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domingo, 25 de marzo de 2012

Genoma humano y Dignidad de la Persona


El creyente sabe bien que el Evangelio tiene una sintonía intrínseca con los valores inscritos en la naturaleza humana. La dignidad del hombre no se identifica con los genes de su ADN 
y no disminuye por la posible presencia de diferencias físicas o de defectos congénitos.


El 19 de noviembre de 2005, Benedicto XVI dirigió un discurso a los participantes en la Conferencia internacional sobre el genoma humano, de la que destacamos cuatro puntos:


· El creyente sabe bien que el Evangelio tiene una sintonía intrínseca con los valores inscritos en la naturaleza humana.


· La dignidad del hombre no se identifica con los genes de su ADN y no disminuye por la posible presencia de diferencias físicas o de defectos congénitos.


· No faltan en la Iglesia organismos profesionales y academias capaces de evaluar las novedades en el ámbito científico, especialmente en el mundo de la biomedicina.


· Los mismos ciudadanos están llamados a expresar su pensamiento sobre problemas también científicamente cualificados y difíciles.


El texto del discurso, tras los saludos, es el siguiente:

Situándome en la perspectiva pastoral propia del Consejo pontificio que ha organizado esta Conferencia, me complace notar cómo hoy, sobre todo en el ámbito de las nuevas aportaciones de la ciencia médica, se ofrece a la Iglesia una posibilidad ulterior de realizar una valiosa obra de iluminación de las conciencias, para que todo descubrimiento científico contribuya al bien integral de la persona, en el respeto constante de su dignidad.


Al subrayar la importancia de esta tarea pastoral, quisiera decir ante todo una palabra de aliento a quienes se encargan de promoverla. El mundo actual se caracteriza por el proceso de secularización que, a través de complejas circunstancias culturales y sociales, no sólo ha reivindicado una justa autonomía de la ciencia y de la organización social, sino también, a menudo, ha cancelado el vínculo de las realidades temporales con su Creador, llegando incluso a descuidar la salvaguardia de la dignidad trascendente del hombre y el respeto de su misma vida. Sin embargo, hoy la secularización, en la forma del secularismo radical, ya no satisface a los espíritus más conscientes y atentos. Esto quiere decir que se abren espacios posibles, y tal vez nuevos, para un diálogo fecundo con la sociedad y no sólo con los fieles, especialmente sobre temas importantes como los que atañen a la vida.


Esto es posible porque en las poblaciones de larga tradición cristiana siguen presentes semillas de humanismo a las que no han afectado las disputas de la filosofía nihilista; semillas que, en realidad, tienden a reforzarse cuanto más graves son los desafíos. Por lo demás, el creyente sabe bien que el Evangelio tiene una sintonía intrínseca con los valores inscritos en la naturaleza humana. La imagen de Dios está tan profundamente grabada en el alma del hombre, que difícilmente puede silenciarse del todo la voz de la conciencia. Con la parábola del sembrador, Jesús nos recuerda en el Evangelio que existe siempre un terreno fértil en el que la semilla echa raíces, germina y da fruto.


También los hombres que no se reconocen ya como miembros de la Iglesia o que incluso han perdido la luz de la fe siguen estando atentos a los valores humanos y a las contribuciones positivas que el Evangelio puede aportar al bien personal y social.


Es fácil darse cuenta de esto, sobre todo reflexionando en lo que constituye el objeto de vuestra Conferencia: los hombres de nuestro tiempo, que se han vuelto más sensibles a causa de los terribles acontecimientos que han ensombrecido el siglo XX y el inicio del actual, pueden comprender bien que la dignidad del hombre no se identifica con los genes de su ADN y no disminuye por la posible presencia de diferencias físicas o de defectos congénitos.


El principio de "no discriminación" sobre la base de factores físicos o genéticos ha penetrado profundamente en las conciencias y está formalmente enunciado en las Cartas sobre los derechos humanos. Este principio tiene su fundamento más verdadero en la dignidad ínsita en todo hombre por el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26). 


Por otra parte, el análisis sereno de los datos científicos lleva a reconocer la presencia de esta dignidad en cada fase de la vida humana, comenzando desde el primer momento de la fecundación. La Iglesia anuncia y propone estas verdades no sólo con la autoridad del Evangelio, sino también con la fuerza que deriva de la razón, y precisamente por esto siente el deber de apelar a todos los hombres de buena voluntad, con la certeza de que la aceptación de estas verdades no puede por menos de favorecer a las personas y a la sociedad. En efecto, es preciso evitar los riesgos de una ciencia y de una tecnología que pretenden ser completamente autónomas con respecto a las normas morales inscritas en la naturaleza del ser humano.


No faltan en la Iglesia organismos profesionales y academias capaces de evaluar las novedades en el ámbito científico, especialmente en el mundo de la biomedicina; hay, además, organismos doctrinales dedicados específicamente a definir los valores morales que hay que salvaguardar y a formular las normas que requiere su tutela eficaz; por último, hay dicasterios pastorales, como el Consejo pontificio para la pastoral de la salud, a los que corresponde elaborar las metodologías oportunas para asegurar una presencia eficaz de la Iglesia en el ámbito pastoral. Este tercer momento es valioso no sólo para una humanización cada vez más adecuada de la medicina, sino también para asegurar una respuesta oportuna a las expectativas, por parte de las personas, de una eficaz ayuda espiritual.


Por consiguiente, es necesario dar nuevo impulso a la pastoral de la salud. Esto implica una renovación y una profundización de la misma propuesta pastoral, que tenga en cuenta el aumento del conjunto de conocimientos difundidos por los medios de comunicación en la sociedad y del nivel de instrucción más elevado de las personas a las que se dirige.


No se puede descuidar el hecho de que, cada vez con más frecuencia, no sólo los legisladores, sino también los mismos ciudadanos están llamados a expresar su pensamiento sobre problemas también científicamente cualificados y difíciles. Si falta una instrucción adecuada, más aún, una formación adecuada de las conciencias, en la orientación de la opinión pública fácilmente pueden prevalecer falsos valores o informaciones inexactas.


Adecuar la formación de los pastores y de los educadores, a fin de capacitarlos para asumir sus responsabilidades de modo coherente con su fe y al mismo tiempo en un diálogo respetuoso y leal con los no creyentes, es la tarea imprescindible de una pastoral actualizada de la salud. En particular, en el campo de las aplicaciones de la genética, hoy las familias pueden carecer de las informaciones adecuadas y tener dificultades para mantener la autonomía moral necesaria para permanecer fieles a sus opciones de vida.


Por tanto, en este sector se requiere una formación profunda y clara de las conciencias. Los actuales descubrimientos científicos afectan a la vida de las familias, impulsándolas a opciones imprevistas y delicadas, que hay que afrontar con responsabilidad. 


Así pues, la pastoral en el campo de la salud necesita consejeros formados y competentes. Esto permite entrever cuán compleja y exigente es hoy la gestión de este sector de actividades.


Ante estas mayores exigencias de la pastoral, la Iglesia, a la vez que sigue confiando en la luz del Evangelio y en la fuerza de la gracia, exhorta a los responsables a estudiar la metodología adecuada para prestar ayuda a las personas, a las familias y a la sociedad, conjugando fidelidad y diálogo, profundización teológica y capacidad de mediación. Para ello cuenta, en particular, con el apoyo de cuantos como vosotros, reunidos aquí para participar en esta Conferencia internacional, se interesan por los valores fundamentales en los que se basa la convivencia humana. 


Aprovecho de buen grado esta circunstancia para expresar a todos mi gratitud y mi aprecio por la contribución en un sector tan importante para el futuro de la humanidad. Con estos sentimientos, imploro del Señor copiosas luces sobre vuestro trabajo y, como testimonio de estima y afecto, os imparto a todos una especial bendición.

viernes, 23 de marzo de 2012

¿Permite Dios las tentaciones?


¿Es algo que podemos evitar?

Conoce el origen y las causas de las tentaciones para luchar efectivamente contra ellas.
No todas las tentaciones nos vienen del demonio; muchas nos vienen del mundo que nos rodea, incluso de amigos y conocidos. 

Otras provienen de fuerzas interiores, profundamente arraigadas en nosotros, qué llamamos pasiones, fuerzas imperfectamente controladas y, a menudo, rebeldes, que son resultado del pecado original. Pero, sea cual fuere el origen de la tentación, sabemos que, si queremos, siempre podremos vencerla: "fiel es Dios, dice San Pablo, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas" (I Cor. 10,13).

¿Cuál es entonces el motivo por el que Dios permite que seamos tentados? Porque precisamente venciendo la tentación adquirimos méritos delante de Él; porque las tentaciones encontradas y venidas nos llevan a crecer en santidad. La frase de San Pablo que acabamos de citar termina así: "sino que de la misma tentación Dios os hará sacar provecho" (ib). Tendría poco mérito ser bueno si fuera fácil. Los grandes santos no fueron hombres y mujeres sin tentaciones; en la mayoría de los casos las sufrieron tremendas, y se santificaron venciéndolas.

