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martes, 17 de abril de 2012

LA CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS


 Todo el fundamento de la salud y perfección de nuestras almas consiste en el amor de Dios. “Quien no ama está en la muerte. La caridad es el vínculo de la perfección” 
(1 Jn. 3, 14; Col. 3, 14). Mas la perfección del amor es la unión de nuestra propia voluntad con la voluntad divina, porque en esto se cifra –como dice el Areopagita– el principal efecto del amor, en unir de tal modo la voluntad de los amantes, que no tengan más que un solo corazón y un solo querer.





La perfecta conformidad con la voluntad divina es uno de los principales medios de santificación. Escribe Santa Teresa: “Toda la pretensión de quien comienza oración 
(y no se olvide esto, que importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, a hacer su voluntad conforme con la de Dios..., y en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. 

Quien más perfectamente tuviera esto, más recibirá del Señor y más adelante está en este camino. No penséis que hay aquí más algarabías ni cosas no sabidas y entendidas; que en esto consiste todo nuestro bien”.

Dada la singular importancia de este medio, vamos a estudiar cuidadosamente su naturaleza, su fundamento, su excelencia y necesidad, el modo de practicarla y, finalmente, sus grandes frutos y ventajas.

1. Naturaleza. – Consiste la conformidad con la voluntad de Dios en una amorosa, entera y entrañable sumisión y concordia de nuestra voluntad con la de Dios en todo cuanto disponga o permita de nosotros. Cuando es perfecta, se la conoce más bien con el nombre de santo abandono en la voluntad de Dios. En sus manifestaciones imperfectas se la suele aplicar el nombre de simple resignación cristiana.

Para entender rectamente esta doctrina hay que tener en cuenta algunos prenotandos. Helos aquí:

 1.º  La santidad es el resultado conjunto de la acción de Dios y de la libre cooperación del hombre. “Ahora bien: si Dios trabaja con nosotros en nuestra santificación, justo es que Él lleve la dirección de la obra; nada se deberá hacer que no sea conforme a sus planes, bajo sus órdenes y a impulsos de su gracia. Es el primer principio y último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus determinaciones” 
(Lehodey, El santo abandono, p. 1, c. 1).

2.º  La voluntad de Dios, simplísima en sí misma, tiene diversos actos con relación a las criaturas. Los teólogos suelen establecer la siguiente división:

a) Voluntad absoluta, cuando Dios quiere alguna cosa sin ninguna condición, como la creación del mundo; y condicionada, cuando lo quiere con alguna condición, como la salvación de un pecador si hace penitencia o se arrepiente.

b) Voluntad antecedente es la que Dios tiene en torno a una cosa en sí misma o absolutamente considerada (v. gr., la salvación de todos los hombres en general), y voluntad consiguiente es la que tiene en torno a una cosa revestida ya de todas sus circunstancias particulares y concretas (v. gr., la condenación de un pecador que muere impenitente).

c) Voluntad de signo y voluntad de beneplácito. Ésta es la que más nos interesa aquí. He aquí cómo las expone el P. Garrigou-Lagrange:

“Se entiende por voluntad divina significada 
(o voluntad de signo) ciertos signos de la voluntad de Dios, como los preceptos, las prohibiciones, el espíritu de los consejos evangélicos, los sucesos queridos o permitidos por Dios. La voluntad divina significada de ese modo, mayormente la que se manifiesta en los preceptos, pertenece al dominio de la obediencia. A ella nos referimos, según Santo Tomás (1, 19, 11), al decir en el Padrenuestro: Fiat voluntas tua.

La voluntad divina de beneplácito es el acto interno de la voluntad de Dios aún no manifestado ni dado a conocer. De ella depende el porvenir todavía incierto para nosotros: sucesos futuros, alegrías y pruebas de breve o larga duración, hora y circunstancias de nuestra muerte, etc. Como observa San Francisco de Sales (Amor de Dios l.8 c.3; l.9 c.6), y con él Bossuet (États d’oraison 1, 8, 9), si la voluntad significada constituye el dominio de la obediencia, la voluntad de beneplácito pertenece al del abandono en las manos de Dios. Como largamente diremos más tarde, ajustando cada día más nuestra voluntad a la de Dios significada, debemos en lo restante abandonarnos confiadamente en el divino beneplácito, ciertos de que nada quiere ni permite que no sea para el bien espiritual y eterno de los que aman al Señor y perseveran en su amor”.

Estas últimas palabras del P. Garrigou expresan la naturaleza íntima de la perfecta conformidad con la voluntad de Dios. Se trata efectivamente del cumplimiento íntegro, amoroso y entrañable de la voluntad significada de Dios a través de sus operaciones, permisiones, preceptos, prohibiciones y consejos –que son, según Santo Tomás, los cinco signos de esa voluntad divina– y de la rendida aceptación y perfecta concordia con todo lo que se digne disponer por su voluntad de beneplácito.

2. Fundamento. – Como dice muy bien Lehodey, la conformidad perfecta, o santo abandono, tiene por fundamento la caridad. “No se trata aquí ya de la conformidad con la voluntad divina, como lo es la simple resignación, sino de la entrega amorosa, confiada y filial, de la pérdida completa de nuestra voluntad en la de Dios, pues propio es del amor unir así estrechamente las voluntades. Este grado de conformidad es también un ejercicio muy elevado del puro amor, y no puede hallarse de ordinario sino en las almas avanzadas, que viven principalmente de ese puro amor”.
Ahora bien: 
¿cuáles son los principios teológicos en que puede apoyarse esta omnímoda sumisión y conformidad con la voluntad de Dios?
El P. Garrigou-Lagrange señala los siguientes:

1.º  Nada sucede que desde toda la eternidad no lo haya Dios previsto y querido o por lo menos permitido.

2.º  Dios no puede querer ni permitir cosa alguna que no esté conforme con el fin que se propuso al crear, es decir, con la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones y con la gloria del Verbo encarnado, Jesucristo, su Hijo unigénito (1 Cor. 3, 23).

3.º  Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos que, según sus designios, han sido llamados” (Rom. 8, 28) y perseveran en su amor.

4.º  Sin embargo, el abandono en la voluntad de Dios a nadie exime de esforzarse en cumplir la voluntad de Dios significada en los mandamientos, consejos y sucesos, abandonándonos en todo lo demás a la voluntad divina de beneplácito por misteriosa que nos parezca, evitando toda inquietud y agitación.

3. Excelencia y necesidad. – Por lo que llevamos dicho, aparece clara la gran excelencia y necesidad de la práctica cada vez más perfecta del santo abandono en la voluntad de Dios.

“Lo que constituye la excelencia del santo abandono es la incomparable eficacia que posee para remover todos los obstáculos que impiden la acción de la gracia, para hacer practicar con perfección las más excelsas virtudes y para establecer el reinado absoluto de Dios sobre nuestra voluntad”.

El P. Piny escribió –como es sabido– una hermosa obrita para poner de manifiesto la excelencia de la vida de abandono en la voluntad de Dios. En ella prueba el insigne dominico que ésta es la vía que más glorifica a Dios, la que santifica más al alma, la menos sujeta a ilusiones, la que proporciona al alma mayor paz, la que mejor hace practicar las virtudes teologales y morales, la más a propósito para adquirir el espíritu de oración, la más parecida al martirio e inmolación de sí mismo y la que más asegura en la hora de la muerte.

La necesidad de entrar por esta vía puede demostrarse por un triple capítulo.

1.º  El derecho divino. – 
a) Somos siervos de Dios, en cuanto criaturas suyas. Dios nos creó, nos conserva continuamente en el ser, nos redimió, nos ha ordenado a Él como a nuestro último fin. No nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios (1 Cor. 6, 19).

b) Somos hijos y amigos de Dios: el hijo debe estar sometido a su padre por amor, y la amistad produce la concordia de voluntades: idem velle et rolle.
2.º  Nuestra utilidad, por la gran eficacia santificadora de esta vía. 
Ahora bien: la santidad es el mayor bien que podemos alcanzar en este mundo y el único que tendrá una inmensa repercusión eterna. Todos los demás bienes palidecen y se esfuman ante él.
3.º  El ejemplo de Cristo. – 
Toda la vida de Cristo sobre la tierra consistió en cumplir la voluntad de su Padre celestial. “Al entrar en el mundo dije: He aquí que vengo para hacer, Dios mío, tu voluntad” (cf. Hebr. 10, 5-7). Durante su vida manifiesta continuamente que está pendiente de la voluntad de su Padre celestial: 

“Me conviene estar en las cosas de mi Padre” (Lc. 2, 49); 
“Yo hago siempre lo que a Él le agrada” (Jn 8, 29); “Ésta es mi comida y mi bebida” (Jn. 4, 34); “Éste es el mandato que he recibido de mi Padre” (Jn. 10, 18); “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22, 42).

A imitación de Cristo, ésta fue toda la vida de María: “he aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38), y la de todos los santos: “mira y obra conforme al ejemplar” (Ex. 25, 40).

4. Modo de practicarla. – En sus líneas fundamentales, ya lo hemos indicado más arriba. Hay que conformarse, ante todo, con la voluntad de Dios significada, aceptando con rendida sumisión y esforzándose en practicar con entrañas de amor todo lo que Dios ha manifestado que quiere de nosotros a través de los preceptos de Dios y de la Iglesia, de los consejos evangélicos, de los votos y de las reglas, si somos religiosos; de las inspiraciones de la gracia en cada momento. 
Y hemos de abandonarnos enteramente, con filial confianza, a los ocultos designios de su voluntad de beneplácito, que, de momento, nos son completamente desconocidos; nuestro porvenir, nuestra salud, nuestra paz o inquietudes, nuestros consuelos o arideces, nuestra vida corta o larga. Todo está en manos de la Providencia amorosa de nuestro buen Dios, que es, a la vez, nuestro Padre amantísimo: que haga lo que quiera de nosotros en el tiempo y en la eternidad.

