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jueves, 6 de diciembre de 2012

¿Debemos saber cual es la META de nuestra Vida?

¿CUAL ES LA BASE, ENTONCES, PARA OBTENER NUESTRA PERFECCIÓN?

- Agradarle -, 
Por un sólo motivo: que El sea amado y servido 
por todas sus criaturas. (...)

"La vida espiritual consiste en conocer la infinita grandeza y bondad de Dios, junto a un grande sentido de nuestra propia debilidad y tendencia para el mal; en amar a Dios y detestarnos a nosotros mismos; en humillarnos no solamente delante de El sino, por Su causa, también delante de los hombres; en renunciar enteramente a nuestra propia voluntad para hacer la Suya. 

Consiste, finalmente, en hacer todo solamente por la gloria de su santo Nombre, con un único propósito - agradarle -, por un sólo motivo: que El sea amado y servido por todas sus criaturas. (...)

Por eso, es necesario luchar constantemente contra uno mismo y emplear toda la fuerza para arrancar cada inclinación viciosa, incluso las triviales.     

Consecuentemente, para prepararse al combate la persona debe reunir toda su resolución y coraje. Nadie será premiado con la corona si no hubiere combatido con coraje. (...)

Aquel que tuviese el coraje de conquistar sus pasiones, controlar sus apetitos y rechazar hasta los más mínimos movimientos de su voluntad, practica una acción más meritoria a los ojos de Dios que si, sin eso, rasgase sus carnes con las más agudas disciplinas, ayunase con mayor austeridad que la de los Padres del desierto, o convirtiese multitudes de pecadores (...)

Lo que Dios espera de nosotros, sobretodo, es una seria aplicación en conquistar nuestras pasiones; y eso es más propiamente el cumplimento de nuestro deber que si, con apetito incontrolado, nosotros Le hiciésemos un gran servicio. (...)

Para obtener eso, se debe estar resuelto a una perpetua guerra contra sí mismo, comenzando por armarse de las cuatro armas sin las cuales es imposible obtener la victoria en ese combate espiritual. Esas cuatro armas son: desconfianza de sí mismo, confianza en Dios, apropiado uso de las facultades del cuerpo y del alma, y el deber de la oración".


El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: el vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda. -Apocalipsis 2,11
En este mundo libramos un combate espiritual que decidirá nuestro destino eterno. ¡Que pocos lo entienden! Una de las tácticas del enemigo es mantenernos dormidos, distraidos con mil cosas para así vencernos. 

 Es hora de despertar del sueño.
Debemos saber cual es la meta de nuestra vida: No es aumentar placeres, ni hacernos ricos ni famosos. Es más bien vivir para siempre como hijos amorosos y fieles de Dios. Desearlo con todo el corazón es la más alta y gloriosa empresa. En esto consiste la perfección cristiana y la verdadera vida espiritual. No se trata de hacer algunas buenas obras para sentirnos buenos. No confundamos los medios, que son las prácticas de nuestra fe con el fin que es el reino de Jesús sobre nuestros corazones.

MEDIOS PARA SANTIFICARSE
 Dominarnos a nosotros mismos. Hay que vencer la rebeldía de la carne hasta que el espíritu tenga plena autoridad.  Es así como llegamos a ser hombres nuevos en el Espíritu, como deseaba San Pablo: "Como ciudadanos del cielo" (Fil 3,20). Esto no lo logran los cobardes y los afectos a este mundo.  San Pablo nos dice: 

"Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros el camino de la santidad, yo me quede sin llegar a conseguirla" (I Co 9, 27).  Este castigo se trata sobre todo de dominarse a si mismo para hacer la voluntad de Dios en cada momento. 

Entregarle la autoridad sobre nuestro tiempo, nuestros pensamientos y corazón. Para ello hay que dedicarse a la oración, a la meditación, y a pensar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, no por curiosidad, ni para conseguir gozos sensibles, sino para lograr apreciar mejor, cuan grande es la bondad y misericordia de Nuestro Señor, y cuan espantosa es nuestra ingratitud y nuestra maldad.

"Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a si mismo, acepte su cruz de sufrimientos de cada día y sígame" (Mat. 16,24).Cristo nos enseña que se triunfa venciéndose a si mismo y aceptando con paciencia las adversidades.

Recibir dignamente y con frecuencia los sacramentos.
A las almas que desean llegar a la Santidad, El Divino Espíritu les recuerda frecuentemente la necesidad absoluta de recurrir a Jesús, La Divina Misericordia que nos da el perdón en la confesión y se nos da como Pan de Vida en la Eucaristía.

La santidad requiere obediencia total a la voluntad de Dios. "Ningún atleta recibe la medalla de campeón, Si no ha competido según el reglamento. ( 2 ti 2,5 )

La Santidad no está en las obras
Existen almas imprudentes que consideran como lo mas importante para adquirir la perfección y la Santidad, el dedicarse a obras exteriores.

Las obras buenas son el fruto y no la fuente de la vida. Sería dañino dedicarse a las obras si nuestra alma no se alimenta de la fuente. Para dar buenos frutos hay que reformar los pensamientos y sentimientos y actitudes. Hay que dominar las malas inclinaciones.

UNA TRAMPA. Los enemigos de nuestra salvación, viendo que la cantidad de ocupaciones que nos atraen, nos apartan del verdadero camino que lleva a la Santidad, no solo nos animan a seguirlas practicando, sino que nos llenan la imaginación de quiméricas y falsas ideas, tratando de convencernos de que por dedicarnos a muchas acciones exteriores ya con eso nos estamos ganando un maravilloso paraíso eterno (olvidando lo que decía un santo: 

"OJALA SE CONVENCIERAN LOS QUE ANDAN TAN OCUPADOS Y PREOCUPADOS POR TANTAS OBRAS EXTERIORES, QUE MUCHO MAS GANARÍAN PARA SU PROPIA SANTIDAD Y PARA EL BIEN DE LOS DEMÁS, SI SE DEDICARAN UN POCO MAS A LO QUE ES ESPIRITUAL Y SOBRENATURAL; DE LO CONTRARIO TODO SERÁ LOGRAR POCO, O NADA, O MENOS QUE NADA, PUES SIN VIDA ESPIRITUAL SE PUEDE HASTA LLEGAR A HACER MAS DAÑO QUE BIEN).

