, tierna y sincera.

Los niños no son demasiado sensibles al ridículo, ni tienen esos temores y falsos respetos humanos que engendran la soberbia y la preocupación por el "qué dirán". El niño cae frecuentemente, pero se levanta con prontitud y ligereza y olvida con facilidad las experiencias negativas. Sencillez y docilidad es lo que nos pide el Señor: trato amable con los demás, y siempre dispuesto a ser enseñado ante los misterios de Dios. Aprenderemos a ser niños cuando contemplamos a Jesús Niño en brazos de su Madre.  

viernes, 16 de diciembre de 2011

Sin embargo, no quieren aceptar que eres el Hijo de Dios. Jesús, ¿cómo es posible que, viendo tus milagros, no creyeran en Ti? Tú mismo me das la respuesta en la parábola del rico Epulón: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite» (Lucas 16,31). Si no hago oración, si no tengo una vida de piedad en serio, si no sigo tus consejos ni los consejos de los ministros de tu Iglesia, ningún suceso extraordinario me dará la fe. ¡Cuánta gente ha vivido verdaderos milagros y ni se ha dado cuenta de que Tú estabas detrás. Para verte, antes hay que tener ojos de fe o, al menos, querer tenerlos.







«Vosotros enviasteis legados a Juan y él dio testimonio de la verdad. Pero yo no recibo el testimonio de hombre, sino que os digo esto para que os salvéis. Aquél era la antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis alegraros por un momento con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, pues las obras que me ha dado mi Padre para que las lleve a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí, de que el Padre me ha enviado». (Juan 5, 33-36) 


I. Jesús, hoy me hablas de tus milagros: «las obras que me ha dado mi Padre dan testimonio de mí.» Juan también había dado testimonio de Ti, y su luz alumbró durante un tiempo. «Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan». Junto con las profecías del Antiguo Testamento -que se cumplieron en Ti con una exactitud inexplicable humanamente-, los milagros salidos de tus manos son una prueba irrefutable de que eres el Mesías enviado por Dios.

Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» (Hechos 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado. Hasta los dirigentes judíos se dan cuenta: «Entonces los pontífices y los fariseos convocaron el sanedrín y decían: ¿qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos milagros? Si le dejamos así, todos creerán en él» (Juan 11,47-48). 

Sin embargo, no quieren aceptar que eres el Hijo de Dios. Jesús, ¿cómo es posible que, viendo tus milagros, no creyeran en Ti? Tú mismo me das la respuesta en la parábola del rico Epulón: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite» (Lucas 16,31). Si no hago oración, si no tengo una vida de piedad en serio, si no sigo tus consejos ni los consejos de los ministros de tu Iglesia, ningún suceso extraordinario me dará la fe. ¡Cuánta gente ha vivido verdaderos milagros y ni se ha dado cuenta de que Tú estabas detrás. Para verte, antes hay que tener ojos de fe o, al menos, querer tenerlos. 


II. « ¿Has visto? -¡Con Él, has podido! ¿De qué te asombras? -Convéncete: no tienes de qué maravillarte. Confiando en Dios -¡confiando de veras!-, las cosas resultan fáciles. Y, además, se sobrepasa siempre el límite de lo imaginado» (Surco.-123). 

Jesús, sigues haciendo milagros. Sólo me pides que confíe en Ti, que confíe de veras. Sobre todo quieres hacer muchos milagros de tipo sobrenatural: conversiones, decisiones de mayor entrega, nuevos campos apostólicos, victorias en la lucha ascética contra defectos arraigados. ¡Con El, has podido! ¿De qué te asombras?

Jesús, quieres que me apoye mucho en Ti para mejorar mis virtudes y superar los defectos que me impiden amarte más. También estás dispuesto a ayudarme en mis necesidades humanas y materiales, y en las de los demás. Por ello, es bueno que pida para que se solucione aquella dificultad familiar, o una enfermedad, o un examen. También es cristiano pedir por el fin de las guerras, de las injusticias y de los sufrimientos de los hombres. Tú puedes hacer -y haces continuamente- muchos milagros materiales, especialmente cuando los pedimos a través de la intercesión de tu Madre la Virgen o de algún santo. 