Esto es lo fundamental en sus líneas generales. Pero para mayor abundamiento, vamos a concretar un poco más la manera de practicar esta santa conformidad y abandono en las principales circunstancias que se pueden presentar en nuestra vida.

A) Con relación a la voluntad significada. – De cinco maneras, dice Santo Tomás (1, 19, 12), se nos manifiesta o significa la voluntad de Dios:

1.ª  Haciendo algo directamente y por sí mismo: Operación.
2.ª  Indirectamente, o sea, no impidiendo que otros lo hagan: Permisión.
3.ª  Imponiendo su voluntad por un precepto propio o de otros: Precepto.
4.ª  Prohibiendo en igual forma lo contrario: Prohibición.
5.ª  Persuadiendo la realización u omisión de algo: Consejo.

El Doctor Angélico advierte (ibid.) que la operación y el permiso se refieren al presente; la operación al bien, y el permiso al mal. Los otros tres modos se refieren al futuro en la siguiente forma: el precepto, al bien futuro necesario; la prohibición, al mal futuro, que es obligatorio evitar, y el consejo, a la sobreabundancia del bien futuro. No cabe establecer una división más perfecta y acabada.

Examinemos ahora brevemente los principales modos de conformarnos con cada una de esas manifestaciones de la voluntad de Dios significada:

1.º  “Operación”. – 
Dios siempre quiere positivamente lo que hace por sí mismo, porque siempre se refiere al bien y siempre está ordenado a su mayor gloria. A este capítulo pertenecen todos los acontecimientos individuales, familiares y sociales, que han sido dispuestos por Dios mismo y no dependen de la voluntad de los hombres. Unas veces esos acontecimientos son dulces, y nos llenan de alegría; otras son amargos, y pueden sumirnos en la mayor tristeza, si no vemos en ellos la mano amorosísima de Dios que ha dispuesto aquello para su gloria y nuestro mayor bien. 

Una enfermedad providencial puede arrojar en brazos de Dios a un alma extraviada. Todo lo que el Señor dispone es bueno y óptimo para nosotros, aunque de momento pueda causarnos gran tristeza o dolor. Ante estos acontecimientos prósperos o adversos, individuales o familiares, que nos vienen directamente de la mano de Dios, sin intervención alguna de los hombres (v. gr., accidentes imprevistos, enfermedades incurables, muerte de familiares o amigos, etc.), sólo cabe una actitud cristiana: fiat voluntas tua (hágase tu voluntad). Si el amor de Dios nos hace rebasar la simple resignación –que es virtud muy imperfecta– y lanzamos, aunque sea a través de nuestras lágrimas, una mirada al cielo llena de reconocimiento y gratitud 
(Te Deum... Magnificat...) por habernos visitado con el dolor, habremos llegado a la perfección en la vía del abandono y de perfecta conformidad con la voluntad de Dios.

2.º  “Permisión”. 
– Dios nunca quiere positivamente lo que permite, porque se refiere a un mal, y Dios no puede querer el mal. Pero su infinita bondad y sabiduría sabe convertir en mayor bien el mismo mal que permite, y por esto precisamente lo permite. El mayor mal y el más grave desorden que se ha cometido jamás fue la crucifixión de Jesucristo, y Dios supo ordenarla al mayor bien que ha recibido jamás la humanidad pecadora: su propia redención.

¡Qué mirada tan corta y qué funesta miopía la nuestra cuando en los males que Dios permite que vengan sobre nosotros nos detenemos en las causas segundas o inmediatas que los han producido y no levantamos los ojos al cielo para adorar los designios de Dios, que las permite para nuestro mayor bien! Burlas, persecuciones, calumnias, injusticias, atropellos, etc., etc., de que somos víctimas son, ciertamente, pecados ajenos, que Dios no puede querer en sí mismos, pero los permite para nuestro mayor bien. ¿Cuándo sabremos remontarnos por encima de las causas segundas para ver en todo ello la providencia amorosa de Dios, que nos pide no la venganza o el desquite, sino el amor y la gratitud por ese beneficio que nos hace? En la injusticia de los hombres hemos de ver la justicia de Dios, que castiga nuestros pecados, y hasta su misericordia, que nos los hace expiar.

3.º  “Precepto”. 
– Ante todo y sobre todo es preciso conformarnos con la voluntad de Dios preceptuada: “porque antes pasarán el cielo y la tierra que falte una jota o una tilde de la Ley hasta que todo se cumpla” (Mt. 5, 18). Sería lamentable extravío y equivocación tratar de agradar a Dios con prácticas de supererogación inventadas y escogidas por nosotros, y descuidando los preceptos que Él mismo nos ha impuesto directamente o por medio de sus representantes.

 Mandamientos de Dios y de la Iglesia, preceptos de los superiores, deberes del propio estado: he ahí lo primero que tenemos que cumplir hasta el detalle si queremos conformarnos plenamente con la voluntad de Dios manifestada. Tres son nuestras obligaciones ante esos preceptos: a) conocerlos: “no seáis insensatos, sino entendidos de cuál es la voluntad del Señor” (Ef. 5, 17); b) amarlos: “por eso yo amo tus mandamientos más que el oro purísimo” (Sal. 118, 127), y c) cumplirlos: “porque no todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt. 7, 21).

4.º  “Prohibición”.
 – El primer paso y el más elemental e indispensable para conformar nuestra voluntad con la de Dios ha de ser evitar cuidadosamente el pecado que le ofende, por pequeño que sea o parezca ser. “Pecado muy de advertencia, por chico que sea, Dios nos libre de él. ¡Cuánto más que no hay poco, siendo contra una tan gran Majestad y viendo que nos está mirando! Que esto me parece a mí es pecado sobrepensado y como quien dice: Señor, aunque os pese, esto haré; ya veo que lo veis y sé que no lo queréis y lo entiendo; mas quiero más seguir mi antojo y apetito que no vuestra voluntad. Y que en cosa de esta suerte hay poco, a mí no me lo parece por leve que sea la culpa, 
sino mucho muy mucho”. 
Nada se puede añadir a estas juiciosas palabras 
de Santa Teresa.

Pero puede ocurrir que, a pesar de nuestros esfuerzos, incurramos en alguna falta y acaso en un pecado grave. ¿Qué debemos hacer en estos casos? Hay que distinguir en toda falta dos aspectos: la ofensa de Dios y la humillación nuestra. La primera hay que rechazarla con toda el alma; nunca la deploraremos bastante, por ser el único mal verdaderamente digno de lamentarse. 
La segunda, en cambio, hemos de aceptarla plenamente, gozándonos de recibir en el acto ese castigo que empieza a expiar nuestra falta: “bien me ha estado ser humillado, para aprender tus mandamientos” (Sal. 118, 71). Hay quien, al arrepentirse de sus pecados, lamenta más la humillación que le han acarreado (v. gr., ante el confesor) que la misma ofensa de Dios. ¿Cómo es posible que una contrición tan humana produzca verdaderos frutos sobrenaturales?

5. º  “Consejo”.
 – El alma que quiera practicar en toda su perfección la tal conformidad con la voluntad de Dios ha de estar pronta a practicar los consejos evangélicos –al menos en cuanto a su espíritu, si no es persona consagrada a Dios por los votos religiosos– y a secundar los movimientos interiores de la gracia que le manifiesten lo que Dios quiere de ella en un momento determinado. (Para ver esto en detalle consulte: 

B) Con relación a la voluntad de beneplácito. 
– Los designios de Dios en su voluntad de beneplácito nos son –decíamos– enteramente desconocidos. No sabemos lo que Dios tiene dispuesto sobre nuestro porvenir o el de los seres queridos. Pero sabemos ciertamente tres cosas: a) que la voluntad de Dios es la causa suprema de todas las cosas; b) que esa voluntad divina es esencialmente buena y benéfica, y c) que todas las cosas prósperas o adversas que puedan ocurrir contribuyen al bien de los que aman a Dios y quieren agradarle en todo. ¿Qué más podemos exigir para abandonarnos enteramente al beneplácito de nuestro buen Dios con la misma confianza filial que un niño pequeño en brazos de su madre?

Es la santa indiferencia, que recuerda San Ignacio en el “principio y fundamento” de sus Ejercicios como disposición básica y fundamental de toda la vida cristiana: “Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido; de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados”.

Pero es preciso entender rectamente esta indiferencia para no dar en los lamentables extravíos del quietismo y sus derivados. Examinemos cuidadosamente su fundamento, su naturaleza y su extensión.

a) Fundamento. – La santa indiferencia se apoya en aquellos tres principios teológicos que acabamos de recordar, que son su fundamento inconmovible. Es evidente que si la voluntad divina es la causa suprema de todo cuanto ocurre, y ella es infinitamente buena, santa, sabia, poderosa y amable, la conclusión se impone: cuanto más se conforme y coincida mi voluntad con la de Dios, tanto más buena, santa, sabia, poderosa y amable será. Nada malo puede ocurrirme con ello, pues los mismos males que Dios permita que vengan sobre mí contribuirán a mi mayor bien si sé aprovecharme de ellos en la forma prevista y querida por Dios.

b) Naturaleza. – Para precisar la naturaleza y verdadero alcance de la santa indiferencia hay que tener en cuenta tres principios fundamentales:

1.º  Su finalidad es que el hombre se entregue totalmente a Dios saliendo de sí mismo. No se trata de un encogimiento de hombros estoico e irracional ante lo que pueda ocurrirnos, sino del medio más eficaz para que nuestra voluntad se adhiera fuertemente a la de Dios.

