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lunes, 9 de julio de 2012

DESEOS DESORDENADOS

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Cuanto más y mejor entiendes, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente.

Por eso no te ensalces por alguna de las artes o ciencias; mas teme del conocimiento que de ella se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y entiendes muy bien, ten por cierto que es mucho más lo que ignoras. 

No quieras saber cosas altas (Ron., 11, 21); mas confiesa tu ignorancia. ¿Por qué te quieres tener en más que otro, hallándose muchos más doctos y sabios en la Ley que tú? 
Si quieres saber y aprender algo provechosamente, 
desea que no te conozcan ni te estimen.



LA PRUDENCIA EN LAS ACCIONES
 No se debe dar crédito a cualquier palabra ni a cualquier espíritu; mas con prudencia y espacio se deben, según Dios, examinar las cosas. ¡Oh dolor! Muchas veces se cree y se dice más fácilmente del prójimo el mal que el bien ¡Tan flacos somos! Mas los varones perfectos no creen de ligero cualquier cosa que les cuentan, porque saben ser la flaqueza humana presta al mal y muy  Deleznable en las palabras.

 Gran sabiduría es no ser el hombre inconsiderado en lo que ha de hacer, ni porfiado en su propio sentir.

A esta sabiduría también pertenece no creer a cualesquiera palabras de hombres, ni decir luego a los otros lo que oye o cree. Toma consejo del hombre sabio y de buena conciencia; y apetece más ser enseñado de otro mejor, que seguir tu parecer. La buena vida hace al hombre sabio, según Dios, y experimentado en muchas cosas. Cuanto alguno fuere más humilde en sí y más sujeto a Dios, tanto será más sabio y sosegado en todo.

LAS SANTAS ESCRITURAS
   En las Santas Escrituras se debe buscar la verdad, no la elocuencia. Toda la Escritura. santa se debe leer con el espíritu que se hizo. Más debemos buscar el provecho en la Escritura que no la sutileza de palabras.

   De tan buena gana debemos leer los libros sencillos y devotos como los
sublimes y profundos. No te mueva la autoridad del que escribe si es de pequeña o grande ciencia; mas convídete a leer el amor de la pura verdad. No mires quién lo ha dicho, mas atiende qué tal es lo que se dijo. Los hombres pasan; mas la verdad del Señor permanece para siempre (Salmo ll6, 2).

 De diversas maneras nos habla Dios sin acepción de personas. Nuestra curiosidad nos impide muchas veces el provecho que se saca en leer las escrituras, cuando queremos entender y escudriñar lo que llanamente se debía pasar. Si quieres aprovechar, lee con humildad fiel y sencillamente, y nunca desees nombre de letrado. Pregunta de buena voluntad y oye callado las
palabras de los Santos; y no te desagraden las sentencias de los viejos, porque no las dice) sin causa.

DESEOS DESORDENADOS
 Cuantas veces desea el hombre desordenadamente alguna cosa, luego pierde el sosiego. El soberbio y el avariento nunca están quietos; el pobre y el humilde de espíritu viven en mucha paz. El hombre que no es perfectamente mortificado en sí, presto es tentado y vencido de cosas pequeñas y viles.
El flaco de espíritu y que aún está inclinado a lo animal y sensible, con dificultad se puede abstraer totalmente de los deseos terrenos.
Y cuando se abstiene recibe muchas veces tristeza, y se enoja presto si alguno le contradice.

Pero si alcanza lo que desea, siente luego pesadumbre por el remordimiento de la conciencia; porque siguió a su apetito, el cual nada aprovecha, para alcanzar la paz que busca.

En resistir, pues, a las pasiones se halla la, verdadera paz del corazón, y no en seguirlas.
No hay, pues, paz en el corazón del hombre carnal, ni del que se entrega a lo exterior, sino en el que es fervoroso y espiritual.

 SE HA DE HUIR LA VANA ESPERANZA Y LA SOBERBIA

 Vano es el que pone su esperanza en los hombres o en las criaturas. No te avergüences de servir a otros por amor a Jesucristo y parecer pobre en este siglo.
No confíes de ti mismo, sino pon tu esperanza en Dios. Haz lo que puedas, y Dios favorecerá tu buena voluntad. No confíes en tu ciencia ni en la astucia d ningún viviente, sino en la gracia de Dios que ayuda a los humildes y abate a los presumidos.

 Si tienes riquezas, no te gloríes en ellas ni en los amigos, aunque sean poderosos, síno en Dios, que todo lo da, y, sobre todo, desea darse a Sí mismo. No te ensalces por la gallardía y hermosura  del cuerpo, que con pequeña enfermedad destruye y afea. No te engrías de tu habilidad o ingenio, no sea que desagrades a Dios, de quien es todo bien natural que tuvieres.