Es claro que no podemos ganar en estas batallas nosotros solos. Contamos con la ayuda de Dios para reforzar nuestra debilitada voluntad. "Sin Mí, no podéis hacer nada" nos dice el Señor.

Su ayuda, su gracia, está a nuestra disposición en ilimitada abundancia, si la deseamos, si la buscamos. La confesión frecuente, la comunión y la oración habituales (especialmente a la hora de la tentación) nos harán inmunes a la tentación, si ponemos lo que está de nuestra parte. Sin embargo, sería tentar a Dios esperar que Él lo haga todo. Si no evitamos peligros innecesarios si, en la medida que podamos, no evitamos las circunstancias -las personas, lugares o cosas que puedan inducirnos a tentación-, no estamos cumpliendo por nuestra parte. Si imprudentemente nos ponemos en peligro.

El demonio no sólo trata de dañarnos con las tentaciones, a veces pretende causar estragos con la posesión diabólica. En los últimos años se ha puesto de moda en argumentos cinematográficos el tema de la posesión diabólica que ciertamente existe, como queda de manifiesto en la Biblia y en la continua experiencia de la Iglesia. En ella, el diablo penetra en el cuerpo de una persona y controla sus actividades físicas: su palabra, sus movimientos, sus acciones. Pero el diablo no puede controlar su alma; la libertad del alma humana queda inviolada, y ni todos los demonios del infierno pueden forzarla. En la posesión diabólica el individuo pierde el control de sus acciones físicas, que pasan a un poder más fuerte, el del diablo. Lo que el cuerpo haga, lo hace el diablo, no ese individuo.


La Liturgia prescribe un rito especial para expulsar un demonio de una persona posesa, al cual se llama exorcismo. En ese rito el Cuerpo Místico de Cristo acude a su Cabeza, Jesús mismo, para que rompa la influencia del demonio sobre dicha persona. La función de exorcista es propia de todo sacerdote, pero no puede ejercerla oficialmente a no ser con permiso oficial del obispo, y siempre que una cuidadosa investigación haya demostrado que es un caso auténtico de posesión y no una simple enfermedad mental. El obispo debe seleccionar para este delicado Oficio a un sacerdote especialmente docto y santo, y ayudarlo de cerca con numerosas cautelas. No se puede jugar con el diablo, ni tomárselo a broma, ni buscar "emociones fuertes" cerca de su presencia. Es demasiado triste -y demasiado peligrosa- su realidad y su acción. Por eso, tampoco es prudente escuchar discos de música diabólica, ver películas u obras teatrales que se refieran a temas satánicos. 

Existe la obligación de no tomar parte ni como espectador ni como escucha; si al diablo, imprudentemente y con ligereza, se le invoca, seguramente por ahí andará.
La Guardia Personal
Siempre ha sido bueno para un hombre verse acompañado de quienes aspiran a los más nobles ideales y tienen gran talento. Su papel en la vida se empobrece si sólo trata a gente igual o inferior a él. Se enriquece, en cambio, si se relaciona con aquellos de quienes puede aprender alguna cosa, imitar en algo, emular en algo. Por ello, si no frecuenta la compañía de los ángeles, ha prescindido de una relación que podía haberle trasmitido esperanza, hacerle sentir orgulloso de pertenecer a la gran familia de los seres inteligentes, de la cual es el más modesto miembro, y darle confianza en sus esfuerzos, haciéndole saber que no está sólo.

Tal vez sea este el secreto del universal atractivo que los ángeles han ejercido siempre sobre el hombre. En el mundo angélico, el alma humana se siente a gusto, en su casa, como no lo puede estar en un mundo inferior; allí encuentra el común Lenguaje del espíritu, la rápida comprensión, la fácil simpatía e incuestionable ayuda que le permite ser él mismo y sentirse relajado y tranquilo. Porque lo mejor del hombre reside en el mundo del espíritu.

Que cada hombre tiene un ángel de la guarda personal no es materia de fe, pero sí algo creído comúnmente por todos los católicos. Aun cuando esta verdad no se encuentra explícitamente definida en la Escritura, y la Iglesia no la ha definido como dogma, la sostiene toda ella, tanto en el Magisterio como en el sentido universal de los fieles, que se apoya en la misma Escritura tal como ha sido entendida por la Tradición de la Iglesia.

Santo Tomás de Aquino aporta junto a otros muchos datos de conveniencia, dos de enorme sentido común. ¿Quién necesita guardia o protección?, preguntan. Por una parte, el que está débil o enfermo. Por otra, quien tiene enemigos más poderosos que Él. Luego del pecado, nuestra naturaleza humana quedó enferma y débil para la práctica del bien. Necesitamos, pues, quien nos cuide. Y tenemos (como cada día lo constatamos más claro en la sociedad moderna) la tremenda presencia de seres superiores que, con inteligencia preclara, están empeñados en dar muerte a nuestras almas.

Sí, en el mundo de los hombres, en su corazón, hay espacio suficiente para unos seres que no ocupan lugar.

No tengas miedo de confiar 100% en Jesús



Nos dice Santa Faustina: "En cierta ocasión Jesús me hizo conocer que cuando le ruego por alguna intención que a veces me recomiendan, está siempre dispuesto a conceder sus gracias, pero las almas no siempre quieren aceptarlas."

Entonces Jesús le dijo:
Mi Corazón esta colmado de gran misericordia para las almas y especialmente para los pobres pecadores.

Oh, si pudieran comprender que Yo soy para ellas el mejor Padre, que para ellas de Mi Corazón ha brotado Sangre y Agua como de una fuente desbordante de misericordia; para ellas vivo en el tabernáculo; como Rey de Misericordia deseo colmar las almas de gracias, pero no quieren aceptarlas.

Por lo menos tú ven a Mí lo más a menudo posible y toma estas gracias que ellas no quieren aceptar y con esto consolaras Mi Corazón. Oh, qué grande es la indiferencia de las almas por tanta bondad, por tantas pruebas de amor. Mi Corazón esta recompensado solamente con ingratitud, con olvido por parte de las almas que viven en el mundo. Tienen tiempo para todo, solamente no tienen tiempo para venir a Mi a tomar las gracias.

Entonces, Me dirijo a ustedes, almas elegidas, ¿tampoco ustedes entienden el amor de Mi Corazón? Y aquí también se ha desilusionado Mi Corazón: no encuentro el abandono total en Mi amor. Tantas reservas, tanta desconfianza, tanta precaución.

Para consolarte te diré que hay almas que 
viven en el mundo, que Me quieren sinceramente en sus corazones permanezco con delicia, pero son pocas. También en los conventos hay almas que llena de alegría Mi Corazón. En ellas están grabados Mis rasgos y por eso el Padre Celestial las mira con una complacencia especial. Ellas serán la maravilla de los Ángeles y de los hombres. Su número es
muy pequeño, ellas constituyen una defensa ante la Justicia del Padre Celestial e imploran la misericordia por el mundo. El amor y el sacrificio de estas almas sostienen la existencia del mundo. Lo que más dolorosamente hiere Mi Corazón es la infidelidad del alma elegida por mí especialmente; esas infidelidades son como espadas que traspasan Mi Corazón." 
(Diario 367) 

jueves, 22 de marzo de 2012

La fe se robustece con el estudio, con la formación. No es coherente que vaya creciendo mi cultura, mi ciencia, mi capacidad critica, y continúe con una formación religiosa «de primera comunión»


Con explicaciones de la fe que no dan respuesta a las preguntas de una vida de adulto, ni pueden contrarrestar los ataques a la fe solapados bajo un lenguaje pseudo-científico y «progresista». Por eso es importante asistir a charlas de formación, pedir consejo para leer libros interesantes sobre la doctrina y la vida cristiana, etc. ...

«Yo no busco recibir gloria de los hombres; pero os conozco y sé que no hay amor de Dios en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viniera en nombre propio a ése lo recibiríais. ¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que procede del único Dios? No penséis que yo os acusaré ante el Padre; hay quien os acusa: Moisés, en quien vosotros esperáis. En efecto, si creyeseis a Moisés, tal vez me creeríais a mí, pues él escribió de mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿ cómo vais a creer en mis palabras?» (Juan 5, 31-47) 


 Jesús, está claro que no puedo amarte si primero no creo. La fe es muy importante, porque es el paso previo a la caridad, al amor. Por eso, he de fomentarla y cuidarla; no puedo jugar con la fe, ponerla en peligro. «En otros tiempos se incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se enseña; entonces se usaba de la violencia, ahora de insidias; entonces se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre insinuante y rondando, difícilmente se le advierte» (San Agustín). 

