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viernes, 5 de octubre de 2012

Pureza Corporal.?



Pero es muy fácil responder que de nada sirve la 
pureza del cuerpo si falta la integridad del alma.

Por lo que toca a la pureza del cuerpo, puede suceder que una persona muy honorable venga a pedirnos que mintamos para evitar, con nuestra mentira, que sea violada, en cuyo caso, sin duda alguna, habría que mentir. 

Pero es muy fácil responder que de nada sirve la pureza del cuerpo si falta la integridad del alma. Pues si ésta cae, se arruina, inevitablemente, la primera, aunque parezca que está intacta. La pureza no se puede contar entre las cosas temporales como si se nos pudiera quitar a la fuerza. Pues si el alma no se corrompe, con la mentira, para salvar la pureza del cuerpo, éste seguirá inviolado si el alma se conserva incorruptible. Pues si se le hace violencia al cuerpo, sin que preceda un apetito lascivo, no debe llamarse violación, sino vejación.

Y aunque toda vejación es una violación, no toda violación es deshonesta, sino la que ha sido procurada o consentida por apetito lascivo. Pues cuanto es más excelente el alma que el cuerpo, tanto es más criminal su corrupción. Y, por tanto, siempre se puede guardar la pureza donde no puede haber ninguna corrupción que no sea voluntaria. Ciertamente, si el seductor os invade el cuerpo, de modo que con ninguna fuerza contraria ni con ninguna razón ni mentira se pudiese evitar, es necesario confesar que ninguna libidinosidad ajena puede violar la pureza.

Por lo cual, como nadie duda que el alma es mejor que el cuerpo, siempre se ha de preferir la integridad del alma, que puede conservarse eternamente, a la integridad del cuerpo. ¿Y quién osaría decir que es íntegra el alma del mentiroso? Pues, con razón, se define la libido como el apetito del alma por el que preferimos los bienes temporales a los eternos. 

Así pues, nadie puede convencer que se puede mentir alguna vez, a no ser que pueda mostrar que, con la mentira, se puede conseguir algún bien eterno. Pero como uno tanto se aleja de la eternidad cuanto se aleja de la verdad, es un absurdo decir que, alejándose de allí, puede llegar a algún bien.

Y, si hay algún bien eterno que no abrace la verdad, no será ya verdadero, y tampoco será bueno, pues será falsificado. Pues como se ha de anteponer el alma al cuerpo, así también hay que poner delante la verdad al alma, de modo que ésta no solo prefiera la verdad al cuerpo, sino también más que a sí misma. Y así se hará más íntegra y casta cuanto más se goce en la inmutabilidad de la verdad que en su mutabilidad. 

Si, pues, Lot, siendo tan justo, que incluso mereció tener por huéspedes a los ángeles, ofreció sus hijas a la violación de los sodomitas, prefiriendo que se violaran los cuerpos de las mujeres antes que los de los hombres , ¿con cuánta mayor diligencia y constancia se ha de guardar la pureza del alma en la verdad, pues con mayor razón se ha de preferir el alma al cuerpo, que el cuerpo del varón al cuerpo de la mujer?

No se puede mentir para salvar a otros, Tal vez alguien piense que se puede mentir, en favor de otro, para conservarle la vida o para que no tropiece en aquellas cosas que ama demasiado de manera que pueda llegar a comprender la verdad eterna. En primer lugar, no se entiende que no habría infamia que no tuviéramos que aceptar, en las mismas condiciones, como ya hemos demostrado anteriormente, pero, además, la autoridad de la misma doctrina se bloquearía y quedaría prácticamente muerta si, con nuestra mentira, persuadimos a aquellos que intentamos atraer hacia ella, que, a veces, se puede mentir. 

Pues, como la doctrina de la salvación consta de verdades que en parte se deben creer y en parte comprender, pero no se puede llegar a las segundas si no se creen las primeras. ¿Cómo se puede creer al que piensa que, a veces, se puede mentir, no vaya a suceder que mienta, precisamente, cuando nos manda creer? ¿Cómo se puede saber si entonces tendrá también alguna razón, como él piensa, para una mentira complaciente, pues juzga que, aterrorizado con una falsa narración, se puede apartar a un hombre de una acción libidinosa, y de este modo atraerle, mintiendo, a las cosas espirituales? 

Admitido y aprobado ese género de mentiras, toda la doctrina de la fe cae por tierra, y, una vez arruinada, ni siquiera se puede alcanzar la inteligencia con la cual se nutren los niños en la fe. Así, se destruye toda la doctrina de la verdad si se cede desenfrenadamente a la falsedad, cuando se abre un boquete para que entre la mentira, aunque sea la de oficio.

Todo el que miente antepone los intereses temporales, propios o ajenos, a la verdad. ¿Qué se puede hacer más perverso? Pues, si con la ayuda de la mentira quiere hacer a alguien apto para entender la verdad, le cierra su única entrada, pues queriendo convertirse en seguro, cuando miente, se hace inseguro hasta cuando dice la verdad. Por consiguiente, o no podemos creer a los buenos, o se debe creer a aquellos que dicen que, a veces, se debe mentir, o no debemos creer que los buenos mientan nunca. De estas tres cosas, lo primero es pernicioso, lo segundo sería necio, y, por tanto, solo queda que los buenos nunca mientan.

Permitir un mal no es consentirlo ni aprobarlo, aunque este problema ya está considerado y tratado, desde estos dos puntos de vista, no es fácil dejarlo sentenciado. Todavía debemos escuchar a los que dicen que no hay ninguna acción tan mala que no se deba cometer para evitar otra peor. Y a estas acciones humanas pertenecen no solo las que se hacen, sino también las que se padecen con propio consentimiento. Por tanto, si existe un motivo por el que el cristiano optase por ofrecer incienso a los ídolos para evitar la violación con la que el tirano le amenaza si no lo ofrece, parece que también es muy justo preguntar por qué no se puede mentir para evitar tan gran vileza. 

Pues el mismo consentimiento, por el que se prefiere sufrir una vileza a ofrecer incienso a los ídolos, no se puede entender como fruto de una pasión, sino como un mero hecho que para que no ocurriera opta por ofrecer incienso a los ídolos. ¡Con cuánta mayor facilidad elegiría la mentira si con ella pudiera alejar de su santo cuerpo infamia tan inhumana!

En esas afirmaciones, con razón, se pueden preguntar estas cuestiones: ¿este consentimiento ha de tomarse como un hecho, o se trata de un consentimiento sin aprobación alguna? O estamos ante una aprobación al decir: Conviene padecer esto antes que hacer aquello, y si es más correcto ofrecer incienso que padecer una violación, y si sería mejor mentir que ofrecer incienso a los ídolos si esa fuera la situación.

Si ese consentimiento se hubiera de dar por hecho, entonces también serían homicidas los que prefirieron morir antes que dar falso testimonio, y con el homicidio más grave que es el suicidio. Pues ¿por qué no se dice que se suicidaron cuando optaron por sufrir la muerte para no hacer aquello a lo que se les apremiaba? Pero, si se piensa que es más grave matar a otro que suicidarse, ¿qué decir del mártir al que se propone, ante sus propios ojos, si no quiere renegar de Cristo ni sacrificar a los demonios, no a cualquier hombre, sino a su propio padre rogándole al hijo que no permita, con su perseverancia, que le maten?¿Acaso no es manifiesto que si él permanece fidelísimo en el testimonio de su fe, los únicos homicidas serían los que matasen a su padre, pues nadie podría llamarle parricida? 

Así pues, como éste no sería partícipe de este crimen tan enorme, al preferir la muerte y aun la impiedad de su padre, cuya alma padecería las penas eternas, que violar su fe con un falso testimonio, del mismo, este su consentimiento no le haría partícipe de tan gran crimen si él no quería hacer nada malo, aunque lo hicieron los otros, precisamente, porque él no lo había hecho.

Pues ¿qué es lo que dicen esos perseguidores sino esto: Haz el mal para que no lo hagamos nosotros? Pero aunque fuere verdad que si lo hiciéramos nosotros, no lo harían ellos entonces, ni siquiera así deberíamos apoyarles con nuestro crimen. Pero, cuando ya hacen, lo que tampoco nos dicen, ¿por qué vamos a ser cómplices y no dejarlos solos con sus torpezas y crímenes? No se ha de llamar a eso consentimiento porque no aprobamos lo que hacen, pues siempre deseamos, y, en cuanto nos es posible, les prohibimos que lo hagan, y cuando lo han hecho no solo no lo aprobamos, sino que lo condenamos con la más fuerte repulsa de que somos capaces.

