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domingo, 8 de septiembre de 2013

Discernir significa reconocer o identificar.

Separar para elegir; discernimos lo  bueno de lo malo, 
tiene que ver con la búsqueda  que tiene el hombre de Dios, 
de lo que le agrada, encontrándose en ese caminar fuerzas contrarias pero desiguales, la  acción del espíritu de Dios
 que trata de conducirlo por la verdadera senda.

Ayudándole a reconocer y vencer los obstáculos y la acción del mal. El demonio  que es enemigo de Dios, que trata de todos los medios a su alcance de  apartarnos del camino verdadero y así precipitarlo junto a él al abismo eterno 

Nos dice la Biblia que uno de los dones dados por 
el Espíritu Santo a la Iglesia es el discernimiento de espíritus.
Toda perfección de la vida cristiana consiste en poder llegara una capacidad de escuchar y a una docilidad tan grande al Espíritu Santo que no necesite de medios extraordinarios para conducirnos.
A medida que una persona se acerca a Dios, estas inspiraciones ordinarias se convierten en una atmósfera que envuelve la vida entera. 
Este don es utilizado para proteger a los creyentes de espíritus malos que se muevan en el ambiente o bien dirigirlo hacia donde el Espíritu nos lleve de manera sobrenatural.

Discernir significa reconocer o identificar. Separar para elegir; discernimos lo  bueno de lo malo, tiene que ver con la búsqueda  que tiene el hombre de Dios, de lo que le agrada, encontrándose en ese caminar fuerzas contrarias pero desiguales, la  acción del espíritu de Dios que trata de conducirlo por la verdadera senda,

ayudándole a reconocer y vencer los obstáculos y la acción del mal. El demonio  que es enemigo de Dios, que trata de todos los medios a su alcance de  apartarnos del camino verdadero y así precipitarlo junto a él al abismo eterno. 


Nosotros mismos y nuestros intereses, porque  podemos estar escuchando nuestra voz interior y la podemos confundir porque nos  agrada mucho lo que escuchamos.

El discernimiento puede ser el arte del sentido común es decir una intuición  natural que puede ser adquirida o puede ser un carisma, un don particular que  comunica el Espíritu Santo para reconocer de que origen provienen los movimientos  interiores del alma.


El “arte” del discernimiento no sustituye la luz de Dios. Siempre será necesario pedir esa luz para usar acertadamente las reglas de discernimiento.

El poder utilizar el discernimiento de espíritus es un regalo dado por Dios ( 1 Cor 12:7, Gál 3:5,), el cual nos guía hacia el orden de Dios (1 Cor 14:29-33) en medio del mover del Espíritu Santo y de los otros espíritus .

Este don nos sirve para: Prevenir,Ver mas allá de lo que muchos ven, Ponernos en aviso, Distinguir, Ver las intenciones del corazón .

Además de estos usos que Dios le da a este maravilloso don, existen lugares y ocasiones especiales por las cuales se puede "activar", es decir 
que puede ser utilizado en momentos como los siguientes:


En ministración (Se discierne por medio de la confesión, imposición de manos, al tener contacto, o al recibir una luz acerca del problema o  bien la raíz del problema que se esté afrontando)


Consejería (Por medio de este don se pueden visualizar los problemas desde otro ángulo y poder dar un consejo adecuado y

oportuno a la situación que esté viviendo una persona específica)

Liberación (para conocer cuál espíritu o demonio es el que ha tomado lugar en un cuerpo y desalojarlo por medio de la guía que Dios dé por medio de su Espíritu Santo.)

En la unidad con Dios al momento de ministrar los dones.

Antes de pedir a Dios este don debemos tener clara la motivación que nos lleva a solicitarlo, pues la Biblia dice que si nosotros lo anhelamos con el propósito de que sirva de edificación a la Iglesia, Dios lo hará abundar en nosotros.

A continuación daremos algunos ejemplos que se observan en la Palabra de Dios acerca de la forma en que este maravilloso don actúa, ya que no siempre va a ser la misma manifestación, pues Dios es soberano y se puede manifestar de distintas formas cada vez que él lo considere 
necesario hacer.

Jesús sana a la suegra de Pedro (Lc. 4:38-39).

Es importante notar aquí que El Señor tomó autoridad sobre la fiebre, la reprendió y ésta tuvo que abandonar el cuerpo de la suegra de Pedro.



Esta es una característica muy importante del don de discernimiento de 
espíritus, ya que al discernir el espíritu (bueno o malo), habrá que 

tomar autoridad, si es necesario sobre este espíritu y desalojarlo directamente.

Jesús sana a un hombre poseído por un espíritu (Mar 9:25)

Nuevamente Jesús discierne el espíritu que había tenido atormentado a este hombre, lo reprende, e inmediatamente el espíritu huye.


El discernimiento es señal de madurez. El discernimiento puede ser igual un don, como nos lo enseña Pablo (1Co.12,10).

En este caso Dios da por gracia un instinto sobrenatural muy seguro que permite reconocer inmediatamente el origen sobrenatural y no sobrenatural de las inspiraciones interiores que animan a una persona o grupo.

En la palabra discernir encontramos la clave de lo que buscamos con nuestra búsqueda de la voluntad de Dios. Es una palabra muy querida en la Renovación Carismática católica puesto que alude a uno de los carismas del Espíritu Santo.

Podemos profundizar también el tema del discernimiento a la luz de la Conferencia de Puebla y de las enseñanzas del Papa Pablo VI.

El discernimiento es un acto fundamentalmente cristiano, mientras se haga a partir del Evangelio, con visión de Fe. 