Sin embargo, no siempre me concedes lo que te pido. ¿Es que no me escuchas? Jesús, Tú sabes más que yo. Cuando no me concedes lo que te pido, es porque no me conviene o porque me tratas como tu Padre te trató: cargándote con la cruz. Dios bendice con la Cruz. La cruz es una muestra de confianza. Cuando me envías una dificultad, me estás dando una ocasión de unirme y parecerme más a Ti. No quieres que me busque cruces, pero tampoco que me rebele cuando me las envíes. ¡Qué gran testimonio cristiano da el que lleva con alegría su cruz. Dame, Jesús, la fortaleza y la fe para saberla llevar, si me la envías.

 El tiempo de Adviento prepara también nuestra alma a la expectación de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos. Vendrá Jesucristo como Redentor del mundo, como Rey, Juez y Señor de todo el Universo. Y sorprenderá a los hombres ocupados en sus negocios, sin advertir la inminencia de su llegada. Se reunirán a su alrededor buenos y malos, vivos y difuntos: Todos los hombres se dirigirán irresistiblemente hacia Cristo triunfante, atraídos unos por el amor, forzados los otros por la justicia (Santos Evangelios, EUNSA).

Aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre (Mateo 24, 30), la Santa Cruz; esa Cruz tantas veces despreciada y abandonada. Jesucristo se mostrará con toda su gloria, y entonces daremos por bien empleados todos nuestros esfuerzos, todas aquellas obras que hicimos por Dios, aunque nadie se diera cuenta. Y sentiremos una gran alegría al ver la Cruz que quisimos poner en la cima del mundo.


II. Allí estarán todos los hombres desde Adán. En la segunda venida de Cristo se manifestará públicamente el honor y la gloria de los santos, porque muchos de ellos murieron ignorados, despreciados, incomprendidos, y ahora serán glorificados a la vista de todos. 

Los propagadores de herejías recibirán el castigo que acumularon a lo largo de los siglos, cuando sus errores pasaban de unos a otros impidiéndoles que encontraran el camino de la salvación. Se verá el verdadero valor de los hombres tenidos por sabios, pero maestros del error, mientras otros que merecían recibir honores, fueron relegados al olvido. Los juicios particulares serán confirmados y dados a conocer públicamente. La glorificación del Dios-Hombre, Jesucristo, alcanzará su punto culminante en el ejercicio de Su potestad judicial sobre el Universo. 


III. Antes de la segunda venida gloriosa de Nuestro Señor tendrá lugar el propio juicio particular, inmediatamente después de la muerte, que, como lo enseña la Revelación, es un paso, un trámite hasta la vida eterna. Nada dejará de pasar por el tribunal divino: pensamientos, deseos, palabras, acciones y omisiones. Cada acto humano adquirirá entonces su verdadera dimensión: la que tiene ante Dios, no la que tuvo ante los hombres.

Jesucristo no será un Juez desconocido porque hemos procurado servirle cada día de nuestra vida. Nos conviene meditar sobre el propio juicio al que nos encaminamos, y así nos preparamos para la Nochebuena: Ven, Señor Jesús, no tardes, para que tu venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de tu amor. 
(Oración del día 24)

jueves, 15 de diciembre de 2011

Fascinante misterio el del cuerpo




Hace unos días la liturgia del Adviento nos recordaba que: Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre… (Is 40, 1-11).

Fascinante misterio el del cuerpo humano. Afirmar que el cuerpo es una de las fuerzas más poderosas que posee el ser humano me parece que no es exagerar. Evidentemente no me refiero a su fuerza física, sino a la fascinante y gigantesca fuerza que difunde con solo ser mostrado. Hay en él un brillo poderosísimo que evoca su origen modelado por el mismo Dios…  
Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre… (Is 40, 1-11).  

