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jueves, 22 de noviembre de 2012

Señor Dirige mi pequeña Barca?


Debemos tener en cuenta que sólo la gracia de Dios puede mover nuestra voluntad para asentir a las verdades de la Fe

La humanidad, a pesar de los progresos, sigue padeciendo la gran falta de la doctrina de Cristo,

Las muchedumbres andan hoy tan necesitadas como entonces.También ahora las vemos como ovejas sin pastor, desorientadas, sin saber a dónde dirigir su vida.

«Jesús con sus discípulos se alejó hacia el mar; y le siguió una gran muchedumbre de Galilea v de Judea; también de Jerusalén, de ldumea, de más allá del Jordán, y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacia. Y dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca, por causa de la muchedumbre, para que no le oprimiesen; porque sanaba a tantos, que se le echaban encima para tocarle todos los que tenían enfermedades. Los espíritus inmundos, cuando lo veian, se echaban a sus pies y gritaban diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Y les ordenaba con energía que no le descubriesen.» (Marcos 3, 7-12) 

Jesús, se te echan encima para tocarte, pues tan sólo con tocarte quedaban sanos. Pero ¿por qué es necesario que te toquen? ¿No te resultaría igual de fácil hacer el milagro «a distancia»? 

El problema no es de distancia, sino de fe. 
No sueles hacer milagros donde no hay fe. Por ejemplo, los Evangelios cuentan cómo en Nazaret no hiciste «muchos milagros a causa de su incredulidad» (Mateo 13,58). 

Por eso a esta gente les pides un gesto de fe: 
que se acerquen a Ti confiando en que les vas a curar. 
Jesús, ¿por qué no curas a tanta gente enferma 
que existe a mí alrededor? 

¿Por qué no quitas el sufrimiento del mundo? 
No nos quitas el dolor ni la muerte;  de hecho has querido que la Cruz sea la señal del cristiano. Tal vez es que el sufrimiento físico no es el verdadero mal, sino que lo que te interesa es, sobre todo, el bien de las almas: que crean en Ti y que te amen de tal modo que hasta el sufrimiento tenga sentido.

«Jesús no curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y, la muerte por su Pascua

En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el pecado del mundo, del que la enfermedad no es sino una consecuencia. 


 Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a la pasión redentora»  

Jesús, haces milagros para mostrar que eres Dios; pero luego, ordenas que no te descubran. ¿Por qué? Porque te has de ir mostrando poco a poco, de modo que puedan entender quién eres. Yo también te voy conociendo poco a poco, te voy entendiendo poco a poco. Ayúdame a entenderte mejor para que pueda quererte más. Ayúdame a ser constante en la oración, a no dejarte; entonces, te conoceré mejor y me enamoraré más de Ti. «Comulga. No es falta de respeto. -Comulga hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo. -Olvidas que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos, sino a los enfermos?» 

Jesús, aquellas gentes buscaban tocarte para poder curarse. Yo también estoy un poco enfermo del alma. Pero Tú no quieres curarme «a distancia»; quieres que yo me acerque y te toque realmente. Y ¿qué mejor modo de «tocarte» que la comunión? 


Jesús, en la comunión te recibo físicamente: con tu Cuerpo, con tu Alma, con tu Sangre y con tu Divinidad. Además, sé que sólo puedo recibirte si no tengo pecados graves, por lo que el propósito de recibirte en la comunión, me lleva a confesarme primero, si me hace falta. Y luego, cuando te tengo dentro de mí, puedo pedirte perdón por las veces que te he fallado, y darte gracias porque te has quedado en la Eucaristía para que pueda recibirte y tratarte y amarte.


«Y dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una pequeña barca». Jesús, me pides que disponga lo mejor posible 
mi pequeña barca, mi pobre corazón, para que puedas meterte dentro y dirigirlo a donde quieras. 

Quiero tener un corazón muy limpio, muy lleno de amor, que esté dispuesto para recibirte como mereces en la comunión. Y si no lo está, Jesús, lo limpiaré para poder comulgar con piedad. Así te demuestro mi fe; esa fe que necesitas para seguir realizando en mí tantos milagros. 


Vemos en el Evangelio de la Misa a tanta gente necesitada que acude a Cristo (Lucas 6, 19; 8, 45).  les atiende, porque tiene un corazón compasivo y misericordioso. 


Las muchedumbres andan hoy tan necesitadas como entonces.También ahora las vemos como ovejas sin pastor, desorientadas, sin saber a dónde dirigir su vida.


La humanidad, a pesar de los progresos, sigue padeciendo la gran falta de la doctrina de Cristo, custodiada sin error por el Magisterio de la Iglesia. 



Las palabras del Señor siguen siendo palabras de vida eterna que  enseñan a huir del pecadoa santificar la vida ordinaria, las alegrías, las derrotas y la enfermedad..., 

y abren el camino de la salvación. En nuestras manos está ese tesoro de doctrina para darla a tiempo y a destiempo (2 Timoteo, 4, 2). Ésta es la tarea verdaderamente apremiante que tenemos los cristianos.



 Para dar la doctrina de Jesucristo es necesario tenerla en el entendimiento y en el corazón: meditarla y amarla. Necesitamos conocer bien el Catecismo, esos libros "fieles a los contenidos esenciales de la Revelación y puestos al día en lo que se refiere al método, capaces de educar en una fe robusta a las generaciones cristianas de los tiempos nuevos"


Os entrego lo que recibí (1 Corintios, 11, 23), decía San Pablo. Id y enseñad..., nos dice a todos el mismo Cristo. Se trata de una difusión espontánea de la doctrina, de modo a veces informal, pero extraordinariamente eficaz, que realizaron los primeros cristianos como podemos hacerlo ahora: de familia a familia, entre los compañeros de trabajo, en la calle, en la Universidad: estos medios se convierten en el cauce de una catequesis discreta y amable, que penetra hasta lo más hondo de las costumbres de la sociedad y de la vida de los hombres.