Cuidado con los pensamientos grandiosos.
Durante la oración hay la tentación de que se nos llene la cabeza de pensamientos grandiosos y hasta curiosos y agradables acerca de futuros apostolados y trabajos por las almas, en vez de dedicar ese tiempo precioso a amar a Dios, adorarlo, pensar en sus perfecciones, darle gracias, pedirle perdón por nuestros pecados; nos dedicamos a volar como vanas mariposas por un montón de temas que no son oración y aun como moscardones volando con la imaginación por los basureros de este mundo.

SEÑAL QUE DEMUESTRA EL GRADO DE PERFECCIÓN
 Aunque la persona se dedique a muchas obras exteriores, pasando tiempos y tiempos en fantasías e imaginaciones,

LA SEÑAL PARA SABER A QUE GRADO DE ESPIRITUALIDAD ES AVERIGUAR QUE CAMBIO Y QUE TRANSFORMACIÓN HA TENIDO SU VIDA, SU CONDUCTA Y SUS COSTUMBRES.

Porque si a pesar de tantas obras y proyectos siguen deseando siempre que les prefieran a los demás, se muestra lleno de caprichos, rebelde y obstinado en su propio parecer sin querer aceptar el parecer de los otros y sin preocuparse de observar sus propias miserias y debilidades se dedica a observar con ojos muy abiertos las faltas y miserias ajenas (repitiendo lo que tanto criticaba Jesús:

"SE FIJAN EN LA BASURITA QUE HAY EN LOS OJOS 
DE LOS DEMÁS Y NO EN LA VIGA QUE 
LLEVAN EN SUS PROPIOS OJOS".

Esto es señal que el grado de su Santidad es muy bajo todavía. Y si cuando alguien se atreve a herirles algo en su propia estimación con críticas u observaciones o negación de especiales demostraciones de aprecio, estallan en ira e indignación. Cuando se les dice que lo importante no es tanto el numero de oraciones y devociones que tiene, sino la calidad y el amor a Dios, al prójimo que hay en esas practicas de piedad; se enojan, se turban, se llenan de inquietud y no aceptan esto de ninguna manera; con ello están demostrando que su santidad es demasiado pequeña todavía. 

Más aun cuando Nuestro Señor, para llevarles a mayor perfección permite que les lleguen enfermedades, contrariedades, pruebas y persecuciones, entonces si que manifiestan que su santidad es falsa, porque estallan en quejas y protestas y no aceptan conformar su voluntad con la Santísima Voluntad de Dios.

UN PECADOR MUY DIFÍCIL DE CONVERTIR
La experiencia de cada día enseña que con más facilidad se convierte un pecador manifiesto, que otro que se oculta y que se cubre con el manto de muchas obras externas de virtud. Porque a estas almas las deslumbra y las ciega de tal manera su orgullo que:

ES NECESARIA UNA GRACIA EXTRAORDINARIA DEL CIELO, PARA CONVERTIRLAS y sacarlas de su engaño.
Están siempre en un dañoso peligro de permanecer en su estado de tibieza y postración espiritual, porque tienen oscurecidos los ojos de su espíritu con un enorme amor propio y un deseo insaciable de que la gente les estime y les aprecie, al hacer sus obras exteriores, que de por si son buenas, pero buscan satisfacer su vanidad y se atribuyen muchos grados de perfección y en su presunción y orgullo, viven censurando y condenando a los demás.

NO CONSISTE LA PERFECCIÓN, pues en dedicarse a muchas obras exteriores. Pues como dice San Pablo:

"AUNQUE YO HAGA LAS OBRAS MAS MARAVILLOSAS 
DEL MUNDO, SI NO TENGO AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO, 
NADA SOY" (1Cor. 13).

¿CUAL ES LA BASE, ENTONCES, PARA OBTENER LA PERFECCIÓN?

 La base de la perfección y santidad consiste en cinco cosas.

1a, En conocer y meditar la grandeza y la bondad infinita de Dios, y nuestra debilidad, e inclinación tan fuerte hacia el mal. Es la gracia que durante noches enteras pedía San Francisco de Asís en su oración, hasta que logró conseguirla: 

"SEÑOR. CONÓZCATE A TI; CONÓZCAME A MI".

2a, Aceptar ser humillados y sujetar nuestra voluntad no solo a la Divina Majestad, sino a personas que Dios ha puesto para que nos dirijan, aconsejen y gobiernen.

3a, En hacerlo y sufrirlo todo, únicamente por amor a Dios y por salvación de las almas; por conseguir la gloria de Dios y lograr agradarle siempre a El. Así cumplimos el primer mandamiento que dice:

"AMARAS AL SEÑOR TU DIOS, CON TODO EL CORAZÓN, CON TODA EL ALMA Y SOBRE TODAS LAS COSAS".

4a, Cumplir lo que exige Jesús:

"NEGARSE A SI MISMO", ACEPTAR LA CRUZ DE SUFRIMIENTOS QUE DIOS PERMITE QUE NOS LLEGUEN, SEGUIR A JESÚS IMITANDO 
SUS EJEMPLOS; ACEPTAR SU YUGO QUE ES SUAVE 
Y LIGERO, APRENDER DE EL QUE ES MANSO Y 
HUMILDE DE CORAZÓN".
(Mat. 11.22)

5a, Obedecer lo que aconseja San Pablo: "Imitar el ejemplo de Jesús que no aprovechó su dignidad de Dios, sino que se humilló y se hizo obediente, hasta la muerte y muerte de cruz". (Fil 2 )

CUOTA INICIAL GRANDE, PARA UNA ADQUISICIÓN INMENSA
 Alguien dirá: "Es que son demasiadas condiciones las que se piden". La razón es esta: Lo que se va a obtener, no es una perfección cualquiera o de segunda clase, sino la verdadera santidad. Por eso, porque lo que se aspira conseguir es de inmenso valor, las cuotas que se exigen son también altas. Pero no son imposibles. Aquí hay que repetir lo que decía Moisés en el Deuteronomio: 

"LOS MANDATOS QUE SE TE DAN, NO ESTÁN POR ENCIMA 
DE TUS FUERZAS, NI SON ALGO EXTRAÑO QUE TU NO 
PUEDAS PRACTICAR". (Deut. 30 ). 