Fascinante misterio el del cuerpo. Y es que desde la caída original la hermosura de esta obra de Dios resulta con frecuencia deslumbradora y violenta para los demás. Por eso el pudor, que está mucho más inscrito en nuestra naturaleza de lo que pensamos, resulta la forma más eficaz de proteger a los demás del brillo de nuestro cuerpo. Porque del mismo modo que un automóvil me deslumbraría e impediría conducir si me enfocase con la luz larga de sus poderosos faros, así cuando una persona hermosa exhibe su cuerpo con la intención de deslumbrarme, violenta mi libertad de tal modo que no me deja otra opción que cubrirme o ser devorado por una luz que yo no he elegido; porque ya no puedo seguir adelante como si tal cosa.

Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre…

Fascinante misterio el del cuerpo. En él descubrimos también la fealdad del pecado. Efectivamente, en su decadencia el cuerpo resulta algo lastimoso; con el paso de los años, las enfermedades, los excesos… La obra que Dios mismo modeló pasa a ser decrepitud, de tal intensidad  a veces, que nos hace huir horrorizados y gritar desde nuestro interior que eso no debía ocurrir, nos revelamos ante ese horror… Y con frecuencia renace una especie de pudor tardío que intenta esconder la fealdad del cuerpo y la realidad de la muerte…

Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre…

Fascinante misterio el del cuerpo. Caímos. La serpiente destruyó la belleza serena del paraíso eterno y la vergüenza cubrió el horror de un pecado que nos arrojó a las encrespadas aguas del tiempo… Un tiempo que nos despeña hacia los abismos de muerte cada vez más rápido.

Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre…

Fascinante misterio el del cuerpo. Caímos. Y por eso el cuerpo está gritando que necesita también urgentemente un salvador. La Navidad en cuanto que significa la Encarnación de Dios me llena de alegría y de esperanza, porque entiendo que todo un Dios viendo nuestros cuerpos encadenados al yugo de la muerte y del pecado, vino gozoso hasta nosotros en la forma de un Cuerpo Santo para liberarnostambién en el cuerpo. Por eso quiero que rece también mi cuerpo en este Adviento:¡Ven, Señor Jesús! No tardes…

«De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides-dependen muchas cosas grandes»




«Después de marcharse los enviados de Juan, comenzó a decir a las muchedumbres acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas delicadas? Mirad, los que visten con lujo y viven entre placeres están en palacios de reyes. ¿Qué habéis salido a ver? ¿Un profeta? Si; os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío delante de ti mi mensajero, que vaya preparándote el camino.

Os digo, pues, que entre los nacidos de mujer nadie hay mayor que Juan; aunque el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él. Y todo el pueblo y los publicanos, habiéndole escuchado, reconocieron la justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los doctores de la Ley rechazaron el plan de Dios sobre ellos, no habiendo sido bautizados por él». (Lucas 7, 24-30) 


I. «Pero los fariseos y los doctores de la Ley rechazaron el plan de Dios sobre ellos». Por tanto, Jesús, Tú tenias pensado otros planes para ellos; otros planes que no quisieron seguir, usando mal su libertad. ¿Qué hubiera pasado si los hubieran seguido? Probablemente, el mundo sería distinto.

Jesús, Tú también me has preparado unos planes, una misión que debo cumplir en la tierra. Y para que la pueda llevar a cabo, me has dado unos medios humanos y sobrenaturales: unas capacidades humanas, una familia, unos amigos, unas circunstancias económicas; y la gracia de Dios necesaria, que encuentro habitualmente a través de los sacramentos. 

Jesús, las circunstancias que me han llevado a conocerte ya las tenias previstas: unos padres cristianos, un amigo, un maestro, un acontecimiento que me ha hecho pensar. Seguramente me has estado enviando «gracias actuales», es decir, gracias específicas para situaciones concretas: «intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación» (CEC.- 2000). Son estas gracias las que me han impulsado a querer conocerte más. ¿Cómo no agradecértelo, Jesús? Quiero corresponder a tus llamadas, quiero seguir tus planes, no rechazarlos como hicieron los fariseos y doctores de la Ley. 


II. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides-dependen muchas cosas grandes» (Camino.-755).