Al advertir la extensión de esta tarea ?difundir la doctrina de Jesucristo- hemos de empezar por pedirle al Señor que nos aumente la fe

Debemos tener en cuenta que sólo la gracia de Dios puede mover a voluntad para asentir a las verdades de la fe

Por eso, cuando queremos atraer a alguno a la verdad cristiana, debemos acompañar ese apostolado con una oración humilde y constante; y junto a la oración, la penitencia, quizá en detalles pequeños, pero sobrenatural y concreta.

Señor, ¡enséñanos a darte a conocer! Santa María, ¡ayúdanos para que sepamos ilusionar a otros muchos en esta noble tarea de difundir la Verdad!

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martes, 20 de noviembre de 2012

Jesucristo Rey del Universo.Cristo Vence,

Este domingo 25 de noviembre la Iglesia celebra
 la fiesta de Jesucristo Rey del Universo.
Jesucristo Rey del Universo.

¿Sabes porqué Jesucristo es Rey?
Rey por Derecho de Herencia
Cristo es el unigénito Hijo de Dios,
 que lo constituyó heredero universal, recibiendo
 el poder sobre toda la creación el mismo día en que 
fue engendrado.


Rey por ser Hombre - Dios
Jesucristo es Dios y, por ende, todo ha sido hecho por Él, Creador de las cosas visibles e invisibles, Señor absoluto de toda existencia, del Cielo, de la Tierra, del Sol, de las estrellas.

 Los acontecimientos, las fuerzas físicas y morales, la guerra y la paz, la pobreza y la abundancia, la humillación y la gloria, el revés y el acier­to, las pestes, los flagelos, la enfermedad y la salud, la muerte y la vida, todo está a disposición de un simple acto de su voluntad.

Rey por Derecho de Conquista.
Jesucristo es nuestro rey también por derecho de conquista, 
al habernos rescatado de la esclavitud a Satanás. 
Cuando adquirimos un objeto a costa de nuestro dinero, 
nos pertenece por derecho; más todavía si lo obtuvimos a través de duras penalidades, por los esfuerzos de nuestro trabajo; 
y mucho más si fue conseguido con el alto 
precio de nuestra sangre.

Rey por Aclamación.
Cristo es nuestro rey por aclamación. Antes que el agua purificadora del Bautismo se derramara sobre nuestra cabeza, 
lo elegimos por boca de nuestros padrinos para ser el regente de nuestros corazones y nuestras almas. 
Con la Confirmación y en cada Pascua renovamos 
esa elección a viva voz, siempre en forma solemne.


Rey del interior de los hombres y de todas las exterioridades.
No hubo ni habrá jamás un solo monarca dotado con la capacidad de gobernar el interior de los hombres, 
además de saber conducirlos en la armonía de sus relaciones sociales, sus empresas, etc. 
El único rey plenísimo de todos los poderes es Cristo Jesús.


Rey a través de la Gracia y de la Santidad.
Aquí se encuentra precisamente el aspecto medular de su gobierno en este mundo: un reino sobrenatural realizado, 
en esencia, a través de la gracia y la santidad.

Cristo Vence, Cristo Reina, Cristo Impera.


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lunes, 19 de noviembre de 2012

Virgen de la Medalla Milagrosa.


Oh María sin pecado concebida:
Ruega por nosotros que recurrimos a Ti.



 Santa Catalina LabouréEsta fue la santa que tuvo el honor de que la Sma. Virgen se le apareciera para recomendarle que hiciera la Medalla Milagrosa.


Nació en Francia, de una familia campesina, en 1806. Al quedar huérfana de madre a los 8 años le encomendó a la Sma. Virgen que le sirviera de madre, y la Madre de Dios le aceptó su petición.

 Como su hermana mayor se fue de monja vicentina, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir.

 A los 14 años pidió a su papá que le permitiera irse de religiosa a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía a Nuestro Señor que le concediera lo que tanto deseaba: ser religiosa. Y una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: 
"Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos".

 La imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre en la memoria.Al fin, a los 24 años, logró que su padre la dejara ir a visitar a la hermana religiosa, y al llegar a la sala del convento vio allí el retrato de San Vicente de Paúl

Siendo Catalina una joven monjita, tuvo unas apariciones que la han hecho célebre en toda la Iglesia. En la primera, una noche estando en el dormitorio sintió que un hermoso niño la invitaba a ir a la capilla. Lo siguió hasta allá y él la llevó ante la imagen de la Virgen Santísima. Nuestra Señora le comunicó esa noche varias cosas futuras que iban a suceder en la Iglesia Católica y le recomendó que el mes de Mayo fuera celebrado con mayor fervor en honor de la Madre de Dios. Catalina creyó siempre que el niño que la había guiado era su ángel de la guarda.


 Santa Catalina y la Santísima VirgenPero la aparición más famosa fue la del 27 de noviembre de 1830. Estando por la noche en la capilla, de pronto vio que la Sma. Virgen se le aparecía totalmente resplandeciente, derramando de sus manos hermosos rayos de luz hacia la tierra. Y le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen MA, y una cruz, con esta frase "Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti". Y le prometió ayudas muy especiales para quienes lleven esta medalla y recen esa oración.

Catalina le contó a su confesor esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo el sacerdote empezó a darse cuenta de que esta monjita era sumamente santa, y se fue donde el Sr. Arzobispo a consultarle el caso. El Sr. Arzobispo le dio permiso para que hicieran las medallas, y entonces empezaron los milagros.