Es a partir del evangelio como los signos de los tiempos se convierten en interpretaciones de Dios a las que debe responder la acción evangelizadora de la Iglesia en general y de cada uno de los cristianos en particular.

Fue Pablo VI quien de manera mas decidida saco del olvido el discernimiento y lo colocó como actitud fundamental y primera, en la acción evangelizadora concientemente desarrollada. Texto clave en su doctrina es la carta Octogésima 
Adveniens escrita en 1971.

Condiciones fundamentales para que el discernimiento merezca el nombre de cristiano:

Comunitario: El discernimiento que aspira examinar y transformar la realidad debe ser comunitario, es competencia de las comunidades cristianas.

La complejidad de la realidad imposibilita que sea realizado solo por una persona, que se base solo en una palabra cuando se trata de la vida de la iglesia. 

Pero es lógico admitir que ese discernimiento comunitario debe verse acompañado en todo momento por el discernimiento personal (Octogésima Adveniens, No 49)

Carismático: Todo autentico discernimiento debe realizarse bajo la acción del Espíritu Santo. Su luz es absolutamente imprescindible.


 Por eso la oración es el ambiente normal en donde 
disciernen los hermanos. 
Allí suplican al paráclito que les de la caridad de su iluminación.

Eclesial: Para discernir eclesialmente debe darse comunión con los pastores responsables. Así lo enseña Pablo VI, leyendo nuestra realidad a la luz de las orientaciones de nuestros pastores.

Dialogal: En el discernimiento de la realidad no estamos solos. Se requiere dialogar con muchos hermanos, católicos. El Señor quiere la salvación de todo hombre y también la de todos los hombres.

Es un conocimiento que infunde directamente el E. S. ( Jn.14,15-16; Jn.14, 26), esta luz ilumina de tal modo la inteligencia, que la voluntad no puede dudar del origen y finalidad Divina, de los pensamientos, impulsos, experiencias o acciones de una persona o un grupo. 

En el carisma del discernimiento el conocimiento esinmediato y por eso se habla de una luz interior.

Una especie de sentido espiritual que permite captar lo que es auténtico del ES, lo que viene de Él. 

Un discernimiento tiene, pues, una enorme importancia; permite en efecto percibir lo que viene del Espíritu, lo que es de la carne, lo que emana de las fuerzas de las tinieblas y retener lo que manifiesta la acción del Espíritu.

Este carisma se conoce en inspiraciones o mociones interiores. No se trata de una intuición psicológica especialmente para que el Espíritu pueda usarla, se trata específicamente de mociones pasajeras que vienen de la Gracia.

Mientras más unidos estemos al Señor Jesús y más encontremos a nuestro Padre en Jesús, más se desarrolla en nosotros este sentido espiritual sobre nuestra inteligencia y nos ayuda a percibir lo que viene de Dios y lo que le agrada.

Cristo prometió su espíritu, un consejero que nos enseñaría e iluminaría. Dentro de su plan estaba guiarnos personalmente como un Padre que nos ama, para que cada uno encontrara su camino dentro de El. 

Esto lo hace a través de impulsos e inspiraciones que pone dentro de nosotros el espíritu que nos habita. Sin embargo, no siempre sabemos con certeza si una inspiración recibida proviene realmente de 
Dios. 

Muchas veces el espíritu del mal nos confunde y llega hasta imitar las inspiraciones de Dios. Por eso San Juan nos advierte:

“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” 1Jn. 4,1. Esto es lo que hace el Discernimiento.

Con respecto a las inspiraciones que recibimos, las hay ordinarias y carismáticas.

Surgen dentro de nosotros en forma muy similar a nuestras inclinaciones naturales; son simplemente impulsos para hacer o dejar de hacer algo. 

Las podemos distinguir de nuestros impulsos naturales porque van envueltas en un sentimiento de delicado amor  proveniente del Espíritu santo.

En estas inspiraciones no hay nada de espectacular, son simples impulsos amorosos  dentro de nosotros que nos da el espíritu Santo para iluminarnos, fortalecernos y  guiarnos. Por lo mismo son menos peligrosas y a la vez mas deseables. 


Constituyen la forma ordinaria de relación con Dios y las personas que están cercanas a El y buscan su voluntad, por lo que solo pueden ser recibidas por los que viven en estrecho contacto con El.

El principal problema que nos representa este tipo de inspiración es distinguirlas de los impulsos surgidos de nuestra afectividad natural. Lo importante es que estemos siempre abiertos a la acción de Dios dentro de nosotros sabiendo que las inspiraciones ordinarias son la manera normal de actuar del espíritu de amor.

Toda perfección de la vida cristiana consiste en poder llegara una capacidad de escuchar y a una docilidad tan grande al Espíritu Santo que no necesite de medios extraordinarios para conducirnos.

A medida que una persona se acerca a Dios, estas inspiraciones ordinarias se convierten en una atmósfera que envuelve la vida entera. 

No necesita consultar al Señor en cada caso particular, ya que vive continuamente en atención amorosa a su voluntad. 

Sin embargo, no hay nadie que, en algunas circunstancias de su vida, no tenga que hacer un ejercicio activo y voluntario de discernimiento antes de tomar una decisión.

Son experiencias como impulsos provenientes de fuera de nosotros. Pueden consistir en visiones, palabras o en ideas que surgen de pronto sin causa especial. 
veces son simplemente impulsos a hacer algo, a hablar con alguien desconocido o ir a un lugar insólito. Son las mas extraordinarias y las menos frecuentes.

También son las mas peligrosas ya que Satanás puede imitarlas ; el puede darnos visiones y mensajes que nos confunden. 

Ver Siracides o Eclesiástico 34, 1-7 Siempre que tengamos una inspiración de este tipo será necesario ejercer discernimiento sobre ella.