Jesús, estás a punto de nacer. Estás ahí, aún en el vientre de tu madre, y ya me das una lección: obediencia a los planes de Dios. La Humanidad lleva siglos esperando, pero Tú no te impacientas. Esta es siempre tu regla de conducta: hacer lo que quiere tu Padre Dios. Por eso, ya desde el seno de Maria, sigues obedientemente los planes trazados por Dios desde la eternidad: quieres nacer como un niño normal, sin espectáculo, sin más cosas extraordinarias que las estrictamente necesarias. 

De mi obediencia a tus planes, Jesús, dependen muchas cosas grandes. ¿Qué quieres hoy de mí? Que no me pase como a esos fariseos y doctores de la Ley, que eran los que estaban más preparados para conocer tu venida: rechazaron el plan de Dios sobre ellos. ¡Qué pena! Yo también tengo muchas posibilidades de conocerte más, de tratarte personalmente, incluso puedo recibirte en la comunión, si mi alma está limpia. 

Que no me pase por alto la misión que me tienes reservada; que no me desentienda de esa vocación a la santidad que has puesto en el corazón de todos los hombres. Quiero estar seguro de no fallar en esto, Señor. Por eso me interesa preguntar, aconsejarme, escuchar a alguien capaz de ayudarme y... ¡dejarme ayudar! Alguien que entienda mis circunstancias y que esté cerca de Ti, que luche también por cumplir tu voluntad por encima de todas las cosas.

¡Qué gran ayuda es la dirección espiritual! Que me dé cuenta de que necesito ayuda para conocer tu voluntad, y que aprenda de Ti a obedecer los planes que Dios tiene para mí. 



I. Viene el Señor a visitarnos a traernos la paz, y ha de encontrarnos como el siervo diligente (Marcos 13, 37) a quien su señor le encuentra vigilante en su puesto cuando regresa después de un largo viaje. Vigilar es sobre todo amar. Puede haber dificultades para que nuestro amor se mantenga despierto: el egoísmo, la falta de mortificación y de templanza, amenazan siempre la llama que el Señor enciende una y otra vez en nuestro corazón. Por eso es preciso luchar para sacudir la rutina.

Para el cristiano que se ha mantenido en vela, ese encuentro con el Señor no llegará inesperadamente, no vendrá como ladrón en la noche (1 Tesalonicenses 5, 2), no habrá sorpresas, porque en cada día se habrán producido ya muchos encuentros con Él, llenos de amor y confianza, en los Sacramentos y en los acontecimientos ordinarios de la jornada. 


II. Estamos alerta cuando nos esforzamos por hacer mejor la oración personal, que aumenta los deseos de santidad y evita la tibieza, y cuando cuidamos la mortificación, que nos mantiene despiertos para las cosas de Dios. También vigilamos mediante el delicado examen de conciencia. Nuestra vigilancia ha de estar en las cosas pequeñas de cada día, porque así colocamos nuestras posiciones de lucha lejos de los muros capitales de la fortaleza (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino). 

Y porque las cosas pequeñas suelen ser la antesala de las grandes. Afinemos en pureza interior mediante la mortificación de la memoria y la imaginación, durante estos días de espera en la Navidad, para recibir a Cristo con una mente limpia, en la que eliminando todo lo que va contra el camino o está fuera de él, no quede ya nada que no pertenezca al Señor. 


III. Esta purificación del alma por la mortificación interior no es algo meramente negativo. Ni se trata sólo de evitar lo que esté en la frontera del pecado; por el contrario, consiste en saber privarse, por amor a Dios, de lo que será lícito no privarse. La mortificación de la memoria y la imaginación nos abre el camino a la vida contemplativa, en las diversas circunstancias en la que Dios nos haya querido situar.

La liturgia de Adviento nos repite insistentemente: Crea en mí, ¡OH Dios!, un corazón puro (Salmos 50, 12), y hoy hacemos propósitos concretos de vaciarlo de todo lo que no agrada al Señor, y de llenarlo de amor como hicieron la Virgen Santísima y San José.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Si lucho y venzo, viene la paz; esa paz que es fruto de haber vencido la guerra. Y con la paz, viene la alegría; una alegría que poseemos mientras luchamos, y que nada ni nadie me puede quitar. El mundo está deseoso de conocer cuál es el camino que lleva a la felicidad.