La fe se robustece con el estudio, con la formación. No es coherente que vaya creciendo mi cultura, mi ciencia, mi capacidad critica, y continúe con una formación religiosa «de primera comunión»: con explicaciones de la fe que no dan respuesta a las preguntas de una vida de adulto, ni pueden contrarrestar los ataques a la fe solapados bajo un lenguaje pseudo-científico y «progresista». Por eso es importante asistir a charlas de formación, pedir consejo para leer libros interesantes sobre la doctrina y la vida cristiana, etc. ...

«Si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?» Jesús, lo mismo que dices sobre Moisés, lo dices también sobre los apóstoles y los ministros de tu Iglesia: «Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia» (Lucas 10,16). Si no oigo las enseñanzas de la Iglesia, si no las sigo, ¿cómo voy a creer? Los judíos «creían» en las escrituras; sin embargo, Tú les dices que no creen en los escritos de Moisés porque creen a su modo, interpretan a su manera. Igualmente, yo no puedo interpretar la escritura a mi manera. «Quien a vosotros oye, a mime oye.» 

 «Te aconsejo que no busques la alabanza propia, ni siquiera la que merecerías: es mejor pasar oculto, y que lo más hermoso y noble de nuestra actividad, de nuestra vida, quede escondido... ¡Qué grande es este hacerse pequeños!: «Deo omnis gloria!» -toda la gloria, para Dios»(Forja 1051). 

«¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que procede del único Dios?» Si me busco a mí mismo: quedar bien, triunfar, y que los demás me admiren, ¿cómo voy a entenderte? Tú mismo has dicho: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños» Por eso, «¡Qué grande es este hacerse pequeños!»

Jesús, Tú eres Dios y naces en un establo, vives pobre en una aldea perdida, mueres ajusticiado en una cruz, y te escondes bajo las especies de los alimentos más vulgares de la tierra: vino y pan. ¿Por qué actúas así? ¿Qué me estás queriendo enseñar con esto? Posiblemente quieres enseñarme que es mejor pasar oculto, y que lo más hermoso y noble de nuestra actividad, de nuestra vida, quede escondido. No significa que deba hacer las cosas mal, o que me tenga que dedicar a labores de segunda categoría.

Tú me quieres con prestigio profesional y humano, y en los lugares en los que el ejemplo de mi vida cristiana pueda llegar a más gente. Pero sin buscar la alabanza propia, ni siquiera la que me merecería. Toda la gloria te la mereces Tú, que eres quien me ha dado mi inteligencia, tantos medios materiales, la formación religiosa, continuas gracias espirituales, una familia como la que tengo, etc. Ayúdame, Jesús, a buscar siempre y en todo tu voluntad y tu gloria. 



La entrega plena de cristo por nosotros, que culmina en el Calvario, constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor por cada uno de nosotros. En la Cruz, Jesús consumó la entrega plena a la voluntad del Padre y el amor por todos los hombres, por cada uno: me amó y se entregó por mí (Gálatas 2, 20) 

¿Cómo correspondo yo a su Amor? En todo verdadero sacrificio se dan cuatro elementos esenciales, y todos ellos se encuentran presentes en el sacrificio de la Cruz: sacerdote, víctima, ofrecimiento interior y manifestación externa del sacrificio, expresión de la actitud interior. 

Nosotros, que queremos imitar a Jesús, que sólo deseamos que nuestra vida sea reflejo de la suya, nos preguntamos hoy si sabemos unirnos al ofrecimiento de Jesús al Padre, con la aceptación de la voluntad de Dios, en cada momento, en las alegrías y contrariedades, en el dolor y en el gozo.


 La Santa Misa y el Sacrificio de la Cruz son el mismo y único sacrificio, aunque estén separados en el tiempo: se vuelve a hacer presente la total sumisión amorosa de Nuestro Señor a la voluntad del Padre. Cristo se ofrece a Sí mismo a través del sacerdote, que actúa in persona Christi. Su manifestación externa es la separación sacramental, no cruenta, de su Cuerpo y su Sangre, mediante la transustanciación del pan y el vino. 

Nuestra oración de hoy es un buen momento para examinar cómo asistimos y participamos en la Santa Misa. Si tenemos amor, identificación plena con la voluntad de Dios, ofrecimiento de nosotros mismos, y afán corredentor. 


 El Sacrificio de la Misa, al ser esencialmente idéntico al Sacrificio de la Cruz, tiene un valor infinito, independientemente de las disposiciones concretas de quienes asisten y del celebrante, porque Cristo es el Oferente principal y la Víctima que se ofrece. No existe un medio más perfecto de adorar a Dios o de darle gracias por todo lo que es y por sus continuas misericordias con nosotros. También es la única perfecta y adecuada reparación, a la que debemos unir nuestros actos de desagravio. 

La Santa Misa debe ser el punto central de nuestra vida diaria, como lo es en la vida de la Iglesia, ofreciéndonos nosotros mismos por Él, con Él y en Él. Este acto de unión con Cristo debe ser tan profundo y verdadero que penetre todo nuestro día e influya decisivamente en nuestro trabajo, en nuestras relaciones con los demás, en nuestras alegrías y fracasos, en todo. 

Acudamos a nuestro Ángel para evitar las distracciones cuando asistimos a la Santa Misa, y esforcémonos en cuidar con más amor este rato único de nuestro día."

miércoles, 21 de marzo de 2012

La Fe y Los Científicos del siglo XX


WERNHER VON BRAUM(n. 1912)



Ingeniero e inventor. Dedicado desde temprana edad a la Astronáutica. Alemán, en 1955 toma la ciudadanía americana. Autor del emplazamiento en órbita del primer satélite estadounidense Explorer I. Es llamado "rocket genius", el genio de los cohetes. Trabaja como directivo en la NASA, en los proyectos del cohete Saturno y en el proyecto Apolo (cohete tripulado a la Luna). Posee un profundo sentido religioso:
«Los materialistas del siglo XIX y sus herederos los marxistas del siglo XX nos dicen que el creciente conocimiento científico de la creación permite rebajar la fe en un Creador. Pero toda nueva respuesta ha suscitado nuevas preguntas. Cuanto más comprendemos la complejidad de la estructura atómica, la naturaleza de la vida o el camino de las galaxias, tanto más encontramos nuevas razones para asombrarnos ante los esplendores de la creación divina… El hombre tiene necesidad de fe como tiene necesidad de paz, de agua y de aire… Tenemos necesidad de creer en Dios!»


ALEXIS CARREL (1873 – 1944)


«Yo quiero creer, yo creo todo aquello que la Iglesia Católica quiere que crea mas y, para hacer esto, no encuentro ninguna dificultad, porque no encuentro en la verdad de la Iglesia ninguna oposición real con los datos seguros de la ciencia.»
«Yo no soy filósofo ni teólogo; hablo y escribo solamente como hombre de ciencia».
«Los leyes de la Naturaleza son inducidas de la observación sistemática de los hechos. Y para someterse a ellas deben observarse reglas que son análogas a las de la moral cristiana. Está, por lo tanto, bien claro que las leyes observadas de este modo son idénticas a la voluntad de Dios, puesto que el Creador del mundo es Él».
Ver sección FE Y CIENCIA


LECOMTE DU NOUY
Físico Químico (1883-1947)
«Que aquellos que, sinceros y honestos. no admiten la necesidad de una fuerza organizadora trascendente, se limiten a decir: no sé. Pero que se abstengan de influir en los demás. Aquellos que, sin prueba alguna se esfuerzan sistemáticamente en destruir la idea de Dios, obran de un modo vil y anticientífico. Lejos de ser apoyado y ayudado por una creencia indestructible en Dios, como otros hombres de ciencia a quienes envidio, me dispuse para la vida con el escepticismo destructor que entonces estaba de moda. Me han sido precisos treinta años de laboratorio para llegar a convencerme de que aquellos que tenían el deber de iluminarme, aun sólo reconociendo su ignorancia, no habían mentido deliberadamente. Mi convicción actual es racional. He llegado a ella por los caminos de la biología y de la física y estoy convencido de que resulta imposible a todo hombre de ciencia que reflexione, no llegar a la misma conclusión. a menos que sea ciego u obre de mala fe. Pero el camino que yo he seguido es tortuoso; no es bueno. Y para evitar a los otros la inmensa pérdida de tiempo en los esfuerzos que yo he realizado, me levanto violentamente contra el espiritu maléfico de los malos pastores.»