Es probable que Dios envié este tipo de inspiraciones cuando se necesitan instrucciones muy precisas para llevar a cabo una misión especial. Tenemos 
ejemplos en la escritura como: Hech.9, 10-19; 16,7, 9-10.

Aunque sea difícil determinar con precisión cuando una inspiración es ordinaria o carismática, es bueno intentar distinguirlas ya que la actitud a tomar en cada caso es diferente.

Existen algunos criterios que nos pueden ayudar a descubrir si una inspiración recibida es o no de Dios

No son, sin embargo, recetas que nos entreguen respuestas automáticamente, ya que permanecerán algunas oscuridades que nos obligarán muchas veces a tomar decisiones sin contar con una certeza absoluta, confiados en que nuestro Padre, viendo nuestra buena intención, no permitirá que equivoquemos el camino.


Incluso los más grandes santos pasan por períodos de dolorosas dudas acerca de lo que el Señor les esta pidiendo.

Esto es parte de nuestra vida en la tierra
y nos sirve para descansar cada vez más en el Señor.


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viernes, 6 de septiembre de 2013

La Integridad del Alma...


....Pero es muy fácil responder que de nada sirve la 
pureza del cuerpo si falta la integridad del alma.


Por lo que toca a la pureza del cuerpo, 
puede suceder que una persona muy honorable 
venga a pedirnos que mintamos para evitar, con nuestra mentira,
 que sea violada, en cuyo caso, sin duda alguna, 
habría que mentir. 

Pero es muy fácil responder que de nada sirve la pureza del cuerpo si falta la integridad del alma. Pues si ésta cae, se arruina, inevitablemente, la primera, aunque parezca que está intacta. La pureza no se puede contar entre las cosas temporales como si se nos pudiera quitar a la fuerza. Pues si el alma no se corrompe, con la mentira, para salvar la pureza del cuerpo, éste seguirá inviolado si el alma se conserva incorruptible.

Pues si se le hace violencia al cuerpo, sin que preceda un apetito lascivo, no debe llamarse violación, sino vejación.

Y aunque toda vejación es una violación, no toda violación es deshonesta, sino la que ha sido procurada o consentida por apetito lascivo. Pues cuanto es más excelente el alma que el cuerpo, tanto es más criminal su corrupción. Y, por tanto, siempre se puede guardar la pureza donde no puede haber ninguna corrupción que no sea voluntaria.


Ciertamente, si el seductor os invade el cuerpo, de modo que con ninguna fuerza contraria ni con ninguna razón ni mentira se pudiese evitar, es necesario confesar que ninguna libidinosidad ajena puede violar la pureza.

Por lo cual, como nadie duda que el alma es mejor que el cuerpo, siempre se ha de preferir la integridad del alma, que puede conservarse eternamente, a la integridad del cuerpo.

 ¿Y quién osaría decir que es íntegra el alma del mentiroso? Pues, con razón, se define la libido como el apetito del alma por el que preferimos los bienes temporales a los eternos. 

Así pues, nadie puede convencer que se puede mentir alguna vez, a no ser que pueda mostrar que, con la mentira, se puede conseguir algún bien eterno. 

Pero como uno tanto se aleja de la eternidad cuanto se aleja de la verdad, es un absurdo decir que, alejándose de allí, puede llegar a algún bien.

Y, si hay algún bien eterno que no abrace la verdad, no será ya verdadero, y tampoco será bueno, pues será falsificado.

Pues como se ha de anteponer el alma al cuerpo, así también hay que poner delante la verdad al alma, de modo que ésta no solo prefiera la verdad al cuerpo, sino también más que a sí misma.

Y así se hará más íntegra y casta cuanto más se goce en la inmutabilidad de la verdad que en su mutabilidad. 

Si, pues, Lot, siendo tan justo, que incluso mereció tener por huéspedes a los ángeles, ofreció sus hijas a la violación de los sodomitas, prefiriendo que se violaran los cuerpos de las mujeres antes que los de los hombres, 


¿con cuánta mayor diligencia y constancia se ha de guardar la pureza del alma en la verdad, pues con mayor razón se ha de preferir el alma al cuerpo, que el cuerpo del varón al 
cuerpo de la mujer?

No se puede mentir para salvar a otros, Tal vez alguien piense que se puede mentir, en favor de otro, para conservarle la vida o para que no tropiece en aquellas cosas que ama demasiado de manera que pueda llegar a comprender la verdad eterna.

En primer lugar, no se entiende que no habría infamia que no tuviéramos que aceptar, en las mismas condiciones, como ya hemos demostrado anteriormente, pero, además, la autoridad de la misma doctrina se bloquearía y quedaría prácticamente muerta si, con nuestra mentira, persuadimos a aquellos que intentamos atraer hacia ella, que, a veces, se puede mentir. 

Pues, como la doctrina de la salvación consta de verdades que en parte se deben creer y en parte comprender, pero no se puede llegar a las segundas si no se creen las primeras.

 ¿Cómo se puede creer al que piensa que, a veces, se puede mentir, no vaya a suceder que mienta, precisamente, cuando nos manda creer? 

¿Cómo se puede saber si entonces tendrá también alguna razón, como él piensa, para una mentira complaciente, pues juzga que, aterrorizado con una falsa narración, se puede apartar a un hombre de una acción libidinosa, y de este modo atraerle, mintiendo, a las cosas espirituales? 

Admitido y aprobado ese género de mentiras, toda la doctrina de la fe cae por tierra, y, una vez arruinada, ni siquiera se puede alcanzar la inteligencia con la cual se nutren los niños en la fe. Así, se destruye toda la doctrina de la verdad si se cede desenfrenadamente a la falsedad, cuando se abre un boquete para que entre la mentira, aunque sea la de oficio.