Las gentes empezaron a darse cuenta de que los que llevaban la medalla con devoción y rezaban la oración "Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti", conseguían favores formidables, y todo el mundo comenzó a pedir la medalla y a llevarla. Hasta el emperador de Francia la llevaba y sus altos empleados también.

En París había un masón muy alejado de la religión. La hija de este hombre obtuvo que él aceptara colocarse al cuello la Medalla de la Virgen Milagrosa, y al poco tiempo el masón pidió que lo visitara un sacerdote, renunció a sus errores masónicos y terminó sus días como creyente católico.
La Medalla Milagrosa

Catalina le preguntó a la Sma. Virgen por qué de los rayos luminosos que salen de sus manos, algunos quedan como cortados y no caen en la tierra. Ella le respondió: "Esos rayos que no caen a la tierra representan los muchos favores y gracias que yo quisiera conceder a las personas, pero se quedan sin ser concedidos porque las gentes no los piden". Y añadió: "Muchas gracias y ayudas celestiales no se obtienen porque no se piden".

 Después de las apariciones de la Sma. Virgen, la joven Catalina vivió el resto de sus años como una cenicienta escondida y desconocida de todos. Muchísimas personas fueron informadas de las apariciones y mensajes que la Virgen Milagrosa hizo en 1830. Ya en 1836 se habían repartido más de 130,000 medallas. El Padre Aladel, confesor de la santa, publicó un librito narrando lo que la Virgen Santísima había venido a decir y prometer, pero sin revelar el nombre de la monjita que había recibido estos mensajes, porque ella le había hecho prometer que no diría a quién se le había aparecido. Y así mientras esta devoción se propagaba por todas partes, Catalina seguía en el convento barriendo, lavando, cuidando las gallinas y haciendo de enfermera, como la más humilde e ignorada de todas las hermanitas, y recibiendo frecuentemente maltratos y humillaciones.

 En 1842 sucedió un caso que hizo mucho más popular la Medalla Milagrosa y sucedió de la siguiente manera: el rico judío Ratisbona, fue hospedado muy amablemente por una familia católica en Roma, la cual como único pago de sus muchas atenciones, le pidió que llevara por un tiempo al cuello la medalla de la Virgen Milagrosa. Él aceptó esto como un detalle de cariño hacia sus amigos, y se fue a visitar como turista el templo, y allí de pronto frente a un altar de Nuestra Señora vio que se le aparecía la Virgen Santísima y le sonreía. Con esto le bastó para convertirse al catolicismo y dedicar todo el resto de su vida a propagar la religión católica y la devoción a la Madre de Dios. Esta admirable conversión fue conocida y admirada en todo el mundo y contribuyó a que miles y miles de personas empezaran a llevar también la Medalla de Nuestra Señora (lo que consigue favores de Dios no es la medalla, que es un metal muerto, sino nuestra fe y la demostración de cariño que le hacemos a la Virgen Santa, llevando su sagrada imagen).

 Desde 1830, fecha de las apariciones, hasta 1876, fecha de su muerte, Catalina estuvo en el convento sin que nadie se le ocurriera que ella era a la que se le había aparecido la Virgen María para recomendarle la Medalla Milagrosa. En los últimos años obtuvo que se pusiera una imagen de la Virgen Milagrosa en el sitio donde se le había aparecido (y al verla, aunque es una imagen hermosa, ella exclamó: "Oh, la Virgencita es muchísimo más hermosa que esta imagen").

 Al fin, ocho meses antes de su muerte, fallecido ya su antiguo confesor, Catalina le contó a su nueva superiora todas las apariciones con todo detalle y se supo quién era la afortunada que había visto y oído a la Virgen. Por eso cuando ella murió, todo el pueblo se volcó a sus funerales (quien se humilla será enaltecido).


 Santa Catalina Labouré en su tumbaPoco tiempo después de la muerte de Catalina, fue llevado un niño de 11 años, inválido de nacimiento, y al acercarlo al sepulcro de la santa, quedó instantáneamente curado.

 .
En 1947 el santo Padre Pío XII declaró
santa a Catalina Labouré, y con esa declaración quedó también confirmado que lo que ella contó acerca de las apariciones de la Virgen sí era Verdad.

sábado, 17 de noviembre de 2012

¿QUIERES SABER POR QUÉ NO ERES FELIZ?



Hijo, anda delante de Mí en verdad, y búscame 
siempre con sencillez de corazón.

El que anda en mi presencia en verdad será defendido de los malos encuentros, y la verdad le librará de los engañadores, 
y de las murmuraciones de los malvados.

Si la verdad te librare, serás verdaderamente libre, 
y no cuidarás de las palabras vanas de los hombres.

Verdad es, Señor; y así te suplico que lo hagas conmigo. Enséñeme tu verdad, y ella me guarde y me conserve hasta alcanzar mi salvación.
Ella  me libre de toda mala afición y amor desordenado, y andaré contigo en gran libertad de corazón.

Yo te enseñaré, dice la verdad, lo que es recto y agradable delante de Mí.
Piensa en tus pecados con gran descontento y tristeza, y nunca te juzgues ser algo por tus buenas obras.

En verdad eres pecador, sujeto y enredado en muchas pasiones.
Por ti siempre vas a la nada; pronto caes, pronto eres vencido, presto te turbas, y presto desfalleces.

Nada tienes de que puedas alabarte; pero mucho de que humillarte; porque eres más flaco de lo que puedes pensar.
Por eso, no te parezca gran cosa, alguna de cuantas haces.

Nada tengas por grande, nada por precioso y admirable; nada estimes por digno de reputación, nada por alto, nada por verdaderamente de alabar y codiciar sino lo que es eterno.

Agrádete sobre todas las cosas la verdad eterna, y desagrádete siempre sobre todo tu grandísima vileza.