COMBATE DURO, PERO PREMIO GRANDE
Estamos escribiendo para quienes no se contentan con llevar una vida mediocre, sino que aspiran a obtener la perfección espiritual y la santidad. Para esto es necesario combatir continuamente contra las inclinaciones malas que cada cual siente hacia el vicio y el pecado; dominar y mortificar los sentidos, tratar de arrancar de nuestra vida las malas costumbres que hemos adquirido, lo cual no es posible sin una dedicación infatigable y continua a la tarea de conseguir la perfección, la santidad y tener siempre un ánimo pronto, entusiasta y valiente para no dejar de luchar por tratar de ser mejores.

Pero el premio que nos espera es muy grande. San Pablo Dice

 "ME ESPERA UNA CORONA DE GLORIA QUE ME DARÁ
 EL DIVINO JUEZ, Y NO SOLO A MI SINO A TODOS LOS QUE HAYAN
 ESPERADO CON AMOR SU MANIFESTACIÓN".
 (2Tim. 4,8) 

" PERO NADIE RECIBIRÁ LA CORONA, SI NO HA 
COMBATIDO SEGÚN EL REGLAMENTO". 
(2Tim. 2,5)

ALGO QUE ES MUY AGRADABLE A DIOS, La guerra que tenemos que sostener para llegar a la santidad es la mas difícil de todas las guerras, porque tenemos que luchar contra nosotros mismos, o como dice San Pedro: 

"TENEMOS QUE LUCHAR CONTRA LAS MALAS INCLINACIONES DE NUESTRO CUERPO, QUE COMBATEN CONTRA EL ALMA". 
(1Pedr. 2,11) 

Pero precisamente porque el combate es mas difícil y mas prolongado, por eso mismo la victoria que se alcanza es mucho mas agradable a Dios y mas gloriosa para quien logra vencer; porque aquí se cumple lo que dice el Libro Santo: 

"QUIEN SE DOMINA A SI MISMO, VALE MAS
 QUE QUIEN DOMINA UNA CIUDAD". 
(Prov. 16,32). 

Lograr dominar las propias pasiones, refrenar las malas inclinaciones, reprimir los malos deseos y malos movimientos que nos asaltan, es una obra que puede resultar ante Dios más agradable que si ejecutáramos obras brillantes que nos dieran fama y popularidad. 

Y como el contrario, pudiera suceder que aunque hiciéramos muchas obras externas admirables ante la gente, en cambio ante Dios no seamos agradables porque aceptamos en nuestro corazón seguir las malas inclinaciones de nuestra naturaleza y nos dejamos llevar y dominar por las pasiones desordenadas.

Por eso debemos tener cuidado, no sea que nos contentemos con dedicarnos a hacer obras que ante los demás nos consiguen fama y prestigio, mientras tanto dejemos que los sentidos se vayan hacia el mal, la sensualidad nos domine y las malas costumbres se apoderen de nuestro modo de obrar. Sería una equivocación fatal.

CUATRO CONDICIONES. Hemos visto en que consiste la perfección espiritual o santidad y qué ventajas tiene. Ahora vamos a tratar de las cuatro condiciones que son necesarias para lograr adquirir dicha perfección, conseguir la palma de la victoria y quedar vencedores en la batalla por salvar el alma y conseguir alto puesto en el cielo. Esas cuatro condiciones son: 

DESCONFIANZA DE NOSOTROS MISMOS; 
CONFIANZA EN DIOS; 
EJERCITAR LAS CUALIDADES QUE SE TIENEN Y 
DEDICARSE A LA ORACIÓN. 

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martes, 4 de diciembre de 2012

El Secreto de la Oración...



...y de la santidad de vida esté envuelto en la petición divina de escuchar- escuchar Su presencia silenciosa- esa presencia que penetra nuestro ser y nos conserva la existencia;
Esa presencia que llena las almas de amor y serenidad; esa presencia que nos fortalece   cuando nos sentimos débiles.

"El objetivo de nuestra vida de oración es vaciarnos de nosotros mismos y dejarnos llenar por la Trinidad."
 Lo primero que hizo Jesús al hacerse hombre
fue vaciarse de sí mismo.

"El cual, siendo de condición divina, no se aferró a su igualdad a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo.

Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre se rebajó a sí mismo" (Fil 2, 6-7).

Nuestra misión en la vida, entonces, es cooperar con
la gracia de Dios y despojarnos de nosotros mismos
para que nos pueda colmar la Trinidad.

No se trata de desentenderse de las responsabilidades propias, sino de hacernos capaces de amar tanto a Dios como a los demás con un amor puro.
No se trata de escapar del mundo para estar
solos, sino para estar con Dios.

Se trata de hacer penitencia, no para borrar
nuestras culpas, sino porque la penitencia borra
las huellas del pecado.

Debemos vaciarnos de nosotros mismos no para lograr ser dueños de nosotros mismos, sino para estar llenos de Dios;
 para transformarnos en Jesús.

No existe un método específico para negarse uno a sí mismo.
Cada uno de nosotros tiene virtudes y defectos peculiares que convierten en algo único el proceso de transformarnos en alguien semejante a Jesús.

Debemos poner nuestra mirada en Jesús, leer su Palabra en la Escritura y pedir al Espíritu Santo que ilumine nuestras mentes de la forma más adecuada para poder alcanzar la meta que Él nos ha trazado.

Quizás el secreto de la oración y de la santidad de vida esté envuelto en la petición divina de escuchar- escuchar Su presencia silenciosa- esa presencia que penetra nuestro ser y nos conserva la existencia;
Esa presencia que llena las almas de amor y serenidad; esa presencia que nos fortalece   cuando nos sentimos débiles.

Hemos olvidado cómo detenernos: nos come el deseo de estar en marcha.
Hemos olvidado cómo quedarnos quietos: nos come el deseo de estar en movimiento.
Hemos olvidado cómo escuchar: nos come el deseo de ser escuchados.
No importa dónde o con quién estemos, podemos siempre decir como Jacob:

"Verdaderamente está Yahvé en este lugar y yo no lo sabía"
(Gn 28,16).

Él no está tan lejos de nosotros como pensamos, pues siempre caminamos en Su presencia; Él vive por la gracia en el centro de nuestras almas.

Percibimos el silencio de Su presencia en la quietud de la noche, en la oscuridad de nuestras almas y en los corazones de nuestros prójimos.

Oímos el sonido de Su voz en las inaudibles palabras que nos gritan Su presencia desde las flores y los árboles.