Todo el que miente antepone los intereses temporales, 
propios o ajenos, a la verdad.

 ¿Qué se puede hacer más perverso? Pues, si con la ayuda de la mentira quiere hacer a alguien apto para entender la verdad, le cierra su única entrada, pues queriendo convertirse en seguro, cuando miente, se hace inseguro hasta cuando dice la verdad.

 Por consiguiente, o no podemos creer a los buenos, o se debe creer a aquellos que dicen que, a veces, se debe mentir, o no debemos creer que los buenos mientan nunca. De estas tres cosas, lo primero es pernicioso, lo segundo sería necio, y, por tanto, solo queda que los buenos nunca mientan.

Permitir un mal no es consentirlo ni aprobarlo, aunque este problema ya está considerado y tratado, desde estos dos puntos de vista, no es fácil dejarlo sentenciado. Todavía debemos escuchar a los que dicen que no hay ninguna acción tan mala que no se deba cometer para evitar otra peor. 

Y a estas acciones humanas pertenecen no solo las que se hacen, sino también las que se padecen con propio consentimiento. Por tanto, si existe un motivo por el que el cristiano optase por ofrecer incienso a los ídolos para evitar la violación con la que el tirano le amenaza si no lo ofrece, parece que también es muy justo preguntar por qué no se puede mentir para evitar tan gran vileza. 

Pues el mismo consentimiento, por el que se prefiere sufrir una vileza a ofrecer incienso a los ídolos, no se puede entender como fruto de una pasión, sino como un mero hecho que para que no ocurriera opta por ofrecer incienso a los ídolos. ¡Con cuánta mayor facilidad elegiría la mentira si con ella pudiera alejar de su santo cuerpo infamia tan inhumana!

En esas afirmaciones, con razón, se pueden preguntar estas cuestiones: ¿este consentimiento ha de tomarse como un hecho, o se trata de un consentimiento sin aprobación alguna?

O estamos ante una aprobación al decir: Conviene padecer esto antes que hacer aquello, y si es más correcto ofrecer incienso que padecer una violación, y si sería mejor mentir que ofrecer incienso a los ídolos si esa fuera la situación.

Si ese consentimiento se hubiera de dar por hecho, entonces también serían homicidas los que prefirieron morir antes que dar falso testimonio, y con el homicidio más grave que es el suicidio. 

Pues ¿por qué no se dice que se suicidaron cuando optaron por sufrir la muerte para no hacer aquello a lo que se les apremiaba? Pero, si se piensa que es más grave matar a otro que suicidarse, 


¿qué decir del mártir al que se propone, ante sus propios ojos, si no quiere renegar de Cristo ni sacrificar a los demonios, no a cualquier hombre, sino a su propio padre rogándole al hijo que no permita, con su perseverancia, que le maten?

¿Acaso no es manifiesto que si él permanece fidelísimo en el testimonio de su fe, los únicos homicidas serían los que matasen a su padre, pues nadie podría llamarle parricida? 

Así pues, como éste no sería partícipe de este crimen tan enorme, al preferir la muerte y aun la impiedad de su padre, cuya alma padecería las penas eternas, que violar su fe con un falso testimonio, del mismo, este su consentimiento no le haría partícipe de tan gran crimen si él no quería hacer nada malo, aunque lo hicieron los otros, precisamente, porque él no lo había hecho.

Pues ¿qué es lo que dicen esos perseguidores sino esto: Haz el mal para que no lo hagamos nosotros? 

Pero aunque fuere verdad que si lo hiciéramos nosotros, no lo harían ellos entonces, ni siquiera así deberíamos apoyarles con nuestro crimen. 

Pero, cuando ya hacen, lo que tampoco nos dicen, ¿por qué vamos a ser cómplices y no dejarlos solos con sus torpezas y crímenes? No se ha de llamar a eso consentimiento porque no aprobamos lo que hacen, pues siempre deseamos, y, en cuanto nos es posible, les prohibimos que lo hagan, y cuando lo han hecho no solo no lo aprobamos, sino que lo condenamos con la más fuerte repulsa de que somos capaces.

Pero ¿cómo no va a llamarse cómplice, dices, cuando ellos no harían esa acción si él mismo la hubiese hecho?

Por esta regla de tres, también rompemos la puerta con los salteadores, ya que, si no la cerráramos, ellos no la partirían. Y, así, también matamos a los hombres, con los ladrones, cuando ocurre que sabemos lo que ellos van a hacer, porque si nos adelantásemos y los matásemos, no matarían ellos a otros. 

Y también cometemos parricidio cuando alguien nos confiesa que va a cometerlo, si, aunque podamos, no los matamos, antes de que él lo haga, cuando no podemos contenerle e impedir el crimen de otro modo. Siempre se puede argumentar con las mismas palabras: con él lo realizaste, porque él no hubiera hecho esto si tú hubieras hecho lo otro. 

Yo no quise hacer ningún mal, pero solo pude evitar lo que estaba en mi poder.

Pero el otro mal ajeno que yo no pude evitar con mi demanda no debí impedirlo con mi mala acción. No aprueba, pues, al que peca quien no peca en su lugar, ni aprueba una cosa u otra quien no desea aceptar ninguna, pues en lo que a él se refiere, lo que está en su poder no lo realiza, y lo que se refiere al otro lo condena con toda su voluntad. 

Y por eso, a los que proponían aquella disyuntiva y decían: Si no ofrecéis incienso sufriréis esto, si se les respondiese: Yo no acepto ni una cosa ni otra, puesto que detesto las dos y ninguna os consiento.