Pero ¿cómo no va a llamarse cómplice, dices, cuando ellos no harían esa acción si él mismo la hubiese hecho? Por esta regla de tres, también rompemos la puerta con los salteadores, ya que, si no la cerráramos, ellos no la partirían. Y, así, también matamos a los hombres, con los ladrones, cuando ocurre que sabemos lo que ellos van a hacer, porque si nos adelantásemos y los matásemos, no matarían ellos a otros. 

Y también cometemos parricidio cuando alguien nos confiesa que va a cometerlo, si, aunque podamos, no los matamos, antes de que él lo haga, cuando no podemos contenerle e impedir el crimen de otro modo. Siempre se puede argumentar con las mismas palabras: con él lo realizaste, porque él no hubiera hecho esto si tú hubieras hecho lo otro. 

Yo no quise hacer ningún mal, pero solo pude evitar lo que estaba en mi poder.
Pero el otro mal ajeno que yo no pude evitar con mi demanda no debí impedirlo con mi mala acción. No aprueba, pues, al que peca quien no peca en su lugar, ni aprueba una cosa u otra quien no desea aceptar ninguna, pues en lo que a él se refiere, lo que está en su poder no lo realiza, y lo que se refiere al otro lo condena con toda su voluntad. 

Y por eso, a los que proponían aquella disyuntiva y decían: Si no ofrecéis incienso sufriréis esto, si se les respondiese: Yo no acepto ni una cosa ni otra, puesto que detesto las dos y ninguna os consiento. En estas palabras y otras semejantes, que, ciertamente, si son sinceras, no habrá consentimiento ni aprobación alguna, y por tanto a todo lo que uno sufriera de ellos se le consideraría como padecer afrentas, y a ellos comisión de crímenes.

Y dirá alguno: ¿estará obligado alguno a exponerse a la violación antes que ofrecer incienso? Si preguntas por lo que debe, no debe una cosa ni otra. Pues, si digo que debe hacer una de estas cosas, aprobaría una de ellas cuando repruebo las dos.

Pero si me preguntas cuál de las dos debería evitar, pues no es posible evitar ambas, sino una de la dos, te respondería: debe evitar su pecado siempre antes que el ajeno, e incluso su pecado leve antes que el ajeno grave. 

Así pues, mientras no lo estudie con más detalle, te concedo que es más grave la violación que el ofrecer incienso, pero esta es una acción propia, mientras la otra es ajena, aunque él mismo la padezca, y del que es la acción, de ése es también el pecado. Pues, aunque sea más grave el homicidio que el hurto, es peor hacer un robo que padecer un homicidio. Así, si se le propone a uno que si no quiere hacer un robo se le matará, esto es, se cometerá con él un homicidio, dado que no puede evitar las dos cosas, ha de evitar, más bien, su pecado antes que el pecado ajeno. Y no por eso se le va a imputar lo que en él se ha cometido porque lo pudiese evitar si quisiera cometer el suyo.

Todo el enredo de esta cuestión lleva a esto: se pregunta si el pecado ajeno, aunque sea cometido en ti, se te puede imputar a ti, que lo pudiste evitar con un pecado tuyo más leve y no lo hiciste; y si se puede exceptuar la inmundicia corporal. Pues nadie dice que un hombre se hace inmundo si le matan o le meten en la cárcel o le encadenan, o le flagelan, le maltratan con diversos tormentos y torturas o le proscriben o le colman de gravísimos daños hasta la suma pobreza, o le despojan de todos los honores o sufre toda clase de ultrajes con todo tipo de afrentas. 

Pues no hay nadie tan loco que se atreva a llamarle inmundo a alguien cuando ha sufrido injustamente todas estas cosas.

Pero, si se le baña en estiércol, o si se le vierten o introducen cosas sucias por la boca o consiente acciones afeminadas, todos le aborrecerán, y le llamarán corrompido e inmundo. Así pues, debemos concluir que nadie debe evitar los pecados ajenos, cualesquiera que éstos sean, por medio de pecados propios, exceptuados aquellos que hacen inmundo a aquel en quien se cometen, y, ya se trate de sí mismo o más bien de otro cualquiera, ha de sufrirlos y soportarlos con fortaleza.

Y si no los debe evitar con ningún pecado suyo, tampoco deberá hacerlo por medio de la mentira. Pero aquellas cosas que cuando se hacen en el hombre, le hacen a él inmundo, deberíamos evitarlas aun con nuestros pecados, que por eso mismo no pueden llamase pecados, pues se hacen precisamente para evitar la inmundicia.

Pues lo que así se hace de modo que, si no se hiciese, se le reprocharía justamente, no es ningún acto culpable. Por lo que hemos de concluir que tampoco se puede llamar inmundicia a una acción que de ninguna manera la podemos evitar. Entonces el que la sufre tiene también un modo de obrar rectamente: que soporte pacientemente lo que no puede evitar. Pues nadie que actúe rectamente se puede hacer inmundo por contagio corporal.

Porque ante Dios es inmundo todo aquel que es inicuo, y todo limpio el que es justo, y aunque no lo sea ante los hombres, lo es, ciertamente, ante Dios, que le juzga con verdad. Por tanto, ni al sufrir esas cosas, cuando tiene la posibilidad de evitarlas, se hace inmundo por contagio, sino por el pecado cometido porque no quiso evitarlas cuando pudo.

Pues nada de cuanto hiciera para evitarlas sería pecado.
Por tanto, el que hubiere mentido para evitar esas cosas, no peca.

¿Habrá que exceptuar todavía alguna otra clase de mentiras por las que sea preferible padecer esas cosas inmundas que cometer aquéllas? Si esto es así, ¿acaso lo que se haga para evitar esa inmundicia no es pecado? A veces hay ciertas mentiras que es más grave el admitirlas que sufrir esa opresión.

Pues si alguien fuese buscado para cometer un estupro, y se pudiere ocultar con una mentira, ¿quién se atrevería a decir que ni entonces se ha de mentir? Pero si con tal mentira pudiera ocultarse pero de modo que dañase la fama de otro, por el mismo falso crimen de inmundicia por el que se busca al primero, por ejemplo, si al que busca a tal sujeto le nombramos a otro hombre casto y ajeno a toda especie de torpezas, como si le dijéramos: Vete a éste, y él te procurará todo de modo que puedas gozar más licenciosamente, pues ese conoce muy bien esas cosas y las ama. Así, éste puede ser alejado de aquel que buscaba.

Pero no se puede violar la fama del otro con una mentira, para que no sea violado el cuerpo del otro por la libídine ajena. Y en absoluto se puede mentir a favor de uno, con una mentira que dañe a otro, y esto aunque el daño fuera más leve que el que había de padecer aquel a quien podíamos salvar con nuestra mentira. Porque no se ha de quitar el pan a uno, aunque esté más sano, para alimentar al más débil, sin su consentimiento, ni se puede castigar con varas al inocente para que otro no sea asesinado.

Perfectamente puede hacerse si así lo desean porque no se 
les ofende cuando ellos lo quieren.

No se puede admitir la mentira en materia religiosa, Todavía hay una gran cuestión, que es: si, con su consentimiento, se puede manchar la fama del prójimo, con un falso crimen de estupro, para evitar el estupro en el cuerpo ajeno. Y no veo que se encuentren fácilmente razones de que sea más justo permitir que se manche la fama de otro con un falso crimen de estupro, cuando el interesado lo consiente, que permitir que sea violado el cuerpo de quien es forzado contra su consentimiento.

Pero si al que prefirió ofrecer incienso a los ídolos a padecer prácticas afeminadas se le propusiese violar la fama de Cristo con una mentira, para evitar esas cosas, sería muy poco cuerdo si optara por hacer esto. Pero aún digo más: que sería un loco si para evitar sufrir la libido ajena, para que no se hiciese en él lo que en nada consiente su propia concupiscencia, falsificara el Evangelio de Cristo con alabanzas falsas, prefiriendo evitar la corrupción ajena en su cuerpo que la corrupción doctrinal de la santificación de las almas y los cuerpos.

Por tanto, se han de dejar por completo toda clase de mentiras cuando se trata de la doctrina de la religión y de todos sus enunciados, ya se enseñe, ya se aprenda. Y no se puede creer que se pueda encontrar causa alguna para que en tales materias se pueda mentir, cuando ni siquiera para conseguir más fácilmente la verdad es lícita la mentira.
Pues, rota o disminuida la autoridad de la verdad, todo será un mar de dudas, pues si no se tiene fe en la verdad no puede haber certeza alguna. 