Su presencia silenciosa clama a nosotros cuando lo vemos sufrir en el solitario y el abandonado.
Su presencia silenciosa nos pide compasión en el abatido y el herido.
Su presencia, que nos rodea como un sonido profundo, entibia nuestras almas frías con una calma silenciosa, tranquilizante y reconfortante.

Nos aconseja que nos detengamos y entendamos Su amor porque, éste, al igual que Su presencia, también es tranquilo y lo consume todo.
Su presencia silenciosa, como una venda empapada en aceite, sana las heridas del pecado.

Nuestras almas, como si fueran esponjas secas, buscan el agua de la vida eterna, para saciarse de Su presencia silenciosa.

Nosotros podemos alejarnos de Él, pero Él nunca se aleja de nosotros.

Si deseamos vivir como cristianos debemos estar conscientes uno del otro, y presentes ante el otro, porque si se desvanece el sentido de la presencia, uno de los dos se queda solo.

Cuando los amigos dejan de estar conscientes uno del otro se convierten en desconocidos. Y con Dios pasa lo mismo. Él está ante la puerta de nuestro corazón y quiere que le abramos para poder habitar ahí y reinar como Rey.

Sin ser posesivo, desea poseernos. Desea nuestro corazón para llenarlo con amor y para que nosotros podamos amar más a los demás. Desea nuestros pensamientos para elevarlos hasta lo más alto.
Desea todo nuestro ser para elevarlo a la altura de Su naturaleza. Desea sentirse en casa en los rincones de nuestra alma; un Amigo que siempre está ahí, listo para consolarnos, amarnos y hacernos felices.

Estamos envueltos por palabras y rodeados de ruido; desde el fondo de nuestro corazón suplicamos silencio- no el silencio mortal del vacío ni el silencio que nace de la ausencia de ruido- sino el silencio profundo, el silencio que pronuncia palabras inaudibles y vibra con sonidos de quietud.

Necesitamos el silencio que nos pone cara a cara frente a Dios en un acto de fe y amor. Es necesario cerrar los ojos y darnos cuenta que la oscuridad que percibimos no es una ausencia sino una presencia- una presencia escondida en lo más profundo de nuestras almas-, una presencia tan cercana a nosotros que todo parece oscuridad.

Dios es un espíritu y conversa con nosotros en un ambiente de silencio porque nuestras almas son incapaces de escuchar Su voz cuando están saturadas de ruido y confusión.

Nadie puede ver a Dios en esta vida y seguir vivo; Su gloria aniquilaría nuestra débil, miserable naturaleza humana. La segunda Persona de la Santísima Trinidad hubo de despojarse de Su gloria y hacerse uno de nosotros para que nosotros pudiéramos ver a Dios en esta vida.

Él ya ha derrotado la muerte y retornado a Su gloria, y nosotros vivimos en Su Espíritu y debemos conversar con Él "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23).

La belleza de Su naturaleza es como el fleco de la orilla de Su manto; las montañas son como borlas esparcidas aquí y allá cuando Su presencia pasó a un lado durante la creación.

El mismo Jesús pasó horas comunicándose con Su Padre en la quietud de la noche y al alba. Esas son quizás las horas más refrescantes y benéficas del día para percatarse la presencia silenciosa de Dios en nosotros y alrededor de nosotros.

Frecuentemente no somos conscientes de esa presencia porque no ponemos atención a ella.

Hay ocasiones en que debemos redoblar nuestro sentido del oído, para escuchar a Dios, lo cual hacemos cuando hacemos un esfuerzo para ser concientes del silencio que está dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Es así como tocamos la esencia de Dios, presente en todas partes. Donde Él no está, solamente está la nada. San Pablo nos dice que
"en Él vivimos, nos movemos y somos"
(Hechos 17,28).

Él vive en nosotros a través de la gracia, y nosotros también vivimos en Él a través de Su esencia, porque Su omnipotencia nos conserva a nosotros y a todo lo demás en la existencia.

Nuestro mismo ser es levantado por Él, y ello debería hacernos concientes de esa fuerza silenciosa que nos sostiene, nos reconstruye, nos moldea y desea transformarnos en Jesús.

Debemos quedarnos quietos y permitir que Su presencia penetre nuestro ser a base de entregarle nuestra voluntad, la totalidad de nosotros mismos.

En la conciencia del silencio, debemos elevar nuestras mentes a la Trinidad que vive en nuestras almas.

Escuchamos la presencia silenciosa del Padre y decimos: "Señor, Padre, engendra a Jesús en mí"
Escuchamos la presencia silenciosa de la Palabra Eterna y decimos: "Señor Jesús, da fruto en mí".
Escuchamos la presencia silenciosa del Espíritu Eterno y decimos: "Señor Espíritu, transfórmame en Jesús".

El relato de la creación en el Génesis es un hermoso ejemplo de su presencia silenciosa y de sus modos secretos.
Cuando el hombre inventa o produce algo valioso, se escriben muchos libros al respecto.

Mas el escritor sagrado, inspirado por el Espíritu, que revoloteaba sobre las aguas, simple y sencillamente afirma la totalidad de la creación en menos de dos páginas.

Algunas personas gustan de imaginar la creación del universo como una explosión caótica, y sin embargo, nuestra experiencia cotidiana de la continua creación de Dios nos enseña todo lo contrario.

Vivimos en la era atómica, pero pocas veces pensamos en la tremenda energía y actividad desplegada por esas partículas invisibles llamadas átomos. Cada átomo es un sistema solar en miniatura, alrededor del cual electrones y protones giran millones de veces por segundo, y sin embargo, todo pasa en absoluto silencio. En silencio y en total invisibilidad.

Somos testigos cada primavera de un espectáculo de fantástica energía cuando cada hoja de hierba, cada flor y cada enredadera, en busca del sol, del color y de la vida, se hacen un camino en la tierra- todo en silencio.

El hombre se enorgullece de sus inventos y computadoras, que ocupan tanto espacio en cuartos ruidosos y oficinas. Y sin embargo, la mente humana, que posee algo mucho más grande que un banco de memoria, es tan callada que nadie sino Dios la escucha razonar y decidir el curso de su vida.

Día y noche trabajan los gigantescos generadores que producen toda la electricidad necesaria para iluminar varias ciudades. Y sin embargo, cada día, la mitad del mundo se ilumina desde temprano al salir el sol envuelto en dorado resplandor - en hermoso silencio.