JORDAN, Pascual (n. 1902)
Físico y naturalista, conocido por sus trabajos en mecánica cuántica.
«No sin razón he titulado este libro El hombre de ciencia ante el problema religioso. Su intención era explicar cómo todos los impedimentos, todos los mitos que la ciencia antigua había levantado para obstruir el camino de acceso a la religión hoy han desaparecido.
«Ese muro levantado por la filosofía materialista ayudada por la antigua ciencia, excluye al pensador científico del dominio espiritual de la fe religiosa. Pero la moderna ciencia al debilitar los presupuestos cientiticos de la filosofía materialista, ha dejado de lado ese muro.
«…La afirmación de la concepción determirtista de que Dios se había quedado sin trabajo en una naturaleza que seguía su curso regularmente, ha perdido ahora su fundamento. (…) En la innumerable cantidad de resultados siempre nuevos e indeterminados se puede ver la acción, la voluntad, el señorio de Dios.
«No afirmamos que la accion de Dios en la naturaleza se haya hecho científicamente visible o denostrable (…) sino que, en lo que concierne a la fe religiosa, la nueva física ha negado aquella negación: ha probado que son erróneas aquellas concepciones de la vieja ciencia que habían sido aducidas antes como pruebas en contra de la existencia de Dios.
«Pero ahí encuentra sus límites la pretensión de este libro; de ningún modo era tarea suya exponer lo que nos espera, si de hecho nos adentrantramos por ese camino que vuelve a estar libre. Nos conformamos con haber mostrado que el camino está expedito. La competencia del autor termina ahí. Nos quedamos ante la religión sin hablar de ella más de lo necesario, para reconocer ese camino cuya viabilidad intentábamos examinar».


MARAÑON, Gregorio (1887-1960)
«Es evidente que la ciencia, a pesar de sus progresos increíbles, no puede ni podrá nunca explicarlo todo. Cada vez ganará nuevas zonas a lo que hoy parece inexplicable; pero las rayas fronterizas del saber, por muy lejos que se eleven, tendrán siempre delante un infinito mundo misterioso a cuya puerta llamará angustioso nuestro ¿por qué?, sin que nos den otra respuesta que una palabra: Dios. El hombre dotado de auténtica sabiduría, está siempre enfrentado quiéralo o no, con la divinidad: huirla sólo conduce a la superstición de la ciencia misma y, por tanto, a dejar de avanzar para dar vueltas sin fin.»

ROBERT JASTROW
Astrónomo, director del Goddard Institute of Space Studies de la NASA.

La causa del Universo no puede ser investigada estudiando sólo causas y efectos dentro del Universo. Citando a mi amigo Steven Katz, profesor del Dartmouth College, «el extremismo de la ciencia moderna consiste en rechazar la teleología, la causa final; pero, con todo, hemos de reconocer que la teleología es un concepto metafísico, cuya última realidad no puede ser afirmada ni negada a base de evidencias empíricas.
Para el científico que ha vivido de la creencia en el poder de la razón, la historia de la ciencia concluye como una pesadilla. Ha escalado la montaña de la ignorancia y está a punto de conquistar el pico más alto; y cuando está trepando el último peñasco salen a darle la bienvenida un montón de teólogos que habían estado sentados allí arriba durante bastantes siglos».

JOHN ECCLES
Neurobiólogo, director del departamento de Bioquímicade la Univ. De Cambridge
LA SUPERSTICIÓN MATERIALISTA
Tengo grandes esperanzas de que pronto remontemos el largo y profundo bache de monismo materialista que se había extendido sobre el mundo intelectual como una oscura niebla que apagaba toda la brillantez y luminosidad de los ideales y de la capacidad creadora de los seres humanos. Confío en que podremos recuperarnos, mantener relaciones más sanas con el misterio de la existencia y liberarnos cada vez más de esta tiranía de las afirmaciones dogmáticas de los materialistas, que sólo pueden conducir a la desesperanza y al nihilismo. Me agradaría contemplar una vuelta a la esperanza y a los valores y a un sentido más alto de la vida, e incluso a una concepción de la vida humana donde Dios esté presente.
Creo que el materialismo hipotético es aún la creencia más extendida entre los científicos. Pero no contiene más que una promesa: que todo quedara explicado, incluso las formas más íntimas de la experiencia humana, en términos de células nerviosas… Esto no es más que un tipo de fe religiosa; o mejor, es una superstición que no está fundada en evidencias dignas de consideración. Cuanto más progresamos a la hora de comprender la conformación del cerebro humano, más clara resulta la singularidad del ser humano respecto a cualquier otra cosa del mundo materiales.


NORMAN GEISLER
El ateísmo siempre ha tenido dificultades en el campo de la ética. Por una parte desean mantener algún fundamento ético objetivo para atacar a Dios desde el problema del mal; pero a la vez quieren proclamar la subjetividad de las normas éticas en términos de sociedad o de individuo. Por una parte, el ateo no querría separarse de los teístas cuando condenan las atrocidades nazis o el holocausto nuclear; pero a la vez, quieren mantener que todo depende de las circunstancias. ¿Cabe estar en ambas partes a la vez?
El primer Manifiesto humanista (1930) fue firmado entre otros filósofos ateos por Dewey, declaraba que era inaceptable para la ciencia moderna cualquier garantía sobrenatural o cósmica de los valores humanos. El segundo Manifiesto (1973), firmado por Asimov, Skinner, Julian Huxley y Monod, decía también que los valores morales se originan en la experiencia humana. La ética es autónoma y de situación…, procede de la necesidad y el interés. La vida humana tiene sentido porque nosotros creamos y desarrollamos nuestro futuro.
Pero la conducta y hasta el mismo lenguaje de estos ateos traiciona su rechazo de una moral absoluta. Esta incoherencia aparece en los citados Manifiestos. Allí se leen fuertes imperativos como: «Este mundo debe renunciar a los resortes de la violencia» o «es un imperativo planetario reducir el nivel de gastos bélicos y destinar esas riquezas a usos pacíficos y populares». El segundo Manifiesto invoca un cometido «que trasciende iglesias, estados, partidos, clases o razas».
¿Qué es esto sino un modo de formular su creencia en valores morales absolutos a través de un lenguaje humanista? Este es un síntoma más del colapso del ateísmo moderno.

DAVID MARTINA
«Algunos de los sociólogos más distinguidos de la presente generación no son en absoluto antirreligiosos: Daniel Bell, por ejemplo, escribe sobre el retorno de lo sagrado. Talcott Parsons de Harvard, que ha sido quizás el más influyente sociólogo, era un creyente y no sólo simpatizante. De hecho, una vez que hablé con él me dijo que si uno quiere llegar a conocer todo lo que invoca la sociología, puede escuchar la Pasión según San Mateo de Bach: allí están todos los temas de poder y sacrificio, y de cohesión social, y del enfrentamiento del individuo con la autoridad… y de cómo puede emerger la fe en medio de toda esta contradicción. Todo esto ha modificado gradualmente el ambiente de la sociología, desde las posturas radicales de Durkheim y Weberio.


ROBERT JASTROW
EL PRINCIPIO ANTROPICO
Según la imagen del Universo que están proponiendo los astrónomos y otros científicos, una pequeña variación en alguna de las circunstancias del mundo natural -por ejemplo, en las relaciones entre las energías de las fuerzas naturales o en las propiedades de las partículas elementales- habría determinado un Universo donde no podría darse la vida ni el hombre. Este análisis puede hacerse a partir de la energía nuclear y también desde la energía del campo electromagnético, la fuerza de gravedad o cualquier otra constante del Universo material; y se llega a la conclusión de que en un Universo ligeramente distinto no podría haber vida ni personas humanas. Por tanto, según los físicos y astrónomos, aparece el Universo como construido dentro de unos limites muy estrechos, de modo que el hombre pueda habitar en él. Esta conclusión se denomina principio antrópico y, en mi opinión, es la conclusión más teísta que puede proporcionar la ciencia.


BORIS CROYS (n. 1947)
Autor de modelos matemáticos de administración económica para el Instituto Politécnico de Leningrado.
"Como he tratado de mostrar, la dimensión universal ha estado siempre presente en la tradición cristiana de Rusia, incluso en aquellas ocasiones en que estaba siendo pervertida. Por esto, es de esperar que esta misma dimensión esté cada vez más presente en el futuro una vez que los rusos lleguen a conocer mejor su filosofía y su teología" (texto de 1990)


NATHANSON, BERNARD (N. 1927)
Ha sido llamado el "Rey del aborto". Ha dirigido personalmente 75.000 abortos. Ha realizado el aborto de su propio hijo. En su libro "La mano de Dios" (Ed. Palabra 1997), cuenta su conversión al catolicismo todo lo que hoy sucede en el mundo del aborto, en un "testimonio brutalmente honesto por un médico relevante.