2.º  Esta indiferencia se entiende solamente según la parte superior del alma. Porque, sin duda alguna, la parte inferior o inclinación natural –voluntas ut natura, como dicen los teólogos– no puede menos de sentir y acusar los golpes del infortunio o la desgracia. Sería tan imposible pedirle a la sensibilidad que no sienta nada ante el dolor como decirle a una persona que acaba de encontrarse con un león amenazador: no tengas miedo. No es posible dejarlo de tener (San Francisco de Sales). 

De donde no hay que turbarse cuando se siente la repugnancia de la naturaleza, con tal de que la voluntad quiera aceptar aquel dolor como venido de la mano de Dios, a pesar de todas las protestas de la sensibilidad inferior. Éste es exactamente el ejemplo que nos dio Nuestro Señor Jesucristo, quien por una parte deseaba ardientemente su pasión –“quomodo coarctor!”... (Lc. 12, 50), “desiderio desideravi”... (Lc. 22, 15)– y por otra parte acusaba el dolor de la parte sensible: “Me muero de tristeza”... (Mt. 26, 38): “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27, 46). 
Y cuando San Juan de la Cruz lanzaba su heroica exclamación: “padecer, Señor, y ser despreciado por vos”, o Santa Teresa su “o morir o padecer”, o Santa Magdalena de Pazzi su “no morir, sino padecer”, es evidente que no lo decían según la parte inferior de su sensibilidad –pues eran de carne y hueso, como todos los demás–, sino únicamente según su voluntad superior, que querían someter totalmente al beneplácito divino a despecho de todas las protestas de la naturaleza sensible.

3.º  Esta indiferencia, finalmente, no es meramente pasiva, sino verdaderamente activa, aunque determinada únicamente por la voluntad de Dios. En los casos en que esta voluntad divina aparece ya manifestada (voluntad de signo), la voluntad del hombre se lanza a cumplirla con generosidad rápida y ardiente. Y en los que la divina voluntad no se ha manifestado todavía (voluntad de beneplácito) está en estado de perfecta disponibilidad para aceptarla y cumplirla apenas se manifieste.

Esta indiferencia, pues, nada tiene que ver con la quietud ociosa e inactiva que soñaron los quietistas, justamente condenada por la Iglesia.

c)  Extensión. – 
“La indiferencia –dice San Francisco de Sales– se ha de practicar en las cosas referentes a la vida natural, como la salud, la enfermedad, la hermosura, la fealdad, la flaqueza, la fuerza; en las cosas de la vida social, como los honores, categorías y riquezas; en los diversos estados de la vida espiritual, como las sequedades, consuelos, gustos y arideces; en las acciones, en los sufrimientos y, en fin, en toda clase de acontecimientos o circunstancias”.

En los capítulos siguientes describe maravillosamente el santo obispo de Ginebra cómo haya de practicarse esta indiferencia y omnímodo abandono en las más difíciles circunstancias: en las cosas del servicio de Dios, cuando Él permite el fracaso después de haber hecho por nuestra parte todo cuanto podíamos; en nuestro adelantamiento espiritual, cuando, a pesar de todos nuestros esfuerzos, parece que no adelantamos nada; en la permisión de los pecados ajenos, que hemos de odiar en sí mismos, pero adorando a la vez la divina permisión, que no los permite jamás sino para sacar mayores bienes; en nuestras propias faltas, que hemos de odiar y reprimir, pero aceptando a la vez la humillación que nos reportan y doliéndonos de ellas con un “arrepentimiento fuerte, sereno, constante y tranquilo, pero no inquieto, turbulento ni desalentado”, etc., etc. 
Es preciso leer despacio esas preciosas páginas, llenas de delicadas sugerencias e ingeniosas comparaciones, que constituyen como el código fundamental que han de tener en cuenta las almas en su vida de abandono a la divina voluntad.

Una última cuestión: ¿Hay que llegar en este omnímodo abandono a hacerse indiferente a la propia salvación, como decían los quietistas y semiquietistas? De ninguna manera. Este delirio y extravío está expresamente condenado por la Iglesia. Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tim. 2, 4), y solamente permite que se condenen los que voluntariamente se empeñan en ello conculcando sus mandamientos y muriendo impenitentes. 
Renunciar a nuestra propia salvación con el pretexto de practicar con mayor perfección el abandono total en manos de Dios sería oponernos a la voluntad misma de Dios, que quiere salvarnos, y al apetito natural de nuestra propia felicidad, que nos viene del mismo Dios a través de la naturaleza. Lo único que se debe hacer es desear nuestra propia salvación, no sólo ni principalmente porque con ella alcanzaremos nuestra felicidad, sino ante todo porque Dios lo quiere, y con ella le glorificaremos con todas nuestras fuerzas. El motivo de la gloria de Dios ha de ser el primero, y debe prevalecer por encima del de nuestra propia felicidad, pero sin renunciar jamás a esta última, que entra plenamente –aunque en segundo lugar– en el mismo querer y designio de Dios.

5.  Frutos y ventajas de la vida de abandono en Dios. – Son inestimables los frutos y ventajas de la vida de perfecto abandono en la amorosa providencia de Dios. Aparte de los ya señalados al hablar de su excelencia, merecen recordarse los siguientes:

1.º  Nos hace llevar una vida de dulce intimidad con Dios, como el niño en brazos de su madre.

2.º  El alma camina con sencillez y libertad; no desea más que lo que Dios quiera.
3.º  Nos hace constantes y de ánimo sereno a través de todas las situaciones: Dios lo ha querido así.

4.º  Nos llena de paz y de alegría: nada puede sobrevenir capaz de alterarlas, pues sólo queremos lo que Dios quiera.

5.º  Nos asegura una muerte santa y un gran valimiento delante de Dios: en el cielo, Dios cumplirá la voluntad de los que hayan cumplido la de Él en la tierra.



Todo el fundamento de la salud y perfección de nuestras almas consiste en el amor de Dios. “Quien no ama está en la muerte. La caridad es el vínculo de la perfección” (1 Jn. 3, 14; Col. 3, 14). Mas la perfección del amor es la unión de nuestra propia voluntad con la voluntad divina, porque en esto se cifra –como dice el Areopagita– el principal efecto del amor, en unir de tal modo la voluntad de los amantes, que no tengan más que un solo corazón y un solo querer.

En tanto, pues, agradan al Señor nuestras obras, penitencias, limosnas, comuniones, en cuanto se conforman con su divina voluntad, pues de otra manera no serían virtuosas, sino viciosísimas y dignas de castigo.Esto mismo, muy especialmente, nos manifestó con su ejemplo nuestro Salvador cuando del Cielo descendió a la tierra. Esto, como enseña el Apóstol (Hech. 10, 5-7), dijo el Señor al entrar en el mundo: “Vos, Padre mío, habéis rechazado las víctimas ofrecidas por el hombre, y queréis que os sacrifique con la muerte este Cuerpo que me habéis dado. Cúmplase vuestra divina voluntad”. Y lo mismo declaró muchas veces, diciendo (Jn. 6, 38) que no había venido sino para cumplir la voluntad de su Padre.

Con lo cual quiso patentizarnos el infinito amor que al Padre tiene, puesto que vino a morir para obedecer el divino mandato (Jn. 14, 31). Dijo, además (Mt. 12, 50), que reconocería por suyos únicamente a los que cumplieran la voluntad de Dios, y por esta causa el único fin y deseo de los Santos en todas sus obras ha sido el cumplimiento de ella. El Beato Enrique Susón exclama: “Preferiría ser el gusano más vil de la tierra, por voluntad de Dios, que ser por la mía un serafín”.
Santa Teresa dice que lo que ha de procurar el que se ejercita en oración es conformar su voluntad con la divina, y que en eso consiste la más encumbrada perfección, de tal suerte, que quien en ello sobresaliere recibirá de Dios más altos dones y adelantará más en la vida interior.

Los bienaventurados en la gloria aman a Dios perfectamente, porque su voluntad está unida y conforme por completo con la voluntad divina. Así, Jesucristo nos enseñó que pidiéramos la gracia de cumplir en la tierra la voluntad de Dios como los Santos en el Cielo. Fiat voluntas tua, sicut in coelo, et in terra.

Quien así lo hiciere, será hombre según el corazón de Dios, como llamaba el Señor a David, porque éste se hallaba dispuesto siempre a cumplir lo que Dios quería, y continuamente le suplicaba que le enseñase a ponerlo por obra (Sal. 142, 10).
¡Cuánto vale un solo acto de perfecta resignación a lo que Dios dispone! Bastaría para santificarnos... Va Pablo a perseguir a la Iglesia, y Cristo se le aparece y le ilumina y convierte con su gracia. El Santo se ofrece a cumplir lo que Dios le mande (Hch. 9, 6): “Señor, ¿qué quieres que haga?” Y Jesucristo le llama vaso de elección (Hch. 9, 15) y Apóstol de las gentes.

El que ayuna y da limosna y se mortifica por Dios, da una parte de sí mismo; pero el que entrega a Dios su voluntad, le da todo cuanto tiene. Esto es lo que Dios nos pide, el corazón, la voluntad (Pr. 23, 26).

Tal ha de ser, en suma, el blanco de nuestros deseos, de nuestras devociones, comuniones y demás obras piadosas, el cumplimiento de la voluntad divina. Éste debe ser el norte y mira de nuestra oración: el impetrar la gracia de hacer lo que Dios quiera de nosotros.