«Y Juan llamó a dos de sus discípulos, y los envió al Señor a preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Presentándose aquellos hombres le dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti a preguntarte: ¿eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? En aquella misma hora curó a muchos de sus enfermedades de dolencias y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos.

Y les respondió diciendo: Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados; y bienaventurado quien no se escandalice de mí». (Lucas 7, 19-23)



I. Jesús, me das una buena lección «comercial»: una imagen vale más que mil palabras.


« ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?» Podías haber intentado demostrar que eras el Mesías esperado a base de argumentos teóricos, de frases más o menos certeras, o de profecías difíciles de interpretar. Pero no. «En aquella misma hora curó a muchos de sus enfermedades, de dolencias y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos.» No les das argumentos teóricos sino realidades palpables. No dices; haces.

Y sólo entonces respondes a lo que te pedían: «id y contad a Juan lo que habéis visto y oído.» Con este ejemplo, me enseñas que «en vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras» (San Antonio de Padua).

Jesús, yo quiero ser tu discípulo. A veces, algunos no me entienden; no acaban de creerse que se puede ser cristiano y a la vez ser una persona normal. No les voy a convencer con discusiones acaloradas. Siguiendo tu ejemplo, prefiero que se convenzan viendo lo que hago: trabajando lo mejor que puedo; teniendo muchos amigos; rezando cada día y frecuentando los sacramentos; sirviendo a los demás en pequeños detalles. ¡Que vean mi alegría y mi paz! Ese será mi mejor apostolado.


II. «La alegría es un bien cristiano, que poseemos mientras luchamos, porque es consecuencia de la paz. La paz es fruto de haber vencido la guerra, y la vida del hombre sobre la tierra -leemos en la Escritura Santa- es lucha». (Forja.-105).

Jesús, esa alegría interior que me das es muy superior a la típica satisfacción que me produce un resultado profesional positivo; o el habérmelo pasado muy bien en una fiesta, haciendo deporte, en un concierto, etc... Es la alegría propia del enamorado: del que ama y se siente querido. Es la satisfacción que produce buscar la alegría del que amamos; de buscar darte una alegría, Jesús, con mi comportamiento.

La alegría del cristiano es muy superior a la del «animal sano» o a la del «pasárselo bien», que -en el fondo- son alegrías egoístas, aunque no necesariamente malas: sólo son dañinas cuando las busco como el máximo objetivo, por delante incluso de lo que sé que te agrada, Jesús, y en ocasiones, a pesar de saber que mi conducta te entristece. Por eso, en alguna ocasión habré de luchar para no dejar que mis planes, mis gustos, mi comodidad y mi egoísmo me lleven a buscarme a mí mismo en vez de intentar hacer tu voluntad.

Si lucho y venzo, viene la paz; esa paz que es fruto de haber vencido la guerra. Y con la paz, viene la alegría; una alegría que poseemos mientras luchamos, y que nada ni nadie me puede quitar. El mundo está deseoso de conocer cuál es el camino que lleva a la felicidad. 


La gente busca a tientas dónde está la verdad. Cuando una persona de buena voluntad me conozca, sin necesidad de palabras, me estará preguntando: « ¿eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?» ¿Qué he de hacer para ser feliz?, me preguntarán? La respuesta es sencilla: ¡Mira mi alegría! La alegría es un bien cristiano.

Por eso es lo que más convence: no hace falta preparar discursos ni argumentar mucho; basta que me vean verdaderamente alegre. Alegre a pesar de las habituales dificultades y reveses de la vida; porque mi alegría es esa alegría cristiana, de hijo de Dios que lucha por vivir pendiente de los deseos de su Padre.



Jesús nace en una cueva, oculto a los ojos de los hombres que lo esperan, y unos pastores de alma sencilla serán sus primeros adoradores. La sencillez de aquellos hombres les permitirá ver al Niño que les han anunciado. También nosotros lo hemos encontrado y es lo más extraordinario de nuestra pobre existencia. Sin el Señor nada valdría nuestra vida. Se nos da a conocer con señales claras. No necesitamos más pruebas para verle. Dios da siempre señales para descubrirle. Pero hacen falta buenas disposiciones interiores para ver al Señor que pasa a nuestro lado.