MARGENAU, Henry
ALGO MAS QUE MERA EVOLUCIÓN
Casi todo el mundo admite claramente que el Universo ha tenido un comienzo y aunque hay algunos, como Carl Sagan, que en astronomía son vivamente antirreligiosos, otros, como Robert Jastrow, que trabajan en el mismo campo, no lo son. Y Jastrow es más prestigioso que Sagan como científico y como físico. Sagan es un publicista, Jas trow es un físico que-ha investigado la materia de la que habla. Y Jas trow es un hombre religioso. Le puedo relatar una anécdota: mi última entrevista con un químico famoso, Laars Onsager, el premio Nobel. Era vecino mío porque tenía una granja en New Hampshire y nos veíamos bastante. Es más, yo estuve en el hospital por una enfermedad muy grave y necesitaba una trasfu sión. A la media hora, él se había presentado allí y ofreció su sangre y lo que hiciese falta. Era una bellísi ma persona. Un día de otoño fuimos a verle a su granja y me dejó leer un escrito suyo sobre algunos procesos químicos relacionados con la evolu ción. Lo leí aquella misma noche y a la mañana siguiente salimos a dar un paseo por el bosque. En septiembre los bosques de plátanos de Indias están espléndidos. Me pidió mi opi nión sobre el trabajo que me había dejado y, en medio de aquella con versación, le pregunté qué le pare cía la evolución y si era darwinista.
-Bueno, contestó. Si, yo pienso que sí.
-Y piensas que la evolución tiene lugar por casualidad?
-Nunca lo he pensado desde el punto de vista filosófico -dijo-; pero supongo que si.
Entonces cogí del suelo una hoja de árbol; era roja y dorada en los bordes, perfectamente simétrica. Se la mostré y añadí: ¿Piensas que esto es sólo el resultado de la supervivencia del más fuerte? ¿Por qué ha caído al suelo lo que debía sobrevivir? ¿No eres capaz de apreciar la belleza de esta cosa? ¿Y no significa eso que elementos como belleza, y quizá designio, están involucrados en el proceso evolutivo? ¿Por qué razón iba a sobrevivir una hoja de árbol que va a pudrirse en el suelo?
El respondió: Sí, pienso que en la evolución hay algo más que la mera supervivencia del mejor adaptado, algo más que mutaciones y azar.
Fue la última vez que lo vi, porque falleció dos días más tarde.
Es absolutamente irracional rechazar la noción de un Creador apelando a la ciencia. La ciencia ha demostrado de modo definitivo que no es contradictoria la creación de la nada.

HENRY MARGENAU
Colaborador de Einstein, Heisenberg y Scheoedinger. Físico de la Universidad de Yale,fundador de tres importantes revistas científicas, ocho doctorados honoris causa, presidente de la American Association of the Philosophie et Science.


JOHN VON NEUMANN, 1903-1957
John von Neumann es un matemático húngaro considerado por muchos como la mente más genial del siglo XX, comparable solo a la de Albert Einstein. A pesar de ser completamente desconocido para el "hombre de la calle", la trascendencia práctica de su actividad científica puede vislumbrarse al considerar que participó activamente en el Proyecto Manhattan, el grupo de científicos que creó la primera bomba atómica, que participó y dirigió la producción y puesta a punto de los primeros ordenadores o que, como científico asesor del Consejo de Seguridad de los Estados Unidos en los años cincuenta, tuvo un papel muy destacado (aunque secreto y no muy bien conocido) en el diseño de la estrategia de la guerra fría. Nicholas Kaldor dijo de él "Es sin duda alguna lo más parecido a un genio que me haya encontrado jamás".
Nació en Budapest, Hungría, hijo de un rico banquero judío. Tuvo una educación esmerada. Se doctoró en matemáticas por la Universidad de Budapest y en químicas por la Universidad de Zurich. En 1927 empezó a trabajar en la Universidad de Berlín. En 1932 se traslada a los Estados Unidos donde trabajará en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton.
Sus aportaciones a la ciencia económica se centran en dos campos:
Es el creador del campo de la Teoría de Juegos. En 1928 publica el primer artículo sobre este tema. En 1944, en colaboración con Oskar Morgenstern, publica la Theory of Games and Economic Behavior. La teoría de juegos es un campo en el que trabajan actualmente miles de economistas y se publican a diario cientos de páginas. Pero además, las formulaciones matemáticas descritas en este libro han influido en muchos otros campos de la economía. Por ejemplo, Kenneth Arrow y Gerard Debreu se basaron en su axiomatización de la teoría de la utilidad para resolver problemas del Equilibrio General. En 1937 publica A Model of General Economic Equilibrium", del que E. Roy Weintraub dijo en 1983 ser "el más importante artículo sobre economía matemática que haya sido escrito jamás". En él relaciona el tipo de interés con el crecimiento económico dando base a los desarrollos sobre el "crecimiento óptimo" llevado a cabo por Maurice Allais, Tjalling C. Koopmans y otros
Hacia el final de su vida se convirtió al catolicismo. 

martes, 20 de marzo de 2012

Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto: conformarse con la derrota,


No podemos nunca “conformarnos” con deficiencias y flaquezas que nos separan de Dios y de los demás, excusándonos en que forman parte de nuestra manera de ser, en que ya hemos intentado combatirlos otras veces sin resultados positivos. 

«Después de esto había una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que tiene cinco pórticos. En éstos yacía una muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. 

Había allí un hombre que padecía una enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús, al verlo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: ¿Quieres ser curado? El enfermo le contestó: Señor; no tengo un hombre que me introduzca en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy desciende otro antes que yo. Le dijo Jesús: Levántate, toma tu camilla y anda. Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar Aquel día era sábado. 

Entonces dijeron los judíos al que había sido curado: Es sábado y no te es lícito llevar la camilla. Él les respondió: El que me ha curado es el que me dijo: Toma tu camilla y anda. Le interrogaron: ¿Quién es el hombre que te dijo: Toma tu camilla y anda? El que había sido curado no sabía quién era, pues Jesús se había apanado de la turba allí reunida.» 

(Juan 5, 1-16) 


 Jesús, ves a este hombre que lleva tanto tiempo paralítico -¡treinta y ocho años!- y te compadeces de él. «¿Quieres ser curado?», le preguntas. Jesús, también a mí me haces esta pregunta: ¿Quieres ser curado? ¿Quieres que te ayude a vencer este o aquel defecto? ¿Quieres que te dé alas para volar en la vida interior, es decir, gracia para que puedas amarme más?

Parece mentira, pero a veces no me interesa. No me interesa enterarme más; no me interesa comprometerme más; no me interesa que me ayudes tanto, no sea que se me complique la vida más de lo que ya la tengo.

«Señor, no tengo un hombre que me introduzca en la piscina». Cuánta gente podría decir lo mismo: Jesús, no tengo a nadie que me eche una mano, que me ayude en mis necesidades materiales o espirituales: nadie que me oriente; nadie que me dé un buen consejo; nadie que me apoye cuando lo estoy pasando mal. ¿Puede quejarse así alguien de los que están a mi alrededor?

Jesús, si quiero parecerme a Ti, tengo que abrir bien los ojos, para que nadie de los que me rodean pueda quedarse sin mi cariño, sin mi ayuda, sin mi palabra de cristiano.


 «Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto: conformarse con la derrota, no saber luchar con espíritu de hijos de Dios. Si falta ese esfuerzo personal, el alma se paraliza y yace sola, incapaz de dar frutos... -Con esa cobardía, obliga la criatura al Señor a pronunciar las palabras que Él oyó del paralítico, en la piscina probática: «hominem non habeo!»- ¡no tengo hombre! -¡Qué vergüenza si Jesús no encontrara en ti el hombre, la mujer; que espera!» (Forja.- 168).

Jesús, Tú también me necesitas para meterte en la vida de muchos. Has querido que sean tus apóstoles de cada tiempo los que siembren, con su ejemplo y con su palabra, la doctrina del Evangelio. Y para ello «necesitas» mi santidad. «La manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras» (San Gregorio Magno).

No puedo quedarme parado, paralítico, con una vida interior raquítica, incapaz de dar fruto. No quiero que me digas: «No tengo a nadie que me ayude». Te tengo que ayudar. Y para eso, no puedo conformarme con la derrota, sino que he de saber luchar con espíritu de hijo de Dios, con esfuerzo personal.

Jesús, ayúdame una vez y siempre a levantarme de mis derrotas, a volver a luchar. Tú me necesitas vibrante, apostólico, lleno de fuerza espiritual. Es muy cómodo quedarse ahí tirado, sin querer moverse, ni levantarse, ni seguirte. Pero hoy, te acercas de nuevo aun y me vuelves a preguntar: «¿Quieres ser curado?» Que te diga -con obras, con esfuerzo personal- siempre que sí, de modo que me contestes, como al paralítico: «levántate, toma tu camilla y anda.»



No podemos nunca “conformarnos” con deficiencias y flaquezas que nos separan de Dios y de los demás, excusándonos en que forman parte de nuestra manera de ser, en que ya hemos intentado combatirlos otras veces sin resultados positivos.