 No te estimes por mejor que otros, porque no seas quizá tenido por peor delante de Díos, que sabe lo que hay en el hombre. No te ensoberbezcas de tus buenas obras, porque de otra manera son los juicios de Dios que los de los hombres, y a El muchas veces desagrada lo que a ellos contenta. Si tuvieres algo bueno, piensa que son mejores los otros, porque así conservas la humildad. No te daña si te pusieres debajo de todos; mas es muy dañoso si te antepones a sólo uno. Continua paz tiene el humilde; mas en el corazón del soberbio hay emulación y saña frecuente.

EVITAR LA MUCHA FAMILIARIDAD

No descubras tu corazón a cualquiera (Eccl., 8, 22), mas comunica tus cosas con el sabio y temeroso de Dios.

Con los jóvenes y extraños conversa poco. Con los ricos no seas lisonjero, ni estés de buena gana delante de los grandes. Acompáñate con los humildes y sencillos y con los devotos y bien acostumbrados, y trata con ellos cosas de edificación: No tengas familiaridad con ninguna mujer más en general encomienda a Dios todas las buenas. Desea ser familiar a sólo Dios y a sus. Ángeles, y huye de ser conocido de los hombres.
Justo es tener caridad con todos; pero no conviene la familiaridad. Algunas veces sucede que la persona no conocida resplandece por la buena fama; pero su presencia suele parecer mucho menos. 

 Todos los hombres, naturalmente, desean saber; mas ¿qué aprovecha la ciencia, sin el temor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico humilde que a Dios sirve, que el soberbio filósofo que, dejando de conocerse, considera el curso del cielo. El que bien se conoce, tiénese por vil, y no se deleita en alabanzas humanas. 

Si yo supiera cuanto hay en el mundo y no estuviera en caridad, ¿Qué me aprovecharía delante de Dios, que me juzgará según mis obras?
 No tengas deseo demasiado de saber, porque en ello se halla grande estorbo y engaño. Los letrados gustan de ser vistos y tenidos por tales. 

Muchas cosas hay que, el saberlas, poco o nada aprovecha al alma; y muy loco es el que en otras cosas entiende, sino en las que tocan a la salvación. Las muchas palabras no hartan el alma; mas la buena vida le da refrigerio, y la pura, conciencia causa gran confianza en Dios.

 Cuanto más y mejor entiendes, tanto más gravemente serás juzgado 
si no vivieres santamente.

Por eso no te ensalces por alguna de las artes o ciencias; mas teme del conocimiento que de ella se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y entiendes muy bien, ten por cierto que es mucho más lo que ignoras. No quieras saber cosas altas 

(Ron., 11, 21); mas confiesa tu ignorancia. ¿Por qué te quieres tener en más que otro, hallándose muchos más doctos y sabios en la Ley que tú? Si quieres
saber y aprender algo provechosamente, desea que no te conozcan ni te estimen.

EI verdadero conocimiento y desprecio de sí mismo es altísima y doctísima lección. Gran sabiduría y perfección es sentir siempre bien y grandes cosas de otros, y tenerse y reputarse en nada. Si vieres a alguno pecar públicamente o cometer culpas graves, no te debes juzgar por mejor, porque no sabes cuánto podrás perseverar en el bien. Todos somos flacos; mas tú a nadie tengas
por más flaco que a ti.



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Cuando tengamos Sufrimientos más debemos Orar...


"Por la noche, al entrar en la pequeña capilla, oí en el alma estas palabras:

Hija Mía, considera estas palabras:
“Y sumido en la angustia, oraba mas tiempo.”

Cuando empecé a reflexionar mas profundamente sobre ellas, mucha luz me ilumino que de tal fatigosa oración depende a veces nuestra salvación."
(Diario 157)

"...En aquel momento mi mente fue iluminada de modo singular.
Delante de los ojos de mi alma pasó una visión, como aquella que el Señor Jesús tuvo en el Huerto de los Olivos.

Primero los sufrimientos físicos y todas las circunstancias que los aumentan; los sufrimientos espirituales en toda su extensión y los de los cuales nadie sabrá.

En aquella visión entra todo: sospechas injustas, pérdida del propio buen nombre. He descrito eso de modo resumido, pero el conocimiento de eso fue tan claro que lo que viví después no difería en nada de lo que conocí en aquel momento.

Mi nombre debe ser “victima”. Cuando la visión terminó, un sudor frió fluyó por mi frente."
(D. 135)

sábado, 7 de julio de 2012

Oración en la Angustia...Siempre es doloroso cambiar algo y quizás lo más doloroso sea el estar solo.


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La paz es un don que debemos perseguir 
y una vez encontrado, 
asirlo con fuerza y no dejarlo escapar porque es una cualidad de Jesús. 

Con Él en nosotros, nada es tan grande, magnífico
 o importante como para perder 
Su Presencia. 