Y, aunque le sea lícito al que disputa o expone o predica las cosas eternas, o al que narra o pregona las cosas temporales que pertenecen a la edificación de la religión o atañen a la piedad, ocultar por un tiempo lo que juzga que debe ocultar, nunca le es lícito mentir ni ocultar algo mintiendo.

jueves, 4 de octubre de 2012

La Mentira, un tema Oscuro?



Al veraz y al mentiroso no hay que juzgarles 
por la verdad o falsedad de las cosas en sí mismas, 
sino por la intención de su opinión. 

Para eso tenemos que ver qué es la mentira. 
No todo el que dice algo falso miente, si cree u opina que lo que dice es verdad. Pero entre creer y opinar hay esta diferencia: el que cree, siente que, a veces, no sabe lo que cree, aunque no dude en absoluto de ello si lo cree con firmeza, mientras que el que opina cree saber lo que realmente ignora.


La mentira es un gran problema que, con frecuencia, nos inquieta en nuestro quehacer cotidiano, porque tal vez denunciemos, temerariamente, como mentira lo que no es mentira, o pensemos que, a veces, se puede mentir con una mentira honesta, oficiosa o misericordiosa. Esta cuestión la trataremos con sumo cuidado, de modo que busquemos con los que buscan, por si encontramos algo, sin afirmar nada temerariamente, como al lector atento le indicará, claramente, la misma exposición del asunto.

El tema es muy oscuro y, con frecuencia, elude la atención del investigador con sinuosos zigzagueos, de modo que parece que se escapa de las manos lo que ya se había encontrado y después aparece de nuevo para esconderse otra vez. Pero, sin embargo, al fin, la certera investigación podrá sustanciar nuestra opinión. Si en ella hay algún error, la verdad nos libra de todos los errores del mismo modo que la falsedad nos conduce a todos. 

Pero nunca pienso que se puede errar del todo cuando se yerra con un amor total a la verdad y un rechazo total de la falsedad. Los que juzgan con severidad dicen que esto es excesivo, pero la misma verdad tal vez nos diga que aún no es suficiente.

De todos modos, tú, ¡o lector!, no corrijas nada hasta que lo hayas leído todo, y así corregirás menos. Ni quieras buscar la elegancia, pues he trabajado mucho las cuestiones, y, con las prisas de resolver pronto un tema tan necesario en la vida cotidiana, ha sido muy ligera o casi nula la lima de las palabras.

Naturaleza y malicia de la mentira y las Las bromas no son mentiras.
Exceptuemos, desde luego, las bromas que nunca se han considerado mentiras, pues tienen un claro significado, por la manera de hablar y la actitud del que bromea, sin ánimo de engañar, aunque no diga cosas verdaderas. Otra cuestión, que ahora no vamos a resolver, es si las almas perfectas pueden usar estos donaires. Exceptuadas, pues, las chanzas, vamos a tratar, primero, de que no se debe pensar que miente el que no miente.

Qué es la mentira.
Para eso tenemos que ver qué es la mentira. No todo el que dice algo falso miente, si cree u opina que lo que dice es verdad. Pero entre creer y opinar hay esta diferencia: el que cree, siente que, a veces, no sabe lo que cree, aunque no dude en absoluto de ello si lo cree con firmeza, mientras que el que opina cree saber lo que realmente ignora.

Quien expresa lo que cree o piensa interiormente, aunque eso sea un error, no miente. Cree que es así lo que dice, y, llevado por esa creencia, lo expresa como lo siente. Sin embargo, no quedará inmune de falta, aunque no mienta, si cree lo que no debiera creer o piensa que conoce lo que, en realidad, ignora, aunque fuese la verdad, pues cree conocer lo que desconoce.

Por tanto, miente el que tiene una cosa en la mente y expresa otra distinta con palabras u otros signos. Por eso, se dice que el mentiroso tiene un corazón doble, es decir, un doble pensamiento: uno el que sabe u opina que es verdad y se calla, y otro el que dice pensando o sabiendo que es falso. Por eso, se puede decir algo falso sin mentir, si se piensa que algo es como se dice aunque, en realidad, no sea así. Y se puede decir la verdad, mintiendo, si se piensa que algo es falso y se quiere hacer pasar por verdadero, aunque, de hecho, lo sea. 

Al veraz y al mentiroso no hay que juzgarles por la verdad o falsedad de las cosas en sí mismas, sino por la intención de su opinión. Se puede decir que yerra o que es temerario el que afirma algo falso, si piensa que es verdadero, pero no se le puede llamar mentiroso, porque no tiene un corazón doble en lo que dice, ni desea tampoco engañar, sino que se engaña él mismo. 

El pecado del mentiroso está en su deseo intencionado de engañar, bien sea que nos engañe porque le creemos, cuando dice una cosa falsa, o bien no nos engañe porque no le creemos, o porque resulta ser verdad lo que nos dice, pensando que no lo es, con intención de engañarnos. Y aunque, entonces, le creemos, tampoco nos engaña, aunque quisiera engañar, a no ser en la medida en que nos hace creer que sabe y piensa lo que dice.

Pero aún se puede preguntar, para mayor sutileza, si, cuando falta la voluntad de engañar, no hay mentira en absoluto.

Nunca es lícito ni provechoso mentir.
¿Qué ocurre si alguien dice una cosa falsa, que él mismo piensa que es falsa, pero hace esto porque juzga que no se le creerá, y quiere, de esa manera, quitarse de en medio a su interlocutor, del que sabe que no le va a creer? Si mentir es decir una cosa distinta de lo que se sabe o piensa, este hombre, por el deseo de no engañar, miente, pero si mentir es decir algo con intención de engañar, este hombre no miente, pues dice una cosa falsa aunque sepa o piense que es falsa, para que aquel al que habla no creyéndole no se engañe, pues sabe u opina que el otro le creerá. 

Y como se ve que esto puede ocurrir, que alguien diga algo falso para no engañar al que le habla, aún cabe una postura inversa, que alguien diga la verdad para poder engañar.

El que dice la verdad, porque piensa que no le van a creer, dice la verdad, precisamente, para eso, para engañar. 

Pues sabe o piensa que, precisamente, porque él lo dice, se ha de juzgar como falso lo que dice. Por tanto, como dice la verdad para que se juzgue falsa, por eso dice la verdad para engañar.

Se puede, pues, preguntar quién es el que, realmente, miente: si aquel que dice algo falso para no engañar o el que dice la verdad para engañar, cuando uno sabe o piensa decir algo falso y el otro sabe o juzga que dice la verdad. Ya hemos dicho que el que no sabe que es falso lo que dice, no miente, si cree que dice la verdad; más bien miente el que dice algo verdadero cuando, incluso, piensa que es falso, pues a los dos los hemos de juzgar por sus intenciones.

Así pues, no es una cuestión fácil la que se plantea partir de esos dos casos de que hablamos: el del que sabe o piensa que dice una cosa falsa, y así pretende no engañar, por ejemplo, si uno sabe que un camino está asediado de ladrones y teme que vaya por allí una persona cuya salvación le preocupa, y aquel a quien se lo dice, sabe, por otra parte, que no le va a creer si le dice que en ese camino hay ladrones, y, para que no vaya por allí, se determina a decir que allí no hay ladrones, con el fin de apartarle de ese camino.

El otro creerá que hay ladrones, puesto que ha decidido no creer al que dijo que no los había, pues le juzga mentiroso. Pero hay otro caso, que es el del que sabiendo o creyendo que es verdad lo que dice, lo dice para engañar. Por ejemplo, si un hombre, que sabe que no le creerán, dice que en ese camino los ladrones están en un lugar, donde efectivamente sabe que están, pero lo dice para que el otro vaya más confiado y caiga en manos de los ladrones mientras piensa que es falso lo que le han dicho.

 Ahora bien: ¿cuál de los dos ha mentido: el que decidió decir algo falso para no engañar, o el que eligió decir la verdad para engañar? ¿El que al decir algo falso hizo seguir al otro el camino verdadero, o este que dijo la verdad pero hizo que el otro siguiese un camino falso?

 ¿O acaso ambos mintieron, uno por decir algo falso, el otro porque quiso engañar? ¿O, más bien, no mintió ninguno, uno porque no deseaba engañar, y el otro porque deseaba decir la verdad?