La Cuaresma nos mueve precisamente a mejorar en nuestras disposiciones interiores mediante la conversión del corazón a Dios y las obras de penitencia que preparan nuestra alma para recibir las gracias que el Señor quiere darnos.

El Señor siempre está dispuesto a ayudarnos, sólo nos pide nuestra perseverancia para luchar y recomenzar cuantas veces sea necesario, sabiendo que en la lucha está el amor. Nuestro amor a Cristo se manifestará en el esfuerzo por arrancar el defecto dominante o alcanzar aquella virtud que se presenta difícil adquirir, y en la paciencia que hemos de tener en la lucha interior.


 Es necesario saber esperar y luchar con paciente perseverancia, convencidos de que con nuestro interés agradamos a Dios. La adquisición de una virtud no se logra con esfuerzos esporádicos, sino con la continuidad en la lucha, la constancia de intentarlo cada día, cada semana, ayudados por la gracia.

El alma de la constancia es el amor; sólo por amor se puede ser paciente (SANTO TOMÁS, Suma Teológica) y luchar, sin aceptar los defectos y los fallos como algo inevitable.

En nuestro caminar hacia el Señor sufriremos derrotas; muchas de ellas no tendrán importancia; otras sí, pero el desagravio y la contrición nos acercarán todavía más a Dios. Este dolor es el pesar de no estar devolviendo tanto amor como el Señor se merece, el dolor de estar devolviendo mal por bien a quien tanto nos quiere.


Además de ser pacientes con nosotros mismos hemos de serlo con quienes tratamos con más frecuencia, sobre todo si tenemos obligación de ayudarles en su formación, o una enfermedad. Hemos de contar con los defectos de quienes nos rodean.

La comprensión y fortaleza nos ayudarán a tener calma, sin dejar de corregir cuando sea oportuno y en el momento indicado. La impaciencia hace difícil la convivencia, y también vuelve ineficaz la posible ayuda y la corrección. Debemos ser especialmente constantes y pacientes en el apostolado. Las personas necesitan tiempo y Dios tiene paciencia: en todo momento da su gracia, perdona y anima a seguir adelante. Con nosotros ha tenido esta paciencia sin límites.

Pidamos a Nuestra Madre paciencia para nosotros mismos y para los que nos rodean. 

lunes, 19 de marzo de 2012

«José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer»




Texto del Evangelio
(Mt 1,16.18-21.24a):
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.


«José, hijo de David, no temas tomar contigo
a María tu mujer»
Hoy, celebra la Iglesia la solemnidad de San José, el esposo de María. Es como un paréntesis alegre dentro de la austeridad de la Cuaresma. Pero la alegría de esta fiesta no es un obstáculo para continuar avanzando en el camino de conversión, propio del tiempo cuaresmal.

Bueno es aquel que, elevando su mirada, hace esfuerzos para que la propia vida se acomode al plan de Dios. Y es bueno aquel que, mirando a los otros, procura interpretar siempre en buen sentido todas las acciones que realizan y salvar la buena fama. En los dos aspectos de bondad, se nos presenta a San José en el Evangelio de hoy.

Dios tiene sobre cada uno de nosotros un plan de amor, ya que «Dios es amor» (1Jn 4,8). Pero la dureza de la vida hace que algunas veces no lo sepamos descubrir. Lógicamente, nos quejamos y nos resistimos a aceptar las cruces.

No le debió ser fácil a San José ver que María «antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18). Se había propuesto deshacer el acuerdo matrimonial, pero «en secreto» (Mt 1,19). Y a la vez, «cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños» (Mt 1,20), revelándole que él tenía que ser el padre legal del Niño, lo aceptó inmediatamente «y tomó consigo a su mujer» (Mt 1,24).

La Cuaresma es una buena ocasión para descubrir qué espera Dios de nosotros, y reforzar nuestro deseo de llevarlo a la práctica. Pidamos al buen Dios «por intercesión del Esposo de María», como diremos en la colecta de la misa, que avancemos en nuestro camino de conversión imitando a San José en la aceptación de la voluntad de Dios y en el ejercicio de la caridad con el prójimo. A la vez, tengamos presente que «toda la Iglesia santa está endeudada con la Virgen Madre, ya que por Ella recibió a Cristo, así también, después de Ella, San José es el más digno de nuestro agradecimiento y reverencia» (San Bernardino de Siena).

jueves, 15 de marzo de 2012

La acción de Satanás y la victoria de Cristo

En esta fase histórica de la victoria de Cristo se inscribe el anuncio y el inicio de la victoria final, la parusía, la segunda y definitiva venida de Cristo al final de la historia, venida hacia la cual está proyectada la vida del cristiano.  

Nuestras catequesis sobre Dios, Creador de las cosas "visibles e invisibles", nos ha llevado a iluminar y vigorizar nuestra fe por lo que respecta a la verdad sobre el maligno o Satanás, no ciertamente querido por Dios, sumo Amor y Santidad, cuya Providencia sapiente y fuerte sabe conducir nuestra existencia a la victoria sobre el príncipe de las tinieblas.


Efectivamente, la fe de la Iglesia nos enseña que la potencia de Satanás no es infinita. El sólo es una criatura, potente en cuanto espíritu puro, pero siempre una criatura, con los límites de la criatura, subordinada al querer y al dominio de Dios. 


Si Satanás obra en el mundo por su odio a Dios y su reino, ello es permitido por la Divina Providencia que con potencia y bondad ("fortiter et suaviter") dirige la historia del hombre y del mundo. Si la acción de Satanás ciertamente causa muchos daños -de naturaleza espiritual- e indirectamente de naturaleza también física a los individuos y a la sociedad, él no puede, sin embargo, anular la finalidad definitiva a la que tienden el hombre y toda la creación, el bien. 


El no puede obstaculizar la edificación del reino de Dios en el cual se tendrá, al final, la plena actuación de la justicia y del amor del Padre hacia las criaturas eternamente "predestinadas" en el Hijo-Verbo, Jesucristo. Más aún, podemos decir con San Pablo que la obra del maligno concurre para el bien y sirve para edificar la gloria de los "elegidos" (Cfr. 2 Tim 2, 10).


Así toda la historia de la humanidad se puede considerar en función de la salvación total, en la cual está inscrita la victoria de Cristo sobre "el príncipe de este mundo" (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11). "Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo servirás" (Lc 4, 8), dice terminantemente Cristo a Satanás.


En un momento dramático de su ministerio, a quienes lo acusaban de manera descarada de expulsar los demonios porque estaba aliado de Belcebú, jefe de los demonios, Jesús responde aquellas palabras severas y confortantes a la vez :


"Todo reino en sí dividido será desolado y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá. Si Satanás arroja a Satanás, está dividido contra sí: ¿cómo, pues, subsistirá su reino?. Mas si yo arrojo a los demonios con el poder del espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios" (Mt 12, 25-26. 28). "Cuando un hombre fuerte bien armado guarda su palacio, seguros están sus bienes; pero si llega uno más fuerte que él, le vencerá, le quitará las armas en que confiaba y repartirá sus despojos"
 (Lc 11, 21-22).
 
Las palabras pronunciadas por Cristo a propósito del tentador encuentran su cumplimiento histórico en la cruz y en la resurrección del Redentor. Como leemos en la Carta a los Hebreos, Cristo se ha hecho partícipe de la humanidad hasta la cruz "para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a aquellos que estaban toda la vida sujetos a servidumbre" (Heb 2, 14-15). 


Esta es la gran certeza de la fe cristiana: "El príncipe de este mundo ya está juzgado" (Jn 16, 11); "Y para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo" (1 Jn 3, 8), como nos atestigua San Juan. Así, pues, Cristo crucificado y resucitado se ha revelado como el "más fuerte" que ha vencido "al hombre fuerte", el diablo, y lo ha destronado.


De la victoria de Cristo sobre el diablo participa la Iglesia: Cristo, en efecto, ha dado a sus discípulos el poder de arrojar los demonios (Cfr. Mt 10,1, y paral.; Mc 16, 17). La Iglesia ejercita tal poder victorioso mediante la fe en Cristo y la oración (Cfr. Mc 9, 29; Mt 17, 19 ss.), que en casos específicos puede asumir la forma de exorcismo.


En esta fase histórica de la victoria de Cristo se inscribe el anuncio y el inicio de la victoria final, la parusía, la segunda y definitiva venida de Cristo al final de la historia, venida hacia la cual está proyectada la vida del cristiano. 


También si es verdad que la historia terrena continúa desarrollándose bajo el influjo de "aquel espíritu que -como dice San Pablo- ahora actúa en los que son rebeldes" (Ef 2, 2), los creyentes saben que están llamados a luchar para el definitivo triunfo del bien: "No es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires" (Ef 6, 12).