Viviendo el Presente

Dios nos ha dado a cada uno un don más grande que mil computadoras . 
Se llama Memoria y todo lo que pasa a través de nuestros cinco sentidos queda guardado en esta facultad.
Podemos recordar el olor de un bistec sazonado con cebolla y hacérsenos agua la boca.

Todo lo que leemos es guardado en nuestra memoria aunque a veces no podamos traer a la mente la información que deseamos.
Muchos cristianos son torturados por esta facultad, torturados por la culpa de los pecados del pasado, por resentimientos de antiguas injurias o el remordimiento de añejas omisiones.

La memoria de nuestras faltas puede ser de gran beneficio en el presente si la usamos apropiadamente. San Pablo nunca olvidó como perseguía a los primeros cristianos y la memoria de aquello lo hacía humilde frente a las pruebas y comprensivo durante la persecución. 
(Hch 22, 4-5)

Pablo tuvo muchos recuerdos dolorosos ya que nunca olvidó las numerosas penurias que tuvo que atravesar por la Buena Noticia. 
(2 Cor 11, 20-29)

Tampoco olvidó que cuando estuvo en prisión nadie lo visitó por temor a los judíos. 
(2 Tim 4, 16)

Los problemas que surgen de nuestro pasado no son solo un recuerdo de aquél sino una necesidad de curación, de cambio, de una transformación por la cual podamos revestirnos de la mentalidad de Cristo.
 (1 Cor 2, 16)

Jesús no nos pide que desarrollemos una especie de amnesia espiritual, un bloqueo, de todo aquello que sea doloroso. Se nos pide confiar en Él de tal modo que nuestros pecados puedan ser absorbidos en el océano de su Misericordia. Se nos pide desarrollar un espíritu de compasión para poder mirar a cualquier persona o cualquier incidente de nuestro pasado a través de esos sus ojos misericordiosos.

Se nos pide transformar nuestra memoria con el poder de Su gracia, dejarla limpia de toda telaraña, suciedad y manchas que la mantengan tan desordenada que no haya espacio en ella para Dios.

Hay tres habitaciones en el Templo de nuestra alma: la Memoria, el Intelecto y la Voluntad, y las tres deben ser devueltas a Dios adornadas con las joyas de la Fe, la Esperanza y la Caridad.

Las estructuras de maderas que se nos dieron en el Bautismo deben ser consolidadas con aquellos sólidos materiales adecuados para que habite en ella un Rey. Si permitimos que las estructuras originales se deterioren y caigan en ruinas por nuestra pereza y nuestra falta de celo, viviremos en aquellas ruinas por toda la eternidad.


Nuestros recuerdos son solo nuestros y no podemos culpar a nada ni nadie del pasado por cualquier dolor que habite en ellos. Si les abrimos la puerta o seguimos desmenuzando el pasado en nuestra mente, solo nos tendremos a nosotros mismos para culparnos.

Nuestra falta de perdón nos llena de odio y nuestra falta de compasión nos vuelve duros de corazón. La soberbia en nuestros corazones nos vuelve resentidos y mantiene a nuestra memoria en una constante tormenta de pasión y autocompasión.
Desde la agonía en el Huerto hasta su muerte, es consolador ver a Jesús entregando también sus facultades humanas. Le dio su voluntad al Padre completamente cuando dijo “Hágase tu voluntad” (Lc 2, 43) Limpió su memoria cuando exclamó “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”
(Lc 23, 34). 

Como el Padre, estaba lleno de compasión y misericordia y no permitiría el más mínimo resentimiento en su memoria.
Tal como Jesús, cada ser humano tiene suficientes recuerdos de su pasado para ocupar su tiempo y su mente en ellos continuamente. No es el sacar a la luz estos recuerdos sino el revivirlos lo que genera turbación en nuestras almas. La frecuente y a veces constante evocación de acontecimientos del pasado puede despertar estos males enumerados por Jesús y mover nuestra voluntad a llevarlos a la acción.

Nosotros somos casi siempre la causa de nuestra miseria e infelicidad y corremos de un lado a otro buscando alivio pero no lo encontramos. En nuestro empeño por adquirir la paz de nuestras mentes no vemos la causa real de nuestro desasosiego: una falta de compasión y de humildad.

Sabemos que ciertos pecados del pasado nos crean complejos de culpa. El recuerdo de ofensas pasadas nos llena de una ira a la cual nos adherimos a pesar de nosotros mismos. Nos negamos a dejarlo ir y hacemos esto en nombre de la verdad.
Justificamos nuestra ira o incluso el odio diciendo que tal incidente fue literalmente injusto e inmerecido. Permitimos que la verdad del asunto sea usada como un medio para justificar nuestras reacciones y el ejercicio de nuestras actitudes pecaminosas. Astutamente vamos creándonos cargas y nos las vamos imponiendo sobre nuestros propios hombros.