Nada temas, ni desprecies, ni huyas cosa alguna tanto como tus vicios y pecados, los cuales te deben desagradar más que los daños de las cosas.
Algunos no andan sencillamente en mi presencia; sino que, guiados de cierta curiosidad y arrogancia, quieren saber mis secretos, y entender las cosas altas de Dios, no cuidando de sí mismos, ni de su salvación.

Estos muchas veces caen en grandes tentaciones y pecados por su soberbia y curiosidad, porque Yo les soy contrario.

Teme los juicios de Dios; atemorízate de la ira del Omnipotente; no quieras escudriñar las obras del Altísimo; sino examina tus maldades, en cuántas cosas pecaste, y cuántas buenas obras dejaste de hacer por negligencia.

Algunos tienen su devoción solamente en los libros, otros en las imágenes; y otros en señales y figuras exteriores.

Algunos me traen en la boca; pero pocos en el corazón.

Hay otros, que alumbrados en el entendimiento y purgados en el afecto, suspiran siempre por las cosas eternas, oyen con pena las terrenas, y con dolor sirven a las necesidades de la naturaleza; y éstos sienten lo que habla en ellos el espíritu de verdad.

Porque les enseña a despreciar lo terrestre y amar lo celestial, aborrecer el mundo y desear el cielo de día y de noche.

 LA PRUEBA DEL VERDADERO AMOR.

Hijo, no eres aun fuerte y prudente .
¿Por qué, Señor?

Porque por una contradicción pequeña, faltas en lo comenzado, y buscas la consolación ansiosamente.

La constante alma está fuerte en las tentaciones, y no cree a las persuasiones engañosas del enemigo.

Como  Yo le agrado en las prosperidades, así no le descontento en las adversidades.

LA  discreta ALMA no considera tanto el don del amante, cuando el amor del que da.
Antes mira a la voluntad que a la merced; y todas las dádivas estima menos que el amado.

El ALMA noble no descansa en el don, sino en Mí sobre todo don.
Por eso, si algunas veces no gustas de Mí o de mis Santos tan bien como deseas: no está todo perdido.

Aquel tierno y dulce afecto que sientes algunas veces, obra es de la presencia de la gracia, y gusto anticipado de la patria celestial, sobre lo cual no se debe estribar mucho, porque va y viene.

Pero pelear contra las perturbaciones incidentes del ánimo, u menospreciar la sugestión del diablo, señal es de virtud y de gran merecimiento.

No te turben, pues, las imaginaciones extrañas de diversas materias que te ocurrieren.

Guarda tu firme propósito y la intención recta para con Dios.
Ni tengas a engaño que de repente te arrebaten alguna vez a lo alto, y luego te torne a las pequeñeces acostumbradas del corazón.

Porque más las sufres contra tu voluntad que las causas; y mientras te dan pena y las contradices, mérito es y no pérdida.

Persuádete que el enemigo antiguo de todos modos se esfuerza para impedir tu deseo en el bien, y apartarte de todo ejercicio devoto, como es honrar a los Santos, la piadosa memoria de mi pasión, la útil contrición de los pecados, la guarda del propio corazón, el firme propósito de aprovechar en la virtud.

Te trae muchos pensamientos malos para disgustarte y atemorizarte, para desviarte de la oración y de la lección sagrada.

Desagrádale  mucho la humilde confesión; y si pudiese, haría que dejases de comulgar.

No le creas, ni hagas caso de él; aunque muchas veces te arme lazos para seducirte.

Cuando te trajere pensamientos malos y torpes, atribúyelos a él, y dile:
Vete de aquí, espíritu inmundo; avergüénzate, desventurado; muy sucio eres, pues me traes tales cosas a la imaginación.

Apártate de mí, malvado engañador; no tendrás parte ninguna en mí; mas Jesús estará conmigo como invencible capitán, y tú estarás confundido.

Más quiero morir y sufrir cualquier pena que condescender contigo.

Calla y enmudece, no te oiré ya aunque más me importunes.  El Señor es mi luz y mi salud. ¿A quién temeré?

Aunque se ponga contra mi un ejercito, no temerá mi corazón. El Señor es mi ayuda y mi Redentor.

Pelea como buen soldado; y si alguna vez cayeres por flaqueza de corazón, procura cobrar mayores fuerzas que las primeras, confiando de mayor favor mío, y guárdate mucho del vano contentamiento y de la soberbia.
Por eso muchos están engañados, y caen algunas veces en ceguedad casi incurable.

Sírvete de aviso y de perpetua humildad la caída de los soberbios, que locamente presumen de sí.


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jueves, 15 de noviembre de 2012

Breve Teología del Pecado Original y el Demonio.?



Ireneo, nacido en el año 140 en Asia Menor, obispo de Lyon,
 fue el fundador de la Iglesia en la Galia (Francia); 
murió en torno al 202, quizá mártir. 
Su obra fundamental es su libro 
Adversus haereses 
(Contra los herejes)
en el que rechaza en bloque las tesis de los herejes gnósticos,
 que describían el mundo como generado por un creador malvado.


El verdadero creador es el Logos, es decir, el Verbo del Dios bueno. Los ángeles son parte del cosmos creado por Dios;
 y el diablo, como los demás ángeles, es también un ángel creado bueno, criatura inherente y eternamente inferior y 
subordinada a Dios; pero «cometió apostasia» y,
 por tanto, fue arrojado del cielo.


Por eso Satanás es el apóstata por antonomasia, y también el engañador del universo, que «quiere engañar nuestras mentes, ofuscar nuestros corazones y tratar de persuadirnos 
de adorarlo a él en vez de al verdadero Dios».


Pero sus poderes sobre nosotros son limitados porque no es más que un usurpador de la autoridad, que legítima y fundamentalmente pertenece a Dios; y 
«no puede obligar a pecar».