Para esto hemos de pedir la intercesión de nuestros Santos protectores, y especialmente de María Santísima, para que nos alcance luces y fuerzas, con el fin de que se conforme nuestra voluntad con la de Dios en todas las cosas, y sobre todo en las que repugnan a nuestro amor propio... Decía el Beato M. P. Ávila: “Más vale un ‘bendito sea Dios’, dicho en la adversidad, que mil acciones de gracias en los sucesos prósperos”. 


Menester es conformarnos con la voluntad divina, no sólo en las cosas que recibimos directamente de Dios, como son las enfermedades, las desolaciones espirituales, la pérdida de hacienda o de parientes, sino también en las que proceden sólo mediatamente de Dios, que nos la envía por medio de los hombres, como la deshonra, desprecios, injusticias y toda suerte de persecuciones. Y adviértase que cuando se nos ofenda en nuestra honra y se nos dañe en nuestra hacienda, no quiere Dios el pecado de quien nos ofende o daña, pero sí la humillación o pobreza que de ello nos resulta.

Cierto es, pues, que cuanto sucede, todo acaece por la divina voluntad. Yo soy el Señor que formó la luz y las tinieblas, y hago la paz y creo la desdicha (Is. 45, 7). Y en el Eclesiástico leemos: “Los bienes y los males, la vida y la muerte vienen de Dios”. Todo, en suma, de Dios procede, así los bienes como los males.
Llámanse males ciertos accidentes, porque nosotros les damos ese nombre, y en males los convertimos, pues si los aceptásemos como es debido, resignándonos en manos de Dios, serían para nosotros, no males, sino bienes. Las joyas que más resplandecen y avaloran la corona de los Santos son las tribulaciones aceptadas por Dios, como venidas de su mano.

Cuando supo el santo Job que los sabeos le habían robado los bienes, no dijo: “El Señor me lo dio y los sabeos me lo quitaron”, sino el Señor me los dio y el Señor me los quitó (Jb. 1, 21). Y diciéndolo, bendecía a Dios, porque sabía que todo sucede por la divina voluntad (Jb. 1, 21).

Los santos mártires Epicteto y Atón, atormentados con garfios de hierro y hachas encendidas, exclamaban: Señor, hágase en nosotros tu santa voluntad, y al morir, éstas fueron sus últimas palabras: “¡Bendito seas, oh Eterno Dios, porque nos diste la gracia de que en nosotros se cumpliera tu voluntad santísima!”.

Refiere Cesario (lib. 10, c. 6) que cierto monje, aunque no tenía vida más austera que los demás, hacía muchos milagros. Maravillado el abad, preguntóle qué devociones practicaba. Respondió el monje que él, sin duda, era más imperfecto que sus hermanos, pero que ponía especial cuidado en conformarse siempre y en todas las cosas con la divina voluntad. “Y aquel daño –replicó el abad– que el enemigo hizo en nuestras tierras, ¿no os causó pena alguna?” “¡Oh Padre! –dijo el monje–, antes doy gracias a Dios, que todo lo hace o permite para nuestro bien”, respuesta que descubrió al abad la gran santidad de aquel buen religioso.

Lo mismo debemos nosotros hacer cuando nos sucedan cosas adversas: recibámoslas todas de la mano de Dios, no sólo con paciencia, sino con alegría, imitando a los Apóstoles, que se complacían en ser maltratados por amor de Cristo. Salieron gozosos de delante del Concilio, porque habían sido hallados dignos de sufrir afrentas por el nombre de Jesús (Hch. 5, 41). Pues ¿qué mayor contento puede haber que sufrir alguna cruz y saber que abrazándola complacemos a Dios?...
Si queremos vivir en continua paz, procuremos unirnos a la voluntad divina y decir siempre en todo lo que nos acaezca: “Señor, si así te agrada, hágase así” (Mt. 11, 26). A este fin debemos encaminar todas nuestras meditaciones, comuniones, oración y visitas al Señor Sacramentado, rogando continuamente a Dios que nos conceda esa preciosa conformidad con su voluntad divina.

Y ofrezcámonos siempre a Él, diciendo: Vedme aquí, Dios mío; haced de mí lo que os agrade... Santa Teresa se ofrecía al Señor más de cincuenta veces diariamente, a fin de que dispusiese de ella como quisiera. 

El que está unido a la divina voluntad disfruta, aun en este mundo, de admirable y continua paz. “No se contristará el justo por cosa que le acontezca” (Pr. 12, 21), porque el alma se contenta y satisface al ver que sucede todo cuanto desea; y el que sólo quiere lo que quiere Dios, tiene todo lo que puede desear, puesto que nada acaece sino por efecto de la divina voluntad.

El alma resignada, dice Salviano, si recibe humillaciones, quiere ser humillada; si la combate la pobreza, complácese en ser pobre; en suma: quiere cuanto le sucede, y por eso goza de vida venturosa. Padece las molestias del frío, del calor, la lluvia o el viento, y con todo ello se conforma y regocija, porque así lo quiere Dios. Si sufre pérdidas, persecuciones, enfermedades y la misma muerte, quiere estar pobre, perseguido, enfermo; quiere morir, porque todo eso es voluntad de Dios.

El que así descansa en la divina voluntad y se complace en lo que el Señor dispone, se halla como el que estuviera sobre las nubes del cielo y viera bajo sus plantas furiosa tempestad sin recibir él perturbación ni daño. Ésta es aquella paz que –como dice el Apóstol (Fil. 4, 7)– supera a todas las delicias del mundo; paz continua, serena, permanente, inmutable. El necio se muda como la luna, el sabio se mantiene en la sabiduría como el sol (Ecl. 27, 12). Porque el pecador es mudable como la luz de la luna, que hoy crece y otros días mengua. Hoy le vemos reír; mañana, llorar; ora se muestra alegre y tranquilo; ora afligido y furioso. Cambia y varía, en fin, como las cosas prósperas o adversas que le suceden.

Pero el justo, como el sol, se mantiene en su ser con igualdad y constancia. Ningún acaecimiento le priva su dichosa tranquilidad, porque esa paz de que goza es hija de su conformidad perfecta con la voluntad de Dios. Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc. 2, 14).

Santa María Magdalena de Pazzi no bien oía nombrar voluntad de Dios, sentía consolación tan profunda, que se quedaba sumida en éxtasis de amor... Con todo, las facultades de nuestra parte inferior no dejarán de hacernos sentir algún dolor en las cosas adversas; pero en la voluntad superior, si está unida a la de Dios, reinará siempre profunda e inefable paz. Ninguno os quitará vuestro gozo (Jn. 16, 22).

Indecible locura es la de aquellos que se oponen a la voluntad de Dios. Lo que Dios quiere se ha de cumplir seguramente. ¿Quién resiste a su voluntad? (Ro. 9, 19). De suerte que esos desventurados tienen por fuerza que llevar su cruz, aunque sin paz ni provecho. ¿Quién le resistió y tuvo paz? (Jb. 9, 4).

¿Y qué otra cosa desea Dios para nosotros sino nuestro bien? Quiere que seamos santos para hacernos felices en esta vida y bienaventurados en la otra. Penetrémonos de que las cruces que Dios nos envía cooperan a nuestro bien (Ro. 8, 28), y de que ni los mismos castigos temporales vienen para nuestra ruina, sino a fin de que nos enmendemos y alcancemos la eterna felicidad (Jdt. 8, 27).

Dios nos ama tanto, que no sólo desea nuestra salvación, sino que se muestra solícito para procurárnosla (Salmo 39, 18). ¿Y qué nos ha de negar quien nos dio a su mismo Hijo?... (Ro. 8, 32).

Abandonémonos, pues, siempre en manos de Dios, que jamás deja de atender a nuestro bien (1 Pe. 5, 7). “piensa tú en Mí –decía el Señor a Santa Catalina de Siena–, que Yo pensaré en ti”. Digamos siempre como la Esposa: Mi amado para mí, y yo para Él (Cant. 2, 16). Mi amado trata de mi bien, y yo no he de pensar más que en complacerle y unirme a su santa voluntad.

No debemos pedir, decía el santo Abad Nilo, que haga Dios lo que deseamos, sino que nosotros hagamos lo que Él quiera.

Quien así proceda tendrá venturosa vida y santa muerte. El que muere resignado por completo a la divina voluntad nos deja certeza moral de su salvación. Mas el que no vive así unido a la voluntad de Dios, tampoco lo estará al morir, y no se salvará.
Procuremos, pues, familiarizarnos con ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que sirven para conservarnos en esa unión incomparable: “Dime, Señor, lo que quieres que haga, pues yo deseo hacerlo” (Hch. 9, 6). “He aquí a tu siervo: manda y serás obedecido” (Lc. 1, 38). “Sálvame, Señor, y haz de mí lo que quieras. Tuyo soy, y no mío” (Sal. 118, 94).

Y cuando nos suceda alguna adversidad, digamos en seguida: “Hágase así, Dios mío, porque así lo quieres” (Mateo 11, 26). Especialmente, no olvidemos la tercera petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. Digámosla a menudo, con gran afecto, y repitámosla muchas veces... 
¡Dichosos nosotros si vivimos y morimos diciendo: Fiat voluntas tua!

lunes, 16 de abril de 2012

¿Cómo puede una persona racional creer en milagros?