Las cargas auto-impuestas son las más difíciles de sacudir. Quizás haya cierta satisfacción en el volver a recordar algunas situaciones del pasado, aun cuando éstas sean muy dolorosas. Esto hace que nuestra maldad y nuestro odio sean tan justificados que sentimos que le hacemos un servicio a la justicia a través de la erosión de pasiones descontroladas en nuestros corazones.

Podemos volvernos tan ciegos que le imploramos a Dios que quite aquella cruz de nuestros hombres, mientras nosotros mismos la presionamos sin pensarlo cada vez más.
Solo a través de la compasión y la misericordia de nuestro Padre puede nuestra memoria ser sanada de todas las amarguras almacenadas en ella.

La oración mental

Los primeros cristianos aprendieron rápidamente que había muchas formas de comunicarse con Dios. Hubo momentos en que le hablaban de Su Belleza, o de sus necesidades, y lo hacían a través de la oración vocal.

También le hablaban en silencio, en sus pensamientos, y al hacerlo, se dieron cuenta de que Él también les respondía, por el pensamiento.

Muchas veces se vieron asustados mientras eran casados como animales, y ese mismo temor se elevaba a Dios pidiendo ayuda. Era en estos momentos en que sentían como una vena de coraje hacía revivir sus espíritus, y las palabras de Jesús aparecían en sus mentes. Se preguntaban entonces porque estaban tan asustados y entendían que Dios les había hablado y que su Palabra sería confirmada con poder.

Hubo otras ocasiones en las que tuvieron que pelear contra el enemigo interior y comprendieron que necesitaban de disciplina mental para controlar las facultades espirituales que causaban tal turbación en sus almas.
Aquietarían sus mentes usando la memoria para recordar algún pasaje de la vida de Jesús. Este esfuerzo aplacaría aquella facultad ante cualquier resentimiento que pueda haber quedado. 


Para hacer que se afiance su recuerdo de Jesús, usarían su imaginación para representar dicha escena y de pronto era como si estuvieran ellos mismos ahí. Sentirían los mismos sentimientos de Su Corazón en aquella situación y empezarían a aplicarlos en sus propias vidas.

La Oración de Imitación de los primeros cristianos les dio el manejo necesario para traer a sus mentes y voluntades el deseo de ser como Jesús en todo. Para preparar sus corazones para esta transformación, leían y releían todo lo relacionado con Jesús y su persona.

Los cristianos tuvieron que fijar su mirada, su mente y su corazón en el Modelo Divino para perfeccionar su carácter y desplegar aquellas cualidades que habían sido enterradas por el pecado, la debilidad y la imperfección. Habían visto a otros hombres imperfectos como Pedro, Pablo, Santiago y Juan desarrollar cualidades que asombraron al mundo, parecía que habían nacido de nuevo, llenos de alegría, señores de sí mismos e inconmovibles ante las preocupaciones del mundo. 


Ellos habían comprendido que el fundamento de sus actos estaba en sus pensamientos y por ello empezaron a impregnar sus mentes de una concepción mental de Jesús que se entrelazaba en cada situación y que les daba unos parámetros y generaba un paralelo entre Él y ellos.

Porque lo amaban, este esfuerzo no era nunca una imposición o una carga. Era la consecuencia natural de un profundo amor, un amor que hacía de las partes involucradas, una sola persona.

Cuando escuchaban o leían que Jesús “sentía tristeza” por la muchedumbre, no se quedaban contentos pensando en la escena y contemplando su compasión, trataban de entrar en su espíritu y sentir lo mismo que Él.

¿No había derramado Él mismo su espíritu en nosotros por medio del Bautismo? ¿No los había llamado a seguirlo como fieles discípulos? Bueno, cooperarían con aquel Espíritu y actuarían de acuerdo a él. Su compasión por los pecadores sería la suya y desplegarían los dones que les fueron dados usándolos en toda ocasión para conformarse con Su imagen.

Sus mentes tenían que “pensar como Jesús”, sus corazones “sentir como Jesús” y sus voces deberían transmitir la Buena Nueva del mismo Jesús.
Cuando se veían tentados por la ira o a maldecir, inmediatamente pensarían en Jesús de pie, sereno y calmado ante sus enemigos. Su contemplación iba más allá del estado conceptual, su imaginación representaba a Jesús en perfecto señorío de sí, y sus corazones respondían actuando de la misma manera que Él.


Oración del Corazón

Los primeros cristianos tuvieron que sobreponerse a cualquier situación que tratara de hundir su alma y llevarlos a reaccionar vengativamente ante la ira y el odio.
Debían de nutrir y mantener en su interior una inacabable fuente de amor. Debían alimentar su alma con agua que diera vida.