En estas palabras y otras semejantes, que, ciertamente, si son sinceras, no habrá consentimiento ni aprobación alguna, y por tanto a todo lo que uno sufriera de ellos se le consideraría como padecer afrentas, y a ellos comisión de crímenes.

Y dirá alguno: ¿estará obligado alguno a exponerse a la violación antes que ofrecer incienso? Si preguntas por lo que debe, no debe una cosa ni otra. 

Pues, si digo que debe hacer una de estas cosas, aprobaría una de ellas cuando repruebo las dos.

Pero si me preguntas cuál de las dos debería evitar, pues no es posible evitar ambas, sino una de la dos, te respondería: debe evitar su pecado siempre antes que el ajeno, e incluso su pecado leve antes que el ajeno grave. 

Así pues, mientras no lo estudie con más detalle, te concedo que es más grave la violación que el ofrecer incienso, pero esta es una acción propia, mientras la otra es ajena, aunque él mismo la padezca, y del que es la acción, de ése es también el pecado.

Pues, aunque sea más grave el homicidio que el hurto, es peor hacer un robo que padecer un homicidio. Así, si se le propone a uno que si no quiere hacer un robo se le matará, esto es, se cometerá con él un homicidio, dado que no puede evitar las dos cosas, ha de evitar, más bien, su pecado antes que el pecado ajeno. Y no por eso se le va a imputar lo que en él se ha cometido porque lo pudiese evitar si quisiera cometer el suyo.

Todo el enredo de esta cuestión lleva a esto: se pregunta si el pecado ajeno, aunque sea cometido en ti, se te puede imputar a ti, que lo pudiste evitar con un pecado tuyo más leve y no lo hiciste; y si se puede exceptuar la inmundicia corporal.


 Pues nadie dice que un hombre se hace inmundo si le matan o le meten en la cárcel o le encadenan, o le flagelan, le maltratan con diversos tormentos y torturas o le proscriben o le colman de gravísimos daños hasta la suma pobreza, o le despojan de todos los honores o sufre toda clase de ultrajes con todo tipo de afrentas. 

Pues no hay nadie tan loco que se atreva a llamarle inmundo a alguien cuando ha sufrido injustamente todas estas cosas.

Pero, si se le baña en estiércol, o si se le vierten o introducen cosas sucias por la boca o consiente acciones afeminadas, todos le aborrecerán, y le llamarán corrompido e inmundo. Así pues, debemos concluir que nadie debe evitar los pecados ajenos, cualesquiera que éstos sean, por medio de pecados propios, exceptuados aquellos que hacen inmundo a aquel en quien se cometen, y, ya se trate de sí mismo o más bien de otro cualquiera, ha de sufrirlos y soportarlos con fortaleza.

Y si no los debe evitar con ningún pecado suyo, tampoco deberá hacerlo por medio de la mentira. Pero aquellas cosas que cuando se hacen en el hombre, le hacen a él inmundo, deberíamos evitarlas aun con nuestros pecados, que por eso mismo no pueden llamase pecados, pues se hacen precisamente para evitar la inmundicia.

Pues lo que así se hace de modo que, si no se hiciese, se le reprocharía justamente, no es ningún acto culpable. Por lo que hemos de concluir que tampoco se puede llamar inmundicia a una acción que de ninguna manera la podemos evitar. Entonces el que la sufre tiene también un modo de obrar rectamente: que soporte pacientemente lo que no puede evitar. Pues nadie que actúe rectamente se puede hacer inmundo por contagio corporal.

Porque ante Dios es inmundo todo aquel que es inicuo, y todo limpio el que es justo, y aunque no lo sea ante los hombres, lo es, ciertamente, ante Dios, que le juzga con verdad. Por tanto, ni al sufrir esas cosas, cuando tiene la posibilidad de evitarlas, se hace inmundo por contagio, sino por el pecado cometido porque no quiso evitarlas cuando pudo.

Pues nada de cuanto hiciera para evitarlas sería pecado.
Por tanto, el que hubiere mentido para evitar esas cosas, no peca.

¿Habrá que exceptuar todavía alguna otra clase de mentiras por las que sea preferible padecer esas cosas inmundas que cometer aquéllas? Si esto es así, ¿acaso lo que se haga para evitar esa inmundicia no es pecado? A veces hay ciertas mentiras que es más grave el admitirlas que sufrir esa opresión.

Pues si alguien fuese buscado para cometer un estupro, y se pudiere ocultar con una mentira, ¿quién se atrevería a decir que ni entonces se ha de mentir? Pero si con tal mentira pudiera ocultarse pero de modo que dañase la fama de otro, por el mismo falso crimen de inmundicia por el que se busca al primero, por ejemplo, si al que busca a tal sujeto le nombramos a otro hombre casto y ajeno a toda especie de torpezas, como si le dijéramos: 

Vete a éste, y él te procurará todo de modo que puedas gozar más licenciosamente, pues ese conoce muy bien esas cosas y las ama. Así, éste puede ser alejado de aquel que buscaba.

Pero no se puede violar la fama del otro con una mentira, para que no sea violado el cuerpo del otro por la libídine ajena. Y en absoluto se puede mentir a favor de uno, con una mentira que dañe a otro, y esto aunque el daño fuera más leve que el que había de padecer aquel a quien podíamos salvar con nuestra mentira. 

Porque no se ha de quitar el pan a uno, aunque esté más sano, para alimentar al más débil, sin su consentimiento, ni se puede castigar con varas al inocente para que otro no sea asesinado.

Perfectamente puede hacerse si así lo desean porque no se 
les ofende cuando ellos lo quieren.