Algunas de las dudas y cuestiones que frecuentemente les hacen o se hacen los creyentes. Esta vez se trata del interesante tema de los milagros:

Consideremos una objeción a la fe que es particularmente cortante para un científico, ¿cómo se pueden conciliar los milagros con una concepción científica del mundo? En el habla moderna, hemos abaratado la palabra “milagro”. Hablamos de “medicinas milagrosas”, “dietas milagrosas”, “milagro sobre hielo”, incluso “limpiadores milagrosos”. Pero claro que ése no era el sentido original de la palabra. Con más precisión, un milagro es un hecho que ocurre sin que las leyes de la naturaleza lo puedan explicar y por lo tanto se considera de origen sobrenatural.

Todas las religiones incluyen la creencia en ciertos milagros. La historia de cuando los israelitas cruzaron el mar Rojo conducidos por Moisés mientras que los hombres del faraón se ahogaron, es contada en el libro del Éxodo, una historia poderosa, una providencia de Dios en prevención de la inminente destrucción de su pueblo. De manera similar, cuando José le pidió a Dios que prolongara el día para que pudieran ganar una batalla, se dice que el sol se quedó quieto en un modo que sólo puede ser descrito como milagro.

En el Islam se dice que Mohamed empezó a escribir del Corán en una cueva cercana a La Meca, cuando recibió la orden sobrenatural por parte del ángel Jibril (Gabriel). El ascenso de Mohamed es también un hecho milagroso, ya que se la da oportunidad de ver todas las características del cielo y del infierno.

Los milagros tienen un papel particularmente poderoso en la cristiandad, en especial el más importante de todos: Cristo surgiendo de entre los muertos.

¿Cómo puede uno aceptar estas afirmaciones y a la vez afirmar que se es un ser humano moderno y racional? 

Bueno, si uno parte del supuesto de que los hechos sobrenaturales son imposibles entonces no puede haber milagros. De nuevo podemos dirigirnos a C. S. Lewis para encontrar un pensamiento realmente claro sobre este tema en su libro Milagros: 

“Cada hecho del que se pueda afirmar que es un milagro, en última instancia es algo que se presenta a nuestros sentidos, algo que vemos, escuchamos tocamos, olemos o probamos. Y nuestros sentidos no son infalibles. Si algo extraordinario ocurre alguna vez, siempre podemos decir que fuimos víctimas de una ilusión. Si sostenemos una filosofía que excluya lo sobrenatural, esto es lo que siempre podremos decir. 

Lo que aprendemos de la experiencia depende de la clase de filosofía que le demos a la experiencia. Por lo tanto es inútil apelar a la experiencia antes de establecer, tan bien como podamos, la cuestión filosófica”.

A riesgo de asustar a los que se sientan incómodos con los enfoques matemáticos de los problemas filosóficos, consideremos el siguiente análisis: el reverendo Thomas Bayes, era un teólogo escocés poco recordado por sus reflexiones filosóficas, pero muy respetado por haber expuesto un teorema de la probabilidad en particular. El teorema de Bayes ofrece una fórmula mediante la cual se puede calcular la probabilidad de observar un hecho en particular, dada cierta información previa (el “previo”) y cierta información adicional (el “condicional”). Su teorema es particularmente útil cuando se enfrentan dos o más posibles explicaciones para que un hecho ocurra.

Consideremos el siguiente ejemplo: usted ha sido raptado por un hombre trastornado. Él le da una oportunidad de dejarlo en libertad: le permitirá sacar una carta de entre un mazo, regresarla al mazo, barajar y volver a sacar una carta. Si saca el as de espadas las dos veces, lo dejará en libertad. Dudando de que esto incluso valga la pena intentarse, procede. Ante su sorpresa, saca el as de espadas las dos veces consecutivas. Sueltan sus cadenas y usted regresa a casa. 

Como tiene inclinaciones matemáticas, calcula la probabilidad de su buena suerte como 1/52 x 1/52 = 1/2704. Algo muy poco probable, pero sucedió.

Sin embargo, unas semanas más tarde, conoce a un benévolo empleado de la compañía que fabrica las cartas y que, sabiendo de las apuestas del hombre trastornado, ha arreglado que uno de cada cien mazos de cartas esté formado con cincuenta y dos ases de espadas. ¿Así que no se trató de un golpe de suerte?
Quizá una persona entendida y bondadosa (el empleado), desconocido para usted en el momento de su captura, intervino para mejorar las probabilidades de su liberación. La probabilidad de que el mazo del que usted sacara las cartas fuera un mazo regular con cincuenta y dos cartas diferentes era de 99/100, y la probabilidad de que se tratara del mazo especial con 52 ases de espadas, era de 1/100. Para esos dos puntos de partida, las probabilidades del “condicional” de sacar dos ases de espadas consecutivamente serían de 1/2704 y 1, respectivamente. Por el teorema de Bayes ahora es posible calcular las probabilidades “posteriores” y concluir que existe un 96 por ciento de ellas de que el mazo de cartas del que usted extrajo la suya fuera uno de los “milagrosos”.

Este mismo análisis se puede aplicar a los hechos aparentemente milagrosos de la vida diaria. 

Supongamos que usted observó la cura espontánea de un cáncer en estado avanzado, que se sabe que es fatal en casi todos los casos. ¿Es esto un milagro? Para evaluar la pregunta en el sentido bayesiano, se requiere primero que usted postule cuál es el “previo” de que ocurra una cura milagrosa del cáncer. ¿Es uno entre mil? ¿Uno en un millón? ¿O es cero?

Por supuesto, es aquí en donde la gente razonable estará en desacuerdo, a veces de manera ruidosa. El materialista comprometido, para comenzar, no se permite ninguna posibilidad de milagros (su “previo” será de cero) y, por lo tanto, incluso una cura de cáncer extremadamente inusual será descontada como evidencia de milagro, y en cambio será atribuida al hecho de que ocasionalmente ocurren hechos extraños en el mundo natural. 

Sin embargo, el que cree en la existencia de Dios, después de examinar la evidencia concluirá que semejante cura no pudo haber ocurrido por ningún proceso natural, y habiendo admitido que la probabilidad previa de un milagro, aunque pequeña no llega a ser cero, realizará sus propios cálculos bayesianos (muy informalmente) para llegar a la conclusión de que un milagro tiene más posibilidades de ocurrir que las que tiene de que no ocurra.

Todo esto es sólo para decir que una discusión sobre lo milagroso rápidamente se convierte en un argumento sobre si uno está dispuesto, o no, a considerar alguna posibilidad de lo sobrenatural. Yo creo que la posibilidad existe, pero al mismo tiempo, el “previo” en general debe ser muy bajo. Es decir, el supuesto en cualquier caso dado debe ser hacia una explicación natural. Un hecho mundano pero sorpresivo no es automáticamente milagroso. El deísta, que ve a Dios como creador del universo pero que luego se va a otra parte a desarrollar otras actividades, no tiene mayores razones para considerar los hechos naturales como milagrosos que el materialista convencido. 

El teísta, que cree en un Dios involucrado con las vidas de los seres humanos, puede aplicar una variedad de umbrales en el supuesto de los milagros, dependiendo de que la percepción del individuo sobre la probabilidad de que Dios intervenga en las circunstancias diarias.

Al margen de la opinión personal, es esencial que se aplique un escepticismo saludable al interpretar hechos potencialmente milagrosos, a menos que la integridad y la racionalidad de la perspectiva religiosa se pongan en duda. La única cosa que matará la posibilidad de los milagros más rápidamente que un materialista convencido es asignar el estado de milagro a hechos cotidianos para los que ya existe una explicación natural. Cualquiera que declare que el florecer de una rosa es un milagro, está pisoteando un creciente entendimiento de la biología de las plantas, el cual ha avanzado mucho en elucidar todos los pasos entre la germinación de la semilla y el florecimiento de una bella y perfumada rosa, todo dirigido por el manual de instrucciones de ADN de esa planta.

De manera similar, un individuo que se gana la lotería y anuncia que es un milagro porque ha rezado por ese resultado, presiona nuestra credulidad. Después de todo, la amplia distribución de ciertos vestigios de fe en nuestra sociedad moderna, es probable que una fracción significativa de los individuos que compran boletos de la lotería también rece de alguna forma para ser ellos los ganadores. De ser así, la afirmación del verdadero ganador sobre una intervención milagrosa suena hueca.

Más difíciles de evaluar son las afirmaciones de curas milagrosas de problemas médicos. Como médico, en ocasiones he visto circunstancias en donde ciertos individuos se curaron de enfermedades que aparentemente eran irreversibles. Sin embargo, me resisto a adscribir esos hechos a la intervención milagrosa, dado nuestro incompleto entendimiento de la enfermedad y de cómo afecta a nuestro cuerpo. Con demasiada frecuencia, cuando se ha investigado cuidadosamente alguna supuesta cura milagrosa por parte de observadores objetivos, tales pretensiones se han quedado cortas. A pesar de esas reservas, y bajo la insistencia de que las afirmaciones sean respaldadas por extensas evidencias, no me sorprendería escuchar que ocurren curaciones genuinamente milagrosas en ocasiones extremadamente raras. Mi “previo” es bajo, pero no es cero.

Por lo tanto, los milagros no suponen un conflicto irreconciliable para el creyente que confía en la ciencia como un medio para investigar el mundo natural, y que observa que éste está regido por leyes. Si, como yo, usted admite que puede existir algo o alguien fuera de la naturaleza, entonces no existe razón lógica por la que esa fuerza no pueda en raras ocasiones perpetrar una invasión. Por otro lado, para evitar que el mundo caiga en el caos, los milagros deben ser muy poco comunes.