Satanás perdió la gracia angélica porque sintió envidia de Dios, deseando «ser adorado como Él»; y sintió también envidia del hombre, como imagen creada a semejanza de Dios.


Nosotros somos el objeto de su envidia. Por eso entró en el edén con el corazón corrompido por el deseo de llevar a la ruina a nuestros progenitores. Ireneo es el primer teólogo cristiano que  labora y desarrolla consiguientemente una teología del pecado original:


Dios creó a Adán y Eva y los puso en el paraíso para que vivieran felices, en estrecha relación con él. Pero Satanás, conociendo su debilidad, entró en el jardín y, asumiendo el aspecto de una serpiente, los tentó.


La maldad de Satanás habría podido quedar sin efecto si Dios no hubiese concedido a la  umanidad la libertad de elegir entre el bien y el mal. Satanás «no obligó» 
al primer hombre y a la primera mujer a pecar; 
«lo eligieron libremente ellos, porque Dios los creó precisamente concediéndoles el máximo don, el libre albedrío. 
Satanás es el único, pero también el verdadero y tenaz tentador porque envidia el estado original delos progenitores».


Por eso todos los seres humanos participamos del pecado de Adán y Eva. En aquel momento nos convertimos en esclavos del demonio y, peor aún, impotentes para liberarnos de él, desprovistos de nuestra libre elección.


Sujetos a Satanás, hemos distorsionado la imagen y semejanza divina, condenándonos así a muerte. Se infringió la felicidad del edén. Dado que dimos la espalda a Dios por nuestra libre voluntad, nos pusimos en manos de Satanás; por lo tanto, es justo que Satanás nos haya tenido en su poder hasta que fuimos redimidos. «Desde el punto de vista de la justicia, en sentido estricto, Dios habría podido dejarnos en manos de Satanás para siempre; pero su misericordia le hizo enviarnos a su Hijo para salvarnos.»


La obra salvadora de Cristo comienza con las tentaciones de Satanás contra el segundo Adán por parte del diablo, a modo de «recapitulación» de la tentación del primer Adán.


Pero esta vez el diablo fracasa y resulta irreparablemente derrotado por Cristo. La tradición cristiana ofrece tres Interpretaciones principales sobre la obra salvadora de la pasión de Cristo.

a) La primera interpretación quiere que la naturaleza humana haya sido santificada, ennoblecida, transformada y salvada por Cristo al hacerse hombre.


b)  La segunda: Cristo fue un sacrificio ofrecido a Dios para reconciliarlo con el hombre.


c) La tercera, la teoría de la redención, de la que Ireneo fue el primer y decidido partidario, se funda en las siguientes bases: «Puesto que Satanás tenía legítimamente aprisionada a la raza humana, Dios se ofreció para rescatar consigo mismo nuestra libertad; el precio sólo podía pagarlo él; sólo Dios podía someterse libremente; a nadie más le habría sido posible una elección libre, porque el pecado original nos había privado a todos de nuestra libertad. 

Dios Padre nos entregó a su hijo Jesús para liberarnos a nosotros, rehenes del demonio. Los sufrimientos de Cristo detuvieron al diablo, liberándonos de la muerte y la condenación.»


La teoría del sacrificio, la principal teoría alternativa de los tiempos de Ireneo, sostenía que Cristo, hombre y Dios a la vez, habían asumido en sí mismo todos los pecados de la humanidad y, entregándose a la muerte por su libre voluntad, había ofrecido a Dios una recompensa adecuada. La teoría del rescate, por más que sea expresada a veces de un modo rústico, reflejaba el énfasis que los padres apostólicos ponían en la batalla cósmica entre Cristo y Satanás, y en conjunto respondía bastante bien a los  moderados supuestos dualistas del cristianismo de los orígenes. Ireneo concibe a Cristo como el segundo Adán, que rompió las cadenas de la muerte que nos había impuesto la debilidad del primer Adán.


El concepto de recapitulación (Cristo, el segundo Hombre, anula el daño hecho por el primer hombre) estaba en el centro de la cristología de Ireneo.


«Satanás, aunque derrotado por Cristo, no deja de obstaculizar la salvación con todas sus energías. Alienta el paganismo, la idolatría, la brujería, la impiedad y especialmente la herejía y la apostasía. Los herejes y los cismáticos, que no siguen a la verdadera Iglesia de Cristo, son miembros del ejército de Satanás, son sus agentes en la guerra cósmica contra Cristo.»


Ireneo sostiene que Cristo es la defensa de los cristianos contra el diablo. El diablo huye cuando se rezan las oraciones cristianas y se pronuncia el nombre de Cristo. Sin embargo, la batalla no ha concluido en absoluto, porque los demonios seguirán poniendo a prueba a los bautizados, con el permiso del Creador, 

«ya sea para castigarles por sus pecados, ya sea para mejor purificarles, ya sea para adiestrarles en la caridad fraterna» de mutuo sustento en las necesidades espirituales, con el recíproco consuelo y tolerancia; pero sobre todo para mantenerles siempre «vigilantes y fuertes en la fe».


No se crea que soy el único que se ha dado cuenta de las tonterías formuladas por ciertos teólogos. Parece que muchos de ellos han asumido como a un nuevo padre de la Iglesia a Rudolf Bultmann, que, entre otras cosas, ha escrito: 

«No es posible servirse de la luz eléctrica y de la radio, o recurrir en caso de enfermedad a los modernos descubrimientos médicos y clínicos, y al mismo tiempo creer en el mundo de los espíritus y los milagros que nos propone el Nuevo Testamento»

 (Nuevo Testamento e Mitología, Queriniana, 1969, p. 110). Asumir el progreso técnico como prueba indiscutible de que la palabra de Dios queda sustituida, no es más que un disparate. Pero muchos teólogos y biblistas creen que no están «al día» si no siguen esas directrices.