Jesús había enviado a un Abogado para que habite en medio de sus almas y se les había prometido que nada interferiría con aquella unión. Por ello, cada momento de sus vidas era una ocasión para crecer en esa conformación con la imagen de Jesús.

La fe les dio algo en que creer y la esperanza una meta que alcanzar, pero para mantener ambas cosas vivas y activas, necesitaban amar. La fe aclaraba las dudas y la esperanza calmaba sus emociones, pero debían amar para darles la fuerza para perseverar. La fe les decía lo que creían y la esperanza les decía por qué, pero era el amor el que les decía en Quien creían. La fe les daba algo y la esperanza un lugar, pero el amor les daba a Alguien. En el camino de la vida, la Fe era la barca, la Esperanza el ancla y el Amor el timón.

Debían tener un amor siempre más fuerte para con Dios y los hermanos, y miraban a Jesús para que les dijera cómo hacerlo. Un día, Jesús les dijo a sus apóstoles: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y ambos vendremos y haremos de él nuestra morada” (Jn 14, 23)

El secreto estaba entonces en guardar su palabra y entonces la Trinidad habitaría en ellos. El Espíritu los hizo hijos de Dios en el Bautismo –habían sido marcados con un sello indeleble– un sello que nunca sería borrado en el tiempo o la eternidad. Como hijos de los hombres, debían crecer y madurar en una nueva vida que era alimentada por Dios mismo.

¿Era aquella Palabra algo que oyeron o Alguien que amaron? De algún modo sabían que aquellas palabras que cruzaban sus mentes y esos sentimientos en sus corazones eran inseparables. Se dieron cuenta al leer las Escrituras de que los Autores Inspirados muchas veces usaban las palabras “mente” y “corazón” indistintamente para referirse a lo mismo.

El mismo Jesús les había dicho: “Es del corazón del hombre de donde salen las malas intenciones… Nada de lo que entra en el hombre de afuera puede mancharlo, son las cosas que salen de dentro del hombre las que lo vuelven impuro. Todas las cosas malas salen de adentro y hacen a un hombre impuro” (Mc 7, 21.15.23)
Cuando hablamos del corazón, pensamos en el amor, y donde existe el amor, existe la posibilidad de que exista el odio. Lo que amemos u odiemos determina el curso de nuestras vidas y el grado en que amemos u odiemos determinará nuestro éxito o fracaso.

El corazón, símbolo del amor y hogar de nuestras emociones, sale a nuestro encuentro como un rayo luminoso en el mundo, señalando el poder de nuestra voluntad y la dirección que hemos elegido seguir.

No importa cuanto recordemos sus Palabras o cuan profundamente creamos en ellas, si estas palabras no tocan nuestro corazón y nos mueven a amar y darlo todo por Jesús, no significa nada. San Pablo comprendía esto cuando escribía a los corintios que aunque tuviera todo el conocimiento del mundo y diera todos sus bienes a los pobres, aunque entregara su cuerpo a las llamas y tuviera fe como para mover montañas, sin amor, era simplemente nada. (1Cor 13, 1-3)

Pablo no hablaba de un amor sentimental, ese amor entusiasta que se precipita como una intensa llamarada pero rápidamente se torna cenizas. No, él hablaba de un amor del corazón más profundo, una convicción interior, una consagración total, un móvil que prefiere la muerte a la deslealtad.

El corazón del cristiano era un corazón de carne, penetrado por el Espíritu del Señor, era un corazón consciente de ser un “hogar” en donde el Espíritu de Dios reinaba y amaba.

Oración en la Angustia

Los primeros cristianos experimentaron momentos de éxtasis, horas de felicidad, de alegría perpetua y también de una profunda angustia del corazón. Su vida cambió pero el cambio para bien se daba por dentro. Aunque su vida interior era lo más importante, su vida en el mundo requería de atención y frecuentemente les causaba mucho sufrimiento.

Siempre es doloroso cambiar algo y quizás lo más doloroso sea el estar solo en ese cambio. Esto es lo primero que sufrió el cristiano; repentinamente se vieron como extraños en el mundo, todo y todos eran diferentes y muchas veces se oponían a su forma de pensar y de vivir.

Poco tiempo antes andaban cómodos por el mundo, pero cuando Jesús entró en sus corazones fueron arrancados del mundo y convertidos en forasteros en una tierra de exilio.

Los cristianos portaban algo glorioso, algo de lo que hablaban, que compartían y por lo cual luchaban, pero no se lo podían dar a cualquiera. Era un don y aquel don de la Fe se expandía a través de sus propias vidas.
Serena Paz

La paz del primer cristiano consistía en una profunda unión con Dios como Padre, con Jesús como Señor y con el Espíritu como santificador; aquél alzaba su mente al Padre y se embriagaba con la constatación de que ese gran Dios era realmente su Padre.