Como escribió Lewis: “Dios no esparce milagros en la naturaleza aleatoriamente como si estuviera salpimentando. Ocurren en grandes ocasiones: se encuentran en los grandes ganglios de la historia, no de la historia política o social, sino de la historia espiritual que no puede ser completamente conocida por el hombre. Si tu propia vida no resulta estar cerca de alguno de esos grandes ganglios, ¿cómo puedes esperar ver uno?”
Aquí no sólo vemos un argumento sobre la rareza de los milagros, sino también el argumento de que deben tener algún propósito, en vez de representar los actos sobrenaturales de un mago caprichoso, diseñados simplemente para asombrar. Si Dios es la encarnación última de la omnipotencia y la bondad, no jugaría el papel de un impostor así. John Polkinghorne aborda este punto de manera contundente:

“Los milagros no se deben interpretar como actos divinos contra las leyes de la naturaleza (ya que esas leyes son en sí mismas expresión de la voluntad de Dios), sino como revelaciones más profundas del carácter de la relación divina hacia la creación. Para ser creíbles, los milagros deben transmitir un entendimiento más profundo de lo que se hubiera obtenido sin ellos”.

A pesar de estos argumentos, los escépticos materialistas que no desean darle cabida al concepto de lo sobrenatural, aquellos que refutan la evidencia de la ley moral y la sensación universal del anhelo de Dios, sin duda argumentarán que no hay ninguna necesidad de considerar los milagros en absoluto. 

Desde su punto de vista, las leyes de la naturaleza pueden explicarlo todo, incluso lo excesivamente improbable. Pero, ¿se puede sostener este punto completamente? Existe al menos un hecho singular, excesivamente improbable y profundo en la historia, que los científicos de casi todas las disciplinas concuerdan en que no se entiende y que nunca será entendido, y para el que las leyes de la naturaleza se quedan completamente cortas al ofrecer una explicación. ¿Sería eso un milagro?

viernes, 13 de abril de 2012

El drama de un cristiano comienza cuando no ve a Cristo en su vida; cuando por la tibieza, el pecado o la soberbia se nubla el horizonte; cuando se hacen las cosas como si no estuviera Jesús junto a nosotros, como si no hubiera resucitado.



Jesús llamó a los Apóstoles conociendo sus defectos. Confía en ellos y los forma con paciencia; cuenta con el tiempo para hacerlos idóneos para la misión que han de desempeñar. Encontraremos resistencias, consecuencia del pecado original o de los pecados personales. A nosotros nos toca ser buenos canales por los que llega la gracia del Señor, facilitar la acción del Espíritu Santo en nuestros amigos, parientes y conocidos. 

No sabemos cómo ni cuándo, pero todo esfuerzo apostólico da su fruto, aunque en muchas ocasiones nosotros no le veamos. 
El Señor nos pide la paciente espera de los pescadores


«Después se apareció de nuevo Jesús a sus discípulos junto al mar de Tiberíades. Se apareció así: estaban juntos Simón Pedro y Tomas, llamado Dídimo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Les dijo Simón Pedro: Voy a pescar Le contestaron: Vamos también nosotros contigo. Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. 

Llegada ya la mañana, se presentó Jesús en la orilla; pero sus discípulos no sabían que era Jesús. Les dijo Jesús: Muchachos, ¿tenéis algo de comer? Le contestaron: No. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y ya no podían sacarla por la gran cantidad de peces. Aquel discípulo a quien amaba Jesús dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Al oír Simón Pedro que era el Señor se ciñó la túnica, porque estaba desnudo, y se echó al mar Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, 
arrastrando la red con los peces.» 
(Juan 21, 1-8) 


 Jesús, los apóstoles te obedecen y vuelven a Galilea en espera de verte allí. Mientras, aprovechan para hacer lo que saben hacer: pescar. Y vuelve a suceder lo que ocurrió en la anterior pesca milagrosa, cuando llamaste a los primeros discípulos para que fueran pescadores de hombres y ellos lo dejaron todo para seguirte. Ahora, después de resucitado, es como una segunda llamada. Esta vez serán ellos los que tengan que predicar, y llevar el peso de las contradicciones, las persecuciones, los azotes y hasta su propia muerte. 

Jesús, Tú no les abandonas: estás siempre cerca, en la orilla, para bendecir con fruto abundante el trabajo de tus apóstoles. Jesús, hoy me vuelves a enseñar que el fruto apostólico no es proporcional al esfuerzo humano -«aquella noche no pescaron nada»-, sino que depende de la obediencia a tus mandatos: «echad la red a la derecha.» Porque «Dios no necesita de nuestros trabajos, sino de nuestra obediencia» San Juan Crisóstomo. 

Ayúdame, Jesús, a obedecerte en aquellos planes apostólicos que me sugieres a través de la oración o de la dirección espiritual. 


 «Pasa al lado de sus Apóstoles, junto a esas almas que se han entregado a Él: y ellos no se dan cuenta. ¡Cuántas veces está Cristo, no cerca de nosotros, sino en nosotros; y vivimos una vida tan humana! (...). Vuelve a la cabeza de aquellos discípulos lo que, en tantas ocasiones, han escuchado de los labios del Maestro: pescadores de hombres, apóstoles. Y comprenden que todo es posible, porque Él es quien dirige la pesca. 

«Entonces, el discípulo aquel que Jesús amaba se dirige a Pedro: es el Señor». El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor! «Simón Pedro apenas oyó es el Señor vistiose la túnica y se echó al mar». Pedro es la fe. Y se lanza al mar lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros?

Jesús, a veces me falta el amor de Juan para verte en el trabajo, para tratarte en la oración y en la Comunión, para servirte en los que me rodean. Necesito toda la pureza y toda la ternura del apóstol adolescente, a quien amabas tanto. Por mi parte, he de intentar tener el corazón limpio a través de la Confesión frecuente y luchando por vivir las virtudes cristianas.

También te pido la fe de Pedro, para lanzarme de cabeza a todo lo que me pidas, y no quedarme en mi barca: en mis cosas, en mi comodidad, en el éxito de una pesca profesional que es tuya, y que sólo vale la pena si sirve para ponerla a tus pies. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros? Jesús, si me fío de Ti, si obedezco, si busco únicamente tu gloria, si me esfuerzo por amarte con fortaleza y con piedad, Tú llenarás de fruto mi barca de apóstol, pues todo es posible cuando Tú diriges la pesca.



Los Apóstoles han marchado de Jerusalén a Galilea, como les había indicado el Señor (Mateo 28, 7). Han vuelto a su antigua profesión, la que tenían cuando el Señor los llamó, junto al lago. Jesús resucitado va en busca de los suyos para fortalecerlos en la fe y en su amistad, y para seguir explicándoles la gran misión que les espera.

Los discípulos no acaban de reconocerle cuando les indica de lejos: Echad la red a la derecha de la barca, y encontraréis. Juan confirma la certeza interior de Pedro. Inclinándose hacia él, le dijo: ¡Es el Señor! Pedro salta como un resorte. No espera que las barcas llenas con una pesca abundante, lleguen a la orilla. El amor de Juan distinguió inmediatamente al Señor en la orilla: ¡Es el Señor! “El amor, el amor lo ve de lejos” 

El drama de un cristiano comienza cuando no ve a Cristo en su vida; cuando por la tibieza, el pecado o la soberbia se nubla el horizonte; cuando se hacen las cosas como si no estuviera Jesús junto a nosotros, como si no hubiera resucitado. 


. “¿Porqué contó el Señor tantos pescadores entre sus Apóstoles? ¿Qué cualidad vio en ellos Nuestro Señor? Una paciencia inquebrantable. Han trabajado toda la noche y no han pescado nada; muchas horas de espera, en las que la luz gris de la aurora les traería un premio, y no lo ha habido” 

No sabemos cómo ni cuándo, pero todo esfuerzo apostólico da su fruto, aunque en muchas ocasiones nosotros no le veamos. El Señor nos pide la paciente espera de los pescadores. Ser constantes en el apostolado personal, no abandonarlo jamás, no dejar a nadie por imposible. La paciencia es parte principal de la fortaleza y nos lleva a saber esperar cuando así lo requiera la situación, a poner los medios humanos y sobrenaturales, a recomenzar muchas veces, a contar con nuestros defectos y con los de las personas que queremos llevar a Dios. 

 Jesús llamó a los Apóstoles conociendo sus defectos. Confía en ellos y los forma con paciencia; cuenta con el tiempo para hacerlos idóneos para la misión que han de desempeñar. Encontraremos resistencias, consecuencia del pecado original o de los pecados personales. A nosotros nos toca ser buenos canales por los que llega la gracia del Señor, facilitar la acción del Espíritu Santo en nuestros amigos, parientes y conocidos. 

Si el Señor no se cansa de dar su ayuda a todos, ¿cómo nos vamos a desalentar nosotros que somos simples instrumentos? El Señor era Amigo de sus discípulos. Nosotros pidamos a Santa María que nos ayude a imitar a Jesús para llevar a Él a nuestros amigos. 

jueves, 12 de abril de 2012

el Señor al presentarse a sus discípulos llenos de miedo. Enseguida, vieron sus llagas y se llenaron de gozo y de admiración. Ese ha de ser también nuestro refugio. Allí encontraremos siempre la paz del alma y las fuerzas necesarias para seguirle todos los días de nuestra vida.



«Mientras ellos contaban estas cosas, Jesús se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Se quedaron turbados y asustados, pensando que veían un espíritu. Y les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y por qué dais cabida a esos pensamientos en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo. 

Y dicho esto, les mostró las manos y los pies. Como no acabasen de creer por la alegría y estando llenos de admiración, les dijo: ¿Tenéis aquí algo que comer? Entonces ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo comió delante de ellos. Y les dijo: Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. 