En el citado libro de Lehmann aparece una interesante estadística sobre los teólogos católicos: dos tercios de ellos aceptan en teoría los datos tradicionales sobre el demonio, pero los rechazan cuando son aplicados en la práctica pastoral; es decir, no quieren oponerse frontalmente a la Iglesia, pero en la práctica no aceptan sus enseñanzas (p. 115). 

También resulta interesante otra observación estadística: los teólogos católicos demuestran un conocimiento demasiado superficial de la posesión diabólica y los exorcismos (p. 27). Es lo que yo he dicho.


Plenamente consciente de esta situación, la Congregación para la Doctrina de la Fe encargó a un experto estudiar el asunto y promulgó un documento que fue publicado en L'Osservatore Romano el 26 de junio de 1975 con el título 

«Fe cristiana y demonología»; ese estudio fue luego incluido entre los documentos oficiales de la Santa Sede (Enchiridion Vaticanum, vol. V, núm. 38). Reproducimos algunos pasajes del mismo. 

Su principal objetivo es instruir a los fieles y particularmente a los teólogos estrambóticos que soslayan la existencia de Satanás en sus estudios y enseñanzas, mientras que Cristo «bajó del cielo y se encarnó para destruir la obra del demonio» (1 Jn. 3, 5). Eliminando la existencia del demonio, anulamos la redención; quien no cree en el demonio, no cree en el Evangelio.


«En el correr de los siglos la Iglesia siempre ha reprobado las diversas formas de superstición, la preocupación obsesiva por Satanás y los demonios, así como los diferentes tipos de culto y de morboso apego a estos espíritus.

Por eso sería injusto afirmar que el cristianismo, olvidado del señorío universal de Cristo, haya hecho de Satanás el tema preferido de su predicación, transformando la buena nueva del Señor resucitado en un mensaje de terror [...] Pero, en realidad, sería un error funesto comportarse como si, considerando la historia ya resuelta, la redención hubiera surtido todos sus efectos, de modo que ya no sea necesario comprometerse en la lucha de la que hablan el Nuevo Testamento y los maestros de la vida espiritual. 


»Pero más a menudo esta existencia [de Satanás] es abiertamente puesta en duda. Algunos críticos, estimando que pueden identificar la posición propia de Jesús, pretenden que ninguna palabra suya garantizaría la realidad del mundo demoníaco, mientras que la afirmación de su existencia reflejaría más bien, allí donde se formula, las ideas de escritos judaicos, o bien dependería de tradiciones neo testamentarias y no de Cristo; puesto que tal afirmación no formaría parte del mensaje evangélico central, hoy ya no comprometería nuestra fe y seríamos libres de abandonarla.


»Otros, más objetivos y más radicales, aceptan las aseveraciones de las Sagradas Escrituras sobre los demonios en su sentido obvio; pero inmediatamente añaden que, en el mundo de hoy, no serían aceptables ni siquiera para los cristianos. 

También ellos, por lo tanto, las eliminan. Para algunos, finalmente, la idea de Satanás, cualquiera que sea su origen, ya no tendría importancia y, al demorarse en justificarla, nuestra enseñanza perdería crédito y haría sombra al razonamiento sobre Dios, que es el único que merece nuestro interés.


»Para unos y otros, para terminar, los nombres de Satanás y del diablo no serían más que personificaciones míticas y funcionales, cuyo significado sería solamente el de subrayar dramáticamente el influjo del mal y el pecado sobre la humanidad. Puro lenguaje, por tanto, que nuestra época debería descifrar para encontrar un modo distinto de inculcar a los cristianos el deber de luchar contra todas las fuerzas del mal en el mundo.


»Estas tomas de posición, reiteradas, en las que se hace alarde de erudición y son difundidas por revistas y por ciertos diccionarios teológicos, no pueden dejar de turbar los espíritus: los fieles, habituados a tomar en serio las advertencias de Cristo y de los escritos apostólicos, tienen la impresión de que razonamientos de esa clase pretenden imprimir, en este campo, una inflexión sobre la opinión pública, y aquellos que poseen algún conocimiento de las ciencias bíblicas y religiosas se preguntan adónde llevará el proceso de desmitificación emprendido en nombre de una cierta hermenéutica.


»También las principales curaciones de poseídos fueron realizadas por Cristo en momentos que resultaban decisivos en los episodios de su ministerio. Sus exorcismos planteaban y orientaban el problema de su misión y su persona, como lo demuestran de manera suficiente las reacciones que suscitaron. Sin poner nunca a Satanás en el centro de su Evangelio, Jesús habló de él, si bien sólo en momentos evidentemente cruciales y con declaraciones importantes.


»Ante todo dio comienzo a su ministerio público aceptando que había sido tentado por el diablo en el desierto: el relato de Marcos es tan decisivo precisamente por su sobriedad, como el de Mateo y Lucas. Él nos puso en guardia contra ese adversario en el sermón de la montaña y en la plegaria que enseñó a los suyos, el Padrenuestro, como admiten hoy muchos exégetas,  oyándose en el testimonio de numerosas liturgias.


El Apocalipsis es sobre todo el grandioso fresco en que resplandece la potencia de Cristo resucitado en los testimonios de su Evangelio: el Apocalipsis proclama el triunfo del Cordero sacrificado, pero nos engañaríamos por completo sobre la naturaleza de dicha victoria si no se viera en ella el término de una larga lucha en la que intervienen, mediante las potencias humanas que disputan, Jesús, Satanás y sus ángeles, distintos los unos de los otros, pero también agentes históricos suyos. 