Dejaba que el pensamiento de la paternidad de Dios penetrara su alma hasta que descansara como un niño en los brazos de su madre, seguro y sin temor. Las pruebas de la vida eran acompañadas por la fuerza para superarlas, porque “si Dios está con ellos, ¿quién contra ellos?” (Rom 8, 31)

El cristiano entraba en el espíritu de Jesús y dejaba que Su amabilidad penetrara su alma, no solo pensaba en Jesús, se “revestía de Su Mentalidad”. Dejaba que el gentil y misericordioso Jesús se hiciera presente en su vida al punto que terminaba pensando y amando como Él. 


No se contentaba con rezarle, lo dejaba dar fruto en él entregándole toda su vida. El manso Jesús vivía en él y éste se esforzaba por erradicar de sí todo aquello que pudiera obstruir que aquel manso y amable Jesús irradiara su luz.

La paz es un don que debemos perseguir y una vez encontrado, asirlo con fuerza y no dejarlo escapar porque es una cualidad de Jesús. Con Él en nosotros, nada es tan grande, magnífico o importante como para perder Su Presencia.




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jueves, 5 de julio de 2012

“oración” significa muchas cosas para muchas personas.


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EL CAMINO HACIA DIOS

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Para unos significa pedir ciertas “cosas” 

–salud o éxito–. 

Para otros significa arrepentimiento, implorar la misericordia de Dios por sus pecados e infidelidades. La oración es alabanza y acción de gracias para muchos y para la mayoría es un llanto en momentos de angustia.
La oración es todas estas cosas, pero es más que eso. Es una unión de amor: el amor de Dios y tu amor; es un recordatorio del amor de Dios por ti, su amor personal. Para entender este amor, dedica unos momentos a los siguientes pensamientos:

1. Dios me ama como si nadie más existiera.
2. Su amor por mí está más allá de lo descriptivo.
3. Él me conocía y me amó antes de la creación.
4. Soy importante para Dios; por ello, Él envió a su Hijo para vivir y morir por mí.

5. En el Bautismo Él me hizo su morada en la tierra.
6. Él alimenta mi alma con su propio Cuerpo y Sangre en la Eucaristía.
7. Dios mora en mí y espera con ansias mis expresiones de amor.
Lecturas de la Escritura: (Léelo piadosamente)
«Con amor eterno te he amado; por eso he reservado gracia para ti» (Jer. 31,3)
«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado... No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte» (Jer. 1,1)

«¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada, tus muros están ante mí perpetuamente».
 (Isaías 49,15)

«No temas, que yo estoy contigo; no receles, que yo soy tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido con mi diestra justiciera. ¡Oh! Se avergonzarán y confundirán todos los abrasados en ira contra ti. Serán como nada y perecerán los que te buscan querella. Porque yo, Yahveh tu Dios, te tengo asido por la diestra. Soy yo quien te digo: No temas, yo te ayudo». (Isaías 41,10)

«Hasta vuestra vejez, yo seré el mismo, hasta que se os vuelva el pelo blanco, yo os llevaré. Ya lo tengo hecho, yo me encargaré, yo me encargo de ello, yo os salvaré». (Isaías 46, 4)

Arrepentimiento

Mientras comienzo a comprender el inmenso amor de Dios, siento una necesidad de devolver ese amor –un deseo de ser limpiado de todo lo que hay dentro de mí que no se parezca a Dios. Miro la imagen perfecta del Padre, Cristo, y me doy cuenta de que no me parezco a Él. La semejanza es débil y quiero que sea cada vez más perfecta.

¿Qué hago, qué se interpone en el camino para hacerme otro Cristo? Cristo está dentro de mí, esperando que lo deje iluminar mi camino. ¿Qué nubes oscuras están entre Cristo y yo, impidiendo a mi prójimo ver al Hijo de Dios?

Por unos momentos comparémonos con Cristo.

Estoy orgulloso, atribuyo todo lo que hago a mí mismo, a mis talentos, mi éxito, mis trabajos, pero Jesús dio todo el crédito al Padre. Él dijo: «El Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Juan 5,19), entonces yo irradiaré a Cristo reconociendo que todo lo bueno en mí viene de Jesús. (Pausa)
Soy crítico, encuentro culpa en mi prójimo, juzgando sus motivos, pero Jesús dijo «si hay uno entre vosotros que no tenga pecado, que tire la primera piedra» (Juan 8,7).