La lucha, a medida que se avecina el final, se hace en cierto sentido siempre más violenta, como pone de relieve especialmente el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento (Cfr. Ap 12, 7-9). Pero precisamente este libro acentúa la certeza que nos es dada por toda la Revelación divina: es decir, que la lucha se concluirá con la definitiva victoria del bien. En aquella victoria, precontenida en el misterio pascual de Cristo, se cumplirá definitivamente el primer anuncio del Génesis, que con un término significativo es llamado proto-Evangelio, con el que Dios amonesta a la serpiente: 


"Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer" (Gen 3, 15). En aquella fase definitiva, completando el misterio de su paterna Providencia, "liberará del poder de las tinieblas" a aquellos que eternamente ha "predestinado en Cristo" y les "transferirá al reino de su Hijo predilecto" (Cfr. Col 1, 13-14). Entonces el Hijo someterá al Padre también el universo, para que "sea Dios en todas las cosas" (1 Cor 15, 28).


Con ésta se concluyen las catequesis sobre Dios Creador de las "cosas visibles e invisibles", unidas en nuestro planteamiento con la verdad sobre la Divina Providencia. Aparece claro a los ojos del creyente que el misterio del comienzo del mundo y de la historia se une indisolublemente con el misterio del final, en el cual la finalidad de todo lo creado llega a su cumplimiento. El Credo, que une así orgánicamente tantas verdades, es verdaderamente la catedral armoniosa de la fe.


De manera progresiva y orgánica hemos podido admirar estupefactos el gran misterio de la inteligencia y del amor de Dios, en su acción creadora, hacia el cosmos, hacia el hombre, hacia el mundo de los espíritus puros. De tal acción hemos considerado la matriz trinitaria, su sapiente finalidad relacionada con la vida del hombre, verdadera "imagen de Dios", a su vez llamado a volver a encontrar plenamente su dignidad en la contemplación de la gloria de Dios. 


Hemos recibido luz sobre uno de los máximos problemas que inquietan al hombre e invaden su búsqueda de la verdad: el problema del sufrimiento y del mal. En la raíz no está una decisión errada o mala de Dios, sino su opción, y en cierto modo su riesgo, de crearnos libres para tenernos como amigos. De la libertad ha nacido también el mal. Pero Dios no se rinde, y con su sabiduría transcendente, predestinándonos a ser sus hijos en Cristo, todo lo dirige con fortaleza y suavidad, para que el bien no sea vencido por el mal.

Vencer al diablo















La cultura atea del Occidente moderno vive todavía 
gracias a la liberación del miedo a los demonios 
que ha traído el cristianismo. 

La escatología es el estudio teológico de la consumación y plena realización del hombre y del mundo en Cristo, por ser Él la personificación del Reino de Dios, que crece en la historia hasta el cumplimiento al fin de los tiempos. 

La escatología ofrece el marco de referencia para tener una completa visión cristiana de la historia y del hombre, fundamenta el sentido de la esperanza, y da perspectiva a la moral y a la espiritualidad cristiana. Como es sabido los temas capitales son la resurrección de la carne, el juicio de Dios, el infierno con Satanás, y el Cielo o su antesala en el Purgatorio. Aquí sólo nos referimos al Demonio presente y olvidado en nuestro tiempo.


En el desierto de la Cuaresma Jesucristo permite ser tentado por el Diablo pero le vence hasta que llegue su hora ante la Cruz, y de nuevo lo vencerá definitivamente. Si todavía actúa en la historia contra la Iglesia es por permisión divina, porque los cristianos peregrinamos hacia la Morada definitiva luchando con la esperanza de los vencedores. 


A través de varios capítulos nos acercaremos al misterio de iniquidad que es el Demonio y sus ángeles pervertidos, viendo sus orígenes, sus ataques a la Iglesia y a los hombres, para terminar considerando cómo vencer a los demonios pervertidores. Se trata de una victoria asegurada porque el cristiano está inmerso en el misterio de amor de Jesucristo.


Los capítulos llevan por título: 1) El Diablo anda suelto, 2) El misterio de los orígenes, 3) El Diablo frente a Cristo y su Iglesia , 4) El Diablo frente a los hombres, 5) Cómo vencer al Diablo.
El diablo anda suelto


«La cultura atea del Occidente moderno vive todavía gracias a la liberación del miedo a los demonios que ha traído el cristianismo. Pero si esta luz redentora de Cristo llegara a extinguirse, el mundo recaería en el terror y la desesperación con toda su tecnología, no obstante su gran saber. Existen ya signos de este regreso de fuerzas oscuras, mientras en el mundo secularizado aumentan los cultos satánicos» (Card. J. Ratzinger).


Cultos demoníacos


El creciente interés por el ocultismo, la aparición de sectas satánicas, las noticias de lamentables sucesos en Norteamérica, Inglaterra o Alemania, Norte de Italia o Sur de España parecen ser síntomas de una intensa actividad diabólica en nuestra época.
Con frecuencia aparecen, en los periódicos, historias como la de una mujer muerta tras la práctica de un exorcismo, de unos niños maltratados para expulsar los demonios del cuerpo, o la aparición de restos de animales utilizados en algún aquelarre o reunión de culto al diablo.


¿Qué hay en la raíz de estos sucesos? 


De una parte hay mucho engaño y superchería sobre personas ignorantes o incultas, pero de otra se puede advertir un agrave deformación de la fe, atribuyendo a los demonios autonomía y poderes que no tienen. Se llega a este culto supersticioso cuando se acentúan los aspectos sentimentales y emotivos de los religioso; y también por carecer de buena doctrina, cuando en vez de formar la inteligencia con las enseñanzas de la Iglesia se alimenta con increíbles doctrinas.


A los temas demoníacos y de ocultismo se dedica hoy parte de la literatura, música, teatro, cine, etcétera, y no faltan grupos y sectas demoníacos que suponen algo más que un juego.


 Novelas y películas llenas de escenas de crueldad, de perversiones, de pseudo religión, de blasfemias, etc., permiten pensar que responden a un odio por lo sagrado –típico pecado de Satanás-, a un derribo de la inteligencia para encerrarse en el mundo de los sentidos, que bien pudieran será una verdadera “autopista para el infierno”, rememorando el título de una canción de rock duro.


Mons. Corrado Balducci, experto vaticano en cuestiones sobre demonología, destacaba algunos síntomas de esta ofensiva mundial del diablo. 


Cómo en capitales importantes del mundo occidental, hay tiendas donde se vende todo lo necesario para los ritos satánicos: velas, iconografía demoníaca, paramentos, amuletos, etc.; y también cómo en muchos países ha crecido una ola de violencia y locura en forma de sectas sanguinarias que ejercen su violencia sobre animales e incluso sobre niños indefensos. En declaraciones a la prensa afirmaba que:


 «El fenómeno del satanismo va in crescendo y la razón está en la crisis religiosa, en la crisis de valores, en la difusión del escepticismo y la desesperanza (…). Al agravarse una profunda crisis ética y religiosa, hace que se busque, se adore, se crea en el diablo, que se le considere capaz de donar riquezas, sexo, siempre que nos entreguemos a él. Los individuos plegados por ese mito satánico terminan por ser operadores del mal para sí y para los otros. A todo ello suele ir unido un abuso del alcohol, de las drogas, y contribuye no poco en este culto al demonio el llamado “rock satánicos»(1).


Advertencia de Pablo VI


El año 1972 el Papa VI nos alertó con gran claridad sobre el activismo del demonio en estos años, afirmando que la defensa contra el demonio es una clara necesidad de la Iglesia actual. Por ello será oportuno releer juntos ahora algunas de sus palabras.


«Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien quien hace de ella un principio que existe por sí y que no tiene, como cualquier otra criatura, su origen en Dios; o bien la explica como una pseudorealidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias.


 El problema del mal, visto en su complejidad, y en su absurdidad respecto a nuestra racionalidad unilateral, se hace obsesionante. Constituye la más fuerte dificultad para nuestra comprensión religiosa del cosmos. No sin razón sufrió por ello durante años San Agustín: Quaereban unde malum, et non erat exitus, buscaba de dónde procedía el mal, y no encontraba explicación (Confes. VII, 5, 7, 11, etc., P.L., 22, 736, 739).


»Y he aquí, pues, la importancia que adquiere el conocimiento del mal para nuestra justa concepción cristiana del mundo, de la vida, de la salvación. Primero en el desarrollo de la historia evangélica al principio de su vida pública: 


¿Quién no recuerda la página densísima de significados de la triple tentación de Cristo? Después, en los múltiples episodios evangélicos, en los cuales el demonio se cruza en el camino del Señor y figura en sus enseñanzas (Mt 12, 43). ¿Y cómo no recordar que Cristo, refiriéndose al demonio en tres ocasiones, como a su adversario, lo denomina como “príncipe de este mundo”? (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11). Y la incumbencia de esta nefasta presencia está señalada en muchísimos pasajes del Nuevo Testamento. 