No se puede admitir la mentira en materia religiosa, Todavía hay una gran cuestión, que es: si, con su consentimiento, se puede manchar la fama del prójimo, con un falso crimen de estupro, para evitar el estupro en el cuerpo ajeno.

 Y no veo que se encuentren fácilmente razones de que sea más justo permitir que se manche la fama de otro con un falso crimen de estupro, cuando el interesado lo consiente, que permitir que sea violado el cuerpo de quien es forzado contra su consentimiento.

Pero si al que prefirió ofrecer incienso a los ídolos a padecer prácticas afeminadas se le propusiese violar la fama de Cristo con una mentira, para evitar esas cosas, sería muy poco cuerdo si optara por hacer esto. Pero aún digo más: que sería un loco si para evitar sufrir la libido ajena, para que no se hiciese en él lo que en nada consiente su propia concupiscencia, falsificara el Evangelio de Cristo con alabanzas falsas, prefiriendo evitar la corrupción ajena en su cuerpo que la corrupción doctrinal de la santificación de las almas y los cuerpos.

Por tanto, se han de dejar por completo toda clase de mentiras cuando se trata de la doctrina de la religión y de todos sus enunciados, ya se enseñe, ya se aprenda.

 Y no se puede creer que se pueda encontrar causa alguna para que en tales materias se pueda mentir, cuando ni siquiera para conseguir más fácilmente la verdad es lícita la mentira.

Pues, rota o disminuida la autoridad de la verdad, todo será un mar de dudas, pues si no se tiene fe en la verdad no puede haber certeza alguna. 

Y, aunque le sea lícito al que disputa o expone o predica las cosas eternas, o al que narra o pregona las cosas temporales que pertenecen a la edificación de la religión o atañen a la piedad, ocultar por un tiempo lo que juzga que debe ocultar, nunca le es lícito mentir ni ocultar algo 
mintiendo

Bellisima Oración.

Señor, ten misericordia de mí. En esta petición te pido que me perdones, de la misma forma como yo perdono a los demás. Cuando se me haga difícil perdonarlos, deja que esta petición se haga presente en mi mente de modo que pueda perdonar con verdadero amor.

Ayuda mi debilidad y dame fuerzas para no ponerme en circunstancias que me puedan llevar a ofenderte.
No permitas que soslaye u omita buenas obras por pereza o respeto humano. No dejes que entre en la eternidad para ver lo que yo podría haber sido, sino haz que pueda corresponder a cada luz, a cada gracia y a cada inspiración.

Preciosa Sangre de Jesús, purifica mi corazón, sensibiliza mi conciencia acerca del pecado, haz mi corazón humilde y dócil, y lávame de mis pecados y equivocaciones. Preséntame ante tu Padre un día como una imagen perfecta de Ti mismo.

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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Mi Jesús, yo soy Rico ....

....en el Espíritu. 
No me bastas Tú solo. No estoy desapegado de las cosas de este mundo. Concédeme un corazón afectuoso para que yo pueda amar con desapego y libertad.


"Bienaventurados los pobres de Espíritu" (Mt 5, 1-12).
Mi Jesús, yo soy rico en el espíritu. No me bastas Tú solo. No estoy desapegado de las cosas de este mundo. Concédeme un corazón afectuoso para que yo pueda amar con desapego y libertad.

"Bienaventurados los Mansos"
Enséñame a ser manso, Jesús mío. Con frecuencia la ira consume mis días y no puedo distinguir la fuerza de la mansedumbre. Concédame control de mí mismo para que mi prójimo no sufra por mi falta de virtud.

"Bienaventurados los que lloran"
Señor Espíritu, haz que sienta horror por el pecado y sepa arrepentirme cuando caiga. Permíteme ser humilde de corazón ante cualquier pensamiento de mis debilidades, para que siempre esté dispuesto a decir: 
"Lo siento, perdóname".

"Bienaventurados los que tienen Hambre y Sed de Santidad"
Me he disculpado diciendo que la santidad es para unos cuantos escogidos. Me da miedo darme cuenta que Tú quieres que yo sea Santo. Debo sentir hambre de santidad antes de que Tú me puedas alimentar con tu gracia. Debo tener sed antes que me des a beber agua de vida.

"Bienaventurados los Misericordiosos".
Quisiera que todo mundo comprendiera mis flaquezas, pero me muestro duro e implacable frente a las flaquezas de los demás. Jesús, ayúdame a perdonar de modo que tu misericordia pueda cubrir mis debilidades.

"Bienaventurados los Puros de Corazón"
Tantos deseos, metas y ambiciones se acumulan en mi mente, amado Jesús. Auxíliame para tener un solo corazón, para desearte sólo a ti, para trabajar por tu honor y tu gloria, para buscar primero el Reino y juzgar las cosas a la luz de la eternidad.

"Bienaventurados los que hacen la Paz"
Yo no soy pacificador. Temo resultar herido, comprometerme. El respeto humano es la norma de mi vida y prefiero estar solo. Jesús mío, a ti no te importaban nada las opiniones de la gente. Haz que pueda yo ser pacificador, erradicar la discordia y sembrar semillas de unidad.

"Bienaventurados aquellos que son Perseguidos 
por causa de la Justicia".
Me gusta ser del montón, Señor Jesús. Permite que pueda yo estar aparte, si es necesario, para pelear por tu Iglesia, tus mandatos y tus principios. Haz que mi lema sea: "Quién como Dios" y mi meta que todo hombre conozca tu amor y redención.