Soy temeroso: temo a la muerte, la soledad, la enfermedad, el fracaso y el futuro. Pero Jesús dijo «No se turbe vuestro corazón, pues yo voy a prepararles un lugar» (Juan 14,1). «Vengan a mí... y yo os daré descanso» (Mt. 11, 28), entonces irradiaré a Cristo actuando según su Palabra y teniendo la seguridad de que Él cuidará de mí. (Pausa)

Encuentro difícil perdonar y olvidar, pero Jesús dijo «Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mat. 6, 14-16), entonces irradiaré a Cristo, siendo el primero en perdonar y mostrar con un gesto de reconciliación que he perdonado. (Pausa)
Reflexión
Acabas de comparar tus acciones con las acciones de Jesús. Ahora durante unos momentos dale al Espíritu la oportunidad de llevarse tus cargas interiores y memorias inquietantes, aquellos sentimientos que te impiden irradiar totalmente a Cristo. Cierra tus ojos y toma a Jesús de la mano. Mira qué te molesta, pero míralo con los ojos de Jesús. Mira con Sus ojos; ama con Su Corazón; y perdona con Su Misericordia.
Lecturas de la Escritura (Léelo piadosamente)

«Venid, pues, y disputemos -dice Yahveh-: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán» (Isaías 1,18).

«Yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer. ¿Cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel? ¿Voy a dejarte como a Admá, y hacerte semejante a Seboyim? Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas» (Oseas 11, 3-4.8)

Con llanto vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen (...) y será su alma como huerto empapado, no volverán a estar ya macilentos (...). Y cambiaré su duelo en regocijo, y les consolaré y alegraré de su tristeza; empaparé el alma de los sacerdotes de grasa, y mi pueblo de mi regalo se hartará» (Jeremías 31, 9ss)
«En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido - dice Yahveh tu Redentor» (Isaías 54, 8).

Esperanza

En el Cielo veremos a Dios cara a cara –y la fe entonces desaparecerá. En el Cielo poseeremos a Dios –entonces la esperanza desaparecerá. En el Cielo amaremos a Dios como Él se ama a sí mismo –entonces el amor permanecerá. La fe, la esperanza y el amor en la tierra –y la Visión, la Posesión y la Unión con Dios en el Cielo –no son dos vidas separadas que vivimos, simplemente dos etapas de la misma vida.
En la tierra se nos da la Fe —para ver a Dios ahora. En la tierra se nos da la Esperanza —para poseer a Dios ahora. En la tierra se nos da el Amor —para crecer en la unión con Dios ahora. El Reino de los Cielos comienza ahora —y varía sólo en grado.
Reflexiona unos momentos sobre cada uno de los siguientes 

Pensamientos:

La Santísima Trinidad hizo su morada en mí en el Bautismo, debo ser consciente de su Presencia.
Por los dones del Espíritu Santo, recibidos en la Confirmación, se me dio el poder de atestiguar, por la santidad de vida, Su Presencia entre nosotros.
Debo aceptar el poder sanador de la Penitencia, el Sacramento de la Reconciliación, como el ungüento para mis arraigadas faltas.
¿Soy consciente de la Presencia Duradera de Jesús en mi alma después de que la Especie Sagrada de la Eucaristía se ha ido?
Debo escuchar cuando Dios le habla a mi alma a través de pensamientos buenos, inspiraciones e intuiciones.
He sido escogido por Dios para ser Santo; esa es Su Voluntad.
Estoy destinado a ser feliz para siempre. Debo comenzar ahora –para que todo el Cielo viva en mí.

Lecturas de la Escritura: (Léelo piadosamente)
«Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2 Cor. 4,7).
«Iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos» (Ef. 1, 18).
«Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros. No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos de todo género de mal. Que El, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes. 5 16-23).

«Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu» 
(2 Cor. 3, 18).
Consideración:
Si debo amar a mi prójimo como a mí mismo, primero debo comprender mi propia dignidad: mi alma es inmortal, fue creada a la imagen y semejanza de Dios, fue redimida por la vida y la muerte del Hijo de Dios y por la Gracia es la morada de la Santa Trinidad. Soy un hijo de Dios, destinado a la Gloria Eterna; por lo tanto, soy importante para Dios por todo lo que Él ha hecho por mí.
Letanía
Por crear mi alma a Tu imagen y semejanza
– Te doy gracias Oh Señor.
Por cuidar de mí como una madre a su único hijo
– Te doy gracias Oh Señor.
Por mantenerme existiendo
– Te doy gracias Oh Señor.
Por darme los tesoros de la naturaleza para mi regocijo
– Te doy gracias Oh Señor.
Por amarme tanto hasta limpiarme
– Te doy gracias Oh Señor.
Por darme Tu Presencia viva en los Sacramentos
– Te doy gracias Oh Señor.
Meditación: Bautismo

En el Bautismo recibí la gracia —esa cualidad que me hace compartir la naturaleza misma de Dios. Si yo pudiera ver un alma vestida con la gracia, sería algo de tal belleza y esplendor que pensaría que es Dios mismo. Soy santificado con la santidad misma de Dios. Nunca estoy solo pues poseo siempre dentro de mí a las Tres Personas Divinas, quienes caminan conmigo y viven en mí.