San Pablo lo llama el “dios de este mundo” (2 Co 4, 4), y nos pone en guardia sobre la lucha a oscuras, que nosotros cristianos debemos mantener no con un solo demonio, sino con una pluralidad pavorosa: “Revestíos, dice el Apóstol, de la coraza de Dios para poder hacer frente a las asechanzas del Diablo, pues toda vez que nuestra lucha no es (solamente) con la sangre y con la carne, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de la tinieblas, contra los espíritus malignos del aire” (Ef 11, 12).


»Y que se trata no de un solo demonio, sino de muchos, diversos pasajes evangélicos no los indican (Lc 11, 21; Mc 5, 9); pero uno es el principal: Satanás, que quiere decir el adversario, el enemigo; y con él muchos, todos criaturas de Dios, pero caídas, porque fueron rebeldes y condenadas (Cfr Denz., Sch., 800-428); todo el mundo misterioso, revuelto por un drama desgraciadísimo, del que conocemos muy poco.


»Conocemos, sin embargo, muchas cosas de este mundo diabólico, que afectan a nuestra vida y a toda la historia humana. El demonio está en el origen de la primera desgracia de la Humanidad; él fue el tentador engañoso y fatal del primer pecado, el pecado original (Gn 3; Sb 1,24). Por acuella caída de Adán, el demonio adquirió un cierto dominio sobre el hombre, del que sólo la Redención de Cristo nos pudo liberar. 


Es una historia que sigue todavía: recordemos los exorcismos del Bautismo y las frecuentes alusiones de la Sagrada Escritura y de la liturgia a la agresiva y opresora “potestad de las tinieblas” (cfr Lc 22,53; Col 1, 3). Es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos también que este ser oscuro y pertubador existe de verdad y que con alevosa astucia actúa todavía; es el enemigo oculto que siembra errores e infortunios en la historia humana. Debemos recordar la parábola reveladora de la buena semilla y de la cizaña, síntesis y explicación de la falta de lógica que parece presidir nuestras sorprendentes visicitudes: Inimicus homo hoc fecit (Mt 13,28). 


El hombre enemigo hizo esto. Es “el homicida desde el principio… y padre de toda mentira” como lo define Cristo (cfr Jn 8, 44-45); es el insidiador sofístico del equilibrio moral del hombre. Es el pérfido y astuto encantador, que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica, o de los desordenados contactos sociales en el juego de nuestro actuar, para introducir en él desviaciones. Mucho más nocivas, porque en apariencia son conformes a nuestras estructuras físicas o psíquicas, o a nuestras instintivas y profundas aspiraciones.
 
» (…) ¿Qué defensa, qué remedio oponer a la acción del demonio? La respuesta es más fácil de formularse, si bien sigue siendo difícil actualizarla. Podremos decir; todo lo que nos defiende del pecado nos defiende por ello mismo del enemigo invisible. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia adquiere un aspecto de fortaleza. U. Asimismo, cada uno recuerda hasta qué punto la pedagogía apostólica ha simbolizado en la armadura de un soldado las virtudes que pueden hacer invulnerable al cristiano (cfr Rm 13, 12: Ef 5, 11, 14, 17; 1 Ts 5, 8). 


El cristiano debe ser militante; debe ser vigilante y fuerte ( 1 Pe 5, 8); y debe a veces recurrir a algún ejercicio ascénito especial para alejar ciertas incursiones diabólicas; Jesús lo enseña indicando el remedio “en la oración y en el ayuno” (Mc 9, 29). Y el Apóstol sugiere la línea maestra a seguir: “No os dejéis vencer por el mal, sino venced el mal en el bien” (Rm 12, 21; Mt 13, 29)»(2).
Por tanto, la existencia del mundo demoníaco se revela como una verdad dogmática en la doctrina del Evangelio vivida por los cristianos en cualquier época y no sólo en el medievo.



No ser supersticiosos


«A lo largo de los siglos la Iglesia ha reprobado las diversas formas de superstición, la preocupación excesiva acerca de Satanás y de los demonios, los diferentes tipos de culto y de apego morboso a estos espíritus, etc; sería por eso injusto afirmar que el cristianismo ha hecho de Satanás el argumento preferido de su predicación, olvidándose del señorío universal de Cristo y transformando la Buena Nueva del Señor resucitado en un mensaje de terror»(3).


Como enseña la teología moral, a la fe se oponen por exceso: la credulidad y la superstición, p. Ej., atribuyendo al demonio un poder al margen de la Providencia Divina del que ciertamente carece. Por defecto también se oponen a la fe: la infidelidad, la apostasía, la herejía, la duda y la ignorancia.


Sobre esta última es preciso saber que tenemos obligación de aprender las cosas necesarias para la Salvación o indicadas por precepto divino a través de la Iglesia, y junto a ellas las verdades que son necesarias para llevar una vida auténticamente cristiana y para el recto desempeño de los deberes del propio estado. Por eso, el que descuida por culpable negligencia estos deberes, pone en peligro la fe recibida y comete un grave pecado de ignorancia voluntaria.


La superstición es un vicio por el que la persona ofrece culto divino a quien no se debe –cualquier criatura de dios- o a quien se debe –a Dios, y proporcionalmente a los santos- pero de modo indebido. Por ejemplo hay superstición cuando se atribuye al demonio, a los muertos o a la naturaleza poderes efectivos que no poseen según los sabios designios del Creador. La gravedad de este pecado viene del ultraje que se hace a Dios por dar un honor indebido a los espíritus.


La Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia admiten la intervención de los ángeles buenos y malos sobre este mundo, y la posibilidad de que influyan sobre el cuerpo; pero siempre será permitido estrictamente por Dios en el ámbito de su Providencia y Gobierno del universo.


La adivinación como pecado es la superstición que trata de averiguar las cosas futuras o que están ocultas por medios indebidos o desproporcionados, pro ej., los naipes, las líneas de la mano, los astros, la invocación de los demonios, etc. Este pecado es de suyo mortal contra la religión.


El espiritismo tiene afinidad con la adivinación pues consiste en técnicas para mantener comunicación con los espíritus, principalmente de los difuntos conocidos, para averiguar de ellos cosas ocultas. Hoy día los estudios más serios y documentados sobre el espiritismo llegan a la conclusión de que la mayor parte de los casos se deben a puros y simples fraudes. Sin embargo consideran que un porcentaje mínimo se debe a verdadero trato con los espíritus malignos (magia diabólica), mientras que un porcentaje de casos se explican por los fenómenos metapsíquicos, cuyas posibilidades naturales son amplias y no totalmente conocidas aun por la ciencia (parapsicología).


La asistencia a las reuniones espiritistas está gravemente prohibida por la Iglesia. Se comprende que sea así por ser cooperación a una cosa pecaminosa, por el escándalo de los demás y por los graves peligros para la propia fe.


La vana observancia es el uso de medios desproporcionados para obtener efectos naturales, aunque no pretende averiguar las cosas ocultas o futuras, por ej., miedo a ciertos números o animales, uso de amuletos, curaciones, etc. Estas vanas observancias son de suyo pecado mortal por la grave injuria que se hace a Dios atribuyendo cosas vanas a la Omnipotencia exclusiva de Dios, y también por pretender gobernar la propia vida al margen de las leyes divinas.


A este orden pertenece la magia o arte de realizar cosas maravillosas por causas ocultas. La magia diabólica o negra solicita la intervención del demonio, y tiene la malicia de la adivinación y de la vana observancia. En cambio, nada tiene de malo la magia blanca, prestidigitación o ilusionismo, que obedece a causas naturales como la habilidad o destreza del que actúa.


Los pecados contra la religión que acabamos de ver –superstición, adivinación, espiritismos, vana observancia, magia- suelen atraer la atención de gentes sencillas y de jóvenes. Cuanto menor es la fe y la formación cristiana de una persona, más posibilidades tiene de caer en prácticas supersticiosas; por eso es preciso conocer bien la doctrina de la Iglesia acerca de las verdades de la fe –mediante el estudio y la meditación- y poner los medios para adquirir una recta conciencia en cuestiones morales que dependen de la fe.


No debe extrañar que la inteligencia diabólica, su odio contra Dios y su envidia a los hombres lleven al demonio a servirse torpemente de la natural curiosidad humana. Algunas personas no se contentan con saber lo que Dios ha revelado ni con lo descubierto por las ciencias; no parecen admitir su limitada condición de criaturas ni creen en dios y en cambio son crédulas para los horóscopos o las cartas. La verdad es que no salen ganando.


Todos estos pecados contradicen abiertamente el amor a Dios y tienen algo de idolatría, pues como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar todo lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios»(4).