Ahora, no se trata de saber quién de los dos pecó sino de quién ha mentido.
En principio, parece que pecaría el que al decir la verdad hizo que el hombre cayese en manos de los ladrones, y que no pecaría el que hizo el bien, o sea, el que al decir algo falso hizo que el hombre evitase caer en la ruina.

Pero estos ejemplos pueden trocarse, de suerte que aquel que no quiso engañar pretendiera, con eso, hacerle una desgracia más grave, pues, a muchos, conocer ciertas verdades les ha llevado a la ruina, ya que se trataba de cosas que se les debían haber ocultado. 

Y que aquel que quiso engañarle pretendiera, con eso, hacer algo útil, pues algunos se hubieran suicidado si hubiesen conocido ciertas desgracias que sufrieron sus seres queridos. No obstante, por no saber la verdad, se abstuvieron de hacer eso, y, así, les favoreció el error como a los otros les dañó el conocer la verdad. No se trata aquí, por tanto, de con qué ánimo, de cuidar o de dañar, dijo éste la falsedad para engañar o el otro la verdad para engañar, sino que nos interesa investigar lo que atañe a la verdad y a la falsedad, y se pregunta cuál de los dos, o los dos o ninguno de los dos ha mentido, independientemente de los beneficios o daños de los que hemos hablado.

Si la mentira consiste en la voluntad de afirmar una cosa falsa, más bien mintió el que quiso decir algo falso, y de hecho lo dijo, aunque fuera para no engañar, pero si la mentira consiste en afirmar algo con voluntad de engañar, no mintió éste, sino el que dijo la verdad con intención de engañar.

Y si la mentira consiste en decir algo para inducir a error, ambos a dos han mentido. El primero porque quiso afirmar algo falso, y el segundo porque con su verdad quiso hacer creer algo falso. Y si, por fin, la mentira es decir una cosa falsa con deseo de engañar, entonces ninguno de los dos mintió. Porque el uno dijo una cosa falsa para persuadir la verdad, y el otro dijo algo verdadero para inducir al error.

Estaremos, pues, muy lejos de toda temeridad y de toda mentira si, cuando es necesario hablar, afirmamos sencillamente lo que sabemos es verdadero y digno de ser creído y deseamos persuadir de lo que hemos dicho.

Mas, cuando decimos lo innecesario, o tomamos lo falso por verdadero, o damos por conocido lo que nos es desconocido, o creemos lo que no se debe creer, pero, sin embargo, no intentamos convencer sino de lo que hemos afirmado, no estaremos exentos de la temeridad del error, pero aquí no hay mentira alguna. Evitaremos todo riesgo de mentira si con entera conciencia decimos lo que sabemos u opinamos o creemos que es verdad y procuramos convencer solo de lo que hemos dicho.

Otra cuestión mucho más importante y necesaria es saber si, alguna vez, puede ser útil la mentira. Se puede dudar, pues, si miente el que no tiene voluntad de engañar, o el que hace eso para no engañar a aquel a quien dice algo, aunque quiera decir algo falso, porque eso lo quiso para persuadirle de algo verdadero, o si miente el que dice la verdad con el deseo de engañar. Pero nadie puede dudar de que miente el que libremente dice una cosa falsa con intención de engañar.

Por tanto, decir una cosa falsa con intención de engañar es una mentira manifiesta. Pero otra cuestión es si solo esto es mentira.

Ventajas y desventajas de la mentira.
De momento, investiguemos esta clase de mentira en la que todos están de acuerdo. Veamos si alguna vez puede ser provechoso decir una cosa falsa con voluntad de engañar. Porque los que piensan esto, presentan testimonios para probar su teoría: recuerdan que Sara, después de reírse, negó a los ángeles que se hubiera reído que Jacob, preguntado por su padre, respondió que era Esaú, su primogénito  que las comadronas egipcias mintieron, con la aprobación y con el favor de Dios, para salvar de la muerte a los hebreos recién nacidos .

Y, eligiendo otros muchos ejemplos, citan los embustes de aquellos hombres cuya conducta nadie se atrevería a vituperar, y así se debería confesar que, en ocasiones, la mentira no solo no es digna de reprensión, sino que incluso podría ser digna de alabanza. Y añaden, para apremiar a asentir, no solo a los versados en los Libros divinos, sino también a todos los hombres de sentido común:

Si alguien recurriese a ti para que con una mentira lo libraras de la muerte, ¿acaso no mentirías? Si un enfermo te preguntara algo que no le conviene saber, y que además se agravaría si tú no le respondes nada, ¿osarías decir la verdad para ocasionarle la ruina o callarías antes que socorrer su salud con una honesta y misericordiosa mentira?

Con esta y otras copiosísimas razones pretenden apremiarnos a que mintamos cuando lo exija el bien del prójimo.

6. Por el contrario, aquellos que están de acuerdo en que nunca se debe mentir argumentan con más fuerza, valiéndose, en primer lugar, de la autoridad divina, pues en el Decálogo está escrito: No dirás falso testimonio . De este modo se reprueba toda mentira, pues todo el que dice algo, da testimonio de su intención. 

Pero si alguno pretende que no se puede llamar falso testimonio a toda mentira, ¿qué podrá oponer a lo que está escrito: La boca que miente mata el alma? .Y para que nadie piense que se han de exceptuar algunos tipos de mentiras, leemos en otro lugar: Destruirás a todos los que dicen mentiras . Por eso, el mismo Señor, con sus propias palabras, dice: Sea en tu boca sí, sí, o no, no, que lo que exceda a esto, del malo proviene . Y también el Apóstol, cuando nos manda despojarnos del hombre viejo, por el que se significan todos los pecados, cita como consecuencia, en primer lugar: Por lo cual, renunciando a toda mentira, hablad la verdad .

Y dicen que no les asustan los ejemplos de mentiras sacados de los libros del Antiguo Testamento, donde todo lo que se nos narra como ocurrido se puede entender en sentido figurado, aunque aconteciera en realidad. Pero lo que es o se dice en sentido figurado no puede llamarse mentira, pues todo cuanto se dice se ha de referir a aquello que dice. 

Ahora bien, el sentido de lo que se hace o se dice figuradamente, hay que entenderlo según lo que significa para aquellos para los que se ha dicho. Por lo cual hay que creer que todo lo que está escrito que dijeron o hicieron aquellos hombres, que en los tiempos proféticos gozaron de gran autoridad, lo hicieron y dijeron en sentido profético.

Como tampoco deja de tener sentido profético todo lo que les aconteció, de modo que el mismo Espíritu profético ordenó que se conservara en la tradición o se consignara en libros sagrados. En cuanto a las comadronas, que dijeron una cosa por otra al Faraón, no se puede decir que fueran guiadas por el Espíritu profético para significar una verdad futura, pero algo debió de significar, aun sin saberlo ellas, lo que hicieron, cuando se dice que Dios, en cierto modo, las aprobó y remuneró.

El que suele mentir para hacer daño ya ha progresado mucho si miente para hacer bien. Pero una cosa es lo que es de alabar en sí mismo y otra lo que se alaba en comparación con otra cosa peor. Pues nos felicitamos de un modo cuando una persona está sana y de otro cuando mejora una enferma. Porque también en las mismas Escrituras se dice que se justifica incluso a Sodoma en comparación con los crímenes del pueblo de Israel . Y, según esta norma, explican todas las mentiras que se citan del Antiguo Testamento. No encuentran que sean reprensibles o que se puedan censurar, dado que no son, en modo alguno, mentiras, ya sea por el contenido simbólico de su significación o por su sentido profético o por la esperanza de su corrección futura.

Por esta razón, en los libros del Nuevo Testamento, si exceptuamos las expresiones alegóricas del Señor, no se puede presentar nada, tanto en lo que toca a los dichos y hechos como a la vida y costumbres de los santos, que provoque a la simulación de la mentira. Porque la simulación de Pedro y Bernabé no solamente se cita, sino que se reprende y corrige . 

Tampoco el apóstol Pablo usó de esta simulación, como piensan algunos, ni cuando circuncidó a Timoteo  ni cuando celebró algunos misterios, según el rito judío, sino que usó de la libertad de opinión que él había predicado: que ni la circuncisión era útil a los gentiles ni nociva para los judíos. Por lo que pensó que ni se debía ligar a aquéllos a la costumbre judía ni apartar a éstos de las tradiciones de sus antepasados. 