Mi deber conmigo mismo consiste en fortalecer mi Fe con un esfuerzo diario por hacerme más consciente de la Voluntad Divina; en una mayor seguridad (Esperanza) de que Jesús dará fruto abundante en mí; y en un entendimiento más profundo del Amor transformante del Espíritu Santo.
Lecturas de la Escritura: (Léelo piadosamente)

«Yo pasé junto a ti y te vi agitándote en tu sangre. Y te dije, cuando estabas en tu sangre: "Vive", y te hice crecer como la hierba de los campos. Tú creciste, te desarrollaste, y llegaste a la edad núbil. Se formaron tus senos, tu cabellera creció; pero estabas completamente desnuda. Entonces pasé yo junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo de los amores. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento, hice alianza contigo - oráculo del señor Yahveh - y tú fuiste mía. Te bañé con agua, lavé la sangre que te cubría, te ungí con óleo.

 Te puse vestidos recamados, zapatos de cuero fino, una banda de lino fino y un manto de seda. Te adorné con joyas, puse brazaletes en tus muñecas y un collar a tu cuello. Puse un anillo en tu nariz, pendientes en tus orejas, y una espléndida diadema en tu cabeza. Brillabas así de oro y plata, vestida de lino fino, de seda y recamados. Flor de harina, miel y aceite era tu alimento. Te hiciste cada día más hermosa, y llegaste al esplendor de una reina. Tu nombre se difundió entre las naciones, debido a tu belleza, que era perfecta, gracias al esplendor de que yo te había revestido - oráculo del Señor Yahveh» (Ezequiel 16, 6-14).

Consideración:
Cuando Cristo asumió nuestra naturaleza humana, Él se hizo carne de nuestra carne, hueso de nuestro hueso — y entonces está en la Familia. Cada miembro de la familia pertenece de un modo especial a los otros miembros — y a Cristo. Mi relación con mi familia debe ser de amor y de obediencia humilde. Debo darme generosamente y totalmente, sin escatimar y sin reserva.
Dios me ha dado una misión especial en mi Familia, la que sólo yo puedo realizar. Debo animarme, mantenerme, abstenerme, perdonar, amar y “estar entre ellos como el que sirve”. No puedo transmitir a Cristo a mi prójimo y al mundo si primero no lo he dado a mi Familia.
Letanía
Que pueda apreciar lo que los miembros de mi familia hacen por mí
– Señor, muéstrame el Camino.
Que pueda perdonar, pasar por alto o corregir según sea mi deber
– Señor, muéstrame el Camino.
Que pueda ser una alegría y consuelo para mis seres queridos
– Señor, muéstrame el Camino.
Que pueda ser compasivo y servicial en los momentos de enfermedad y crisis
– Señor, muéstrame el Camino.
Que pueda ser un obediente, humilde y responsable miembro de mi familia
– Señor, muéstrame el Camino.
Meditación

Dios ha destinado desde toda la Eternidad que pertenezca a la familia en la que Él me ha colocado. Los necesito y ellos me necesitan. Cada uno de nosotros ayuda a los demás a hacerse santos y así realizar su destino eterno. Debo comprender que las diferencias de temperamento, opiniones y personalidades entre nosotros son ocasiones para formar y desarrollar mi carácter mientras lo pongo en práctica. Debo a mi familia mi lealtad, respeto y oración, de que juntos podemos lograr la plenitud en Cristo.
Lecturas de la Escritura: (Léelo piadosamente)

«Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo. Las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo. Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben serlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef. 5, 21-27).
«Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: Para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra» (Ef. 6, 1-3).

Meditación:
«Os doy un Mandamiento nuevo —que os améis mutuamente como Yo os he amado»
Es fácil guardar este Mandamiento si comprendo que el mismo principio vivificante pasa por cada uno de nosotros y que estamos unidos en Cristo por el Amor del Espíritu Santo –viviendo, creciendo y desarrollándonos juntos.
Pensamientos que puedan ayudarme a vivir un amor más profundo por mi prójimo.
Si no puedo excusar sus acciones, déjenme al menos no juzgar sus motivaciones.
Debo soportar las faltas de los otros con calma y amablemente teniendo en cuenta la viga en mi propio ojo.
Trataré de descubrir lo bueno en mi prójimo aún cuando esto pueda ser ensombrecido por muchas faltas. Debo perseverar en hacer el bien incluso frente a la ingratitud.

Me adaptaré a las mentalidades, preferencias y necesidades de mi prójimo y adquiriré el hábito de escuchar. Imitando a Cristo me sacrificaré generosamente por el bien de otros.
Cuando alguien despierte mi cólera, inmediatamente rezaré por ellos y recuperaré mi paz interior.




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Fuente: 

EL CAMINO HACIA DIOS

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