En efecto, es el Apocalipsis el que, subrayando el enigma de los distintos nombres y símbolos de Satanás contenidos en las Sagradas Escrituras, desenmascara definitivamente su identidad.


 Su acción se desarrolla a lo largo de todos los siglos de la historia humana, bajo los ojos de Dios. Evidentemente la mayoría de los santos padres, que abandonaron con Orígenes la idea de un pecado carnal de los ángeles caídos, vieron en su orgullo —es decir, en el deseo de elevarse por encima de su condición, de afirmar su independencia, de querer creerse Dios— el detonante de su caída; pero, junto con este orgullo, muchos subrayaron también su maldad en relación con el hombre.


Según san Ireneo, la apostasia del diablo comenzó cuando sintió celos de la creación del hombre y trató de que se rebelara contra su autor. Según Tertuliano, Satanás, para oponerse al plan del Señor, plagió en los misterios paganos los sacramentos instituidos por Cristo. En la enseñanza patrística resonaron, pues, de manera esencialmente fiel, la doctrina y las orientaciones del Nuevo Testamento.»


«Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre expulsarán demonios»: esta simple afirmación de Cristo, que leemos al final del Evangelio de Marcos, bastó para una completa pastoral de liberación en los primeros siglos cristianos. Cada cristiano era exorcista, o sea que tenía este poder, basado en la fe y en la fuerza del nombre de Jesús.


Nos han dejado testimonio de ello Justino, Tertuliano y Orígenes. Después comenzaron a multiplicarse las fórmulas de exorcismo y las recopilaciones de tales fórmulas. Entretanto las autoridades eclesiásticas comenzaron también a regular el exorcistado (orden de exorcista que era la tercera de las menores), reservando las formas más graves a personas cualificadas, y multiplicando los sacramentales, a disposición de todos, para las formas menos graves.


Pero hasta el siglo XVII, incluso cuando el exorcismo más grave estaba reservado a los obispos o a los sacerdotes delegados por ellos (como la disciplina actual), cada diócesis disponía de un número adecuado de exorcistas; no se daba la actual crisis de incredulidad, al menos práctica, sobre la existencia del demonio, motivo por el cual hoy ni los obispos afrontan este problema pastoral (que debería formar parte de la pastoral ordinaria de cada diócesis), ni los sacerdotes están dispuestos o preparados para asumir la tarea.


 El Derecho canónico compromete particularmente a los párrocos para que estén cerca de las familias y los individuos, especialmente en sus sufrimientos; para que asistan a los pobres, a los enfermos, a los afligidos, a aquellos que se encuentran en dificultades particulares (can. 529). 

No hay ninguna duda de que entre estos casos de dolor y necesidades particulares deben contarse los afectados por el maligno. ¿Pero quién cree que lo están?


Se multiplica entonces el recurso a los magos, cartománticos y hechiceros. Son pocos los casos de personas que se dirigen a un exorcista antes de haber recibido las perniciosas curas de las personas antes mencionadas. Se produce literalmente cuanto la Escritura nos dice del rey Ocozías. 

Encontrándose éste gravemente enfermo, mandó mensajeros para consultar a Belcebú (¡el príncipe de los demonios!), dios de Ecrón, para conocer su futuro. El profeta Elías fue al encuentro de aquellos mensajeros y les dijo: «¿No hay un Dios en Israel para que vayáis a consultar a Belcebú?» (2 Re. 1, 1-6). Hoy 1 Iglesia católica ha abdicado de esta específica misión suya y la gente ya no se dirige a Dios sino a Satanás.

«¿Cuáles son hoy las mayores necesidades de la Iglesia? No os asombre como simplista o incluso como supersticiosa e irreal nuestra respuesta: una de las mayores necesidades es la defensa contra ese mal que llamamos demonio»

 (Pablo VI, 15 de noviembre de 1972). Ciertamente las palabras del papa tienen un alcance mucho más vasto que el restringido campo de los exorcismos; pero es igualmente cierto que también estecampo está incluido en ellas.


La comisión que está trabajando en la revisión del Ritual se encuentra ante todo un complejo de deberes. No se trata sólo de revisar las normas iniciales y las oraciones de exorcismo. También hay que aclarar toda la pastoral sobre esta materia.


Actualmente el Ritual considera de forma directa sólo el caso de posesión diabólica, esto es, el caso más grave y raro. Nosotros, los exorcistas, en la práctica, nos ocupamos de todos los casos en que detectamos la intervención satánica:

 los casos de vejación diabólica (mucho más numerosos que los casos de posesión), los casos de obsesión, los casos de infestación de las casas y también otros casos en los que hemos visto la eficacia de nuestras oraciones.


Diría que también en este campo vale el principio «natura non facit saltus» (la naturaleza no da saltos, sino que avanza mediante lentas evoluciones). Por ejemplo, no está claro el límite entre poseídos y vejados. Del mismo modo no está claro el límite entre las vejaciones y otros males: males físicos que pueden ser causados por el maligno; males morales 

(estados habituales de pecado, especialmente en las formas más graves) en los que ciertamente el maligno ha tenido su papel. Por ejemplo, he podido ver cómo a veces se conseguía una mejora al hacer un breve exorcismo, además de la oración por los enfermos, sobre personas de las que tenía razones para sospechar acerca del origen de su mal.


Como también he obtenido buenos resultados con el uso de breves exorcismos, sumados al sacramento de la confesión, con personas recalcitrantes en ciertos pecados, como los homosexuales. San Alfonso, el doctor de la Iglesia para la teología moral, dirigiéndose a los confesores, dice que ante todo el sacerdote debe exorcizar particularmente cuando se encuentra ante algo que cree que puede ser una infestación demoníaca.