Las máquinas inventadas por el hombre para llevar a cabo las tareas que él no puede realizar son pesadas, grandes y ruidosas. Pero las células nerviosas del cerebro que crea esas máquinas pesan menos de la mitad de una onza, son microscópicas- y absolutamente silenciosas en su operación.

Dios trabaja silenciosamente; Su gracia es silenciosa e imperceptible; Su poder vivificante es silencioso; Su providencia es silenciosa; los milagros que realiza diariamente en la creación son silenciosos; Su poderosa mano, al guiar los destinos de los hombres y las naciones, también es   silenciosa;

Su presencia, que nos rodea como el aire que respiramos, es silenciosa.
Es en el alma que nos parecemos a Él, de modo que debe ser en el alma donde se realiza nuestra unión con Dios, como Espíritu.

El Espíritu Santo, cuya presencia es tan silenciosa por ser interior, ve nuestros pensamientos, oye nuestros suspiros y cumple nuestros deseos.

El aliento mismo de Dios respira dentro de nosotros, que somos sus templos vivos. Mueve nuestra voluntad pero nunca interfiere con su libertad. Corrige nuestras debilidades con amable persuasión e inspira en el pensamiento santos deseos y obras llenas de celo.

Él procede del Padre y del Hijo, y toca nuestras almas con un rayo de luz que ilumina nuestras mentes, aumenta nuestra fe, anima nuestra esperanza y pone fuego a nuestra débil caridad. Los buenos pensamientos que tenemos no son sino simples susurros de Su voz amable; nuestra conciencia: el aguijón de Su guía; nuestros deseos de santidad: la chispa de Su amor; la fortaleza de   nuestras almas: el poder de su omnipotencia. Llena nuestras almas de bondad, paz, amor, gozo, amabilidad y misericordia.

Con suaves pensamientos de peligro nos advierte de las ocasiones de pecado. Nos infunde deseos de establecer metas y de trabajar por el Reino. Nos susurra palabras de amor para que podamos hablar con el Padre, y actos de heroísmo para ser realizadas en nombre del Hijo.

Nos vigila cuando dormimos y pone nuestros pies sobre el suelo al comienzo del nuevo día. Mientras no lo echemos fuera de nosotros con el pecado, Él vive en nuestras almas para infundirnos un espíritu de amor que nosotros no podríamos ni siquiera soñar.
Fuimos creados para amar, pero Él nos transforma en amor al hacernos como Él es, y nos hace posible parecernos cada vez más a Jesús en pensamiento y en obra.

Lo que a nosotros nos corresponde en la obra de nuestra propia santificación es permitirle actuar en nosotros con toda libertad, entregarle nuestra voluntad para que la suya se cumpla en nosotros y darle nuestro corazón para que Él lo utilice para amar.

Él, y sólo Él, puede hacer que Jesús dé fruto en nuestros corazones. Él, y sólo Él, puede otorgarnos la gracia, puesto que sólo Dios puede entregar a Dios a los hombres. Su Espíritu piensa con nuestro pensamiento y respira con nuestro aliento, porque Su deleite es estar con los hijos de los hombres.

Él sabe que está de visita en nuestra casa, como un amigo; nunca dispone de nosotros a su antojo. Viene a nosotros en el bautismo y permanece en nosotros con Sus dones mientras nosotros así lo queramos. Nuestra voluntad es la única que puede echarlo fuera, cuando nos preferimos a nosotros mismos y al pecado más que a Él. Dios y el enemigo no pueden convivir en la misma casa al mismo tiempo. El ruido y la confusión del pecado y del egoísmo ahoga Su voz y lo ahuyenta.

De los tres huéspedes silenciosos, el Espíritu Santo es el más callado, porque Su trabajo consiste en cambiarnos, santificarnos y transformarnos. Por su misma naturaleza se trata de un trabajo oculto, de modo que no interfiera con nuestra voluntad, nuestra personalidad, nuestros talentos y nuestros deseos.

Si no sintonizamos Su presencia silenciosa acabaremos pensando que nosotros somos los que nos santificamos a nosotros mismos- así de oculta, callada y suave es Su obra en nosotros. Pero si educamos el oído para escuchar Sus murmullos silenciosos, pronto nos percataremos de cuán poderoso y amante es Él en nosotros.

Él es quien arranca los velos de la imperfección que ocultan la presencia de Jesús en nuestro prójimo. Obrando en nosotros, Su amor sale en busca de las necesidades de nuestro vecino. Su fuerza nos da valor para pelear contra el enemigo, el mundo y nosotros mismos, de modo que podamos
"revestirnos de la mente de Cristo".

Es Él quien nos enseña a amar con amor desinteresado, hasta la muerte. Es Él quien inspira en nuestros débiles cuerpos un espíritu nuevo, un corazón nuevo y una mente nueva.
Cuando leemos la Escritura, Su presencia ilumina lo que antes estaba en la oscuridad.

Cuando estamos en pecado, Su voz nos inspira pensamientos de arrepentimiento.
Cuando nos sentimos incapaces de amar, Él envía una chispa de Su fuego para calentar nuestros corazones congelados.

La vida en ese lugar secreto
El cristiano genuino vive en una atmósfera de oración. Para él la oración no es un simple ejercicio espiritual al que se dedica ocasionalmente; es una forma de vida. Hay veces que recita oraciones, cuando pide lo que le hace falta. Pero la mayor parte del tiempo la pasa preparándose a vivir en Dios así como Dios vive en él.

Su alma se eleva hacia Dios como el incienso, dejándose envolver por la nube de Su presencia, que todo lo rodea.
Un cristiano no se esfuerza por encontrar a Dios del modo como alguien busca un objeto perdido.
Basta con que a cada momento se haga más consciente de lo que ya posee: Su amorosa presencia.

Un cristiano es un realista que no teme el sufrimiento, ni el dolor, ni la persecución, porque no tiene que soportar nada solo. No busca riquezas ni pobreza, pues sabe que ambos vienen de Dios y ambos pueden estar al servicio de Su gloria y del bien del Reino.
Tiene un corazón libre- para amar a amigos y enemigos por igual- porque su único objetivo es ser como Su Padre.

Tiene una mente libre porque cree en los misterios de Dios con humilde aceptación y se deleita en su grandeza y variedad.
Su voluntad es libre y su único deseo es unirse a Dios

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domingo, 2 de diciembre de 2012

COMO DEBE SER NUESTRA PAZ .