De ahí estas palabras suyas:¿Ha sido llamado alguno circunciso? Que no aduzca el prepucio. ¿Uno ha sido llamado con prepucio? Que no se circuncide. La circuncisión no es nada ni el prepucio es nada, sino la observancia de los mandamientos de Dios. Que cada uno se mantenga en el estado en que fue llamado por Dios . ¿Cómo se puede aducir el prepucio que ha sido cortado? Pero el Apóstol dice: que no lo aduzca, que no viva como si no estuviera circuncidado, es decir, que no tape de nuevo aquella parte que ha circuncidado como si hubiera dejado de ser judío. Pues como dijo en otro lugar: tu circuncisión se hizo prepucio . 

Y esto no lo dijo el Apóstol para obligar a los gentiles a que no se circuncidaran ni para que los judíos se mantuvieran en la costumbre de sus padres, sino para que nadie se viera obligado a pasar a la otra parte y cada uno tuviera posibilidad de seguir su propia costumbre de grado y no a la fuerza. No prohibiría el Apóstol a un judío apartarse de sus observancias si él lo deseaba y no había lugar a escándalo. Si alguna vez dio el consejo de permanecer en ellas fue para que los judíos no se turbaran con problemas secundarios y se olvidaran de lo necesario para la salvación. 

Tampoco hubiese prohibido a ningún gentil circuncidarse si él hubiese querido hacerlo, para mostrar que no rechazaba como nociva la circuncisión, sino que la consideraba indiferente, como un sello cuya utilidad ya se había desvanecido con el tiempo, pues aunque no se podía ya esperar de ella salvación alguna, tampoco se debía temer pérdida alguna. 

Y, por eso, Timoteo, que fue llamado a la fe desde la gentilidad, sin embargo fue circuncidado por el Apóstol, porque había nacido de madre judía y debía mostrar a sus familiares, para ganarlos a la fe, que no había aprendido en la doctrina cristiana a despreciar los ritos de la antigua ley . De este modo se demostraba a los judíos que si los gentiles no los practicaban no era porque fueran malos o hubieran sido observados funestamente por sus padres, sino porque ya no eran necesarios para la salvación, después de la venida del gran misterio, del que toda la Vieja Escritura, a lo largo de los siglos, había estado grávida con proféticas significaciones.

También hubiera circuncidado a Tito, como le urgían los judíos, si no se hubieran entrometido falsos hermanos, que lo querían hacer para confirmar lo que habían propalado del mismo Pablo como si hubiera cedido a su verdad y hubiera predicado que la esperanza de salvación evangélica estaba en la circuncisión de la carne y otras observancias de ese tenor, e incluso sostenían enérgicamente que, sin ellas, Cristo no servía para nada . Muy al contrario, la verdad era que Cristo no serviría para nada a quienes se circuncidaran pensando que en eso estaba la salvación. De ahí aquellas palabras: He aquí que yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada .

Guiado por esta libertad, Pablo conservó las observancias paternas, únicamente cuidando de predicar esto: que no se pensara que en ellas estaba la salvación cristiana. Pero Pedro apremiaba a los gentiles a judaizar, con su simulación, como si la salvación viniese del judaísmo, que es lo que muestran las palabras de Pablo, cuando dice: ¿Cómo apremias a los gentiles a judaizar?  Pues no habrían sido apremiados si no hubieran visto que él las observaba como si fuera de ellas no pudiera haber salvación. Por tanto, no se puede comparar la simulación de Pedro con la libertad de Pablo.

Por eso, debemos amar a Pedro, que recibe de grado la corrección pero sin edificar la mentira, sobre la autoridad de Pablo, que condujo a Pedro, delante de todos, al recto camino, para que los gentiles no se vieran forzados a judaizar. Y él mismo en su predicación atestigua que como fuera juzgado enemigo de las tradiciones patrias, porque no quería imponerlas a los gentiles, no desdeñó practicarlas al estilo de sus padres. De este modo nos demuestra que permaneció en ellas, tras la venida de Cristo, para que nadie pensase que eran perniciosas para los judíos, o necesarias para los gentiles o saludables para todo hombre.

Por todo lo cual, la mentira no puede autorizarse ni con citas del Antiguo Testamento, ya sea porque no es mentira lo que se hace o dice alegóricamente, o porque no se propone a la imitación de los buenos, lo que es de alabar en los malos cuando comienzan a mejorar en comparación con su anterior vida; ni tampoco con los escritos del Nuevo Testamento, que nos propone imitar más la corrección de Pedro que su simulación, como nos propone imitar sus lágrimas en vez de su negación.

La mentira mata al alma.
Con mucha mayor seguridad afirman que no se debe dar fe a los ejemplos que se aducen de la vida común. En primer lugar enseñan que la mentira es una iniquidad, y lo hacen con muchos documentos de las Sagradas Escrituras, y sobre todo con lo que está escrito: Aborreces, Señor, a todos los que obran la iniquidad y perderás a todos los que dicen mentira . 

Porque, o bien el segundo verso es exposición del primero, como suele hacerse en la Escritura, y entonces la iniquidad abarca más y la mentira debe entenderse citada como una especie de iniquidad, o bien se citan como diferentes, y entonces es peor la mentira cuanto más grave es la expresión "perderás" que la palabra "aborreces". Pues puede Dios aborrecer a uno algo menos, de modo que no lo pierda, pero a quien pierde, lo odia con tanta mayor vehemencia cuanta con mayor severidad lo castiga. Pues odia a todos los que obran la iniquidad, pero pierde a todos los que dicen mentira.

Dicho lo cual, ¿quién de los que esto dicen se va a dejar impresionar con aquellos ejemplos, como cuando se dice: Qué ocurre si recurre a ti un hombre que, por tu mentira, puede liberarse de la muerte? Pues la muerte que, insensatamente, temen los hombres que no temen pecar, no mata al alma, sino el cuerpo, como dice el Señor en el Evangelio , por lo que ordena que no se le tema, pero la boca que miente no mata al cuerpo, sino al alma, como con toda claridad está escrito en estas palabras: 

La boca que miente mata al alma  ¿Por qué no se va a decir que es una gran perversidad que uno debe dar muerte al alma para salvar a otro la vida del cuerpo? Porque incluso el amor del prójimo ha de entenderse, en sus justos límites, en razón del amor propio, pues se nos dice: Amarás al prójimo como a ti mismo . ¿Cómo podrá amar al prójimo como a sí mismo el que para conservar su vida temporal pierde la propia vida eterna? Ya el perder la vida temporal propia para salvar la ajena excede la sana doctrina del mandato, pues no es ya amar al prójimo como a sí mismo, sino más que a sí mismo. 

Pues mucho menos se debe perder la propia vida eterna, mintiendo, para salvar la vida temporal del otro. Ciertamente, el cristiano no dudará en perder su vida temporal para salvar la vida eterna del prójimo, pues, en esto, nos precedió el ejemplo del Señor mismo que murió por nosotros. Y, por eso, se nos dijo: Este es mi mandamiento: que os améis mutuamente como yo os he amado. No hay amor más grande que el que da su vida por sus amigos . No habrá nadie tan insensato que diga que el Señor se preocupó de otra cosa que de la salvación eterna de los hombres cuando hizo lo que mandó y mandó lo que Él hizo.

Por tanto, como mintiendo se pierde la vida eterna, nunca se ha de mentir para salvar la vida temporal de nadie. Así pues, estos que se estomagan y se indignan si alguien se niega a perder su alma, por la mentira, para salvar el cuerpo decrépito de otro, ¿qué dirían si alguien pudiera ser librado de la muerte por nuestro hurto, o por un adulterio? ¿Acaso, entonces, tendríamos que robar o cometer adulterio?

Ciertamente, no se dan cuenta que se comprometen de tal manera que si un hombre viene con un lazo y pide que cometamos una gran deshonestidad, pues afirma que si no accedemos a lo que pide, se echará el lazo al cuello, ¿acaso, como ellos dicen, debemos aceptar esto para salvarle la vida? Pero si esto es absurdo y abominable, ¿por qué se va a permitir que nuestra alma se corrompa por la mentira para que otro viva en su cuerpo? ¿No condenaría todo el mundo, como abominable torpeza, que alguien entregara su cuerpo a la corrupción para obtener ese fin? Por tanto, en esta cuestión, lo único a plantear es si la mentira es una iniquidad o no. 