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras. Y les dijo: Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén. 
Vosotros sois testigos de estas cosas.» 
(Lucas 24, 36-48) 


 Jesús, debió ser muy difícil para tus discípulos creer en tu resurrección. Ya se lo habías dicho: «Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros.» Se lo habría recordado la Virgen durante estos días de espera. Aquella mañana lo habían repetido las mujeres, y luego Pedro y Juan. Y, ya de noche, habían vuelto los discípulos de Emaús contando su encuentro contigo. Ahora, por fin, te ven resucitado, pero aún has de comer delante de ellos para que acaben de creer, y abrirles el entendimiento para que comprendan las Escrituras. 

Finalmente, la razón humana de aquellas gentes se postra ante la evidencia: ¡has resucitado! Y entonces, les das el gran encargo: «Vosotros sois testigos de estas cosas.» «Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los apóstoles -y a Pedro en particular- en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía.» (CEC.- 642).

Jesús, yo no te he visto, ni he palpado tus manos ni tus pies. Los apóstoles necesitaron ver porque no tenían a nadie más de quien pudieran recibir la fe. A partir de ellos, los creyentes debemos ser Cristo resucitado para que otros, viéndonos, crean. 


 «Los católicos hemos de andar por la vida como apóstoles: con luz de Dios, con sal de Dios. Sin miedo, con naturalidad, pero con tal vida interior con tal unión con el Señor que alumbremos, que evitemos la corrupción y las sombras, que repartamos el fruto de la serenidad y la eficacia de la doctrina cristiana» (Forja.- 969). 

Jesús, ¡has resucitado! Vives realmente, y esto me lleva a cambiar mis objetivos y mis intereses. La vida de los apóstoles cambió radicalmente tras este encuentro de hoy. Eres Dios, y por tanto mi vida carece de sentido si no vivo para hacer tu voluntad. ¿Qué gano con ir a la mía si Tú me necesitas? Ahora yo también soy testigo de la resurrección. ¡Qué vacía y absurda es la vida de quien no se ha enterado de lo más importante! La gente lucha por sobrevivir sin saber por qué. Por eso se entiende que, dentro de un esquema así, el valor fundamental sea evitar el sacrificio, huir de la cruz. 

Jesús, hoy me pides que sea testigo de tu resurrección, viviendo «sin miedo, con naturalidad, pero con tal vida interior con tal unión con el Señor» que ilumine a los demás para que comprendan que «el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer» es decir: que la cruz es el camino de la resurrección; que el sacrificio es la base del amor verdadero; y que es necesario que «se predique en su nombre lo conversión para perdón de los pecados a todas los gentes.» 



Jesús se aparece a los Once, nos narra el Evangelio de la Misa. Los Apóstoles tendrán para siempre la seguridad de su fe en el Resucitado. La certeza de la Resurrección es la piedra angular sobre la que descansa la fe cristiana. La paz sea con vosotros, dijo el Señor al presentarse a sus discípulos llenos de miedo. Enseguida, vieron sus llagas y se llenaron de gozo y de admiración. Ese ha de ser también nuestro refugio. Allí encontraremos siempre la paz del alma y las fuerzas necesarias para seguirle todos los días de nuestra vida.

A Jesús le tenemos muy cerca en el Sagrario, el Señor se encuentra en la Sagrada Eucaristía con una presencia real y sustancial: su Cuerpo y su Sangre, juntamente con su Alma y Divinidad. Es el mismo que se apareció a sus discípulos. Es el mismo que nació, murió y resucitó en Palestina, el mismo que está a la diestra de Dios Padre. 


Jesús está allí, en el sagrario cercano. Allí el Maestro nos espera desde hace veinte siglos, y podremos estar con Él como María, la hermana de Lázaro -que escogió la mejor parte- (Lucas 10, 42), en su casa de Betania, “donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro” 

Cuando nos encontremos delante del Sagrario bien podremos decir con toda verdad y realidad: Dios está aquí. Y ante este misterio de fe no cabe otra actitud que la de adoración: Te adoro con devoción, Deidad oculta; de respeto y asombro; y, a la vez, de confianza sin límites. 


 La Visita al Santísimo es un acto de piedad que lleva pocos minutos, y, sin embargo, ¡cuántas gracias, cuánta fortaleza y paz no da el Señor! Allí mejora nuestra presencia de Dios a lo largo del día, y sacamos fuerzas para llevar con garbo las contrariedades de la jornada: allí se enciende el afán de trabajar mejor, y nos llevamos una buena provisión de paz y alegría para la vida de familia... El Señor, que es buen pagador, agradece siempre el que hayamos ido a visitarle. “Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio” (SANTA TERESA DE JESÚS, Camino de perfección). 

San Juan Crisóstomo comenta estas breves palabras del Evangelio: “Y Jesús entró en el templo. Esto era lo propio de un buen hijo: pasar enseguida a la casa de su padre, para tributarle allí el honor debido. Como tú, que debes imitar a Jesucristo, cuando entres a una ciudad debes, lo primero, ir a la iglesia” (Catena Aurea). Le pedimos a la Virgen que nos enseñe a tratar a Jesús presente en el sagrario como Ella lo trató en Nazaret. 

miércoles, 11 de abril de 2012

Jesús, cuando parece que nada tiene remedio, allí estás Tú


«Quédate con nosotros, 
Señor porque atardece»





PERDÓN SEÑOR
Si a veces no te reconozco es porque estoy esperando una manifestación espectacular y brillante; o tengo la mirada turbia; o el corazón enganchado y tardo para creer. Concédeme, Jesús, la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, para reconocerte en los acontecimientos de cada día. 

«El mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Y conversaban entre si de todo lo que había acontecido. Y sucedió que, mientras comentaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos; pero sus ojos estaban incapacitados para reconocerle. 

Y les dijo: ¿Qué conversación lleváis entre los dos mientras vais caminando? Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, de nombre Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? El les dijo: ¿Qué ha pasado? Y le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo: cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron. 

Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas. Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado porque fueron al sepulcro de madrugada y, al no encontrar su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, los cuales les dijeron que está vivo. Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron. 

Entonces Jesús les dijo: ¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?»
 (Lucas 24, 13-26) 


 Jesús, estos dos discípulos vuelven derrotados, entristecidos. Esperaban la redención de Israel como liberación temporal del dominio de los romanos. No habían llegado a entender que eres el Hijo de Dios hecho hombre. Eras para ellos «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo,» un hombre sabio y poderoso, pero hombre al fin y al cabo. Por eso, una vez muerto, todo ha acabado. Y, finalizado el descanso obligado por el sábado, regresan a su pueblo, a las ocupaciones que tenían antes de que, atraídos por tus milagros y tus palabras, decidieran dejarlo todo para seguirte. 


Están tan hundidos que no creen las primeras noticias de la resurrección que trajeron las mujeres, y luego Pedro y Juan, que fueron los siguientes en ir al sepulcro. Juan creyó al ver el sepulcro vacío: «vio y creyó». Sin embargo, los discípulos de Emaús comentan incrédulos: «pero a él no le vieron». Ni siquiera a Pedro hacen caso, y se vuelven. Todo ha acabado. 


 «Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos. Jesús, en el camino. ¡Señor qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria". (Amigos de Dios, 313.) 

Jesús, cuando parece que nada tiene remedio, allí estás Tú. Y si me olvido de Ti y me alejo de tu Iglesia -de Pedro y los demás apóstoles-, te haces el encontradizo, apareces de las formas más comunes y diversas: un amigo, un libro, un hecho que me hace pensar, una pequeña conversión sin motivo aparente... 

«Jamás daremos gracias suficientemente por este don, en virtud del cual Cristo se ha convertido en «nuestro compañero de camino» (...). En medio de las sombras que a veces parecen condensarse sobre la humanidad, sobre la convivencia social, sobre la civilización misma del hombre, también nosotros pedimos, impelidos por el impulso del Espíritu: «Quédate con nosotros, Señor porque atardece» (Lucas 24, 29) (Juan Pablo II, Regina Coeli, 3-V-1981). 

Si a veces no te reconozco es porque estoy esperando una manifestación espectacular y brillante; o tengo la mirada turbia; o el corazón enganchado y tardo para creer. Concédeme, Jesús, la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, para reconocerte en los acontecimientos de cada día. 



Dos discípulos se dirigen a su aldea, Emaús, perdida la virtud de la esperanza porque Cristo, en quien habían puesto todo el sentido de su vida, ha muerto. El Señor, como si también Él fuese de camino, les da alcance y se une a ellos sin ser reconocido (Lucas 24, 13-35). Hablan de lo ocurrido en Jerusalén la tarde del viernes, la muerte de Jesús de Nazaret en quien habían depositado su confianza. Hablan de Jesús como de una realidad pasada: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso... “Fijáos en este contraste. Ellos dicen: “¡Que fue!”... ¡Y lo tienen a su lado, está caminando con ellos, está en su compañía indagando la razón, las raíces íntimas de su tristeza! 


Jesús les interpreta aquellos acontecimientos a la luz de las Escrituras. Con paciencia, les devuelve la fe y la esperanza. Y aquellos dos recuperan también la alegría y el amor. Es posible que nosotros también nos encontremos alguna vez con desaliento. En esas ocasiones, si nos dejamos ayudar, Jesús no permitirá que nos alejemos de Él: ¡Abramos el alma con sinceridad en la dirección espiritual! ¡Dejémonos ayudar! 


 La esperanza es la virtud del caminante que, como nosotros, todavía no ha llegado a la meta, pero sabe que siempre tendrá los medios para ser fiel al Señor y perseverar en la propia vocación recibida, en el cumplimiento de los propios deberes. 