El que se atribuye a sí mismo algo bueno, impide que la gracia de Dios venga sobre él; porque la gracia del Espíritu Santo 
siempre busca el corazón humilde. 


Hijo: si buscas la paz en el trato con alguno para tu entretenimiento y compañía, siempre te hallarás inconstante intranquilo. 

Pero si vas a buscar la verdad que siempre vive y permanece, no te entristecerás por el amigo que se fuere o se muriere. 

En Mí ha de estar el amor del amigo, y por Mí se debe amar cualquiera que en esta vida te parece bueno y muy amable. 

Sin no vale ni durará la amistad, ni es verdadero ni limpio el amor en que yo no intervengo. 
Tan muerto debes estar a las aficiones de los amigos, que habías de desear (por lo que a ti te toca) vivir lejos de todo trato humano. 

Tanto más se acerca el hombre a Dios, cuanto se desvía de todo gusto terreno. Y tanto más alto sube a Dios, cuánto más bajo desciende en sí, y se tiene por más vil.

Si te supieses perfectamente anonadar y desviar de todo amor creado, yo entonces te llenaría de abundantes gracias. Cuando tú miras a las criaturas, apartas la vista del Creador. Aprende a vencerte en todo por el Creador, y entonces podrás llegar al conocimiento divino. Cualquier cosa, por pequeña que sea, si se ama o mira desordenadamente, nos estorba gozar del sumo bien, y nos daña.

HijoCONTRA LA CIENCIA VANA DEL MUNDO, no te muevan los dichos agudos y limados de los hombres; porque no consiste el reino de Dios en palabras, sino en virtud. 
Mira mis palabras, que encienden los corazones, y alumbran los entendimientos, provocan a compunción y traen muchas consolaciones. 

Nunca leas cosas para mostrarte más letrado o sabio. Estudia en mortificar los vicios; porque más te aprovechará esto que saber muchas cuestiones dificultosas. Cuando hubieres acabado de leer y saber muchas cosas, te conviene venir a un solo principio.

Yo soy el que enseño al hombre la ciencia, y doy más claro entendimiento a los pequeños que ningún hombre puede enseñar. Aquel a quien yo hablo, luego será sabio y aprovechará mucho en el espíritu. ¡Ay de aquellos que quieren aprender de los hombres curiosidades, y cuidan muy poco del camino de servirme a Mí! 

Tiempo vendrá cuando aparecerá el Maestro de los maestros, Cristo, Señor de los ángeles, a oír las lecciones de todos, esto es, a examinar la ciencia de cada uno. Y entonces escudriñará a Jerusalén con candelas, y serán descubiertos los secretos de las tinieblas, y callarán los argumentos de las lenguas.

Yo soy el que levanto en un instante al humilde entendimiento, para que entienda más razones de la verdad eterna, que si hubiese estudiado diez años en las Escuelas. Yo enseño sin ruido de palabras, sin confusión de pareceres, sin fausto de honra, sin alteración de argumentos. 

Yo soy el que enseño a despreciar lo terreno y a aborrecer lo presente, buscar lo eterno; huir de las honras, sufrir los estorbos, poner toda la esperanza en Mí, y fuera de Mí no desear nada, y amarme ardientemente sobre todas las cosas.

Y así uno, amándome entrañablemente aprendió cosas divinas, y hablaba maravillas. Más aprovechó con dejar todas las cosas que con estudiar sutilezas. 

Pero a unos hablo cosas comunes, a otros especiales. A unos me muestro dulcemente con señales y figuras, y a otros revelo misterios con mucha luz. Una cosa dicen los libros;  mas no enseñan igualmente a todos: porque Yo soy doctor interior de la verdad, escudriñador del corazón, conocedor de los pensamientos, promovedor de las acciones, repartiendo a cada uno según juzgo ser digno.

Hijo: NO SE DEBEN BUSCAR LAS COSAS EXTERIORES. En muchas cosas te conviene ser ignorante, y estimarte como muerto sobre la tierra, y a quien todo el mundo este crucificado. A muchas cosas te conviene también hacerte sordo, y pensar más lo que conviene para tu paz. 

Más útil es apartar los ojos de lo que no te agrada, y dejar a cada uno en su parecer, que ocuparte en porfías. Si estás bien con Dios y miras su juicio, fácilmente te darás por vencido.

¡Oh Señor, a qué hemos llegado! Lloramos los daños temporales, por una pequeña ganancia trabajamos y corremos; y el daño espiritual se pasa en olvido, y apenas tarde vuelve a la memoria.

Por lo que poco o nada vale, se mira mucho; y por lo que es muy necesario, se pasa con descuido, porque todo hombre se va a lo exterior, y se presto no vuelve en sí, con gusto se está envuelto en ello.

NO SE DEBE CREER A TODOS;  Y CÓMO FÁCILMENTE SE RESBALA EN LAS PALABRAS.
Señor. 
Ayúdame en la tribulación, porque es vana la seguridad del hombre. 

¿Cuántas veces no hallé fidelidad donde pensé que la había?

 ¿Cuántas veces también la hallé donde menos lo esperaba? 

Por eso es vana la esperanza en los hombres; mas la salud de los justos está en Ti, mi Dios. 
Bendito seas, Señor, Dios mío, en todas las cosas que nos sucedan. Flacos somos y mudables: presto somos engañados, y nos mudamos.

¿Qué hombre hay que se pueda guardar con tanta cautela y discreción en todo, que alguna vez no caiga el algún engaño o perplejidad? 

Mas el que te busca a Ti, Señor, y te busca con sencillo corazón, no resbala tan fácilmente.

Y si cayere en alguna tribulación, de cualquier manera que estuviere en ella enlazado, presto será librado por Ti, o consolado; porque no desamparas para siempre al que en Ti espera. 

Raro es el fiel amigo que persevera en todos los trabajos de su amigo.
Tú, Señor, Tú solo eres fidelísimo en todo, y fuera de Ti no hay otro semejante.

¡Oh, cuán bien lo entendía aquella alma santa que dijo: ¡Mi alma está asegurada y fundada en Jesucristo! 

Si yo estuviese así, no me acongojaría tan presto el temor humano, ni me moverían las palabras injuriosas.