Sin humildad y pureza de corazón es imposible reconocerle, aunque esté muy cerca. Nuestra propia historia personal está llena de señales para que no equivoquemos el camino. Nosotros podemos decir, como se le dijo Andrés a su hermano Simón: ¡Hemos encontrado al Mesías!


II. Tener visión sobrenatural es ver las cosas como Dios las ve, aprender a interpretar y juzgar los acontecimientos desde el ángulo de la fe. Sólo así entenderemos nuestra vida y el mundo en el que estamos. El Señor nos da suficiente luz para seguir el camino: si somos humildes no tendremos que pedir nuevas señales. Lo que pasa es que a veces nos sobra pereza o nos falta correspondencia a la gracia. El Señor ha de encontrarnos con esa disposición humilde y llena de autenticidad, que excluye los prejuicios y permite escuchar al Señor, porque a veces Su voluntad contraría nuestros proyectos o nuestros caprichos.


III. No hay otro a quien esperar. Jesucristo está en nosotros y nos llama. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula (Hebreos 13, 8). "¡Cuánto me gusta recordarlo! : Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. Somos los hombres los que a veces no alcanzamos a descubrir su rostro, perennemente actual, porque miramos con ojos cansados o turbios" (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios).

Nosotros queremos ver al Señor, tratarle, amarle y servirle. ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!, nos anima su Vicario (JUAN PABLO II, En Montmartre). Debemos desear una nueva conversión para contemplarle en esta próxima Navidad. La Virgen nos ayudará a prepararnos para recibirle, y su fortaleza ayudará nuestra debilidad, y nos hará comprobar que para Dios nada es imposible. 

martes, 13 de diciembre de 2011

La mejor preparación para la Navidad es esa continua lucha, llena de pequeñas conversiones, de pequeños vencimientos. Jesús, quiero ser un buen hijo, un hijo que intente cumplir la «voluntad del padre.» Un hijo que diga siempre que sí a tu voluntad; y si alguna vez digo que no, ayúdame a pedir perdón -a través del sacramento de la penitencia- y a volver de nuevo a trabajar en tu viña.





«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. Dirigiéndose entonces al segundo, le dijo lo mismo. Este le respondió: Voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? El primero, dijeron ellos. 

Jesús prosiguió: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto, os movisteis después a penitencia para poder creer en él». (Mateo 21, 28-32) 



I. Jesús, otra vez me recuerdas que las palabras solas no sirven. Es mejor aquel que dijo que no, pero luego se arrepintió y obedeció a su padre, que el que dijo que sí pero no hizo nada. No halagas a los publicanos y meretrices por lo que hacían antes, sino porque se arrepintieron y creyeron, y cambiaron de vida: «se movieron a penitencia para poder creer» 



Jesús, me sigo preparando para tu Nacimiento, y veo que me falta fe. Yo también quiero creer a Juan, que te anuncia como el Mesías, el Hijo de Dios que va a venir al mundo. Y Juan me da el consejo oportuno: «vino Juan a vosotros por camino de justicia». El camino de la justicia significa el camino de la virtud, el camino de la santidad. 



«El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo» (C. I. C.-1807). 



Ese camino se recorre empezando por la conversión y la penitencia. Pero los judíos, no siguieron el consejo de Juan: «no se movieron a penitencia para poder creer»; y sin penitencia y mortificación, es imposible creer. Para que recuerde el anuncio de Juan, el color del conopeo que cubre el sagrario y de la casulla que lleva el sacerdote cuando celebra la Santa Misa, es -durante el Adviento- de color morado, que significa penitencia, conversión, sacrificio. Puede ser un sacrificio en las comidas, en el orden, en el trabajo, en detalles de servicio en casa, etc. 