"Bienaventurados cuando la gente os maltrate y persiga, 
y os calumnie por causa Mía"
Señor mío, fácilmente cambio de opinión, me desdigo de mis afirmaciones y me quedo callado ante la mayoría. Ayúdame con el don de la fortaleza para formarme mis propias opiniones de acuerdo a tus estándares, para tener el valor de confesar la fe y la moral enseñada por la Iglesia y rechazar cualquier forma de permisividad. 
Permíteme sentirme satisfecho con saber que hago lo que te agrada. Hago oración por aquellos que se sienten perturbados por ser fieles a tus mandatos. Danos a todos perseverancia, valor y fuerza para sobreponernos a los ataques del enemigo y del mundo.

Padre Nuestro, que estás en los Cielos :  
Señor y Dios mío, no sé apreciar cumplidamente el privilegio y la dignidad que Tú me has dado. Utilizo la palabra "Padre" con un corazón frío y una mente en blanco. He rebajado la dignidad de ser tu hijo al nivel de un peregrino en casa ajena. Tu amor y cuidados paternales me parecen algo tan alejado de mí como el cielo de la tierra. Me asombra mi ingratitud, y mi falta de comprensión manifiesta mi inmadurez espiritual. Perdóname, Señor. Dame una confianza de Niño, saber buscar tu protección y una total confianza en tu providencia.

Santificado sea tu Nombre: 
Mucho me temo, Señor mío, que dedico la mayor parte de mi tiempo y mis cuidados a mi propio honor y dignidad. No aprovecho las múltiples ocasiones que se me dan cada día para glorificar tu nombre. El respeto humano parece tener mi lengua amarrada y ahogar mis inspiraciones. Tu Espíritu me permite proclamar tu nombre. Dame la gracia de considerar la opinión de los demás como nada. No dejes que me vea arrastrado para acá y para allá, cambiando constantemente de una a otra opinión para poder darle gusto al mundo. ¡Qué infructuosa es una vida dedicada a dar gusto a quien no puede ser complacido!.

Venga tu Reino :
Soy muy negligente a la hora de difundir tu palabra, Señor Padre. Mi vida no refleja las perfecciones de Jesús de tal modo que el mundo pueda saber que Él es el Señor. Dejo que sean otros quien carguen con la obligación de extender la Buena Noticia. Dame un espíritu misionero de modo que sepa aprovechar cada oportunidad para salvar almas. Muchas almas se pierden porque a nadie parecen importarles ellas o su salvación. Dame energía y amor para que no haya obstáculo que no pueda vencer en la tarea de extender tu Reino en los corazones de los hombres y del mundo.

Hágase tu Voluntad en la Tierra como en el Cielo :
 A veces tu voluntad es muy difícil, Señor mío, y por eso me rebelo. No tengo bastante criterio como para discernir tu voluntad, ni para juzgar mi vida o mis decisiones de acuerdo al Evangelio. Siempre encuentro excusas para no hacer tu voluntad, excusas que son diseñadas para ablandar mi conciencia, aunque en el fondo de mi alma sé que lo que hago es mi propia voluntad. No permitas que asfixie mi conciencia y me haga ciego a tu voluntad. Ayúdame, perdóname y otórgame la fuerza para preferirte a Ti en vez de a mí mismo.

Danos hoy el Pan Nuestro de cada Día :
No siempre soy agradecido, Padre mío. Mi orgullo me hace pensar que soy yo quien proveo todo lo necesario para la vida. Dame un espíritu de humildad y dependencia. Deja que vuelva a Ti mi mirada en cada necesidad de cuerpo y alma. Purifica mi alma de tal modo que pueda recibir la Eucaristía apropiadamente. 

"Humilla mi corazón para que sepa dar gracias a tu providencia 
y confiar siempre en tu sabiduría".

Perdona nuestras Ofensas así como también Nosotros
 Perdonamos a los que nos Ofenden. 
No nos dejes Caer en Tentación y Líbranos del Mal :

Señor, ten misericordia de mí. En esta petición te pido que me perdones, de la misma forma como yo perdono a los demás. Cuando se me haga difícil perdonarlos, deja que esta petición se haga presente en mi mente de modo que pueda perdonar con verdadero amor.

Ayuda mi debilidad y dame fuerzas para no ponerme en circunstancias que me puedan llevar a ofenderte.
No permitas que soslaye u omita buenas obras por pereza o respeto humano. No dejes que entre en la eternidad para ver lo que yo podría haber sido, sino haz que pueda corresponder a cada luz, a cada gracia y a cada inspiración.

Preciosa Sangre de Jesús, purifica mi corazón, sensibiliza mi conciencia acerca del pecado, haz mi corazón humilde y dócil, y lávame de mis pecados y equivocaciones. Preséntame ante tu Padre un día como una imagen perfecta de Ti mismo.

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lunes, 2 de septiembre de 2013

El Perdón acerca nuestra vida moral a la Perfección de Dios...

...El perdón es una liberación del resentimiento 
con algún ofensor. 
 Es la renuncia a los resentimientos e indignación 
que ha causado una ofensa. 


El perdón surge de la libertad y la caridad. 
No obstante, la presencia del perdón no impide
 la aplicación de la justicia ante el ofensor.

El perdón nace en el sujeto que recibió la ofensa, pues sólo en esta calidad puede liberarse de los posibles resentimientos que tenga contra el agresor. Debemos de saber que el perdón, como liberación, es fruto de la voluntad de cada individuo.

No se puede obligar a perdonar porque esta acción recae en la voluntad, que aún con castigos, no hace lo que otros decidan sino lo que ella misma delibera hacer. Incluso se puede decir que esta obligación violenta la naturaleza del perdón. Pues, si el perdón intenta reconstruir y liberar de un resentimiento, no se puede llevar a cabo en plenitud si no es por medio de la libertad.