Y como esto queda bien demostrado con las pruebas aportadas, solo queda preguntarse si uno debe mentir por la salvación de otro, que es como preguntarse si uno debe hacerse inicuo para salvar a otro. Y esto también lo rechaza la salud de nuestra alma, que no puede conservarse más que por la justicia, y que nos manda anteponerla no solo a la vida del prójimo, sino también a nuestra propia vida temporal.

¿Qué queda, pues, para que nunca podamos dudar de que jamás se puede mentir? Pues no se puede decir que haya algo más grande ni más amado, entre los bienes temporales, que la vida y la salud corporal. Y, si ni siquiera ésta se ha de anteponer a la verdad, ¿qué podrán oponer, para convencernos, los que juzgan que, algunas veces, es conveniente mentir?

miércoles, 3 de octubre de 2012

Paradoja. Siente Alegría en el Dolor ?




“Las aves tienen nido y los zorros una guarida –le dijo a sus discípulos– pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58). 

El comprender que el amor de Jesús compartió y sigue compartiendo nuestras penas y dolores, nos llena de una alegría “que ningún hombre puede quitarnos”. Nuestra alegría pascual constante está misteriosamente tejida y entretejida por la Cruz.

Usualmente, miramos a Jesús con una actitud estereotipada. 
Aceptamos fríamente con dureza de corazón sus sufrimientos y su dolor. 

De alguna manera pensamos, al menos inconscientemente, que Él tenía que hacer lo que hizo y nos quitamos el peso de encima encogiendo los hombros, sin la más mínima idea de lo asombroso que es el hecho de un Dios sufriente. 

No podemos comprender un amor que quiere experimentar nuestra miseria. El único amor que entendemos es ese que da calor a nuestros corazones y toca nuestras emociones. Preferimos sentir compasión o simpatía a sentir el dolor concreto de aquél a quien amamos.

Podemos ver a alguien que sufre de cáncer, pero nunca desearíamos sentir realmente cada uno de sus agudos y crudos dolores. Solemos decir que preferiríamos sufrir antes que ver sufrir a los que amamos, pero esto es generalmente una simple expresión de simpatía.

Nuestra meditación acerca de Sus sufrimientos es superficial y distante. Simples expresiones de piedad si tenemos algo de devoción o la mera aceptación del hecho histórico de que Él vino, sufrió y murió.

Nos cuesta trabajo recordar esta realidad durante la Cuaresma y rápidamente la olvidamos en Pascua. Con qué alegría ponemos a un lado sus sufrimientos y sacamos los vestidos pascuales como si nos estuviéramos sacando algo desagradable de encima y empezáramos algo nuevo. Sí, la alegría de la Resurrección debe habitar siempre en nuestros corazones y darnos aquella esperanza que no conoce tristeza.

Pero ¿acaso nos olvidamos de cuál es el signo pascual que asegura aquella esperanza con una fuente inagotable de alegría? “Mira mis manos y mis pies” fue lo que le dijo Jesús a Tomás. Su cuerpo resucitado y glorioso aún portaba las heridas.

Pero estas heridas nos ofrecen un gran consuelo, la mayor alegría y confirman nuestra esperanza. Estas heridas nos abren el secreto de Su amor y nos otorgan una firme confianza en Su misericordia. Nunca más podremos dudar de su amor por nosotros, ni reclamarle por permitir que suframos injusticias en nuestras vidas, cuando Él nunca sufrió este doloroso aguijón.

Antes de la Redención podríamos haberle preguntado ¿Oh Dios, cómo sabes Tú lo que significa sufrir? ¿Estuviste alguna vez hambriento o sediento? ¿Has tenido acaso noches llenas de miedos o días de largas horas que soportar dolorosamente? ¿Alguna vez te has sentido solo o rechazado? ¿Alguna vez te han tratado injustamente o has llorado acaso? ¿Acaso alguna vez el poderoso viento ha atravesado tus huesos y te ha hecho temblar de frío? ¿Has necesitado alguna vez de un amigo, y al verlo llegar, observar como te da la espalda?

Su respuesta a todas estas preguntas hubiera sido “No”. Pero ahora ya no podemos fantasear mas porque su amor ha respondido a preguntas nunca antes pronunciadas. Ha querido sentir lo que nuestra naturaleza siente, soportar la debilidad y las limitaciones de nuestra condición pecadora, cargar con nuestro yugo y temblar con el viento frío.

“Las aves tienen nido y los zorros una guarida –le dijo a sus discípulos– pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58). El comprender que el amor de Jesús compartió y sigue compartiendo nuestras penas y dolores, nos llena de una alegría “que ningún hombre puede quitarnos”. Nuestra alegría pascual constante está misteriosamente tejida y entretejida por la Cruz.

El cristiano experimenta y vive una paradoja. Siente alegría en el dolor, plenitud en el exilio, luz en la oscuridad, paz en la turbación, consuelo en la sequedad, contento en el sufrimiento y esperanza en la desolación. 

El cristiano comprometido tiene la habilidad de asumir el momento presente, mirarlo con la cabeza en alto, encarnar el espíritu de Jesús en las mismas circunstancias y actuar conforme a Él.

 Es difícil pero Él nos dijo que lo sería, porque la felicidad que nos ha prometido está más allá de esta vida. Se nos ha dado la oportunidad de ajustar nuestras vidas a vivir para siempre con la Santidad misma. Veamos como se asemejan nuestras vidas con la de Jesús, quizás sea más fácil cambiar nuestras vidas según la suya.

En el Evangelio de San Mateo vemos que Jesús había curado a dos endemoniados. Estos dos hombres habían sido poseídos por unos demonios que le imploraban a Jesús que los deje entrar en una piara de cerdos antes de enviarlos al infierno, su hogar eterno, y Jesús se lo permitió. 

Los dueños del ganado estaban tan asombrados que corrieron a la ciudad a quejarse por la pérdida de sus cerdos, y entonces vemos una extraña reacción en la gente, una reacción desconcertante que le causa a Jesús mucho dolor. La Escritura nos dice que estos dos hombres que fueron sanados, eran fieros y violentos y significaban una constante fuente de temor para el pueblo. La reacción del pueblo ante tal curación debió haber sido de gratitud y de amor.

 Sin embargo leemos luego que “el pueblo entero se reunió para encontrarse con Jesús y tan pronto lo vieron le pidieron que abandonara su región” (Mt 8, 34) Prefirieron unos chanchos que a Jesús, prefirieron mantener las cosas como estaban a cambiarlas si ello les había de costar algo. Temían ver al Poder Divino en acción. Eso hubiera significado renunciar a sus propias maneras y prefirieron que Dios los dejara solos.

Hay muchas ocasiones en la vida de un cristiano en las que sus actos de amor y sacrificio no son valorados, como cuando uno trata de hacerle ver a un anciano que está en camino y cuando aquellos que amamos nos hacen sentir no queridos. Cuando surgen estas ocasiones el alma debería recordar el profundo dolor que debió haber sentido el Corazón de Jesús al escuchar que lo echaban, se sintió tal como nosotros –dolido y golpeado– pero quiere que unamos nuestro dolor al suyo y se lo ofrezcamos al Padre por la salvación de las almas.

Los prisioneros también pueden ser relacionados con este incidente en la vida de Jesús de un modo muy especial. Estos dos hombres habían sido liberados de muchos demonios y estaban listos para reincorporarse a la sociedad una vez más, habían pagado lo suficiente por su indulgencia: habían sufrido humillaciones a su dignidad, faltas de respeto y una total desesperación, sin embargo la alegría que esperaban ver en la multitud no aparecía. 

Nadie se impresionó por su conversión, solo se quejaban por lo que había costado; los dos hombres liberados por Jesús habían sido liberados de la violencia, de demonios llenos de odio, y ¿no sucedía más bien que aquellos pobladores se encontraban bajo la influencia de los silenciosos demonios de la avaricia, la ambición, la auto-justificación y la autosuficiencia? No podemos imaginar el estado de cada una de aquellas almas que le pidió a Jesús que dejara su ciudad. Es irónico ver como aquellos que estaban tan visiblemente poseídos fueron liberados por el poder de Jesús y aceptaron su amor, mientras que aquellos respetables ciudadanos le rogaron al Dios de la Misericordia que los dejara solos.

¿Será que todos estamos en una especie de prisión? ¿Será posible que aquellos que están en la cárcel hoy en día, públicamente castigados por su violencia y sus crímenes, tengan la oportunidad de cambiar y de volver a Jesús, de aceptar su amor y terminar siendo más libres de corazón y alma que aquellos que están fuera de los muros de la prisión?