II. «Hemos de recordarnos y de recordar a los demás que somos hijos de Dios, a los que, como a aquellos personajes de la parábola evangélica, nuestro Padre nos ha dirigido idéntica invitación: «hijo, ve a trabajar a mi viña». Os aseguro que, si nos empeñamos diariamente en considerar así nuestras obligaciones personales, como un requerimiento divino, aprenderemos a terminar la tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que seamos capaces. Quizá en alguna ocasión nos rebelemos -como el hijo mayor que respondió: «no quiero»-, pero sabremos reaccionar; arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo al cumplimiento del deber» (Amigos de Dios.-57)

Jesús, eres Tú el que me dices hoy: «ve a trabajar a mi viña.» Y Tu viña es ese trabajo de cada día que debo hacer y en el que Tú me esperas. Ahí es donde debo santificarme, ahí es donde debo vencer mi comodidad, mis gustos, mi egoísmo, tratando de hacer esa tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que sea capaz. Y si alguna vez me canso y digo: «no quiero», perdóname y ayúdame a reaccionar, ofreciéndote ese pequeño vencimiento por amor a Ti. 

La mejor preparación para la Navidad es esa continua lucha, llena de pequeñas conversiones, de pequeños vencimientos. Jesús, quiero ser un buen hijo, un hijo que intente cumplir la «voluntad del padre.» Un hijo que diga siempre que sí a tu voluntad; y si alguna vez digo que no, ayúdame a pedir perdón -a través del sacramento de la penitencia- y a volver de nuevo a trabajar en tu viña.

Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy (Salmo II), leemos en la Antífona de la Primera Misa de Navidad. "El adverbio hoy habla de la eternidad, el hoy de la Santísima e inefable Trinidad" (JUAN PABLO II, Audiencia general). Precisamente por esto los judíos querían matar a Jesús, porque llamaba a Dios su Padre (Juan 5, 18). Suyo en sentido totalmente literal: El Niño que nacerá en Belén es el Hijo de Dios, Unigénito, consustancial al Padre, eterno, con su propia naturaleza divina y la naturaleza humana asumida en el seno virginal de María. 


Cuando esta Navidad le veamos inerme en los brazos de María no olvidemos que es Dios hecho Hombre por amor a cada uno de nosotros, y haremos un acto de fe profundo y agradecido, y adoraremos la Humanidad Santísima del Señor.




II. Jesús nos vino del Padre (Juan 6, 29). Pero nos nació de una mujer. El Espíritu Santo ha querido mostrarnos (Mateo 1, 1-25) cómo el Mesías se ha entroncado en una familia y en un pueblo, y a través de él en toda la humanidad. María le dio a Jesús, en su seno, su propia sangre: sangre de Adán, de Farés, de Salomón. Jesús, en cuanto Dios, es engendrado misteriosamente, no hecho, por el Padre desde toda la eternidad. De este Niño depende toda nuestra existencia: en la tierra y en el Cielo. Y quiere que le tratemos con una amistad y una confianza únicas. Se hace pequeño para que no temamos acerarnos a Él. 



III. Nuestra vida debe ser una continua imitación de la vida de Jesús aquí en la tierra. Él, este Jesús (Hechos 2, 32), Dios hecho Hombre, es nuestro Modelo en todas las virtudes. No hay en nosotros un solo pensamiento o sentimiento bueno que Él no pueda hacer suyo, no existe ningún pensamiento o sentimiento suyo que no debamos nosotros esforzarnos en asimilar. 

Jesús amó profundamente todo lo verdaderamente humano: el trabajo, la amistad, la familia; especialmente a los hombres con sus defectos y miserias. Su Humanidad Santísima es nuestro camino hacia la Trinidad.

Jesús nos enseña con su ejemplo cómo hemos de servir y ayudar a quienes nos rodean; la caridad es amar como yo os he amado (Juan 13, 34). Para imitar al Señor hemos de conocerlo, hay que "mirarse en Él" (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa). 

La lectura y meditación del Evangelio nos facilitarán contemplar a Jesús Niño en la gruta de Belén, rodeado de María y José. Aprenderemos grandes lecciones de desprendimiento, de humildad y de preocupación por los demás. El Santo Evangelio nos ayudará a hacer de nuestra vida un reflejo de la vida de Jesús.