El ofensor no puede perdonar, porque la ofensa no recayó en él, sino que de él se originó. Por tanto, el perdón depende de quien recibe la ofensa y es un acto de la libertad y de la caridad.

Cuando perdonamos ejercemos la caridad en un grado mayor, pues, si la caridad es amor, y el amor es el deseo del bien del otro, le hacemos un bien a nuestro ofensor cuando lo liberamos de nuestro resentimiento y posible violencia. Esto no significa que haya que renunciar a la justicia o al castigo merecido, sino que, con el perdón mostramos nuestra disposición a hacer el bien.

El acercamiento al bien del ofensor por parte del ofendido a través del perdón se entiende mejor si se confronta la misericordia con el perdón. Parece que una puede llevar al otro en algunas situaciones. El perdón el la liberación del resentimiento contra el ofensor, y de sus culpas. Con ello se busca ver al ofensor reintegrado a la plenitud de la dignidad humana, pues si permanece reconocido sólo como ofensor, no hay una visualización de su plena humanidad, pues no se le considera capaz del bien.

La misericordia es, literalmente, un corazón empobrecido o compadecido. Evoca un corazón lacerado, y lacerado especialmente por ver la miseria de otro. (1) El perdón puede nacer de considerar al ofensor como un pecador que ha degradado su dignidad humana.

Esta degradación puede lacerar el corazón del ofendido; y en la medida que desee el bien y la superación del ofensor es un hombre caritativo, pues desea el bien del otro, incluso de un ofensor, sin desear nada más para sí mismo.
Se puede hablar del perdón como una liberación. 

De hecho, la palabra “perdón” viene de las palabras latinas “per donare”, que significan “dejar ir”, “dar por” o “dar para”. Cuando ejercemos el perdón “soltamos” a quien nos ha ofendido o nos ha hecho un mal. En griego esta etimología se entiende mejor, pues, “afesis”, palabra para perdón, significa liberación.

El cristiano cree en el perdón de los pecados. Y como consecuencia, espera ser aceptado de nuevo en el seno del Padre a través de la justificación del Hijo, quien ha plenificado la naturaleza humana y hecho posible que seamos de nuevo hijos de Dios en plenitud.

 Es así que estamos llamados a ser “hijos en el Hijo”. El perdón de los pecados es una creencia fundamental del cristianismo, que ha sido expresada en el credo y en el Padrenuestro. Decimos: “creo en el perdón de los pecados” y “perdona nuestras ofensas”, respectivamente. Este perdón lo esperamos según la bondad y gracia de Dios y según nuestra naturaleza, que después de haberse apartado voluntariamente de Dios, es capaz del bien, y en plenitud lo es por la acción de gracia salvadora de Cristo.

El dar el perdón no significa que dejemos de reclamar justicia sobre el que nos ha ofendido. Nos hemos liberado de la ira y del resentimiento, pero no de la justicia. Abandonar ésta sería un gran mal para el ofensor, pues la justicia acerca al ofensor a una corrección y busca su perfeccionamiento.

Hemos planteado que el perdón es un resultado de la misericordia, que es expresión de la caridad. La caridad, que es amor, es el deseo del bien del otro. Es así que si somos caritativos con el ofensor, desearemos su bien, y esto es su optimación. Si permitimos que el ofensor permanezca en tal estado, ya sea como delincuente o criminal, lo apartamos de su optimación en la virtud. 

Y si permitimos que continúe con una vida apartada de la virtud, que es expresión del bien, y llena de conductas antisociales, permitimos que persevere en el mal, ya que estas acciones terminan destruyendo al individuo. Por tanto, si no hacemos justicia a nuestro ofensor le hacemos un mal, ya que no lo conducimos hacia su perfeccionamiento en la virtud.

Acercar a la justicia al ofensor le causa un bien, pues reconoce que ha violado la dignidad de otra persona, y además lo insta a llevar una vida virtuosa, aunque tenga que purgar una justa condena. 

Al final la justicia y el perdón no se contradicen porque buscan el mismo fin que es el bien del ofensor. Este bien se puede mostrar como magnanimidad humana, sin embargo, el cristiano entiende que toda compasión y perdón participa de la bondad divina y a ella se encamina.

El perdón acerca nuestra vida moral a la perfección de Dios.

Cuando perdonamos nos parecemos más a Dios que en otras ocasiones. Dios, por su perfección es la bondad, la justicia y la misericordia en sumo grado. A lo largo de la Antigua alianza, Dios se mostró compasivo y misericordioso, pues guiaba al pueblo de Israel perdonando sus pecados y haciendo justicia a los que caían en pecado. La misericordia y justicia de Dios se han mostrado plenamente en Cristo, quien ha venido a hacernos hijos del Padre guiándonos hacia Él del mejor modo posible.

Cristo también perdonó a los pecadores y los instó a llevar una vida virtuosa, como en el caso de la mujer adúltera (Jn. 8 1-11). 

No obstante la llamada a la conversión y la predicación de la misericordia de Dios, Cristo también ha mostrado que, llegado su tiempo, hará justicia a los que han llevado una vida alejada de la virtud.

El momento culminante de la expresión de perdón del Hijo es la absolución de sus verdugos al momento de clavarlo a la cruz. 

“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. 

¿Cómo puede expresarse de tal modo un hombre que es injustamente torturado? 

Sin duda este momento es elocuente porque muestra la apertura del corazón de Dios para liberarse del resentimiento y quitar las culpas de los ofensores. Es tal la magnitud del amor de Dios, que está dispuesto a liberar de las culpas.

 Sin embargo, esto no impide que Dios, por su perfección,
 pueda hacer justicia.



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