El arrepentimiento puede hacer que los rechazados sean agradables a Dios, mientras que el orgullo hace de los que son aceptados por el mundo y sus patrones, rechazados por Dios. 

Cuando construimos muros de prejuicios, odio, orgullo, y autocompasión a nuestro alrededor, nos encontramos ciertamente más encarcelados que cualquier prisionero detrás de unas paredes de cemento y unas barras de acero. Hay muchos prisioneros así, de por vida, que nunca han experimentado la libertad de los hijos de Dios, solo el confort y la falsa protección de la oscuridad. El dolor del cambio los asusta tanto que prefieren la autosuficiencia y la autocomplacencia a la Palabra de Dios o al Poder Sanador de su Cruz.

Uno de los sufrimientos más frustrantes que Jesús debió haber padecido fue el de la incomprensión, incomprensión de aquellos que lo amaban y falta de aceptación por parte de las autoridades. Un salvador sufriente no era aceptable para ninguno de ellos. Un líder espiritual que gastara tiempo cambiando almas en vez de gobiernos no tenía lugar en sus regímenes.

Él sabía lo que verdaderamente necesitaban para entrar en el Reino de su Padre, pero ellos estaban interesados en el Reino de este mundo –ellos lo llamaban una realidad viva– y él lo llamaba muerte. Ellos creían que esta vida era la única, y Él les decía que era solo un exilio mientras esperaban algo mayor. Él hablaba de los pobres como benditos, y les decía que era mejor ganar la virtud a ganar el mundo entero, pero para ellos la gloria mundana era demasiado como para dejarla por alguna realidad invisible.

Sus apóstoles eran lentos para entender las más sencillas parábolas y generalmente le pedían que se las explicase después que la multitud se había marchado. Él trataba tanto de traer el Misterio del Amor del Padre al lenguaje de los niños, pero incluso éste estaba fuera del alcance de sus discípulos, hombres destinados a predicar la Buena Nueva a todo el mundo. Muchas veces los miraría asombrado para preguntarles 

“¿Aún no entienden?” (Mc 7, 18) Incluso sus milagros fueron incomprendidos, su autoridad cuestionada y sus parientes lo vieron como un hombre insano. Su discernimiento era cuestionado porque le permitía a una pecadora tocarlo y su reputación puesta bajo sospecha porque comía con pecadores. Cuando curaba en sábado, era un quebrantador de la ley y cuando proclamaba al Amor como el mandamiento más importante, era considerado un heterodoxo.

No debe existir ser humano que no haya experimentado el dolor de la incomprensión en su vida, de alguna u otra forma. Nuestras intenciones son rápidamente juzgadas y nuestra virtud llamada hipocresía. Nuestras ideas son muy audaces y nuestra precaución es llamada timidez. Los hijos acusan a sus padres de interferir en sus vidas cuando la amorosa corrección los advierte del peligro. 

Somos fanáticos extremistas si Jesús es parte de nuestra vida diaria, pero cuando alguna tragedia nos golpea, los amigos de Job nos enfrentan con nuestra falta de piedad y con la venganza de Dios que nos debe haber alcanzado por algún resentimiento escondido que debe estar oculto en nuestros corazones. Cuando somos compasivos con los pecadores se nos llama imprudentes y cuando por un instante la ira nos envuelve se nos acusa de no ser caritativos. La lista de incongruencias puede ser multiplicada por cien y mientras mas tratamos de arreglarlas, más enredados quedamos, pero siempre podemos mirar a Jesús y saber que Él entiende. Como Él, podemos hacer la voluntad del Padre con la luz que tenemos y estar en paz. Sus sufrimientos forman parte de nuestra redención, los nuestros forman parte de nuestra santificación.

 “En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal.” (Mc 4 37-38)

¡El Dios todopoderoso de cuyas manos planetas y galaxias cayeron se hizo hombre y estaba cansado! Había alcanzado un nivel de fatiga física tal que ni la lluvia, ni el viento, ni los gritos de una tripulación que gritaba sujetándose asustada podían superar. Estaba desecho, cada músculo, cada hueso, cada nervio habían alcanzado el máximo de sus capacidades y solo dormir le devolvería aquellas energías tan necesarias para que el cuerpo humano funcione bien.

Todos nos hemos sentido cansados, cansados por el trabajo y muchas veces cansados del trabajo. Todos hemos alcanzado un punto en el que hemos tenido que parar y descansar, y es en ese momento en el que podemos relacionarnos con Jesús de una forma muy consciente. Él y nosotros sabemos lo que significa estar exhaustos, podemos unir nuestras fatigas con las suyas y ofrecérselas al Padre como un holocausto de amor y obediencia. Nuestro trabajo, nuestra misión, y nuestro estado de vida, realizados de acuerdo a Su Voluntad, hacen de nuestro cansancio cotidiano un canal de gracia y fuerza. Se convierten en algo más que la consecuencia natural del esfuerzo, se convierte en sacrificio de alabanza, en acto penitencial, en holocausto personal de amor.

 “Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo». Le dijo Pedro: « ¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquél momento, estando aún hablando cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro…” (Lc 22, 59-61) Tenemos la tendencia a prestarle atención a la negación de Pedro en este pasaje de la Escritura, pero ¿nos hemos puesto a pensar en Jesús? Jesús había escuchado como Pedro llamaba “amigo” a un perfecto desconocido y luego negaba a aquél que era el único verdadero amigo que poseía: Jesús. El Corazón de Jesús estaba indudablemente golpeado. Aquellos que lo arrestaron lo odiaban y aunque su Corazón debió haber estado profundamente dolido, imaginen el amargo impacto de dolor que sufrió cuando escuchaba con sus propios oídos el rechazo de un amigo.

Pedro era el hombre a quien Jesús había amado mucho, dado mucho y de quien se había valido para llevar su mensaje de amor al mundo. Y He aquí que lo oye negar a Aquél a quien habría de representar en la tierra. ¿Puede alguno imaginar la profunda decepción y el hondo dolor que se daba en el alma de Jesús? Quizás podemos, quizás todos los seres humanos, en alguna o en otra ocasión. 

Los padres son heridos por los hijos quienes insolentemente rechazan su cariño, consejo, amor y protección. También los hijos, cuyos corazones claman por amor, ven muchas veces a sus padres ir tras cosas que perecen sin tener un poco de preocupación por aquellas almas que Dios les ha confiado para que cuiden como padres. La amistad también puede sufrir un golpe mortal cuando una de las partes consiente sospechas, desconfianzas, celos o incomprensión. Sí, todos podemos de alguna forma acercarnos al dolor del Corazón de Jesús mientras escuchaba a su amigo y compañero negarlo conociéndolo. Unamos nuestro dolor al suyo y entreguémoslo al Padre para la salvación de las almas, cuando experimentemos el rechazo de algún ser amado.

 “Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: «Demonio tiene». Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «Ahí tienes un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.»” (Mt 11, 18-19) No importa lo que Jesús hiciera. Las autoridades nunca estaban satisfechas. Envió a su profeta Juan, un hombre de gran austeridad, frugal, ascético y exigente. Su espíritu penitente azuzó sus conciencias y por eso lo condenaron. Jesús vino con un espíritu que era bueno, gentil, compasivo y lo empezaron a etiquetar con nombres de tal modo que apareciera pequeño y sin importancia.

Juan apeló a las noventa y nueve y las llamó a la conversión, Jesús fue en busca de la oveja perdida. Ambos, de cualquier modo, eran inaceptables. Algunos hombres desean el conocimiento para poder especular, pero no palabras llenas de espíritu que atraviesen el corazón y lo impulsen a cambiar.
No importaba lo que hiciera Jesús, alguna falta podía encontrársele.

 Cuando su ira se desató con los vendedores en el templo, cuestionaron su autoridad para resolver tales asuntos con sus propias manos, cuando su compasión se hizo misericordia con la adultera, cuestionaron su valentía. De todos modos, él ya le había advertido a sus apóstoles que la opinión de los hombres no le importaba (Jn 5, 41) Esto vale también para nosotros porque hay momentos en los que nuestros mejores actos y nuestras mejores intenciones son puestos en cuestión. Hay ocasiones en las que nos inclinamos para agradar pero no obtenemos nada a cambio. 