El Señor nos habla con frecuencia de fidelidad en el Evangelio. Entre los obstáculos que se oponen a la perseverancia fiel está, en primer lugar, la soberbia, que oscurece el fundamento mismo de la fidelidad y debilita la voluntad para luchar contra las dificultades y tentaciones. La fidelidad hasta el final de la vida exige la fidelidad en lo pequeño de cada jornada, y saber recomenzar de nuevo cuando por fragilidad hubo algún descamino.

El llamamiento de Cristo exige una respuesta firme y continuada y, a la vez, penetrar más profundamente en el sentido de la Cruz y en la grandeza y en las exigencias del propio camino. 


 Esta virtud de la fidelidad debe informar todas las manifestaciones de la vida del cristiano: relaciones con Dios, con la Iglesia, con el prójimo, en el trabajo, en sus deberes de estado y consigo mismo. De la fidelidad al Señor se deduce y a lo que se reduce, la fidelidad a todos sus compromisos verdaderos. Dios está dispuesto a darnos las gracias necesarias, como aquellos dos de Emaús, para salir adelante en todo momento, si hay sinceridad de vida y deseos de lucha. Y nosotros le decimos como ellos: ¡Quédate con nosotros, porque se hace de noche! 

martes, 10 de abril de 2012

la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo


¡Jesucristo sigue entre nosotros! Nos llama con su acento inconfundible. Está muy cerca de cada uno. Que las circunstancias externas, el dolor, el fracaso, la decepción, las penas, el desconsuelo – no nos impidan ver a Jesús que nos llama. Que sepamos purificar todo aquello que pueda hacer turbia nuestra mirada. 

«María estaba fuera llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron: Mujer ¿por qué lloras? Les respondió: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. 

Le dijo Jesús: Mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo: ¡María! Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: ¡Rabboni!, que quiere decir Maestro. Jesús le dijo: Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: ¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.» 


(Juan 20, 11-18)


 Jesús sube al cielo, con tu Padre, con nuestro Padre Dios. Ha cumplido la misión que le había encomendado: la redención de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, ha venido a dar sentido a la vida terrena de los hombres, compartiendo y santificando las alegrías y las penas, los trabajos y los cansancios propios de aquí abajo.

Jesús, sube al Padre pero no nos abandonas. Antes ha dejado los sacramentos, en especial la Eucaristía -que es Jesús mismo: «éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre», y envía al Espíritu Santo, el Paráclito consolador-, que pasa a ser el «Dios-con-nosotros» hasta el fin de los tiempos. «El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la «dispensación del Misterio»: el tiempo de la iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, «hasta que él venga» (1Colosenses 11, 26).

Durante este tiempo de la iglesia, Cristo vive y actúa en su iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama «la Economía sacramental» (CEC.- 1076).


 «Cristo, perfecto hombre, no ha venido a destruir lo humano, sino a ennoblecerlo, asumiendo nuestra naturaleza humana, menos en el pecado: ha venido a compartir todos los afanes del hombre, menos la triste aventura del mal.

El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad «desde dentro», estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene -no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado- de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica.

El Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es lo definitivo. Cuidemos, sin embargo, de no interpretar la Palabra de Dios en los límites de estrechos horizontes. El Señor no nos impulsa a ser infelices mientras caminamos, esperando sólo la consolación en el más allá. Dios nos quiere felices también aquí, pero anhelando el cumplimiento definitivo de esa otra felicidad, que sólo Él puede colmar enteramente.

En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día». (Es Cristo que pasa.- 125-126).

El que le ha «visto», el que sabe que ha resucitado y que le espera en el cielo, vive más feliz en la tierra: todo tiene un sentido positivo para el que se siente hijo de Dios. Vivir así es ya un anticipo del Cielo, es una plenitud que no cabe en uno mismo y tiende necesariamente a la expansión, al apostolado.

Jesús ahora nos espera en el cielo y nos pide que digamos, con nuestra vida de cristianos, a los que nos rodean: «¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.» Quiere que santifique el mundo desde dentro: viviendo con intensidad los afanes nobles de la tierra, pero sabiendo que no son lo definitivo, que sólo importan si me acercan más a Ti.



Cristo resucitado se aparece a María de Magdala, que había sido fiel en los momentos durísimos del Calvario. Le dijo Jesús: Mujer, ¿porqué lloras? ¿A quién buscas? Jesús le dijo: ¡María! La palabra tiene esa inflexión única que Jesús da a cada nombre –también al nuestro- y que lleva aparejada una vocación, una amistad muy singular. Jesús nos llama por nuestro nombre, y su entonación es inconfundible. ¡Jesucristo sigue entre nosotros! Nos llama con su acento inconfundible. Está muy cerca de cada uno. Que las circunstancias externas, el dolor, el fracaso, la decepción, las penas, el desconsuelo – no nos impidan ver a Jesús que nos llama. Que sepamos purificar todo aquello que pueda hacer turbia nuestra mirada.


Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre en el seno virginal de María, está en el Cielo con aquel mismo Cuerpo que asumió en la Encarnación, que murió en la Cruz y resucitó al tercer día. También nosotros, como María Magdalena, contemplaremos un día la Humanidad Santísima del Señor, y mientras tanto hemos de fomentar el deseo de verle. Además de estar en el Cielo, Cristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía. “La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa).

Cristo vive, y está también presente con su virtud en los sacramentos: está en su Palabra, está presente cuando la Iglesia ora y se reúne en su nombre (CONCILIO VATICANO II, Sacrosanctum Concilium). Dios habita en nuestra alma en gracia, está más cerca de nosotros que cualquier persona que esté a nuestro lado. No dejemos de tratarle.


Si contemplamos a Cristo resucitado, si nos esforzamos en mirarlo con mirada limpia, comprenderemos hondamente que también ahora es posible seguirle de cerca, vivir junto a Él nuestra vida, que entonces se engrandece y adquiere un sentido nuevo. Con el tiempo, entre Jesús y nosotros se irá estableciendo una relación personal, -una fe amorosa- que puede ser hoy, al cabo de veinte siglos, tan auténtica y cierta como la de aquellos que le contemplaron resucitado y glorioso con las señales de la Pasión en su Cuerpo.

El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a Jesucristo acaba encontrándolo. Iniciemos nuestra búsqueda de la mano de la Virgen, nuestra Madre, a quien le decimos en la Salve: muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. 

lunes, 9 de abril de 2012

La Fortaleza

La Fortaleza




La fortaleza es la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien en los momentos difíciles



¿Qué es?

Cuando pedía ejemplos de fortaleza para escoger uno, una joven me dijo: “Todas las mamás son admirablemente fuertes; ponga que todas ellas tienen fortaleza”, y es cierto. La responsabilidad y, a final de cuentas, el amor, dan la fortaleza para vencer las adversidades. La fortaleza es la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien en los momentos difíciles (Cfr. CEC 1808) y es un valor muy importante porque apoya a los demás valores. Para los católicos es, también, una virtud de las llamadas cardinales y uno de los siete dones del Espíritu Santo.

La fortaleza en la vida diaria

El dolor puede ser tan fuerte que nos abruma, nos anula y hasta nos hace renunciar a la vida misma. Los que se dejan vencer por el dolor caen en la desesperanza y están vencidos. Ya no se puede contar con ellos, se han escapado de la vida, se convierten en carga para quienes los aman. Los que superan la adversidad, en cambio, están llenos de fortaleza y saben reconstruir, restaurar, consolar y consolarse.

¿Son diferentes unos de otros? ¿Unos son súper hombres y los otros son pobres mortales desposeídos de entereza y valentía?

De ninguna manera. Entre nosotros no hay súper hombres, todos somos iguales, pero, ciertamente, unos tienen fortaleza y otros carecen de ella.

¿De dónde viene la fortaleza?

Los cristianos decimos que todo lo bueno viene de Dios, pero aún hablando humanamente, este valor viene de un gran amor a la vida y de una seguridad de que tenemos un lugar dentro de ella.

Los que aman y son amados, los que se sienten necesarios, los que se valoran y se aman rectamente, sabrán sacar fuerzas de su flaqueza y seguir luchando a pesar de la adversidad.

Los egoístas, los aislados, los que no aman a nadie, lo que sólo se preocupan por su propio beneficio, no sienten la necesidad de luchar, de resistir, de vencer. Para ellos es más fácil dejarse vencer.

Las pruebas más difíciles

La guerra, el hambre, el terrorismo, los cataclismos, ponen a prueba la fortaleza de la humanidad. A todas ellas se sobrepone no sólo el hombre individual, sino la sociedad misma. De las cenizas resurge el hombre fortalecido por el fuego del dolor.

La muerte de un ser querido, la enfermedad propia y la de los seres amados, el desempleo, la miseria, la cárcel, la violencia, las adicciones, son las pruebas que se nos presentan todos los días y de las que tenemos que salir fortificados a pesar de las heridas. Tener fortaleza no es ser indiferente al dolor, sino saber seguir adelante a pesar de él.

Reconstruir una vida no es fácil, ni se puede hacer sin la ayuda de los demás. No es falta de fortaleza saber pedir o aceptar esa ayuda para sanar de las heridas físicas y sicológicas.

Para ser fuerte…

Sé fuerte con la fuerza de Dios.
No te pongas triste como los que no tienen esperanza.
Conoce tus debilidades.
Confía en ti mismo.
Siéntete seguro de que amas.
Sé consciente de tus lazos familiares.
Eres necesario para los que te aman y de ti dependen; ellos cuentan contigo.
A pesar de todo… ¡la vida es bella!