Pero obsérvese que, según las normas vigentes, al exorcista sólo le competen en rigor los casos de posesión diabólica. El resto de casos pueden ser resueltos de otro modo: oración, sacramentos, uso de los sacramentales, plegarias de liberación en grupos, etc.


Pero es un campo demasiado vasto para dejarlo a la libre iniciativa, sin ninguna disposición precisa. En el apéndice reproducimos la carta que la Congregación para la Doctrina de la Fe envió a los obispos el 29 de septiembre de 1985. En síntesis, en ella se recuerdan las disposiciones vigentes, sin resolver el complejo  problema que corresponde a la comisión especial. No sé si durante estos años los obispos se han apresurado a hacer llegar a esa comisión las oportunas sugerencias.



 Uno de los prelados más sensibles a este tema es, sin duda, el cardenal Suenens, que lo vive continuamente a través de las plegarias de liberación que se hacen en los grupos de la Renovación. En un breve capítulo de su libro ya citado afirma: «La práctica de la liberación de los demonios, ejercida sin mandato, mediante exorcismos directos, plantea problemas de frontera que hay que determinar y aclarar. 

A primera vista la línea de demarcación parece clara: los exorcismos están reservados exclusivamente al obispo o a su delegado, en caso de presunta posesión diabólica; los casos que están fuera de la posesión propiamente dicha son un campo libre, no reglamentado y, por consiguiente, accesible a todos.»


Pero el cardenal sabe perfectamente que los casos de verdadera posesión son pocos y, además, requieren un estudio específico y competente para poder ser detectados. Por eso añade:
 «Todo lo que está fuera de la posesión propiamente dicha es como un campo de confines mal delimitados, en el que reinan la confusión y la ambigüedad. La misma complejidad de la nomenclatura no ayuda a simplificar las cosas; no existe una terminología común, y bajo la misma etiqueta se encuentran contenidos diferentes» (ob. cit., p. 95).


«Para hacer una puesta a punto útil es preciso, aparte todo lo demás, fijar la terminología y establecer con claridad la distinción entre plegaria de liberación y exorcismo de liberación, con invectivas dirigidas al demonio.


El exorcismo de liberación queda reservado al discernimiento exclusivo del obispo en los casos de posesión; pero falta una línea de demarcación entre las formas de exorcismo que se sitúan fuera de la posesión» (ob. cit., pp. 119-120).

 A decir verdad, yo esta línea de demarcación la veo clara, al menos en cuanto a los términos, teniendo en cuenta que el exorcismo propiamente dicho, reservado al obispo o a un delegado suyo, es un sacramental y compromete la intercesión de la Iglesia; todas las demás formas son plegarias privadas, aunque hechas por grupos. 

No sé por qué el cardenal Suenens no ha hablado nunca del exorcismo como de un sacramental y como el único al que debe reservarse el nombre de exorcismo; es cierto que dedica un breve capítulo a los sacramentales, cita algunos, pero no cita como tal el exorcismo. En mi opinión, sería ya un punto claro. El cardenal me perdonará esta reconvención.


Pasando a las propuestas prácticas, el cardenal Suenens sugiere: «Yo propongo reservar para el obispo no sólo los casos de posesión diabólica, según el antiguo derecho, sino toda la zona en que se pueda sospechar una influencia específicamente demoníaca. Señalaré también que si bien el exorcistado ha desaparecido como orden menor, nada impide que una conferencia episcopal pida a Roma que lo restablezca» (ob. cit., pp. 121- 122). 

Y el cardenal propone que, para los casos menos graves, el exorcistado pueda ser conferido también a laicos cualificados.


Encuentro otras propuestas en el óptimo libro varias veces citado del padre La Grua. Después de recordar las realizadas por el cardenal Suenens, se plantean algunas que podrían tener una aplicación inmediata, a la espera de las decisiones de los superiores. Son propuestas prácticas, factibles y cuya ejecución podría proporcionar también elementos de decisión a la comisión que está revisando esta parte del Ritual.
 «En toda diócesis el obispo debería poner junto al exorcista un grupo de discernimiento, compuesto por tres o cuatro personas, entre ellas un médico y un psicólogo.


Todos los casos sospechosos deberían ser llevados a este grupo que, previo el correspondiente examen, dirigiera el paciente al médico, al exorcista o al grupo orante. 

El grupo orante o los grupos orantes, si los casos fuesen muchos, deberían estar constituidos por personas expertas y preparadas, y deberían intervenir en los llamados casos menores, dejando al exorcista el tratamiento de los casos más importantes. En el grupo orante no debería faltar nunca la presencia del sacerdote.


»La liberación volvería así a entrar en el plano normal de la pastoral de los enfermos. Una terapia bien planteada debería articularse según los siguientes puntos: evangelización, práctica guiada de los sacramentos de la penitencia y la eucaristía, ejercicios ascéticos, frecuentación de grupos de oración. 

Es ocioso decir que, en los casos menores, no se pueden hacer conjuros sobre las personas, sino sólo oraciones, a menos que el sacerdote tenga autorización» (ob. cit., pp. 113-114).


Como se ve, el problema no se limita a aumentar el número de  exorcistas y darles ocasión de prepararse para cumplir correctamente este ministerio. Hay también otras temáticas abiertas que es preciso resolver, de modo que este sector deje de ser un  campo cerrado, con la inscripción de «Trabajos en curso».

 El demonio no cesa nunca su actividad, mientras que los siervos del Señor duermen, como nos dice la parábola del buen 
trigo y la cizaña. 

Pero el primer paso, el paso fundamental, es que los obispos y los sacerdotes recuperen la sensibilidad en relación a este problema, sobre la base de la sana doctrina que las Escrituras, la tradición y el magisterio nos han transmitido siempre, también a través del Concilio Vaticano II, la  enseñanza de los últimos pontífices y últimamente el Catecismo de la Iglesia católica.

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