Cuando esto sucede debemos mirar a Jesús y hacer lo que Él hizo: Él cumplió la voluntad del Padre en cada momento sin importarle la reacción pública, Él camino su senda en paz. Él había venido a salvar a los hombres, no a dirigir la opinión pública, para Él era importante hacer lo que el Padre hizo y decir lo que había escuchado del Padre. Era la imagen perfecta del Padre y esta imagen le llevó tener a algunos en su contra y a ganarse otros a su causa. La elección era suya, su voluntad era libre. 

Les ofreció amor porque Él mismo era Amor, pero su paz no dependía de su aceptación. Su amor era lo suficientemente profundo como para continuar amándolos y poderoso para permanecer en paz cuando se preferían a sí mismos y no a Él. Su amor cubría a todos, eran ellos los que se apartaban del radio de su amor.

Vemos esto en el joven rico. Las Escrituras nos dicen que éste corrió hacia Jesús y “se arrodillo delante de Él”. Quería heredar la vida eterna y le preguntó a Jesús como hacerlo. Jesús le respondió que guardara todos los mandamientos, pero el joven encontró aquello sumamente fácil, ya se había hecho el hábito de guardar la ley, quería algo más, su alma sabía de alguna forma que había algo mejor. 

Entonces Jesús “fijando en él su mirada, le amó” y el pasaje continúa pero luego llega la decepción. El gran reto había sido lanzado: “Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, luego ven y sígueme.” (Mc 10, 17-22) Inmediatamente la grandeza del reto sacudió al joven como un trueno, no esperaba una respuesta así para su pregunta, no estaba listo para el sacrificio.

Jesús sabía lo que el joven rico debía dejar pero también conocía la gloria y el premio que perdería por toda la eternidad al dejar pasar la oportunidad de seguirlo. El joven pensó que tenía mucho que dejar, no pensó que dejaba más de lo que poseía al no seguir a Jesús. Sucede lo mismo con nosotros. Sabemos lo que causan las personas en sus almas inmortales cuando insisten en buscar cosas pasajeras, cuando las vidas disolutas están a la orden del día, cuando aparentemente no pueden romper con una vida de pecado. Su excusa es que no pueden vencer sus debilidades, y así, no entienden realmente lo que están dejando. ¡La paradoja está en que no pueden dejar la miseria, pero son capaces de renunciar a la alegría eterna!

Con cuanta certidumbre podemos decir que Él entiende nuestras penas y los dolores de nuestro corazón. Su dolor fue como el mío, ¡Gracias Jesús por amarnos tanto

martes, 2 de octubre de 2012

Señor enséñame tu Verdad hasta alcanzar mi Salvación.?



Hijo, anda delante de Mí en verdad, y búscame 
siempre con sencillez de corazón.

El que anda en mi presencia en verdad será defendido de los malos encuentros, y la verdad le librará de los engañadores, 
y de las murmuraciones de los malvados.

Si la verdad te librare, serás verdaderamente libre, 
y no cuidarás d las palabras vanas de los hombres.

Verdad es, Señor; y así te suplico que lo hagas conmigo. Enséñeme tu verdad, y ella me guarde y me conserve hasta alcanzar mi salvación.
Ella  me libre de toda mala afición y amor desordenado, y andaré contigo en gran libertad de corazón.

Yo te enseñaré, dice la verdad, lo que es recto y agradable delante de Mí.
Piensa en tus pecados con gran descontento y tristeza, y nunca te juzgues ser algo por tus buenas obras.

En verdad eres pecador, sujeto y enredado en muchas pasiones.
Por ti siempre vas a la nada; pronto caes, pronto eres vencido, presto te turbas, y presto desfalleces.

Nada tienes de que puedas alabarte; pero mucho de que humillarte; porque eres más flaco de lo que puedes pensar.
Por eso, no te parezca gran cosa, alguna de cuantas haces.

Nada tengas por grande, nada por precioso y admirable; nada estimes por digno de reputación, nada por alto, nada por verdaderamente de alabar y codiciar sino lo que es eterno.

Agrádete sobre todas las cosas la verdad eterna, y desagrádete siempre sobre todo tu grandísima vileza.

Nada temas, ni desprecies, ni huyas cosa alguna tanto como tus vicios y pecados, los cuales te deben desagradar más que los daños de las cosas.
Algunos no andan sencillamente en mi presencia; sino que, guiados de cierta curiosidad y arrogancia, quieren saber mis secretos, y entender las cosas altas de Dios, no cuidando de sí mismos, ni de su salvación.

Estos muchas veces caen en grandes tentaciones y pecados por su soberbia y curiosidad, porque Yo les soy contrario.

Teme los juicios de Dios; atemorízate de la ira del Omnipotente; no quieras escudriñar las obras del Altísimo; sino examina tus maldades, en cuántas cosas pecaste, y cuántas buenas obras dejaste de hacer por negligencia.

Algunos tienen su devoción solamente en los libros, otros en las imágenes; y otros en señales y figuras exteriores.

Algunos me traen en la boca; pero pocos en el corazón.

Hay otros, que alumbrados en el entendimiento y purgados en el afecto, suspiran siempre por las cosas eternas, oyen con pena las terrenas, y con dolor sirven a las necesidades de la naturaleza; y éstos sienten lo que habla en ellos el espíritu de verdad.

Porque les enseña a despreciar lo terrestre y amar lo celestial, aborrecer el mundo y desear el cielo de día y de noche.

 LA PRUEBA DEL VERDADERO AMOR.

Hijo, no eres aun fuerte y prudente .
¿Por qué, Señor?

Porque por una contradicción pequeña, faltas en lo comenzado, y buscas la consolación ansiosamente.

La constante alma está fuerte en las tentaciones, y no cree a las persuasiones engañosas del enemigo.

Como  Yo le agrado en las prosperidades, así no le descontento en las adversidades.

LA  discreta ALMA no considera tanto el don del amante, cuando el amor del que da.
Antes mira a la voluntad que a la merced; y todas las dádivas estima menos que el amado.

El ALMA noble no descansa en el don, sino en Mí sobre todo don.
Por eso, si algunas veces no gustas de Mí o de mis Santos tan bien como deseas: no está todo perdido.

Aquel tierno y dulce afecto que sientes algunas veces, obra es de la presencia de la gracia, y gusto anticipado de la patria celestial, sobre lo cual no se debe estribar mucho, porque va y viene.

Pero pelear contra las perturbaciones incidentes del ánimo, u menospreciar la sugestión del diablo, señal es de virtud y de gran merecimiento.

No te turben, pues, las imaginaciones extrañas de diversas materias que te ocurrieren.

Guarda tu firme propósito y la intención recta para con Dios.
Ni tengas a engaño que de repente te arrebaten alguna vez a lo alto, y luego te torne a las pequeñeces acostumbradas del corazón.

Porque más las sufres contra tu voluntad que las causas; y mientras te dan pena y las contradices, mérito es y no pérdida.

Persuádete que el enemigo antiguo de todos modos se esfuerza para impedir tu deseo en el bien, y apartarte de todo ejercicio devoto, como es honrar a los Santos, la piadosa memoria de mi pasión, la útil contrición de los pecados, la guarda del propio corazón, el firme propósito de aprovechar en la virtud.

Te trae muchos pensamientos malos para disgustarte y atemorizarte, para desviarte de la oración y de la lección sagrada.

Desagrádale  mucho la humilde confesión; y si pudiese, haría que dejases de comulgar.

No le creas, ni hagas caso de él; aunque muchas veces te arme lazos para seducirte.

Cuando te trajere pensamientos malos y torpes, atribúyelos a él, y dile:
Vete de aquí, espíritu inmundo; avergüénzate, desventurado; muy sucio eres, pues me traes tales cosas a la imaginación.

Apártate de mí, malvado engañador; no tendrás parte ninguna en mí; mas Jesús estará conmigo como invencible capitán, y tú estarás confundido.

Más quiero morir y sufrir cualquier pena que condescender contigo.

Calla y enmudece, no te oiré ya aunque más me importunes.  El Señor es mi luz y mi salud. ¿A quién temeré?

Aunque se ponga contra mi un ejercito, no temerá mi corazón. El Señor es mi ayuda y mi Redentor.

Pelea como buen soldado; y si alguna vez cayeres por flaqueza de corazón, procura cobrar mayores fuerzas que las primeras, confiando de mayor favor mío, y guárdate mucho del vano contentamiento y de la soberbia.
Por eso muchos están engañados, y caen algunas veces en ceguedad casi incurable.

Sírvate de aviso y de perpetua humildad la caída de los soberbios, que locamente presumen de sí.