¿Quién puede preverlo todo? ¿Quién es capaz de precaver los males venideros?

Si lo que hemos previsto con tiempo nos daña muchas veces, ¿qué hará lo no prevenido sino perjudicarnos gravemente? Pues ¿por qué, miserable de mí, no me previne mejor? ¿Por qué creí de ligero a otros? 

Pero somos hombres, y hombres flacos y frágiles, aunque por muchos seamos estimados y llamados ángeles. Señor, ¿a quién creeré, a quién sino a Ti? Eres la verdad, que no puede engañar ni ser engañada.

El hombre, al contrario, es falaz, flaco y resbaladizo, especialmente en palabras; de modo que con muy gran dificultad se debe creer lo que parece recto a la primera vista.

Cuán prudentemente nos avisaste que nos guardásemos de los hombres: que los amigos del hombre son los de su casa, y que no diésemos crédito al que nos dijese: A Cristo míralo aquí o míralo allí. He escarmentado en mí mismo: ¡ojalá sea para mi mayor cautela, y no para continuar con mi imprudencia! Cuidado, me dice uno, cuidado, reserva lo que te digo. 

Y mientras yo lo callo, y creo que está oculto, él no pudo callar el secreto que me confió, sino que me descubrió a mí y a sí mismo, y se marchó. 

Defiéndeme, Señor, de a que estas ficciones, y de hombres tan indiscretos, para que nunca caiga en sus manos ni yo incurra en semejantes cosas. 

Pon en mi boca las palabras verdaderas y fieles, y desvía lejos de mí las lenguas astutas. De lo que no puedo sufrir, me debo guardar mucho.

¡Oh, cuán bueno y de cuánta paz es callar de otros, y no creerlo todo fácilmente, ni hablarlo después con ligereza: descubrirse a pocos, buscarte siempre a Ti, que miras al corazón, y no moverse por cualquier viento de palabras, sino desear que todas las cosas interiores y exteriores se acaben y perfecciones según el beneplácito de tu voluntad! 

¡Cuán seguro es para conservar la gracia  celestial huir la vana apariencia, y no codiciar las cosas visibles que causen admiración, sino seguir con toda diligencia las cosas que dan fervor y enmienda de vida! 

¡A cuántos ha dañado la virtud descubierta y alabada antes de tiempo! 

¡Cuán provechosa fue siempre la gracia guardada en silencio en esta vida frágil, que toda es malicia y tentación!

HIJO :LA CONFIANZA QUE DEBEMOS TENER EN DIOS CUANDO NOS DICEN INJURIAS. Está firme y espera en Mí. ¿Qué son las palabras sino palabras? Vuelan por el aire, mas no mellan una piedra. Si estás culpado, determina enmendarte. Si no hallas en ti culpa, llévalo con gusto por Dios. 

Muy poco es el que sufras alguna vez siquiera malas palabras, ya que aún no puedes tolerar grandes golpes. Y ¿por qué tan pequeñas cosas te llegan al corazón, sino porque aún eres carnal, y miras mucho más a los hombres de lo que conviene? 
Porque temes ser despreciado, por esto no quieres ser reprendido de tus faltas, y buscas la sombra de las excusas.

Considérate mejor, y conocerás que aún vive en ti, el amor del mundo, y el deseo vano de agradar a los hombres. Porque en huir de ser abatido y confundido por tus defectos, se muestra hoy claro que no eres humilde verdadero, ni estás del todo muerto al mundo, ni el mundo está a ti crucificado.

Mas oye mis palabras y no cuidarás de cuantas te dijeren los hombres. Dime: si se diere contra ti todo cuanto maliciosamente se pudiera fingir, ¿qué te dañaría, si lo dejases pasar y lo despreciases enteramente?
 Por ventura, ¿te podrías arrancar un cabello?

Mas el que no está dentro de su corazón, ni me tiene a Mí delante de sus ojos, presto se mueve por una palabra de menosprecio; pero el que confía en Mí, y no desea su propio parecer, vivirá sin temer a los hombres. Porque Yo soy el Juez y conozco todos los secretos; Yo sé cómo pasan las cosas; Yo conozco muy bien al que hace la injuria, y también al que la sufre.

De Mí sale esta palabra; permitiéndolo Yo acaece esto, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones. Yo juzgo al culpable y al inocente; pero quise probar primero al uno y al otro con juicio secreto.

El testimonio de los hombres muchas veces engaña: mi juicio es verdadero, firme, y no se revoca. Muchas veces está escondido, y pocos lo penetran en todo: pero nunca yerra, ni puede errar, aunque a los ojos de los necios no parezca recto. A Mí, pues, habéis de recurrir en cualquier juicio y no confiar en el propio saber. Porque el justo no se turbará por cosas que Dios envíe sobre él; y si algún juicio fuere dicho contra él injustamente, no se inquietará por ello. 

Ni se ensalzará vanamente, si otros le defendieren sin razón. Porque sabe que Yo soy quien escudriño los corazones y los pensamientos, y que no juzgo según el exterior y apariencia humana. Antes muchas veces se halla a mis ojos culpable el que al juicio humano parece digno de alabanza.

Señor Dios, justo juez, fuerte y paciente, que conoces la flaqueza y maldad de los hombres, sé Tú mi fortaleza y toda mi confianza, pues no me basta mi conciencia. Tú sabes lo que yo no sé: por eso me debo humillar en cualquier reprensión y llevarla con mansedumbre. 

Perdóname también, Señor piadoso, todas las veces que no lo hice así, y dame gracia de mayor sufrimiento para otra vez.

Porque mejor me está tu misericordia copiosa para alcanzar perdón, que mi presumida justificación para defender lo oculto de mi conciencia. Y aunque ella nada me acuse, no por esto me puedo tener por justo; porque quitada tu misericordia, no será justificado en tu acatamiento ningún viviente.

Hijo:TODAS LAS COSAS PASADAS SE DEBEN PADECER POR LA VIDA ETERNA. No te quebranten los trabajos que has tomado por Mí, ni te abatan del todo las tribulaciones; mas mi promesa te esfuerce y consuele en todo lo que viniere. Yo basto para galardonarte sobre toda manera y medida.
No trabajarás aquí mucho tiempo, ni serás agravado siempre de dolores.

Espera un poquito y verás cuán presto se pasan los males. Vendrá una hora cuando cesará todo trabajo e inquietud. Poco y breve es todo lo que pasa con el tiempo.

Atiende a tu negocio, trabaja fielmente en mi viña, que yo seré tu galardón. Escribe, lee, canta, suspira, calla, ora, sufre varonilmente lo adverso; la vida eterna digna es de esta y de otras mayores peleas. 

Vendrá la paz un día que el Señor sabe, el cual no se compondrá de día y noche como en esta vida temporal, sino de luz perpetua, claridad infinita, paz firme y descanso seguro. 
No dirás entonces: ¿Quién me librará de este cuerpo mortal? Ni clamarás: ¡Ay de mí que se ha dilatado mi destierro! Porque la muerte estará destruida, y la salud vendrá sin defecto; ninguna congoja habrá ya, sino bienaventurada alegría, compañía dulce y hermosa.

¡Oh! ¡Si vieses las coronas eternas de los Santos en el cielo, y de cuánta gloria gozan ahora los que eran en este mundo despreciados, y tenidos por indignos de vivir! Por cierto luego te humillarías hasta la tierra, y desearías más estar sujeto a todos, que mandar a uno solo. 

Y no codiciarías los días placenteros de esta vida: sino antes te alegrarías de ser atribulado por Dios, y tendrías por grandísima ganancia ser tenido por nada entre los hombres.

¡Oh! Si gustases aquestas cosas, y las rumiases profundamente en tu corazón, ¿cómo te atreverías a quejarte ni una sola vez? ¿No te parece que son de sufrir todas las cosas trabajosas por la vida eterna? No es cosa de poco momento ganar o perder el reino de Dios. 

Levanta, pues, tu rostro al cielo: mírame a Mí, y conmigo a todos los Santos, los cuales tuvieron graves combates en este siglo; ahora se regocijan, y están consolados y seguros; ahora descansan en paz, y permanecerán conmigo sin fin en el reino de mi Padre.

¡Oh bienaventurada mansión de la ciudad soberana! ¡Oh día clarísimo de la eternidad, que no obscurece la noche, sino que siempre le alumbra la pura verdad, día siempre alegre, siempre seguro, y siempre sin mudanza! 

¡Oh, si ya amaneciese este día, y desapareciesen todas estas cosas temporales! Alumbra por cierto a los Santos con una perpetua claridad, mas no así a los que están en esta peregrinación sino de lejos, y como en figura.

Los ciudadanos del cielo saben cuán alegre sea aquel día; los desterrados hijos de Eva gimen de ver que éste sea tan amargo y lleno de tedio. Los días de este mundo son pocos y malos, llenos de dolores y angustias, donde el hombre se ve manchado con muchos pecados; enredado en muchas pasiones, angustiado de muchos temores, ocupado con muchos cuidados, distraído con muchas curiosidades, complicado en muchas vanidades, envuelto en muchos errores, quebrantado con muchos trabajos; las tentaciones lo acosan, los placeres lo afeminan, la pobreza le atormenta.

¡Oh, cuándo se acabarán todos estos males! ¡Cuándo me veré libre de la servidumbre de los vicios! ¡Cuándo me acordaré, Señor, de Ti solo! ¡Cuándo me alegraré cumplidamente en Ti! ¡Cuándo estaré sin ningún impedimento en verdadera libertad, y sin ninguna molestia de alma y cuerpo! ¡Cuándo tendré firme paz, paz imperturbable y segura; paz por dentro y por fuera; paz del todo permanente! 

¡Oh buen Jesús! ¡Cuándo estaré para verte! ¡Cuándo contemplaré la gloria de tu reino! ¡Cuándo me serás todo en todas las cosas! ¡Cuándo estaré contigo en tu reino, el cual preparaste desde la eternidad para tus escogidos! Me han dejado acá, pobre y desterrado en tierra de enemigos, donde hay continuas peleas y grandes calamidades.

Consuela mi destierro, mitiga mi dolor, porque a Ti suspira todo mi deseo. Todo el placer del mundo es para mí pesada carga. Deseo gozarte íntimamente; mas no puedo conseguirlo. Deseo estar unido con las cosas celestiales; pero me abaten las temporales y las pasiones no mortificadas.

Con el espíritu quiero elevarme sobre todas las cosas; pero la carne me violenta a estar debajo de ellas. Así yo, hombre infeliz, peleo conmigo, y me soy enfadoso a mí mismo, viendo que el espíritu busca lo de arriba, y la carne lo de abajo.

¡Oh Señor, cuanto padezco cuando revuelvo en mi pensamiento las cosas celestiales, y luego se me ofrece un tropel de cosas del mundo! Dios mío, no te alejes de mí, ni te desvíes con ira de tu siervo. 

Resplandezca un rayo de tu claridad, y destruya estas tinieblas; envía tus saetas, y contúrbense todas las asechanzas del enemigo. Recoge todos mis sentidos en Ti; hazme olvidar todas las cosas mundanas, otórgame desechar y apartar de mí aun las sombras de los vicios.

Socórreme, Verdad eterna, para que no me mueva vanidad alguna. Ven, suavidad celestial, y huya de tu presencia toda torpeza.

Perdóname también y mírame con misericordia todas cuantas veces pienso en la oración alguna cosa fuera de Ti. Pues confieso ingenuamente que acostumbro a estar muy distraído. De modo que muchas veces no estoy allí donde se halla mi cuerpo en pie o sentado, sino más bien allá donde me lleva mi pensamiento. Allí estoy donde está mi pensamiento; allí está mi pensamiento a menudo donde está lo que amo. Al punto me ocurre lo que naturalmente deleita o agrada por la costumbre.

Por lo cual, Tú, Verdad eterna, dijiste: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Si amo al cielo, con gusto pienso en las cosas celestiales. Si amo el mundo, alégrome con sus prosperidades, y me entristezco con sus adversidades. 
Si amo la carne, muchas veces pienso en las cosas carnales. Si amo el espíritu, recréome en pensar cosas espirituales. 

Porque de todas las cosas que amo, hablo y oigo con gusto, y lleno conmigo a mi casa las ideas de ellas. 

Pero bienaventurado aquel por tu amor da repudio a todo lo creado; que hace fuerza a su natural, y crucifica los apetitos carnales con el fervor del espíritu, para que, serena su conciencia, te ofrezca oración pura, y sea digno de estar entre los coros angélicos, desechadas dentro y fuera de sí todas las cosas terrenas.

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